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jueves, 19 de abril de 2012

LAS EXPOSICIONES, el arte conceptual y el cinismo

Columna censurada por Diario de Centro América.
Días después, decidieron no publicar más mi columna.


Foto: El Préstamo, obra de
Aníbal López (2000)
Cuando pienso en arte, lo primero que se me cruza por la cabeza es un cuadro enorme, azulísimo, de Joan Miró que vi alguna vez en España. El museo estaba vacío. Las paredes y los pasillos se me hacían impecablemente sobrios. Eran unos pasillos gigantes por los que recorrí salones y más salones, en solitario, frente a bellezas vanguardistas que se convirtieron en una de las experiencias más perdurables y enternecedoras que poco puedo transcribir en palabras.

Eso fue hace más de diez años, y la verdad, no podría calcular a cuantas exposiciones he ido desde entonces. Arte neofigurativo, neopop, artmedia, transvarguardismo, instalación, readymade, happening, performance, hiperrealismo, bad painting, action painting, fotografía, paisajismo, arte decorativo, arte conceptual, etcétera, etcétera. Son muchas las variantes y siempre regreso a esa imagen del cuadro azul del catalán en mi cabeza. Supongo que por eso voy a las galerías de arte, con la esperanza de ver algo que verdaderamente me sorprenda. Aunque la verdad, no me gusta mucho ir a las aperturas de las exposiciones. Siempre se me hacen frívolas y arrogantes. Pero voy, tan solo para llevarme la contraria y hacer vida social, que le dicen. Además, es grato encontrarse con gente disímil, que de alguna extraña manera está conectada.

Al final me da igual que unos chicos expongan sus grabaditos en la Embajada de México, que una chica primeriza exponga unas joyitas fluorescentes en una bodegona chic del centro o que un grupo de bachilleres borrachos discutan sobre poesía concreta en una galería patrocinada por la Cooperación Española. La verdad, no me interesa ninguna de esas idioteces. En Guatemala hay muy poco arte que verdaderamente me interese. Son contados los artistas que realmente me cuestionan la identidad y me sorprenden con una buena conversación, en vez de una pose mediocre de artista sufrido y posmodernista.

La mayoría de las veces voy a estas inauguraciones, porque me encanta conversar con las personas que asisten –la mayoría son conocidos–. Es como ir a una reunión de amigos en donde hay arte en las paredes, a veces música, pero sobre todo: VINO GRATIS. Por otra parte, me gusta ver sus expresiones al ver una pintura, una foto, un joyerito. Además es ameno encontrarse con alguna sorpresa de vez en cuando.

De todas esas sorpresas, quizá la más grata, fue haberme enterado hace unos días de que Aníbal López, quien firma como A-1 53167, y además, es un amigo a quien quiero y respeto muchísimo, haya sido invitado a la dOCUMENTA en Kassel, Alemania –una de las exposiciones más importantes de arte contemporáneo en el mundo–. Sin lugar a dudas, Aníbal es uno de los artistas conceptuales más transgresores y radicales de Latinoamérica, quien ha roto muchos de los paradigmas del arte contemporáneo y ha abierto la brecha para la crítica, la disciplina y el fulgor de los nuevos artistas guatemaltecos; entre ellos, algunos que se las llevan de "sabelotodo" y pregonan miseria artística y genialidad obsoleta.

Un brindis por el cinismo. Enhorabuena, mi querido Aníbal.

jueves, 12 de abril de 2012

POLAROIDS de una Semana Santa en Guatemala

Columna publicada en Diario de Centro América y en libro SPAM (2012, 2013).
Jueves 12 de abril del 2012.
Reeditada.



Foto: Puerto San José en Semana Santa
Viernes de Dolores: El tráfico en el Centro Histórico es insoportable. Una horda de acalorados inunda las calles. Pancartas burdas. Comentarios voraces. Altoparlantes con calcomanías del Che Guevara se derriten sobre el pavimento. Un guardia atento levanta su fusil y deja ver un diente de oro dibujado en su sonrisa. Un recién nacido llora frente al grandilocuente disfraz de un universitario. Así, la clásica Huelga de Dolores, anuncia la llegada del ansiado verano guatemalteco.

Domingo de Ramos: Los feligreses cargan procesiones. Un sol lapidario irrumpe sobre las andas. Unos cucuruchos purpúreos conversan sobre Arjona con un octavo de aguardiente en una tienda de barrio. Dos policías de tránsito desvían los autos hacia un callejón minúsculo. La fe guatemalteca avanza lentamente por una alfombra fotográfica. Colores brillantes. Bíceps cansados. Niños lloriquean insistentemente por papás desesperados que los jalan del brazo. Unas manos robóticas reparten volantes de un reconocido centro de abarrotes. Olor a sudor bajo las túnicas.

Lunes Santo: Los supermercados se abarrotan de ciudadanos hipersensibles que hacen fila para facturar cervezas, chancletas de oferta, latas de atún y más cerveza.

Martes Santo: Se suman las filas de multitudes en los bancos, gasolineras y paradas de autobús. Algunos otros más afortunados, nadan en playas extranjeras y, en las redes sociales, empiezan a circular mensajes que incitan al nihilismo alcohólico.


Miércoles Santo: El exhuberante barroquismo empieza a sacar sus mejores galas. Día propicio para tomar fotos.

Jueves Santo: La mayoría de guatemaltecos desocupan la ciudad y un vacío infinito se cuela en horas de la tarde. La Aguilar Batres y la Calzada Roosevelt se ofuscan de reguetón, edecanes de última hora e inflables de todos los colores y tamaños.

Viernes Santo: La ciudad es un mutismo irremediable. Unos ladrones primerizos aprovechan para robar estéreos y platos de carros en la oscuridad de los barrios menos afortunados. Día propicio para leer y comer pescado en todas sus variantes.

Sábado Santo y Domingo de Resurrección: Un halo de resaca sobrevuela la cabeza de los vacacionistas. Las playas yacen bajo una capa de envases vacíos, bolsas de chucherías y recuerdos sombríos, o de culpa. Las autopistas se llenan de autos de todas las marcas, todos los modelos y todas las condiciones sociales.


Dos días después, todos queremos más vacaciones.

jueves, 29 de marzo de 2012

LOS TELÉFONOS celulares

Columna publicada en Diario de Centro América.
Jueves 29 de marzo del 2012.
Reeditada.


Foto: Celulares viejos
Mi primer teléfono celular fue un armatoste de gaucho barato y plástico rugoso color negro. Parecía un ladrillo más o menos moldeado, con una pantalla minúscula de la que parecían salir por arte de magia: una luz verde-amarilla y unos píxeles yuxtapuestos, los cuales formaban en conjunto caracteres grises, que más o menos se entendían, a no ser porque te sabías de memoria los nombres y los números que tenías allí guardados; que eran como cinco, sí llegabas a mucho. De eso habrán pasado más de diez años.

El susodicho tenía la capacidad de guardar treinta números telefónicos, cinco tonos distintos y un juego de serpiente que cada vez que se comía la cola; hacía que el teléfono vibrara como si fuera el Fin del Mundo. Hasta que un día, después de haberle entrado agua, caer de varios segundos pisos y haberle pasado la llanta de un carro encima, quedó inservible. Pobre teléfono. Cada vez que alguno –de mis dos únicos amigos– me llamaba, el aparato mezclaba sonidos y la pantalla medio rota parecía desarmarse por completo. Pobre Nokia, si todavía lo usara en estos tiempos sería el hazmerreír de mi cuenta de Twitter, y todos mis amigos de Facebook lo comentarían en sus estatus.

Después del horrendo accidente de la llanta, pasaron unos meses y mis padres decidieron comprarme un aparato más moderno. Un Motorola con antena extendible, de esos pequeñísimos que cabían en el bolsillo de la camisa y la pantalla se iluminaba toda en color naranja. Recuerdo que los celulares en esa época eran excesivamente caros, pero "valía la pena mantenerse comunicado" en un país en el que no sabés si vas a estar vivo al día siguiente. Allí empieza la primera regla del uso de celulares en todo adolescente que tuvo uno a finales de los noventa: "El celular es sólo para emergencias". La segunda regla: "No vayás a hacer llamadas de larga distancia, ¡o te lo quitamos!".

Durante esta década, he tenido aparatos de todo tipo y toda marca. La mayoría me los han robado a punta de pistola y otros, los menos, han quedado inservibles para la mayoría de usos que necesito a diario, entiéndase: Facebook, Twitter, Gmail, Whatsapp, etc. Pasar un día sin revisar mi agenda o enviar un correo desde mi celular, me parece imposible.

En todo caso, estos ya forman parte de nuestra vida diaria y no hay vuelta de hoja. La posmodernidad se disipó hace muchísimo tiempo y aunque sólo haya pasado una década, no queda otra salida más que adaptarse y abrir la cuenta de Twitter para postear microrelatos y pedir Likes en tus fotos, a los amigos que viven del otro lado del charco.

"Quien no tenga Internet Ilimitado en su aparato, será visto feo y será expulsado de las redes sociales de inmediato". Ese es el primer mandamiento.

El segundo: "Ama a tu celular como a tí mismo".



El tercero: "Postea, luego existes".

jueves, 22 de marzo de 2012

EL ARTE y sus pérdidas

Columna publicada en Diario de Centro América.
Jueves 22 de marzo del 2012.
Reeditada.



Foto: Bohemia Suburbana en los 90's
Durante los últimos meses he entrevistado a artistas de distintas disciplinas. Ha sido un ejercicio enriquecedor, una especie de retroalimentación favorable para este andén rutinario en el cual la mayoría de guatemaltecos vivimos desapercibidamente. Es decir, sin darnos cuenta. O en otras palabras, como diría Fuguet: "Vivimos ultimando el presente". Al final es eso, no tenemos otra opción más que vivir de prisa, es mejor así; a vivir especulando no se cuanta cantidad de conjeturas imposibles que no se desarrollarán más que en nuestros sueños más pálidos e insignificantes.

Una de las cosas que más me sorprende, es que la gran mayoría de estas personas que se dedican al arte, están comprometidas al 100% con su obra, y además, consideran que un país sin intervención artística (crítica y objetiva) sería una gran pérdida. En ese sentido, el arte es un engranaje indispensable en nuestro presente, que también es incendio, que también es quimera. Eso me hace pensar en la capacidad que muchos artistas tienen y que aún no ha sido reconocida.

Hace quince años tuve mi primer encuentro con el arte guatemalteco. Hablo de un encuentro cercano, algo tangible, no una especie de acercamiento espiritual y esotérico del cual no puedo hablar por su exagerado misticismo. Hablo de un encuentro palpable. Eran los años noventa y coincidí con un grupo de artistas que compartían de manera desinteresada un espacio y las ganas de decir lo que no se había dicho. Este colectivo se llamaba Casa Bizarra, y entre ellos habían pintores, músicos y poetas que abrieron las puertas al arte guatemalteco actual. Eran finales de siglo y todo parecía, de alguna manera: perdido.

Quince años después, le hago a usted una pregunta: ¿Qué pierde un país sin arte? Por favor, no me responda que nada.

jueves, 15 de marzo de 2012

TERRITORIO: Jazz

Columna publicada en Diario de Centro América.
Jueves 15 de marzo del 2012.
Reeditada.



Foto: Erik Truffaz
El jazz lo conocí por mi padre, digamos que por equivocación. Lo mismo me sucedió con la literatura, aunque ésta, en el fondo, siento que me llamaba desde su tosca librera del estudio. En silencio me recitaba fragmentos del Espejo de Lida Sal de Miguel Ángel Asturias y yo, involuntariamente, fui cediendo a sus pleonasmos y a sus pragmatismos literarios. Como a todo niño, me gustaba andar merodeando por los confines más insólitos de la casa. Esa fue mi debilidad. Mi arista más áspera, más defectuosa.

En todo caso, como niño inquieto que fui, hice de muchos rincones de mi casa de infancia un refugio, un parque de juegos, una trinchera aficionada. Era divertido andar hilvanando historias entre el primer y segundo piso de la casa, husmeando a mi madre que cocinaba milanesas en la cocina; subiendo y bajando las escaleras de madera, recorriendo las habitaciones junto a mi bolsa de Hot Wheels de todos los colores posibles o mi eterno Tonka amarillo, que destruí años después en un cueterío loco de finales de año. En fin, habían días en los que me escondía debajo del escritorio de mi padre y me hacía pasar por un General de Brigada; tomaba el teléfono de marcar, uno de esos aparatos rústicos ochenteros, color mostaza chinto y, le daba vueltas al disco suponiendo hablar con los espías que estaban a mi cargo, para que me informaran sobre la situación de esos países y confines que sólo en mi cabeza existían.

En una de esas tantas veces, descubrí el equipo componente que mi padre cuidaba con harto esmero: un enormísimo aparato color aluminio, con pantallas de luz que tenían agujas que al encenderse iban de un lado a otro. Tenía dos bocinas enormes, colocadas en los extremos opuestos del estudio. Era una belleza. Lo más semejante a un objeto espacial. La marca era Technics y estaba equipado con casetera, radio y no recuerdo qué más funciones. Junto al enorme aparato, habían unas gavetas y una infinidad de cintas magnéticas dentro. Yo no podía entender cómo unos especialistas podían meter sonidos, voces y demás instrumentos dentro de esos pequeños objetos. Mi padre tenía muchísimos, entre ellos, habían unos que tenían impresa la palabra: JAZZ. Una palabra que me apetecía por su resonancia en mi cabeza y que, tarde o temprano, terminaría por fascinarme y cambiarme la vida.

Así fue como conocí el jazz, por equivocación.

Los cassettes de Astrud Gilberto, Carlos Antonio Jobim y Stan Getz fueron mis primeros referentes. Luego vinieron Coltrane, Monk, Evans, Parker, Gillespie, Fitzgerald, Simone, Davis y tantos otros. En algún momento pude asistir al Festival de Jazz de Montreal y también, le he seguido la pista al festival que el IGA ha realizado durante doce años ininterrumpidamente.

Se los recomiendo. Asistan a todos los conciertos que puedan. Son gratuitos. Yo no me he perdido ninguno y la agenda continúa. El otro día estuve platicando con Erik Truffaz y hasta pensé que había sido un sueño.

jueves, 8 de marzo de 2012

EL DOLOR

Columna censurada por Diario de Centro América.
Publicada en libro SPAM (2012, 2013).

Reeditada.



FOTO: Regina José Galindo
en varios de sus performances
El dolor respira sentado, como un niño moribundo y salvaje, viendo sigilosamente a través de todas las ventanillas de un autobús. El dolor, que también acecha en los barrios más pobres y deja que una madre, vea la muerte, a través de los ojos de su hijo desnutrido. El dolor, ese que también se nutre de odio tras las rejas y al lado de una mujer que ha sido condenada a muerte y no sabe qué decir. El dolor. El eterno dolor de los familiares de un desaparecido. El dolor efímero que siente un paria que alguna vez lo tuvo todo. El dolor de un primerizo que ve como su primer sueldo se le escapa de las manos en una ronda de blackjack. El dolor de una despedida, el dolor de una separación. El dolor que gime testarudo en los pianos de Chopin y en la voz de El Buki y Thom Yorke. El dolor, ese amigo del cual fuimos muy cercanos y nos susurra al oído: "aquí estoy, nunca me he ido, vengo por tí". El dolor.

 
Una bala vuela rencorosa y traviesa al ritmo de Shakira en una fiesta de pueblo. La bala busca, inevitablemente, una superficie donde descansar. Del otro lado de la fiesta, cae al suelo Juliana, la hija del Alcalde. Cae herida y liviana como una hoja dolorosa desde la cima de un árbol. La bala perdida, fue producto de una apuesta entre dos chicos que ahora manejan la venta de drogas del pueblo. Don Justo, el narco, les dio las escuadras como regalito de navidad. A Don Justo no le gusta que sus patojos anden desarmados por ahí. Le dolería mucho perder algunos gramos. Hoy, Don Justo anda de viaje por la frontera, trayendo unos paquetes, aún no se ha enterado del asunto de Juliana en el hospital. A Juliana, sin embargo, le duele todo, siente un ardor en la panza y le duelen los ojos de tanto llorar. Sus papás no saben qué hacer. El hospital es muy caro para tenerla más de un día. En otro país eso sería lo más justo: sacarle la bala y dejarla descansar. Al final, entre transas y mordidas, le sacan la bala por autorización de su tío, quien ya está pensando en venganza. Él siente una picazón en las manos, hace conjeturas, sabe que no podrá hacer nada. La justicia es algo que no nace con nosotros y por más que la busquemos, nunca la veremos sonreír. Él sabe, que la justicia no está de su lado y aunque sostenga un arma en sus manos, la justicia se le escapará como arena triste. Él sabe que a pesar de todo, no tiene poder ni audoridad. Siente impotencia, rabia, dolor. Mientras tanto, una de las dos escuadras permanece escondida, seguramente bajo una piedra o entre los matorrales de uno de los senderos que conducen al pozo del pueblo. La noticia le llega a uno de los dos chicos y éste, sin dudarlo, sabe que la bala es de su "escuadrita de juguete". Decide esconderla. Días después, Bertita de doce años la encuentra, mientras juega a las escondidas con su hermanito Julián. A Julián le duelen los pulmones de vez en cuando, sobre todo cuando corre para buscar a su hermana mayor. Hilda, la mamá, no sabe qué es lo que tiene Julián. Los doctores no saben qué decirle, sólo le dicen que es cuestión de tiempo porque no hay presupuesto. Hilda llora en silencio. Le duele no poder ver a su Juliancito llegar a la escuela y hacerse todo un hombre eso sería lo justo. Mientras tanto, el día es caluroso, y Hilda los encuentra jugando con el arma y le pregunta a Bertita qué dónde la encontró. Bertita sólo balbucea, no sabe qué decir. Hilda le quita la pistola de las manos y se la lleva a la casa. La esconde. Piensa que en una de las tanta veces en que Rogelio, su esposo borracho, la golpee y la toque; sacará de una vez por todas el cuete y le meterá un solo balazo. Eso es lo justo.

Sabe que esa pistola, que le llegó como "anillo al dedo", la librará de todos sus males y sabe, también, que esa bala es una señal de que Dios y la justicia existe. Por eso reza, en silencio, aunque le duela el alma.

jueves, 1 de marzo de 2012

LAS PREGUNTAS y las respuestas

Columna publicada en Diario de Centro América.
Jueves 1 de marzo del 2012.
Reeditada.




Foto: The Beatles en performance
Mi vida siempre ha estado acompañada de accidentes y de sortilegios sublimes. Un día, por ejemplo, hace muchos años, alguien se me acercó y me cuestionó sobre lo qué iba a hacer por el resto de mi vida. No fueron mis padres, que incluso en algún momento también lo hicieron. Si no fue este personaje, del cual no recuerdo su nombre marxista, pero lo ubico por rostro y contexto: Pelo largo y tatuado, al igual que yo en esos años. Luego de preguntarme, yo le respondí como buen amateur que soy y siempre he sido: "No lo sé, querido, pero que venga lo que venga, al final todo en la vida es un regalo".

Muchos años después me pongo a pensar en esa respuesta tan obtusa, prematura y adolescente de mi parte, sobre lo que hice y rehíce con mi vida, pero también con lo que he intentado hacer o quiero hacer en un futuro cercano o lejano. Al final el dividendo se resume a algo tan práctico y humano, talvez poético: Soy feliz.

Sí, soy feliz. Soy muy feliz haciendo lo que me apasiona hacer. Mi vida es la literatura, la gastronomía y el arte en todas sus aristas. Pero al final de todo, como siempre pasa, me quedo pensado en que el lenguaje es sumamente engañoso, y mucho, sobre todo cuando se trata de decir lo que uno realmente quiere decir.

Octavio Paz hablaba de que el lenguaje es una situación arbitraria en nuestras circunstancias. Es cierto. Yo no sé por qué razón nací en este país, doloroso e incierto, pero sí sé que de no haber nacido en este país, que amo y odio, no sería lo que soy en este presente. La vida es paradójica, tierna e inverosímil; así lo escribí en alguno de mis libros. Nada está perdido cuando se trata de volver al rumbo de lo que anhelamos. Lo que mueve al mundo, e incluso a mis propias emociones, ya lo dijeron los Beatles. Sí, es el amor. No un amor cursi. No un amor idiota, obsesivo, estúpido y comercial. No un amor de tarjetita de Wallmart o La Bodegona. No un amor cansado e inútil. Hablo de un amor que nace desde nosotros mismos, desde el fondo de nuestro ser. Por ejemplo, cuando leemos los titulares del diario y queremos "francotirar" a las bestias que asesinan a nuestra gente; eso es amor. Quizá sea un amor violento, pero es amor por nuestros ideales de libertad y complicidad.

La libertad es algo que se devaluó en discurso, pero que al final nos hace ser felices y por consecuencia, libres. Libres de caminar donde queremos caminar y hacer lo que se nos antoja. En mi caso, yo "francotiro" regularmente desde mi prosa poética. La poesía ha sido para mí una herramienta, con la que interactúo en mi microcosmos, ése que al final de cuentas me hace feliz y punto.

Por eso me pregunto, ¿será cada palabra una celebración? ¿Será realmente conveniente preguntar "cómo estás" y responder "bien", "aquí", "jalando la carreta"? ¿Qué carreta jalamos? ¿Existe el "masomenos"?

jueves, 23 de febrero de 2012

EL CENTRO (segunda parte)

Columna publicada en Diario de Centro América.
Jueves 23 de febrero del 2012.
Reeditada.


Foto: Detalle del mural de
la Biblioteca Nacional
Si bien El Centro está resurgiendo con sus calles amplias, sus bares cool, sus bodegas inmensas, sus blancas galerías, sus cuidadores de carro malhumorados y sus alquileres agigantados. Hay cosas que nunca cambian.

La Biblioteca Nacional, por ejemplo, sigue sumergida en un olvido de décadas y de libros, literalmente. Incluso hay personas que ni siquiera han puesto un pie dentro del edificio, y arremeten contra cualquier mortal como yo, con llevárselas de avant-garde por caminar a las 10 de la noche en El Centro, moviéndose a pasos cortos y tomándose fotos en cada esquina con diez cervezas en la mano. Cosa que, les confieso, no me causa problema. Lo que me causa conflicto es la desinformación sobre ciertas cosas: El Centro lleva aquí más de 100 años, y que durante el último año se haya vuelto moda, es otro tema. Además, durante el día tiene una potencia incalculable, digna de una sinfonía de Beethoven, Brahms u Orellana, que no deberían de perderse desde lo alto de alguna terraza.

Todo esto, me hace recordar mis caminatas nocturnas a lo largo del centro. Una vez, caminamos desde el Parque Central hasta El Zapote con algunos amigos artistas entre vino tinto y pláticas Nietzscheanas, tan sólo para reventarnos los oídos con música electrónica en una de las fiestas clandestinas de la época. Otra vez, luego de un concierto de rock, me tocó caminar desde la 11va. Calle hasta la Tipografía, a eso de las 12 de la noche, para tomar un taxi (aún no habían taxis blancos ni amarillos) porque había perdido mi jalón de regreso a casa y no quería despertar a mis viejos para decirles que me fueran a traer, oliendo a "vaya saber qué sustancias". Pero bueno, la aventura y la seguridad son dos binomios que se van acoplando a diferentes matemáticas de la época. Esa vez tenía unos 16 años. Eso me dice que el buen rock en Guatemala lleva más o menos la misma cifra en hacernos felices a los que usamos "camisetas negras".

Volviendo al tema de la Biblioteca Nacional -que lleva por nombre al gran escritor Luis Cardoza y Aragón-, recuerdo muchas de mis caminatas diarias por sus alrededores, entre ellas el Portal de Comercio y el Pasaje Aycinena. Entre todas esas caminatas, recuerdo que al regresar de las clases del colegio, me sumergía en el personaje de chico explorador y me detenía, con sumo esmero, a observar el "extraño" relieve de la Biblioteca, que contiene interpretaciones fantásticas del maestro Efraín Recinos (QEPD), quien años después, humildemente, me explicó sobre la intención de dejar inscritos en sus obras: Personajes dispares, figuras geométricas, palabras simbólicas y recurrencias metafóricas reconocibles a lo largo de toda su obra.

De Don Efraín conservo, muchas pláticas y un acaudalado de citas arquitectónicas que me gustaría recordar, ahora que el mundo parece acabarse. Por eso, si puede y quiere, dese una vuelta por La Biblioteca Nacional y piense en lo versátil que puede ser la poesía.

A veces puede ser papel, y otras veces puede ser cemento.

Imagine eso.

jueves, 16 de febrero de 2012

LA VIDA TIENE MÚSICA: El Flaco Spinetta

Columna publicada en Diario de Centro América y en libro SPAM (2012, 2013).
Jueves 16 de febrero del 2012.
Reeditada.


Foto: Luis Alberto Spinetta
Nunca fui a un concierto de Spinetta, no, nunca lo conocí. Nunca viajé a Argentina para encontrarlo en un cafetín de Baires dando un recital o sencillamente tomando una birra, no. Nunca me entusiasmé tanto al escuchar a otro músico, que más o menos sonara parecido a él (me refiero a Cerati, Fito o Charly que también son pilares del rock argentino), pero que le deben la delicadeza, el fulgor y la belleza a Luis. El siempre flaco y único flaco del rock latinoamericano.

Nunca me entusiasmé tanto al escuchar por primera vez su música, no. Nunca tuve el privilegio de conversar con él sobre poesía o jazz. Tampoco de escucharlo hablar sobre Artaud, Rimbaud o Deleuze, no. Nunca tomamos café o vino –mientras conversábamos sobre leyes de libre difusión creadora en esta era que nos tocó llevar a ambos: la digital– a altas horas de la madrugada con un cartón de cigarrillos y bajo la luna llena o los árboles vertiginosos del hemisferio sur, no. Nunca pude ver con mis ojos, mis pragmáticos ojos, alguna de sus Fender que ahora son patrimonios de la humanidad, no. Nunca lo escuché tocar mejor que en Invisible o Pescado Rabioso, no. Nunca lo entrevisté. Nunca estuve en su casa, tomando mate y comiendo empanadas de mozarela al ritmo de un candombe o una mazurca importada desde otra galaxia, no. Nunca escuché su voz, más que en los auriculares que compré en aquel viaje a España o en las bocinas de mi Nissan en el año 98, a todo volumen, con la certeza de que su voz era una especie de espejismo neuronal. Un santuario.

Nunca lo vi a los ojos mientras hablaba de tango, no. Seguramente sus ojos eran dos luces estallando en la profundidad del infinito como dos asteroides que lo recorren todo en un estallido de memorias aleatorias. No, nunca lo vi a los ojos. Nunca le conocí una mala canción o al menos una a la que le faltara una sílaba o una armonía. No, nunca. Nunca percibí que Spinetta Jade o Spinettalandia fueran dos proyectos musicales en su larga carrera discográfica de más de 40 años. Nunca nada fue proyecto en Spinetta, todo fue luz y genio. Vaivén de arritmias contenidas. Vuelo exquisito de fonemas lúcidos. Marea de acordes atómicos. Lluvia de imágenes. Poesía en bruto. Poesía en combustión. Sencillamente: Poesía.


Hoy, a más de una semana de su muerte y con la mirada aún triste, me pongo a pensar en la música que queda a través de los años y en la vida que uno amasa a través de ella. Pienso en las noches con Caro, Charly, Javier, Simón, Farah y otros amigos con los que escuchar Spinetta era como escuchar a un ruiseñor galáctico en los momentos más irrepetibles de la vida. No conocí a Spinetta, es cierto, pero siento que sí.

Ahora El Flaco se convirtió en luz, en música, en poesía. Y lo único que me queda decir, es que la magia existe a 18 minutos del sol y que los nuevos músicos le deben un homenaje por tanta belleza y una fiel admiración (musical) que trasciende, como trascienden las verdades absolutas del Capitán Beto.

Gracias, Flaco. Gracias por adentrarte en mi ser. Gracias.

jueves, 9 de febrero de 2012

EL CENTRO (primera parte)

Columna publicada en Diario de Centro América.
Jueves 9 de febrero del 2012.
Reeditada.



Foto: Cine Lux
El Centro siempre fue uno de esos territorios que, a costa de comentarios ajenos y mal intencionados, fueron llenando mi cabeza de incógnitas y misterios desde que era un niño. El Parque Central, El Palacio, La Catedral, la Sexta, la 18 Calle, la Tipografía; eran sólo pistas de un mapa, ¿minado?, que recorrería años después para sorprenderme a mí mismo, al tiempo que iba descubriendo, poco a poco, uno de los lugares obligatorios en la Ciudad de Guatemala para todo antropólogo o sociólogo, que quiera entender la cultura de los últimos 40 años.

Las primeras experiencias que tengo en El Centro, son de noche, y van de la mano con las Semanas Santas que recorrimos junto a mi hermana y mis padres. Aún recuerdo un Jueves Santo en que me separé de mi hermana, y me perdí por varios minutos entre la multitud sedentariamente religiosa. Tendría unos 6 años, quizá. Creo que fue la primera vez que sentí impotencia. También recuerdo acompañar a mi madre a las joyerías del Portal de Comercio y a comprar estampitas de futbol frente al Cine Lux. La sexta avenida estaba invadida por cientos de vendedores y recorrerla en automóvil, era uno de esos lujos fortuitos de cada semáforo. Muchos años después, mi relación con El Centro adquirió otros matices. Muchos de estos recuerdos han dejado una estela de euforia que precisamente regresa cuando vuelvo a caminar sus calles o entro inequívocamente a esos antros que frecuentábamos por horas con los amigos entre vino y cervezas. Muchos de estos recuerdos, que vinieron años después, ya en mi adolescencia, están acoplados con la literatura, el arte, la amistad y una que otra novia. Eran los años noventa y, el grounge, predominaba la actitud desaliñada de toda mi generación, aunque les cueste aceptarlo.

El cambio de colegio a mitad de año, me regaló una de las cosas más bellas que jamás había conocido: Autonomía. Mis padres, me dejaban en el colegio por las mañanas y, por la tarde, cuando salía, la mayoría de las veces tomaba un bus que me llevara a la Bibioteca Nacional y de allí cualquier otro, el Metrobus o cualquiera que pasara por el Periférico rumbo a la San Carlos, para llegar a casa ya en horas de la noche. ¿Qué hacía en todo ese tiempo? Vagar, supongo. Afinar detalles. Construir opinión. Escribir en mi cuaderno de apuntes. Hilvanar toda una geometría sacada de una quimera.

Los días parecían eternos. Certeros. Impecables. El Centro era mi Dublín de Leopold y Stephen. El Centro era mi Praga de K. y mi París de Horacio y La Maga. Años después, pienso en el pasado y en lo inexperto que fui en muchos sentidos. El Centro ahora se presenta con sus lofts, sus hipsters, sus bares cool, sus orines de medianoche y sus muestras de cine centroamericano.

Ya es hora de conquistarlo de nuevo. Apoyemos la Muestra de Cine Actual que proyectará sus películas de manera gratuita en El Capitol. Felicidades al cine nacional. Aplaudamos esa iniciativa.

martes, 7 de febrero de 2012

LA TONA y sus rebotantes

Nota publicada en Diario de Centro América.
M
artes 7 de febrero del 2012.
Reeditada.



El último sábado de enero, la banda de rock guatemalteca La Tona, deleitó a cientos de seguidores que desde días atrás, esperaban con ansias el reencuentro de los músicos, que año con año, se reúnen para dejar en un show en vivo toda la energía que ya es parte de sus presentaciones habituales de producciones discográficas (El ojo, El rebotante y El mito de jade), las cuales fueron grabadas a mediados de los noventa, cuando el movimiento de rock nacional estaba en su estallido incipiente.

La Tona, junto a una lista de bandas nacionales muy respetadas de la escena local, eran la punta de lanza de un movimiento cultural que empezaba a gestarse, y que sin duda alguna, son ahora un referente para las nuevas generaciones de músicos guatemaltecos que continuamente refrescan el panorama de la música guatemalteca.

En este concierto, La Tona dejó muy claro que el rock nacional es sumamente intenso, aguerrido y que contiene matices propios de la cultura guatemalteca que lo hacen reconocible desde cualquier latitud del planeta. La cita del concierto fue en El Porvenir de Los Obreros, situado en el Centro Histórico de la ciudad capital. Tuvo un lleno total, que desde inicio a fin, se dio a la tarea de hacernos rebotar al ritmo del buen rock, muy característico de la banda liderada por Ernesto “Neco” Arredondo, quien dio inicio a la velada con unas palabras muy justas en su condición: «Ya son muchos años, y aquí estamos».


EL OJO QUE TODO LO RECUERDA

En 1994, aún en las filas del colegio, me gustaba escuchar la música que se producía en el país; en especial la de Primera Generación Records, liderada por Giacomo Buonafina, quien tuvo el coraje y la destreza de empezar a grabar bandas nacionales y a preparar una serie de compilados (en cinta magnética) que ahora son joyas de la música nacional, e inclusive, del istmo centroamericano. En ese entonces, bandas como Bohemia Suburbana, Viernes Verde, Fábulas Áticas, Tiananmen, Radio Viejo, Inconsciente Colectivo, entre otras; eran las bandas que se grababan dentro del estudio, ubicado cerca de la Diagonal 6 de la ciudad capital, en donde estuve varias veces, siendo testigo de la movida del rock nacional mientras conversaba con algunos de sus exponentes sobre música o arte. En ese entonces, no tenía ni idea que conocería a los queridos integrantes de La Tona, quienes años después, se convertirían en uno de los referentes musicales más importantes de mi generación.

A los queridos, los fui conociendo de «a poquitos» y en distintas circunstancias.

El primero con quien conversé fue con Neco, a quien conocí en el proyecto de arte Casa Bizarra en el año 1996. Con Neco platicamos de música, poesía y el Popol Vuh. Este último, un detalle muy característico en toda la imaginería musical de la banda, que se resume a la cosmología Maya, su fascinación y su entorno. Para ese entonces, el arte y la literatura estaban en un estallido generacional invaluable. Eran los años noventa. La supuesta paz estaba a la vuelta de la esquina, y la escena de arte guatemalteco crecía enormemente, gracias a los efectos de festivales como Libertad de Expresión ¡Ya! y otros fenómenos de trascendencia, que sin duda, fueron necesarios para el crecimiento de muchos de los movimientos culturales que sucedieron tiempo después: Octubre Azul, Colloquia, Festival del Centro Histórico, Caja Lúdica, entre otros.

Un sábado, recuerdo, tomamos camino hacia la TGW para un concierto que La Tona daría por la noche. Los conciertos de esa época se daban en diferentes lugares: La Caseta, Blue Moon, La Boheme, Teatro al aire libre, Pie de Lana y la Bodeguita del Centro. Me acompañaban dos amigos artistas, con quienes nos reuníamos en Café Oro, otro de esos antros culturales que dejaron su estela cultural inevitable a lo largo de estos últimos 15 años de arte guatemalteco. Recuerdo que al concierto llegamos unas treinta personas, no más, no menos. Empezó tarde, entre una danza al ritmo del tun y la chirimía, vertiente musical maya que La Tona incorpora en su música de una manera fabulosa. Luego hubo poesía recitada entre canciones. De esas treinta personas que estábamos en el concierto de la TGW, cuatro eran de la banda y otras diez de organización. Así, entre amigos y un ambiente relajado, conocí a Germánico (Barrios), el guitarrista y genio de algunos de los acordes más memorables del rock nacional. Nuestra plática giró entorno a música y más música.

Todo esto, me llevó a coincidir con Alexis (Cerezo), el baterista de la banda.

Con él coincidimos por un amigo en común: Simón Pedroza, poeta y editor, quien era compañero de casa de Alexis, con quien conversamos en alguna cena sobre Luis Alberto Spinetta y música argentina. Curiosamente, Alexis vive ahora en Buenos Aires. Conversando con él, sentí que podía platicar sobre uno de mis músicos favoritos de todos los tiempos, además de excelente compositor y grandioso artista de la palabra, como lo es “El Flaco”. Su melodía y cambios de ritmos, son palpables en mucha de la música que La Tona ejecuta, aunque difiere mucho de distorsiones, velocidad y compases. La batería de Alexis, es sin dudas, el espíritu de la banda en vivo.

Para todo esto, ya había conocido a tres de los músicos y en el camino faltaba Mario (Flores), el bajista.

A Mario lo conocí al escuchar uno de los proyectos musicales que más me han conmovido. Esto fue alrededor del 2001, en El Gravoche, una galería bar que abrió sus puertas alrededor del año 2000 y cerró en un abrir y cerrar de ojos. El proyecto se titulaba Cuatro brothers y una sister, donde Mario acompañaba a excelentes músicos, entre ellos el productor argentino Leo Carro y Claudia Armas, vocalista excepcional de la movida musical guatemalteca, esposa de otro querido: Maurice Echeverría, amigo escritor de la vieja guardia.

Así, en ese ambiente bohemio y musical, platicamos con Mario durante algún momento. Una década después, volvimos a coincidir con Mario y recordamos instantes de esas sesiones memorables de música fusión. Qué lástima que no se pudo recuperar nada del material hecho en vivo. Era una delicia de triphop mezclado con otras grandes influencias (Radiohead, Massive Attack, Portishead, Brian Eno) y un poco de drum 'n bass.

Ahora, regresemos al concierto.


EL REGRESO DE XIBALBÁ

En los últimos dos años consecutivos, La Tona ha dado un concierto a inicios de año. Supongo, que es una especie de ceremonia para empezar cada año con una buena sacudida al ritmo del buen rock. Para este año, el concierto estaba pautado en redes sociales desde diciembre pasado, por lo que la emoción y la ansiedad crecían de inmediato en todos los fans y amigos de la banda. Desde pautada la fecha, me propuse asistir, ya que no pude asistir a los últimos dos conciertos que la banda preparó los últimos dos años. Andaba fuera de Guate.

Ya una semana antes, el amigo poeta Alejandro Marré me había comentado que leería alguno de sus textos junto al querido Simón Pedroza durante un intermedio poético del concierto, algo que La Tona ejecuta de manera continúa desde que tocan en vivo. Me pareció genial, y me alisté para ir al toque.

Así, llegamos a la prueba de sonido a las cuatro de la tarde. El ambiente sobre la avenida y calles aledañas, se sentía fabuloso. Un halo de adrenalina me subió al pecho cuando vi muchísimas personas haciendo fila con sus camisetas negras, desde horas antes. Me emocioné. Volví a sentir la rabia contenida de los noventas. La adrenalina, el rush, la rabia lírica. En un momento logré ver a más de cien personas afuera del recinto. Neco nos fue a recibir a la puerta y entramos. El salón vacío, excepto por los organizadores y sonidistas. La banda en el escenario tocando con toda la euforia y precisión del caso. Me sentí en un concierto privado, como en la TGW, hace 10 años. Terminó la prueba y saludé al resto de la banda. Platicamos un rato, nos reímos, fue emotivo. Después nos retiramos del lugar con Alejandro y salimos directo a comprar cerveza. Conversamos sobre los toques memorables: La Bodeguita del Centro, La Plaza de Toros, etc. Después regresamos horas más tarde para escuchar canciones de El Rebotante y El Ojo. Parecía un presagio de cosas buenas.

Marcadas las ocho, el salón estaba con un lleno total, y afuera, más de cien personas esperaban ingresar. Saludé a algunos conocidos e ingresé al concierto. Me sorprendió ver la marea de camisetas negras bajo el escenario. Canciones de Caifanes y Soda Stereo salían imprecisas de los amplificadores. La gente iba de un lado a otro coreando las canciones. Una ola de calor humano me alcanzaba. Dieron las 8:30 y aparecieron los primeros acordes de la banda. Gritos. Euforia. Sobresaltos. Sudor. Más gritos. Afonía.

 No hay duda que en Guatemala, la música es un alivio refrescante que congrega edades y géneros distintos en un solo lugar; conservando así, toda una amalgama de ideas políticas, religiosas o culturales. En este sentido, los conciertos de rock son una de las piedras angulares para apreciar el tema de la armonía y la diversidad cultural. Eso fue lo primero que percibí del concierto. La locación. La energía. El escenario. La empatía. Lo último que pude percibir  fue la armonía con la que muchos nos entendemos en un concierto. Abrazos en silencio, después de los acordes entrelazados. La furia poética. La emoción. Los aplausos. El baile. La sensación. Algo que sólo se puede sentir después de ir a conciertos nacionales luego de más de quince años.

Para resumir: La Tona nos deleitó a lo largo de casi tres horas de concierto. Rock clásico, sicodélico, veloz, sólido y poderoso. Tocaron las clásicas, las conocidas, las que todos nos sabemos: La mujer del cuadro, El ojo, Días gemelos, Interna-externa, Hansel y Gretel, Ángeles sin luz, Antares, Tanto que no sabes y para terminar, la más coreada y esperada de todas: Selene.

No hay duda que La Tona tiene fuerza para rato.

 El concierto fue memorable. El sonido falló un poco pero no importó. La energía del público, con quienes coreamos de principio a fin el repertorio de canciones de la banda sacudió los imprevistos. Por lo mismo, esperaré con ansias un próximo concierto, y quizá, un nuevo material discográfico para incorporarlo a mis archivos melancólico-digitales.

Si bien el pasado comienza ahora, La Tona es un motor que mueve montañas y camisetas negras desde hace más de quince años. Como bien lo dijo Neco en algún momento del concierto: «Mañana seremos estrellas, polvo de estrellas… yo quiero ser un cometa».

En mi caso, yo quiero ir al próximo concierto de La Tona. Ya lo estoy esperando con ansias.




Germánico en pleno solo de guitarra

La banda en plena acción

Lleno total

La euforia de Neco

Mística y armonía

Carisma y poesía

Celebración

Alejandro Marré leyendo poesía


jueves, 2 de febrero de 2012

LA MÚSICA y los platillos voladores

Columna publicada en Diario de Centro América.
Jueves 2 de febrero del 2012.
Reeditada.



Foto: Bill Evans Trio
La música siempre ha sido una especie de sustento diario en mi vida y un neceser poético que rara vez omito de mi cotidianidad. Una herramienta, en todo caso, que me permite acercarme a "lo sensorial" y a "lo fantástico".

Ahora mismo, por ejemplo, escucho un trío de jazz. En los audífonos repica Bill Evans, un jazzista norteamericano que tocó piano de una manera asombrosa. Evans falleció el año en que nací. Evans nos dejó obras maestras. El disco que escucho se titula Portrait in jazz, uno de mis favoritos de todos los tiempos. Un clásico del jazz. Uno de esos discos que uno pone en el reproductor cuando quiere alejarse del mundo y, necesita un espacio para uno solito: Sin jefe pidiendo documentos y horas extras, sin güiros gritando en la sala, sin deudas por pagar a fin de mes, sin tareas domésticas pendientes, sin tráfico de dos horas, sin chunches que cargar para llevar al encargado, sin llamadas que hacer antes de la hora límite, sin problemas que resolver antes de que todo explote, sin documentos que falsear para que te entreguen la VISA y sin complicaciones verbales con la pareja. En fin, todos necesitamos eso. Un descanso musical donde el trajín cotidiano desaparezca y la vida parezca mucho más tranquila. O al menos, más productiva.

Esa paz, al menos yo, la encontré en la música; que es mi almohada favorita para dormir a los demonios internos que me habitan. Supongo que encontré en ella ese alivio inmediato, algo así como un efervescente para calmar los malestares del aburrimiento. En ese sentido, creo que todos deberíamos de dedicarle horas al silencio, que también es música. Pero hablando de canciones, les recomiendo rodearse de mucha.

En mi caso, desde muy pequeño, crecí rodeado con estímulos sonoros. Mi vida es demasiado musical y, a lo contrario de lo que muchos piensan, nunca estudié en el Conservatorio de Música aunque me hubiese encantado. Lo que sí, es que crecí rodeado de música a consecuencia de mis abuelos, a quienes visitábamos todos los domingos con mis padres y, encontrábamos, sumidos en su marimbero dominical que emanaba de los casetes Dideca y en la mayoría de los casos, de sus longplays que eran como joyas ancestrales sacados de no sé donde.

Mi abuelo, era el encargado de colocar en el reproductor los acetatos negros, esos objetos extraños que parecían platillos voladores provenientes de otro planeta. Muchos años después, descubrí que lo que escuchábamos eran valses, cumbias y zarabandas; interpretadas desde una tornamesa marca Toshiba, que recuerdo muy bien por su nombre extraterrestre. Años después, también descubrí que Toshiba era una marca japonesa que tuvo gran éxito en los años ochenta.

Ahora, que ya no venden tornamesas ni caseteras, me pregunto: ¿Serán los japoneses seres extraterrestres? ¿Cómo será la cumbia japonesa? ¿Llevaremos #LosMiércolesDeCumbia a Marte?

jueves, 26 de enero de 2012

ANOTACIONES sobre la felicidad

Columna publicada en Diario de Centro América y en libro SPAM, (2012, 2013)
Jueves 26 de enero del 2012.
Reeditada.



Foto: Joan Miró
Vivir es un ejercicio que sabemos de memoria. Una ecuación gastada y deshilachada de ocho a cinco. Una fórmula cotidiana que nos aburre pero nos encanta. Vivir, al fin de cuentas, es una interrogación constante. Una costumbre eterna y regañona. Un viaje que no conduce a nada, excepto a la muerte. En mi opinión, no sabemos nada del futuro y lo único que tenemos, en este presente también incierto, es un costal lleno con babosadas del pasado y una larga lista con pendientes que a lo mejor, nunca alcanzaremos.

Vivir es complicado, no nos demos casaca.
Vivir nunca ha sido algo fácil, pero es que la facilidad y la felicidad son dos cuentas bancarias que nunca heredamos para nuestra dicha diaria. Al final, estas son dos palabras parecidas que están muy distantes de significar lo mismo. La felicidad, en todo caso, debería ser algo más relevante, y no un electrodoméstico que se ve reluciente a través de una vitrina o un celular con diseño ergonómico, que selecciona canciones al azar desde las redes sociales y balbucea sonidos que matan mosquitos.

No. La felicidad debería de ser mucho más que eso. Por eso uno busca felicidades inmediatas, breves y menos complicadas que se adapten a nuestras realidades. Yo, personalmente, encuentro felicidad en las cosas simples. Esto es algo muy literal, partiendo de lo que decía Borges sobre la felicidad, que al final se rige por instantes y punto. En los instantes habita la verdadera esencia de la felicidad. Y ésta, no tiene misterio.

Yo soy feliz, por ejemplo: Cuando escribo. También soy feliz cuando hablo de literatura, cuando cocino, cuando veo placer en las miradas ajenas. Soy feliz cuando escucho música, cuando conozco gente, cuando leo, cuando converso con un niño, cuando aprendo cosas nuevas, cuando creo vínculos con personas desconocidas, cuando monto una bicicleta, cuando veo el mar, cuando viajo, cuando saboreo un helado, cuando converso con mi abuelo, cuando veo una pintura de Tún o Miró, cuando doy un beso, cuando leo esas frasecitas Zen que son tan obvias. En fin, soy feliz en pequeñas dosis diarias. Cotidianidad que me parece tan poética, porque el universo es de cada quien y cada quien lo asimila como se le antoje. Para mí, la poesía es esto: "Un zumbido etéreo que lo habita todo". Así lo escribí en algún libro.

Por eso mismo, todo es "poesible", como mencionaban de mí el pasado domingo en una entrevista literaria. Y es que es cierto, todo es "poesible". Todo depende de cómo queramos verlo. La poesía es para mí lo que la madera es para un carpintero o la economía para un financista. Pero bueno, no nos pongamos aburridos, que ya tenemos suficiente con la Ley SOPA.

Mejor pregúntese a sí mismo: ¿Soy feliz con lo que estoy haciendo?

jueves, 19 de enero de 2012

POR AQUELLO de la ciclovía

Columna publicada en Diario de Centro América y en libro SPAM (2012, 2013).
Jueves 19 de enero del 2012.
Reeditada.


Foto: Bicicleta californiana
No sé ustedes, pero hasta hace más de un mes, no tomaba el timón de una bicicleta para recorrer la ciudad con el frenesí con que nos conducíamos de güiros, a cualquier hora, sobre las calles del barrio o el condominio; mientras sentíamos el viento golpear nuestros sueños, nuestras tibias inocencias, nuestras vacaciones eternas, nuestras tardes sin cuadernos. Ya los tiempos son otros. Todo o mucho ha cambiado. Hasta las cicles son otras y se han mudado a una realidad mucho más esquemática y menos espontánea. Ahora es muy fácil encontrarlas de todo tipo, con llantas anchas, con amortiguadores dobles, triples, cuádruples, con fundas de cuero importado, con asientos ligeros, con colores antialérgicos, con materiales que antes ni siquiera imaginábamos.

Tiempo atrás, quizá, la belleza radicaba en lo simple. Allí dormía su furia poética y su lenguaje melancólico.

En mi caso, aún conservo recuerdos de la californiana verde de mi hermana, que con sus rayos cromados, el clásico freno coaster en la llanta trasera y su libre facilidad al conducirla, me provocaba secuestrársela cada vez que me fuera posible. Es decir, casi todo el tiempo. Y cuando lo hacía, me sentía un rey sobre las aceras de la colonia. No podía bajarme de ella. Me sentía invencible. Potente. Agigantado. En esos años, el hastío era algo que no existía en nuestros corazones y la desesperanza era algo que no se encontraba fácilmente en la ciudad. La inocencia de andar disparando frenéticos pedalazos era una obligación a priori.

Todo esto, supongo, hizo que me decidiera en montar una bici el día que desperté en la casa de mis padres después de una reunión de familia. El impulso, me tomó por sorpresa una mañana de diciembre pasado, durante las fiestas de fin de año. El motivo: El tráfico pesado por todo el rollo de las ventas navideñas. En fin, para hacerles corto el cuento: Desperté feliz, más sonriente que los de aquél restaurante de comida rápida. Quise ir a comprar unos regalos. Encendí el carro. Conduje hacia el centro comercial. Imposible. No se movían los autos. Regresé a la casa. Vi una bici en el patio. La tomé prestada. Salí a recorrer las calles que de niño recorrí con vehemencia.

Por un momento sentí que desde una bicicleta se pueden observar muchas cosas, quizá, como la vida pasa con sus devaluaciones y sus asesinatos diarios. Por otro lado sentí, que con la sencillez que una bicicleta conlleva, no es tan obvio que te asalten. Pero no. Cuando regresé de mis compras, aún habiéndole advertido al policía que me la cuidara, la bicicleta había desaparecido. Y con ella, todas mis ganas de recorrerla en la futura ciclovía.


"Por lo menos no fue su carro", me dijo conformista una señora.

Yo respiré aliviado, pero como lagranputa.