martes, 2 de octubre de 2012

EL ARTE Y EL PODER, primera parte



BS20, septiembre 2012
(Cortesía de Juan Carlos Barrios)
Hace más de una década el arte guatemalteco parecía despertar de un letargo forzoso e irremediable con proyectos artísticos como Casa Bizarra, Primera Generación Records, Festival Octubre Azul, Festival del Centro Histórico, Tripiarte, La Fosa Común, Editorial X, Colloquia, Caja Lúdica, entre otros. Todos estos proyectos estuvieron vinculados, de alguna extraña y necesaria manera, con lo que resultó ser la piedra angular de los noventa:

La rebelión.


 
Para mí, "la rebelión" es como una chiquilla punk, insolente y desafiante al mejor estilo de Lisbeth Salander –de la trilogía de Larsson–, pero también elegante y tímida como Patti Smith –la poeta del punk– en sus primeros años. Es decir, una mezcla bizarra pero hermosa de Albert Camus, Lou Reed y Courtney Love. La idea, es sencilla, digo, la idea de la rebelión: descentralizar el arte (desde un cliché romántico), hacer temblar los pilares de la moral (sin anarquía, claro) y provocar un estallido inmediato en la movida sociocultural de una región. Para ese entonces (bueno, acá les estoy hablando estríctamente del año 1997), yo ni siquiera llegaba a los veinte años y mis lecturas de Nietzsche, Chomsky, Sartre, Kafka y Cortázar eran lo poco a lo que me aferraba con recelo. No sabía nada de muchas cosas –todavía no sé nada de muchas cosas–, pero sí conocía algo del movimiento punk de los 70's y del grounge de los 90's, y ambos, me parecían la estampida perfecta directo a la yugular de la cultura. Esos, creo, que fueron muchos de los cimientos del movimiento rock de los noventa en Guatemala: una mezcla entre el grounge noventero, el postpunk ochentero y las lecturas de autores como Pessoa, Pound o la Generación Beat. Y sin lugar a dudas, el movimiento rock de los noventas, fue el hilo conductor y el parteaguas de muchas de las temáticas del arte que se abordaron en años posteriores.

 
Regina José Galindo, agosto 1998
(Cortesía de Regina José Galindo)
Algunos contemporáneos míos incluso, no llegaban ni siquiera a los veinte años, y otros, que ya andaban llegando a su primer cuarto de siglo, contaban con la responsabilidad, por decirlo de alguna manera, de catalizar y gestionar las corrientes de arte que desembocarían en lo que se está realizando actualmente. A ellos, mi admiración y respeto. Por ellos existen bienales, festivales de cine, bachilleratos en arte, centros culturales, residencias artísticas y premios que antes no existían.

Para ese entonces la vertiente discursiva lindaba entre varios tópicos: La libertad de expresión (a causa de la infelicidad ridícula por treinta años de guerra), la libre experimentación (provocada quizá, por la carencia de lecturas y referentes académicos como abundan ahora), el desencanto y la lucha contra el poder (esto, por la imposición de regímenes militaristas que dejaron una estela de paranoia y miedo en toda una generación). Y si bien estos tópicos eran reiterantes en cualquier obra visual, musical o escrita; también era inevitable que un halo de irreverencia predominara en todo lo que se creara, a la vez que existieran ciertos matices de ingenuidad y puerilidad colectiva. En efecto, esos esbozos sirvieron como punto de partida para lo que hoy conocemos como arte contemporáneo en Guatemala, término que afirma nuestra realidad como pueblo vivo. Por consecuencia, toda obra es una necesidad humana de trascender; tal y como lo diría Octavio Paz, "es el olmo que da siempre peras increíbles".

 

Así, nuevos espacios han abierto sus puertas para el arte y, es genial ver cuánta gente joven reunida en colectivos o en solitario, repercute de manera inmediata en la vida cotidiana del guatemalteco a través del arte. Ahora abundan los festivales de arte, las fundaciones que aportan respiro –y pisto–, los centros culturales que se inundan de actividades culturales cada semana y los gestores culturales, para los cuales ya existen diplomados y licenciaturas. Ahora, volviendo el tiempo atrás, veo que también muchas cosas han cambiado: algunos ya tenemos canas, hijos, arrugas inevitables y una enorme lista de cosas hechas y deshechas. Pero hay algo que no ha cambiado y, eso es lo importante: La constante creación y la rebelión, que se ha disfrazado un poco, cambiando las pulseritas de Pana por los relojes retro, los morralitos de Momostenango llenos de libros por las mochilas con laptop y los caites de goma por las zapatillas deportivas.


En sí, todo cambio es un poder. Y partiendo de esta reflexión, no me queda la menor duda de que "el arte es un poder" y, a manera de palíndromo sensitivo, "el poder también es un arte", y la idea de sucumbir un país a través de sus cauces, creo, que es lo menos que podemos hacer como habitantes de este siglo. Y ante todo, de este país.


martes, 25 de septiembre de 2012

32 BIEN, nada mal

Mi primer pastel
De mis cumpleaños pasados, tengo un costal de recuerdos que llegan días antes del nuevo cumpleaños y se van días después sin avisar, como una picazón de zancudos en el pie o una alergia al polvo por andar moviendo cajas del armario. Este costal de recuerdos no es un recuerdo conciso y redondo, si no la suma incierta de varios instantes fugaces, objetos dispersos, sonrisas queridas, canciones de otra época, flashbacks torpes, camorras y mordidas al pastel, borracheras insolentes, luces láser, bullicios raros, incomodidades extrañas y otro montón de cosas que van asociadas a una celebración melancólica que no se detiene nunca.

Es que en el fondo, ¿a quién de verdad le gusta cumplir años?

Uno se la pasa en esta vida acumulando exageradamente: experiencias, compañías, papeles, líquidos, secreciones, arrugas, canas, uñas, cabellos, pieles, calcetines, sueños, peinados, logros, fracasos y frustraciones. Después de los 30 uno siente que la vida se le va viniendo encima como un torpedo inútil de esquivar. Y eso, mis queridos, es inevitable.

A mí los recuerdos me vienen así: como misiles tristes y anacrónicos. Es decir, en desorden, como debe de ser. Sin preámbulos ni aclaraciones, que luego ordeno lentamente en la cabeza y resultan hacer sentido, aunque no lo parezcan. Como en una narración equisciente, yendo de atrás hacia adelante en cualquier momento y viceversa, con la vacuidad necesaria del rebobinaje para soportar ese viaje ineludible con el presente y el pasado. Pero bueno, supongo que a casi todos nos pasa esto. En mi caso, yo me siento, en mayor medida, privilegiado de recordar muchísimas tonterías que no sirven para nada. De esos años pasados recuerdo algunos pasteles, por ejemplo: El Brazo Gitano, relleno de mermelada de fresa y crema batida, que devorábamos con mi madre en un abrir y cerrar de ojos. El Pastel Helado que compraba mi padre a dos cuadras del colegio, y que siempre, siempre, llegaba derretido a la casa. También el Selva Negra, el Fresas con Crema y el de Choco Krispis que mi hermana cocinaba en menos de diez minutos y hacíamos desaparecer en menos de cinco.

También recuerdo las pizzetas de jamón y queso, los panes con atún, los Picarones, los Sipi de uva y los dulces Gallito, o Gloria, con los que rellenaban las piñatas, que bien podía ser un Transformer, un Mazinger Z o uno que otro oso de esos a los que uno le olvida el nombre fácilmente. Pero eso sí, recuerdo el esfuerzo de mis padres por hacer de mi cumpleaños algo memorable, aunque no fuera una piñata en el club campestre, yendo de viaje a cualquier parte o celebrando en el restaurante de moda. Eso no lo olvido nunca. Por último, cómo olvidar las chamuscas, las damas chinas, la luisa, la música de los repasos, los primeros ponches con piquete, los viajes al lago o al mar, los regalos de las novias y familiares, el abrazo de los abuelos, los primeros excesos. Y bueno, aquí me detengo.

Si bien uno recuerda muchas cosas, hay también lagunas mentales que lo abarcan todo, mejor dicho: 'mares mentales'. Eso está asociado con las megafiestas que nos hemos colocado para nuestras celebraciones de cumpleaños, claro. Yo tengo recuerdos disparejos de algunas a las que el adjetivo 'memorable' no le queda muy bien, precisamente. Por ejemplo: Idas al mar de madrugada. Dosis interminables de cerveza o vino tinto. Música temible hasta el amanecer. Pláticas intrínsecas. Almuerzos decadentes. Cenas inigualables. Regalos del pusher. Maratones etílicas de cuatro o cinco días. En fin, todo asociado a la disparidad de querer vivirlo "todo", entiéndase bien, vivirlo todo en 24 horas que dura el supuesto festejo.

Pero eso, al final, se disipa. Nos queda la vida, la felicidad y el sufrimiento.


De este año me llevo los más de 500 mensajes que recibí en el Facebook, una cena deliciosa en Panza Verde, un Tiramisú regalado, un desayuno sobrepoblado de bocadillos en un día soleado, dos cenas excesivas con mis dos familias (la congénita y la adquirida), un cubilete forrado de chocolate con un postit, un concierto de una banda con la que tengo infinita empatía, una historia contada en un parqueo al lado de un borracho desconocido, varios dibujos de crayola en una pared que detesto, dos paquetones de cerveza vacíos, una resaca incomparable, diez botellas de vino tinto irrepetibles y una canción de LCD Soundsystem que aún retumba en mi cabeza cuando me recuesto a pensar en lo ganado y lo perdido.


"¿Y las llamadas de los amigos?", me preguntó alguien. "Ya nadie llama, ahora todo se resume al texto... por eso escribo", le respondí mientras sacaba las cajas de basura al patio y regaba mi plantita nueva que lleva por nombre: Deseo.



DE ESAS QUE ME LLEVO: "Hay recuerdos que no voy a borrar, personas que no voy a olvidar"

martes, 18 de septiembre de 2012

POR CIERTO, ¿es Verdana o Tahoma?

Publicado en revista Catálogo para la vida, número 20.
2012.
Reeditada.



Foto: Olivetti Lettera 32

En esta era donde la escritura se ha convertido en una obligación diaria y habitual (SMS, Facebook, Twitter, Whatsapp, Blogger, Wordpress, Gmail), viene bien refrescar la memoria un poco y recordar aquellos tiempos en los que redactar una carta o un documento en una computadora, de aquellas armatostes color ocre pálido, palidísimo, resultaba ser una tarea extenuante y agotadora. Si no estoy mal, las opciones tipográficas de esa época se limitaban a quince o veinte, si mucho. La siempre clásica ha sido Times New Roman, ya lo sabemos. Pero ahora imaginen otras épocas, donde la única opción era utilizar máquinas de escribir a base de cintas impregnadas con tinta, en forma de pequeños rollos bicolor (negro y rojo, en el mejor de los casos), que uno compraba en la librería como si fueran chicles y había que cambiarlos de lado y posición cuando topaba la cinta, abriendo la tapa con mucho cuidado para no mancharse los dedos y levantando el prensapapel para después colocarla debajo del indicador y sólo así, que quedara bien puesta. Labor manual, inevitablemente. Toda una Odisea. Aunque había a quienes les tomaba un minuto, y lo hacían hasta con una mano, mientras con la otra sostenían una hoja nueva de papel y daban instrucciones en un abrir y cerrar de ojos. Mi maestra de mecanografía era de esas personas.

Vaya cómo ha cambiado el mundo en los últimos veinte años. Ahora las máquinas de escribir son objetos que se lucen en museos, cafés literarios y en el peor de los casos, en ventas de chatarra. Hasta tengo la duda si en los colegios todavía se reciben clases de mecanografía.

Sin embargo, aunque hayan pasado todos estos años, no me molesta embadurnarlos de melancolía y nostalgia al recordar la Olivetti Lettera 82 con la que recibía clases de mecanografía en el colegio, es más, me gusta recordar el estruendo caótico que provocaban las treinta o cuarenta máquinas de escribir galopando sobre una montaña de tinta negra y papel bond. Aún puedo escuchar ese martilleo constante de las teclas, golpeando insistentemente el rodillo de las pobres máquinas. Era como una sinfonía indestructible e industrial. Una especie de melodía concepto. Un eco ininterrumpido de letras bailando sobre el papel enrodillado, que al ser liberado por la perilla, mostraba sus heridas tipográficas y sus laceraciones tabuladas a manera de sacrificio impreso.

Todo esto lo tengo tan presente, porque la observadora y sabia de mi madre, al ver que su hijo tenía inclinaciones para golpear teclas, me metió a un cursillo de mecanografía por las tardes, e incluso, me prestó una máquina de escribir vieja, en la que escribí los borradores de mis primeros libros.

De estas clases recuerdo la velocidad con la que todos los adolescentes escribían. Parecía una carrera de tiempo. El que escribiera más caracteres o golpeara más de prisa –y con incisión quirúrgica–, recibía menciones especiales y pasaba al siguiente level. En sí, era como un videojuego. Ahora se podrán imaginar la velocidad con la que escribo. Soy el Carl Lewis de los 100 metros tipográficos. Nadie escribe más rápido que yo, se los puedo jurar, a excepción de los chicos que se la pasan chateando, posteando tuits o estatus desde su Blackberry.

Por cierto, ¿qué tipografía es la que utiliza Facebook o Twitter para desplegar el contenido que escribimos cuando posteamos un nuevo estatus?

¿Es Verdana o Tahoma?




martes, 11 de septiembre de 2012

ÁNGEL POYÓN: La sencillez de la complejidad

Foto: Reloj de la serie
Estudios del fracaso medidos
en tiempo y espacio.
Ángel Poyón es uno de los artistas visuales más innovadores y vanguardistas de la Latinoamérica actual. Su obra es extrema-damente sensitiva y analítica. Es como dejarse ir, montaña abajo, por un roller coaster reflexivo, siniestro y minimalista. Ha ganado el glifo de oro en la XIII Bienal de Arte Paiz en 2002 y también la Subasta de Arte Latinoamericano Juannio en 2005 y 2010, entre otros reconocimientos a lo largo del continente. Esto nos hace comprender que todo lo que hace dentro de las distintas fronteras del arte, tenga una importancia creadora y una valorización de estética universal.

En otras palabras –literalmente–, Ángel es un ajuchán, que en lengua Kaqchikel significa: persona creativa. Su obra ya es bastante reconocida y se ha visto en distintas galerías nacionales y/o internacionales, ya que se ha expuesto dentro de muestras individuales y colectivas a lo largo de Centro América, México, Estados Unidos, Cuba, Perú, Argentina, Europa y Taiwán. La sencillez de su estilo es uno de los rasgos que caracterizan las obras de Ángel, que en cualquier latitud donde se exhiban, pueden llegar a tener una subjetividad exquisita, precisa y sencilla. Pero ojo, esa sencillez que parece tímida y silente, es en realidad un latir constante de reflexiones y una sinfonía discursiva que edifica constelaciones etéreas, aún indescifrables para muchos de nosotros.


Básculas sin números de medición evocando el vacío. Relojes sin agujas medidoras en un ciclo de tiempo inagotable. Relojes intervenidos con objetos cotidianos que destilan la existencia en segundos sin métrica. Lápidas funerarias con imágenes de objetos tecnológicos y epitafios grabados a manera de poesía concreta, breve y concisa con aforismos existenciales como: "Cuerpo, ¿tú también me abandonas?" o "Descansa aquí la forma de mi dolor". Limpiabrisas que eliminan el polvo, el mismo polvo que somos y que seremos. Calendarios inconclusos que fueron despojados de sus días y sus fechas, históricamente. Cuadros de enormes dimensiones donde una imagen casi microscópica es la que habita ese vacío, ese silencio, esa pesadumbre.


Las obras de Ángel contienen esa sencillez desafiante, voraz, y en la mayoría de las veces optimista. Un optimismo extraño, mezclado con rabia y meditación. Lo que sí es inevitable, es que su obra no se resiste a ser interpretada una y otra vez. Es una especie de acertijo obsesivo que nos invita a pensar críticamente. Temas como el tiempo, la memoria, la migración, el poder, la globalización, el olvido, la tecnocracía, la vacuidad, la permanencia, la otretad, la lejanía, el abandono, el contexto, la soledad y la comunicación; están presentes a lo largo de toda su obra como un ente poético que se reafirma constantemente hasta el infinito. Por eso es que su obra, sin lugar a dudas, es de las más reflexivas dentro del arte contemporáneo. Además, de una carga existencial ensordecedora.
 
El lenguaje artístico de Ángel es sensitivo y minimalista. Lo que nos hace suponer que su obra pasa por un largo período de reflexión hasta que llega a ser exhibida frente al público en dimensiones variables e instalaciones con proporciones diversas.
 
Ángel es, en cada una de estas obras, un testigo que nos analiza detenidamente a lo largo de nuestras cavilaciones. Como si su obra fuera un lente angular que lo observa todo, todo, todo.




ÁNGEL POYÓN:
http://www.saltfineart.com/viewArtist.php?artist_id=37

martes, 4 de septiembre de 2012

PETER SAVILLE: musicalmente pixeleado

Publicado en revista Catálogo para la vida, número 16
2012.
Reeditada.



Foto: Portadas y fotoretrato de PS
La primera vez que vi una portada de Peter Saville, el legendario diseñador inglés originario de Manchester, fue a finales de los 90’s junto a un grupo de amigos europeos con los que hice un  viaje al mar durante un fin de semana agitado por los excesos y la música estridente. Lo recuerdo muy bien porque fue una chica alemana, de nombre Emma, la que me enseñó el booklet del disco –de Pulp, por cierto, una de mis bandas favoritas liderada por el poeta Jarvis Cocker–. El disco lo escuchamos una y otra vez entre poesía salvaje, con frases mal traducidas, micheladas picantes y conversaciones sin iPod, celular o Facebook.

El disco era This is hardcore. Un disco exquisito en todas sus profundidades y aristas sonoras. Hasta ese entonces el britpop me parecía una estrella fugaz y distante que había dejado su estela musical en bandas como Suede, Oasis y Blur. Pero la portada, mis queridos y queridas, era otra cosa para mi sensibilidad recién salida de la escuela y hambrienta por experimentar nuevas sensaciones sonoras.

Vayamos al grano.

La portada del disco muestra una pintura de John Currin –de quien supe el nombre años después– en la que una chica rubia, bocabajo, sobre un sofá rojo, parece estar en una especie de trance. En el fondo negro, detrás, aparece impreso el logotipo de la banda. Justo sobre el rostro y, en una milésima parte de los pechos de la chica rubia, aparece el nombre del álbum "THIS IS HARDCORE" en letra helvética, mayúscula y al cien por ciento color magenta. Todo estuvo a cargo de Saville: diseño, dirección de arte y corrección de color. Para ese entonces, el diseñador inglés ya tenía una reconocida trayectoria diseñando afiches y portadas de discos para la mítica disquera independiente: Factory Records, liderada por el enigmático Tony Wilson, a quien pueden apreciar en su esplendor en la película 24 Hour Party People.

Regresando a Saville, puedo mencionar que su talento va más allá de la adecuada manera de colocar los elementos del diseño en un arte final, interviniendo muchas veces otra imagen. Obviamente, un buen diseñador debe respetar el espacio, los colores y el equilibrio de todos sus componentes, y eso es lo que más me gusta de Saville. Esa deliberada construcción de atmósferas en sus obras. Porque son obras, claro, pequeños canvas trabajados en computadora y yuxtapuestos de manera técnica y emocional. Sin lugar a dudas, el don se ha ganado la admiración de críticos y demás personas involucradas en el medio, esto por poseer una sensibilidad avant garde que lo ha llevado a la creación de tipografías y un estilo minimalista que conjuga el diseño industrial con la profundidad de tintas y texturas. Entre su larga lista de obras se pueden encontrar las portadas de Joy Division, New Order, Brian Eno, Roxy Music, Ultravox, Peter Gabriel, Suede y Pulp. Nada mal para un diseñador compulsivo, que ha desarrollado una carrera dentro del mundo de la publicidad y las consultorías de diseño.

Toda una joya, el señorón de 57 años, que hasta se ha codeado con la farándula de la moda, diseñando campañas para Christian Dior, John Galliano, entre otros.


Sin mayor duda, Saville es un referente imprescindible al hablar de música y diseño. En lo personal, a mí me convenció con eso de que toda obra musical debe ir acompañada de una imagen irreverente pero coherente, que uno quiera poseer y llevar a todas partes; como menciona en una entrevista que le hizo una revista reconocida de diseño.

En otras palabras, la belleza le entra a uno por los ojos, ¿o no?


PETER SAVILLE:
http://www.btinternet.com/~comme6/saville/ 

jueves, 9 de agosto de 2012

BREVES PALABRAS sobre la intimidad

Asuntos íntimos de un hijo de vecino
(Alas de Barrilete Editorial, 2012)
“And the bus and the tourists are gone
And you’ve thrown away your choice and lost your ticket
So you have to stay on”.
Cat Stevens


La intimidad es una trinchera obtusa donde reflexionamos e intercambiamos símbolos cotidianos con la naturaleza indeleble que resulta vivir. Desde su vientre, nocturno para algunos, lanzamos rabietas al aire que luego se convertirán en tibias anotaciones de tinta, luz y sombras. Estas transmutarán, constantemente, hasta convertirse en irremediables prosas que fielmente nos descifren.

Así, con el pasar de los años y las noches y los whiskys y los pianos y los cigarros; vamos dejando un registro de nuestras incertidumbres, deseos, miedos y otros vapores que tarde o temprano se disiparán hasta solidificar lo que verdaderamente somos. Eso que tibiamente nos alcanza sin mayor tregua.

En 'Asuntos íntimos de un hijo de vecino' de Gustavo Adolfo Abril, encontramos un registro maravilloso de todo ese proceso. A través de sus páginas, el autor nos lleva de la mano por ese sendero en el que fuimos, e irreductiblemente seremos, en algún momento de nuestras vidas. En sus prosas, el lenguaje es testigo de la cotidianidad; y además, la soledad resulta ser una herramienta necesaria para construir una ciudadela de luz con vista al delirio, al mar y al cenit de todos los ocasos.

Los relatos acá incluidos, son anotaciones reflexivas sobre el caminar a lo largo de este sendero que conduce a la nada y al que llamamos "vida". Además, contienen una fuerza melancólica y una carga emocional ulterior; es decir, más allá de la capacidad sensorial con la que estamos acostumbrados a percibir el mundo. En cada una de las páginas, Gustavo refleja desencanto, añoranza, olvido, melancolía y desamor; pero nos recuerda que son himnos cargados de optimismo y furia por seguir adelante. Citando al autor: “Me importa lo que viene. Me importa la vida. Me importa ella… y lo que aún no ha sido”.

Desde sus primeras páginas, vamos descifrando a un Gustavo que llevamos dentro. Ese Gustavo que se mimetiza entre la nostalgia y el camino recorrido. Ese Gustavo que nos motiva a transcribir todos los instantes en letras y delirios. Ese Gustavo que respira y transpira poesía. Además, que nos hace buscar constantemente la felicidad.

En este libro, Gustavo –con su tinta nocturna y bien pulida como granito ineludible–, nos aproxima a la vida con su soliloquio de verdades y racimo de letras al por mayor.




Asuntos íntimos de un hijo de vecino
Gustavo Adolfo Abril
132 pags, Alas de Barrilete, 2012
ISBN: 978-9929-40-228-7

jueves, 2 de agosto de 2012

MANDIL Y CUCHILLO en mano

Publicado en revista Catálogo para la vida, número 13.
Octubre del 2011.
Reeditada.



«Para duplicar la felicidad hay que compartirla».
Paul Bocuse


FOTO: Menús de la ACG
Cocinar me hace feliz, no hay duda. Hace menos de una semana serví una cena para treinta personas y todas quedaron satisfechas. No hay nada como eso. El menú: Escalope de cerdo en salsa demiglase de loroco, acompañado de arroz con cebollín y una ensalada de repollo caramelizado, hongos crimini y vegetales flameados al ajo. Sólo de volver a escribir esto se me hizo agua a la boca.

Para los que se preguntan. Sí. Estudié cocina y regularmente la practico. Tengo un servicio de catering y cada vez que puedo, escribo algo sobre gastronomía fusión, que es lo mío. Acá les cuento un poco sobre donde estudié y quienes fueron mis instructores.


Estudié en la A.C.G. (Academia Culinaria de Guatemala). Un rinconcito de la zona 10 donde abundan sabores, olores, cuchillos, sartenes y recetas, que son enseñadas por geniecillos de la cocina en diferentes horarios de mañana y tarde, aunque en algunas ocasiones también durante la noche. Los alumnos son de todas las edades y hay cursos para todos los gustos y niveles: Chef de Partie, Chef de Cuisine o Chef Pattisiere, aunque también hay cursos libres de Gastronomía Molecular, Francesa, Italiana o Bartender. Me recuerdo que sólo habíamos dos llegando a los treinta. Todos eran chicos y ciertas veces nos veían raro. A excepción de Winston Alvarado, uno de los chef instructores, que no tenía muchos más años que nosotros y lucía el brazo lleno de tatuajes y cicatrices de pearcings en las orejas. La ACG, para ponernos teóricos y periodísticos, fue fundada hace más de diez años por el reconocido chef guatemalteco Luis del Cid, quien en su trayectoria cuenta con varios galardones nacionales e internacionales, un programa de televisión transmitido por más de diez años, muchos libros de cocina publicados y un gran legado culinario que comparte humildemente con todos los que lo rodeamos. En ese sentido, he sido otro afortunado en recibir todos sus conocimientos.

FOTO: Edición impresa

El Chef Luis, como lo llamo personalmente, fue quien me adentró en los conocimientos plenos de la gastronomía y por eso nos dispusimos a conversar, para que escribiera esta nota. Durante el tiempo que estudié, llegué a conocer todo este mundo que tiempo atrás me parecía ilusorio y distante. Lo que les puedo decir es que fue una de las mejores experiencias de mi vida. Mucha práctica, mucho aprendizaje, mucho rush y mucha sensibilidad persistente. No hay duda que la ACG es de los espacios más admirados dentro del rubro alimentacio, al igual que todos sus instructores. Del Chef Luis, a quien se le suele encontrar con su filipina blanca dentro de los salones de clase o en las cocinas de la academia, puedo contarles que lo motiva es el poder compartir todos sus conocimientos con colegas y alumnos.

A sus 58 años, después de haber estado a cargo de la cocina de varios restaurantes internacionales y algunos propios, me cuenta cómo fue qué descubrió su profesión: “Descubrí mi pasión por la cocina, trabajando en un restaurante Judío… me atrajeron los olores y el ver como se transformaba la materia prima en platillos deliciosos“. Luego me dice que “un Chef debe disfrutar su trabajo a pesar de las largas horas y el calor al que se está expuesto dentro de la cocina". Además, también añade que un Chef “debe estar dispuesto a escuchar críticas, así como elogios, por lo que debe de ser creativo y responsable”. Cosas básicas, breves, puntuales y serenas.

Además, podemos encontrar que en muchos de sus libros hay un ferviente amor por la gastronomía guatemalteca, de la cual me dice que “es muy rica en sabores, olores y texturas”, a la vez que me asegura que es necesario darla a conocer al mundo. En eso coincido con él. Esto me hace recordar que cuando empecé a estudiar nos hablaron de Slow Food, un movimiento internacional que promueve la tradición gastronómica de cada región e intenta difundir la filosofía del buen gusto, que combina placer, sensibilidad al comer y conocimiento de los ingredientes. El Chef Luis es el encargado de la sede en Guatemala. Nada más respetable que eso.

Regresando al tema de la ACG, les puedo recomendar cualquiera de las carreras largas. No hay límite de edad y lo único que necesitan es la disposición de tiempo y las ganas. Pueden estudiar una carrera larga o algo más ligero. Entre estos cursos pueden encontrar: Cocina Mediterránea, Cocina Italiana, Cocina Guatemalteca, Bartender, Enología, Gastronomía Molecular, entre otros más que van variando según las necesidades de los estudiantes. En lo personal, los recomiendo todos.


Les comparto algunos de los gustos que el Chef Luis me compartió mientras conversábamos:


PLATO NACIONAL FAVORITO:Jocón.
PLATO INTERNACIONAL FAVORITO: Mezza.
ESCRITOR NACIONAL FAVORITO: Virgilo Rodríguez Macal.
MÚSICA FAVORITA: Romántica.
PELÍCULA FAVORITA: Sin Reservas.


No pierdan el tiempo e inscríbanse. Les aseguro que no se van a arrepentir.

jueves, 26 de julio de 2012

CÓSMICA: fascinación autómata


FOTO: Autómata, 2011
Dicen los Cut Copy: «Lights and music are on my mind», y a mí me da por bailar. Eso me pasa también con Cósmica, esa banda guatemalteca con la que se me ocurrió escribir esta especie de reseña-experimento después de escuchar su última producción. Veamos que tal me va.

Cuando una partitura se vuelve un avioncito de papel, y éste, se va transformando lentamente en un cohete espacial que logra alcanzar galaxias, estrellas y constelaciones relajantes, siempre propulsado por la agilidad de los sonidos y la versatilidad de los ritmos, eso es Cósmica.

Un viaje. Un buen viaje. Un vendaval de riffs sicodélicos, una marea de percusiones simétricas, una brisa funky desde el mar, un bosque de líricas exactas, un parque de juegos electrónico y un destello de estrellas urbanas. Ternura in situ. Estallido rítmico. Fuerza emotiva de experimentos y caudal de riesgos inexplotables.

Es como un poema, ¿no? A ver, intentémoslo una vez más. Voy por un cigarro.


[INTERLOCUTOR: He escrito alrededor de seis cuartillas y siempre termino borrándolas o añadiéndoles extractos de otros párrafos infinitos para armar el rompecabezas de esta reseña de una de mis bandas favoritas de la escena guatemalteca al igual que Zoé o The National en otras latitudes pero es que la reseña debe de ser perfecta y simétrica como a veces resulta la música de Cósmica porque al final de cuentas no hay otra banda que esté haciendo lo que estos chavos hacen que es incorporar muchas cosas en una licuadora una especie de blender-mixer-musical ¿será que me entienden si les escribo esto? no tengo idea pero supongo que este mix es una alquimia electrónica y orgánica al mismo tiempo porque sólo es de verlos en escena ya la espalda me duele la espalda mejor sigamos con la reseña para que diga lo que quiero decir como el eterno Mallarmé de hace dos siglos puliendo sus versitos una y otra vez hasta dejarlos resplandecientes pero es que el disco está muy bueno todas las rolas son un verdadero trip que me está dejando sin palabras.]


A ver, intentémoslo una vez más. Espero me haga entender:

La música de Cósmica siempre me ha parecido una pulcritud de armonías y una búsqueda meticulosa que busca la perfección híbrida. En todas sus canciones encontramos algo de euforia y de temperamento, que considero, lo más fascinante de todo su abanico de encantos, ya que es un temperamento primitivo de pasar del rock al jip jop, sin perder esa elegancia. Partiendo de esto, no es sorpresa que desde sus inicios, hace ya más de 5 años, se hayan presentado de una manera sorpresiva y abrupta, en un medio musical en el que las exageradas distorsiones, el mosh aguerrido, las eternas camisetas negras y las manos cornutas prevalecían en un país donde hay mucha más garra precaria que lucidez compositiva.

Para ello, y a disgusto de algunos, Cósmica empezó a fusionar muchísimos elementos que la hacen ser una de las bandas, o quizá, la banda más experimental de la escena musical guatemalteca. Entre estos géneros, que más que directrices dogmáticas en su estilo, Cósmica utiliza para regenerarse en cada canción, podemos encontrar: electrónica, dreampop, noisepop, funk, bossa nova, hip hop, rock psicódelico, rock latino, rock indie y la lista continúa (créanme). Todo con la premura del pop electrónico como esencia básica y fundamental. A mi criterio, algo deliberadamente maravilloso que se percibe en sus materiales discográficos: Morboso (2008) y Autómata (2011).


De este último, les doy algunas recomendaciones:

  1. Sean egoístas y escúchenlo con audífonos alejados de la gente.
  2. Después de haberlo escuchado solitos, compártanlo, el mundo se los agradecerá.
  3. Si van a hacer un viaje, lo mejor es darle viaje al disco. Con todo.
  4. Póngale mucho oído a los coros, crean atmósferas geniales. Además: A) La voz de Tko brilla en todas las aristas y esquinas del disco. B) Las guitarras de Tono están 'en todo'. C) La precisión de Chalupa es envidiable. D) La programación de Andre es espacial.
  5. Imaginen pequeños videoclips hechos por ustedes con cada canción.
  6. Esta es más una precaución: Las rolas 3, 4, 7 y 8 pueden resultar adictivas.
  7. Si sos músico, no te frustrés, algún día vas a sonar parecido. Sólo ensayá y estudiá música, luego volvé a ensayar y seguí estudiando, pero no parés de tocar.

En pocas palabras: Esta fusión de géneros, que a algunos los pierde y desubica, es para Cósmica su fuente vital de inspiración. Ahí encuentran un bunker desde donde lanzar misiles musicales. Es decir, ese híbrido del siglo veintiuno, que es muy parecido al que canta llorando a todo pulmón Café Tacuba y, horas más tarde, moshea con las botas bien puestas una canción de Metallica o Korn. En ese sentido, es algo verdaderamente admirable dentro del circuito de agrupaciones nacionales. Sin ir más lejos, algo único y verdaderamente honesto. Lleno de muchos cauces interiores que sin lugar a dudas, les traerá muchísimos adeptos a los Cósmicos en los años venideros.


Larga vida al Ruido Rosa de Cósmica. Felicidades.