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viernes, 18 de septiembre de 2015

CRÓNICA de un ensayo de Fraaek

Columna quincenal publicada en Esquisses. 
Viernes 18 de septiembre del 2015.



Me fui a escuchar un ensayo de los FRAAEK y salí con ganas de un helado de mora o un vodka de cranberry.

A ver, les cuento:

Estaba en el trabajo editando textos y sintiendo el bajón de la música. Había pasado todo el día escuchando Juan Gabriel, Ana Gabriel, Emmanuel y Eros Ramazzotti. Eso le gusta escuchar a uno de mis compañeros de trabajo, y a veces, los audífonos no son suficiente. Ya no daba más. Así que nomás dieron las seis en punto, edité la última oferta del día, hice un banner flash de dos minutos, programé el boletín de noticias para el día siguiente y salí directo a la licorera. Me anestesié un rato la mirada con tanta botella y decidí comprar unos vinos. Al salir llamé a mi bróder (Marré) para decirle que estaba frente a su oficina. Salió a recibirme, no sé si feliz de verme o feliz por tomarse un trago. La cosa es que nos bajamos la botella en asunto de minutos.

Luego me contó que Selene, su chica, le haría una entrevista a los FRAAEK esa misma noche. Como aquellos son amigos, los llamé de inmediato para decirles que llegaría al ensayadero junto a los queridos Marré y Selene.

Escuché risas buena onda del otro lado del teléfono: «Muchá, viene también Pablito Bromo», dijo Fede a medio acorde de guitarra.

Como parezco taxista (Waze análogo) decidí ir adelante, en mi carro. Manejamos unos veinte minutos y por fin llegamos a la casa, un lugar rodeado de bosque profundo y rocío a toda hora; muy acertado para lo que este sexteto de musicazos hace al conectarse. La voz de Mabe, tremendísima, se escapaba por una ventana circular que daba del ensayadero al bosque creando una especie de sueño idílico mezclado con emoción y adrenalina.

Ahí estuvimos un buen rato. Viéndolos tocar, interactuar entre ellos y explorar capas y texturas de sonidos: chelo, guitarra, sintes, bases rítmicas, bajo y una descarga interesante de batería con el nuevo integrante de la banda.

La noche merecía algo más, digamos un buen trago, pero eso es porque soy un picado y no me gusta explorar un instante de felicidad sin algo más en la cabeza (ondas mías).

Al final, tomé algunas fotos de la entrevista que Selene hizo para Soy 502 y bromeé de subirme al escenario mañana, a bailar o a cantar algunos versos locos para su concierto en Qüid, donde estarán presentando su EP homónimo acompañado de otros grandes musicazos: Tenta y Duophonic. Toda esta delicia sonora con el apoyo de los infatigables Danzón Pérez, que siguen haciendo una tarea fascinante por llevar la música a todas partes. A todo esto, yo estaré celebrando mi cumpleaños con buena música, buenos amigos y excelentes músicos. Los visuales estarán a cargo de los Oniroides, otros grandes y talentosos amigos.

FRAAEK a medio ensayo

FRAAEK a medio ensayo



Regresando al ensayo… salí bastante reflexivo y con ganas de escribir mucho sobre música y vicios.

Nos despedimos con todos los queridos y luego de manejar en silencio por la autopista, pensé –ya de regreso en casa–, que los últimos años han sido un espectro súper productivo y estimulante para las bandas locales. Sonidos como los de FRAAEK, MOZ, Bucelonte o Cosmopoli Jet, por citar algunos, no sonaban hace cinco años, y si lo hubieran hecho, quizá no hubieran sido tan bien recibidos como lo son ahora. Y eso se agradece. No sé si sea la velocidad con la que viaja la información por las redes sociales o la proliferación de herramientas para hacer música desde tu casa con un iPad o una Laptop. Lo bueno de todo esto es que los proyectos siguen sumándose, y además de ser súper profesionales y llenos de onda, vinieron para quedarse en los oídos de la mara por un buen rato.

 
FRAAEK en una sesión en vivo


Con los FRAAEK me pasa que los escucho y siento una melancolía llena de felicidad. Es como si un avión en picada colapsara sobre un terreno lleno de tulipanes o flores silvestres de todos los colores y tamaños. Su música me parece el estruendo de algo verdaderamente hermoso. Creo que es la amalgama que crean entre ellos. Cada uno tiene proyectos individuales y eso los hace parecer más concisos a la hora de agruparse y tocar juntos.

Mabe, además de tocar el chelo divinamente, te lleva de la mano por un viaje cósmico con esa voz que parece sacada de una película escandinava. Por otro lado, Fede y Fernando, son como la pieza vertical de la banda, la voluptuosidad, la sincronía, la parte clara y a la vez perversa. Nelson y Stephane son esa base rítmica necesaria que junto a Hentze forman lo sólido de la banda, esa parte escondida detrás de todas las capas sonoras que le da gasolina y empuje al universo melódico de estos chavos. Y sí, como decía antes, todos son imprescindibles a pesar de que juguetean con proyectos personales. Su música es un paisaje lleno de profundidades que dejan caer ese pencazo poético que te encandila el corazón y te aguada el oído (como la textura de helado de mora).

Hay mucho de dreampop (Beach House, Grizzly Bear, Wild Nothing o The Church por citar algunas bandas) y también de una intención shoegaze de principios de los dos mil (lo primero que pienso es en Broken Social Scene, Yo La Tengo o Silversun Pickups). Todo en su música es un declive vertiginoso que te sorprende con atmósferas llenas de luz, poesía y ternura.

Todo está en su lugar, bien puesto. Esperemos que así siga, incluso mañana cuando enfrenten a la avalancha de fans que seguramente los ha estado esperando desde buen tiempo. Ya era hora.

Nos vemos mañana y nos tomamos el vodka de cranberry, porque el helado de mora me lo devoré escuchando Flaming Lips el otro día.

FRAAEK en Qüid

Lugar: Qüid, Z4 - Hora: 7PM - Entrada : Q50

lunes, 18 de mayo de 2015

DISCO RAYADO: el idm es mi nueva música clásica

Columna publicada en El Danzante #16 del Danzón Pérez.
Abril del 2015.



 
Toda esa resaca auditiva que deja la Semana Santa –con sus edecanes reguetoneras, fiestas bachateras y bailarinas houseras– me hizo armar algunos playlists con lo mejor de Tycho, Jon Hopkins, Apparat, Caribou, Flying Lotus, James Blake, Autechre, Thom Yorke, Björk y otra marita fina; para quitarme el mal sabor de boca por la espantosa lasaña veraniega (de la fiesta de al lado) escuchando a Banda El Recodo mezclada con Calvin Harris en un nonstop de cuatro días bulliciosos, lecturas interrumpidas y calor insoportable de la costa.

Tampoco es para tanto. La verdad, me la pasé muy a gusto en Semana Santa pero eso de escuchar como retumban las pobres bocinas de los vecinos con su música mala (popular a fin de cuentas) enlistando una variedad de tonaditas cargadas de injuria fiestera, reducida a palabras como “vacaciones ardientes”, “pachanga veraniega”, “hot fun summer” y otro montón de mercadeadas comunes… no es mucho de mi agrado.

Pero es que ver a la gente hinchada en alcohol y contaminando el ambiente sonoro con música chinche y miserable, de verdad no es lo mío. Insisto. Prefiero en último caso (muy lejano), un Guns N’ Roses ochentero, una Cumbia cadenciosa o una Selena caderona aderezando la parranda con un par de cajas de cerveza bien fría, amigas cariñosas en microbikinis y una que otra bolsa de Chicharrones Señorial para el monchis mañanero. Así, creo que va mejor la cosa. En vez de estar replicando la santa desdicha de una bachata desafinada o el “cero glamour” de una quebradita, poco original y llena de cascabillos.


A lo que voy es que la mayoría de la gente (y es mayoría, no lo duden), prefiere escuchar las listas famosas del Deezer. Sí, esas que dicen “Sale Puerto” o “Full Parranda” en vez de relajarse con un poco de DJ Koze, Four Tet o Ellen Allien al lado de la piscina, leyendo una novela policial o asando puyazo nacional en la churrasquera del patio trasero.


Es verdad, la música popular es el Diablo. Pero no siempre lo ha sido.


En otras épocas, la música popular ha estado impregnada de cierto misticismo propio de la música culta, clásica, académica o como quieran llamarle. En varios sentidos se han alimentado una de la otra, y esto ha resultado en un tortrix bien merecido y lleno de buena onda. Por eso, hay veces que pienso en Ravel como un Elvis Presley sinfónico, un J. S. Bach como un Jimi Hendrix convulso o un Chopin como un Kurt Cobain melancólico. No sé, a veces me da por pensar que la música electrónica (la más culta y experimental de todas) ha sido una evolución sistemática y necesaria de la música clásica. Su último eslabón y certeza. Pero esta idea, mis queridxs, es solo el esbozo de algo mucho más grande que no escribiré en esta nota postraumática, citadina y semi-bronceada.

Además, piénsenlo bien, sería estúpido imaginar a Mozart como a un Residente de Calle 13, a Wagner o Brahms como a un Tigre del Norte enajenado, o a Beethoven como a un Thomas Bangalter de Daft Punk tocando house triste. Aunque sí, puede que mucha de la música clásica pueda engalanarse con lo mejor de la música Pop del presente.

Por otro lado, me gusta mucho imaginar que los sonidos de Greg Haines, Nils Frahm o Sascha Ring son muy parecidos a los experimentos inmensurables de Arvo Pärt, Béla Bártok o Yuji Takahashi, personajes indispensables de la música clásica del siglo veinte. O que ir a un concierto de Ryoji Ikeda o John Cage, sería un alucín que no-tiene-precio.

En fin –a manera de escrito balbuceante y sugerente–, los invito a escuchar doce discos que considero chulos, geniales y alucinados. Si les gusta el IDM o cualquier variante de la electrónica “experimentona” creo que serán mucho de su agrado. Los pueden conseguir o escuchar gratis en internet, y reflexionar sobre estas líneas paralelas e imaginarias que trato de dibujar entre la música clásica del siglo diecinueve y estas delicias maravillosas del siglo veinte y veintiuno.

Saquen ustedes sus conclusiones. Pero eso sí, disfruten.

1. «Where we are» de Greg Haines, 2013.
2. «The Ravedeath» de Tim Hecker, 1972.
3. «Selected Ambient Works 85-92» de Aphex Twin, 1992.
4. «Boiler Room X Dimensions Opening Concert» de Nils Frahm, 2014.
5. «Bricolage» de Amon Tobim, 1997.
6. «The Inheritors» de James Holden, 2013.
7. «Cosmogramma» de Flying Lotus, 2010.
8. «Music has the right to children» de Boards of Canada, 1998.
9. «Dive» de Tycho, 2011.
10. «Tri Repetae» de Autechre, 1995.
11. «There is love in you» de Four Tet, 2010.
12.  «Dead Cities» de The Future Sound of London, 1996.

viernes, 8 de mayo de 2015

LA VIDA se disfruta mejor con un buen danzón

Columna quincenal publicada en Esquisses.
Viernes 8 de mayo del 2015.



Soy un aprendiz de escritor, un amateur de ligas menores que juega y explora con lo cotidiano. A veces, la mayoría de las veces, una trifulca de dioses enagenados y sirenas sicodélicas me explota en el corazón como un guacalazo gélido y taciturno; un leve sorbo de tristeza y otro chingo de absurdas chibolas marítimas me habita, como a muchos, como a pocos. Lo mejor, y como siempre lo he dicho, es bailar. Sacudir la tristeza, pues. Dejarla pal rato y aniquilarla a costa de pasitos tercos y solemnes.

Y que mejor que hacerlo con el Danzón Pérez, Lujo Prado y compañía; el mejorcito movimiento de la bailadera nocturna (y dominical) de Guate.

Acá la crónica tuitera, rodeado de damiselas taciturnas y bien buenas:





JUEVES 8PM. Ese silencio y esa gravitación que solo puede describirse como tibia tristeza. Así que a bailar.


JUEVES 8:30PM. Con una metralleta fría y un mortero en el corazón se estrella la noche. Vamos, Bromo, no te desanimes. Baila un poco.


JUEVES 9PM. El deephouse es el sístole y diástole de la noche. Toda anemia de pasitos de baile será censurada por la luz neón. A puro beat.





 JUEVES 11PM. Deephouse, como en los viejos tiempos. Solo así cabalga el corazón. Tú lo sabes, Bromo, ya lo has vivido muchas veces.


( escuchar audio en Esquisses.net)


JUEVES 11:30PM. Qué lujo escuchar buena shit del querido Lujo Prado. Explotan los beats como jaguares encendidos en fuego. Qué lujo.


VIERNES 12AM. Hay 39 botellas en la barra, un gato de la buena suerte y un millón de BPM lengueteando alrededor de un clítoris sonoro. Yeah.


( escuchar audio en Esquisses.net)


VIERNES 12:30AM. Todo es luz y baile. Al diablo el corazón. Que brille por sí solo. He dicho.


escuchar audio en Esquisses.net)

viernes, 6 de marzo de 2015

MIS INICIALES DE LA FIESTA: DMT, MDMA, LSD, DNB, EMD, IMD y SMA

Columna quincenal publicada en Esquisses.
Viernes 6 de marzo del 2015.



 La primera fiesta electrónica a la que fui fue en el año noventa y ocho.

Tenía el pelo bien corto, un grupo de amigos bien locos y varias rolas de 4Hero en la cabeza. No recuerdo bien si ese fue el primer rave al que fui, en algún lugar borroso de la zona 6 o zona 2, o fue otro en una bodega del centro, todavía más under, dark y locochón. Lo que sí recuerdo fue la resaca del día después y los beats de Fatboy Slim, Chemical Brothers y Faithless retumbando en la cabeza por la marihuana, la bailada y el ectasi.

Todo lo demás, fue un relámpago de sorpresas y una que otra buena puteada de mis viejos al ritmo del mejor drum and bass o big beat de la época: desde Propellerheads hasta Crystal Method, y claro, pasando por Moby, Goldie, Apollo 440, Meat Beat Manifesto, Photek o Aphex Twin.

Las fiestas las organizaban unos compas, aún más locos que nosotros, que se hacían llamar La Fosa Común o Fiestas Clandestinas; a las que tenías que seguir con escasez de redes sociales y chulos flyers hechos a la medida de la fiesta –dos ambientes y en algunos casos pálido offset–.

Claro, después de esas fiestas en Guate vinieron otras: La Cúpula, una terraza en zona 4, varias en una casa enorme hasta la chingada en carretera a El Salvador, La Antigua, La Barraca, Trescerocuatro, Corto Circuito, Selekto, The Box, Bass Supremacy, Secret Garden, los afters, los afterafters, etcétera. De esa época, o mucho antes, otro compa (Joserra) también era el dios curador (palabra aún desconocida en el léxico chapín) de otras fiestas más intensas: El Rave del Castillo. Pero en fin, al final todo se ha ido moldeando y acomodando al impulso propio de cada época. Lo que perdura es la rabia generadora de espacios alternativos, la mágica convivencia, el estruendo sonoro y la furia danzante del punchis-punchis.

Entonces puedo decir que me la he pasado bomba bailando hasta el amanecer en más de cien purrunes: John Digweed en un hangar del aeropuerto, Hernan Cattaneo en una disco de Las Américas, James Holden en otra disco de la zona viva, Satoshi la primera vez, Tambour Battant y Niveau Zero hasta el queso, todas las memorables Selekto, las infaltables del trescerocuatro, las improvisadas del lounge de elektronik.net en el segundo piso del Monachos, Corto Circuito, The Box, Above & Beyond, Infected Mushroom, Miguel Miggs y la lista continúa

A lo que voy con toda esta memorabilia espontánea (y esto lo pensaba hace un mes en una fiesta de la Revista Folk con Leke y Tropical Terror tronando bajos tropicales en una noche fría), es que la fiesta continúa y hay que agarrarla bailando.



Por eso aplaudo a colectivos como Danzón Pérez o Cube Rec con su Semana de Música Avanzada, que hacen posible que celebraciones a la música digital y al bailongo (como el de anoche con Coma y Robag Wruhme) sigan su curso y evoquen lo más hermoso de la música: ese silencio experimental que queda incandescente en el ambiente después de la más sublime de todas las fiestas.

Gracias, queridos, por eso.

viernes, 31 de octubre de 2014

TRES ELECTROMENDACIONES pal dancin

Columna quincenal publicada en Esquisses
Viernes 31 de octubre del 2014.







ADA de Adanowsky, 2014.

Adanowsky –más conocido por la producción del disco Solstis de Larregui, sus otros proyectos musicales, los experimentos fílmicos y además por ser hijo de Alejandro Jorodowsky– nos pinta de entrada un disco lleno de líricas fáciles y ritmos ochenteros; mejor apreciados, quizá, en bandas como Empire of the Sun, Pnau, Foster the people y Phoenix. En sí, totalmente opuesto a sus discos anteriores, en los que el elemento lingüístico es vital: «Amador» en castellano y «Étoile Éternelle» en francés. Pero bueno, no todo en este disco es apreciación o sublimación retro. También hay cuidado y precisión armónica. Entre más se escucha pareciera tener un hilarismo fabuloso y despojado de toda solemnidad. En otras palabras: una chingadera espontánea. Y eso es lo que más me gusta de su rítmica. Las verosímiles Dancing on the radio, I don’t love you y You’re my lover te pueden hacer bailar muy al estilo de Bananarama o Bangles, pero su voz (muy a lo Lenny Kravitz en ectasy) crea una atmósfera muy especial, sobre todo en Get up and fight, que destila sintetizadores y aeróbicos cocainómanos. Todas las demás, pues bueno, son un complemento funky muy bien intencionado. Y aunque por momentos deteriora en aburrimiento, también añade frescura y ligereza en tiempos de líricas convulsas o poéticas “cromañónicas”. Así que no queda más que escucharlo y disfrutarlo al por mayor. Recomendado, sí, para ponerlo antes de ir a la galería o a la reunión hipster. Un éxito de disco. Olvidadizo también, por eso 80 puntos, como la década que lo inspiró.


DANCE BABY de Solomun, 2009.

Este será tu disco favorito si te gusta el house y los ritmitos bailables. Es melódico, sencillo y minimalista. Lleno de brillos del deephouse más cálido pero también oscurón para la densa pista de baile. Tiene susurros del lounge y el nujazz intrépido de finales de los noventa, que sabe entretejer con voces, loops y otros efectos sin complicaciones ni recordatorios de grandeza. Es más, pareciera que es un disco de bajo perfil en el que el bosnio-alemán destila urbanidad, carisma y retórica armoniosa. Sus versátiles Cloud Dancer y After rain comes sun son un ejemplo del house más adepto para el bailongo, pero también para el disfrute de la “ensoñación” sonora. Mucho de funk, r&b y musicón ochentero se respira en sus contorsiones rítmicas. Cero drama y mucha sensualidad. Deja-vu, por otro lado, es perfecta para el club pero también para la fiesta sabatina de media tarde con churrasco y “frías” bien frías. En sí, un disco recomendado para hacerlo tronar de corrido de camino al mar en cualquier despliegue de la carretera. 90 puntos.


IN TECHNICOLOR de Coma, 2013.

A ver, para hablar de este disco vamos por partes. Hace tres semanas fue el aniversario de Cube Records y tocaron varios DJ’s, entre ellos el productor Alex Hentze (quien por cierto se lució con un live set sugestivo lleno de loops y bases rítmicas poderosas). Después de Alex, el plato fuerte de la noche era Coma, este dueto de alemanes llenos de beat y elegancia. Así los conocí, en plena pista de baile y conversaciones de madrugada. Su sonido en vivo es otra cosa, mucho más áspero y amplio, pero después de escuchar dedicadamente su música llegué a la conclusión de que la mejor música electrónica, o bueno, la más profunda de todas es la alemana (Kraftwerk, Apparat, Nils Frahm, Mode Selector, DJ Koze y una lista de DJ’s “comerciales” interminable). Pero bueno, vamos a al disco: de entrada es una ampliación a nuevas estratósferas electrónicas y a nuevos paraísos melódicos. Las voces, coros y demás efectos tienen la precisión de un reloj suizo, que sin ser arrogantes proponen una nueva manera de escuchar la música. Les Dilettantes, My orbit, T.E.D. y The great escape son delicias sonoras que lo llenan todo de ritmo, robótica y felicidad onírica. Missing peace es la guinda en el pastel del minimalismo. Mucho house pero también IDM. Música hecha para oídos selectos que la sabrán apreciar en la pista o en los audífonos. Loops insistentes que lo cubren todo de armonía y voces infatigables que evocan lo mejor del purrún vocal. Un disco imperdible para aquellos a los que la música electrónica los engancha. Aliado perfecto para los que disfrutan del buen “sonar”. Gracias Cube por traerlos a Guate. 100 puntos a ustedes y 100 puntos a Coma por esta joya memorable de LP.

viernes, 8 de agosto de 2014

IN INDIEPOP they trust (tres eventualidades gringas)

Columna quincenal publicada en Esquisses.
Viernes 8 de agosto del 2014.

PHANTOGRAM. A quien no conozca Phantogram este es el momento. Son dos chavos gringos -chava y chavo- que tocan un Trip Hop bastante intenso y veloz con sintetizadores, voces y guitarra. Para qué más.

Yo los conozco de hace algunos meses, pero cada vez que los escucho me es inevitable no pensar en Massive Attack o Portishead. Eso sí, con un estilacho extra adornado con pulcros efectos y rudas distorsiones que golpean la “pared de sonido”. Su música me parece una emulación acertada del mejor Downtempo inglés de los noventa, pero mucho mejor trabajado y estudiado. La voz de Sarah Barthel me redirecciona a una Beth Gibbons más lúcida (Portishead) o a una Victoria Legrand (Beach House) menos hippie pero igual de guapa. Y es eso lo que sobresale de Phantogram: la voz luminosa yuxtapuesta sobre el candor rimbombante de los sintes sabrosones. Eso es. Este dueto es una especie de holograma sonoro que se repite en cada una de sus pistas a manera de loop insistente y prominente. Mucho de Washed Out, The XX, Metronomy, Cults y Grimes (esa canadiense loquita que lo llena a uno de imágenes perturbadoras con su vocecita pop y sus extensiones decoloradas). 

Bajo ese parentezco va Phantogram, solo que estos chavos son más delicadones para componer. De los dos discos que tienen recomiendo “Voices”, que salió este año. Es mucho más profundo que el anterior, “Eyelid Movies”, que por momentos resbala en barroquismos innecesarios.

En “Voices”, los mejores momentos son cuando Sarah canta. Ahí se pueden apreciar las distorsiones del chavo, los loops de ella y otros efectos fabulosos. En sí, es musiquita para escuchar una y otra vez hasta que el oído se canse de la arboleda fantástica que produce su sombra deliciosa y melancólica. Es súper poético y tierno y rudo. Recomendado bien. Diez puntos.



THE DRUMS. A estos chavos los conocí por un amigo aficionado a los viniles. Estábamos escuchando Two Door Cinema Club y eso nos llevó a “Portamento”, el último disco de The Drums.

En sí es un disco acelerado y melódico, con matices de Bombay Bicycle Club y The Vaccines, pero con la oscuridad suficiente de Joy Division o Wild Nothing, aunque relativamente escueto y cursi. En pocas palabras: Tibia musiquita para bailar y corear muy al estilo de los hipsters Foals o los melancólicos Belle and Sebastian. Nada sorprendente, pero eso sí, enriquecido por voces y coros sutiles que se empecinan en suavizar el estruendo del bajo para hacer tonaditas bastante New Wave y poco certeras. Eso sí, “Portamento” está mucho mejor hilvanado que su primer disco (“The Drums”). Ambos son perfectos para la escucha tenue y dedicada. Especiales para quienes disfrutan de melodías suaves pero bien acariciadas por voces adolescentes, casi infantiles y sin profundidad lírica (“I want to buy you something, but a i don’t have any money”).

Habrá que esperar su tercer disco que saldrá este año. Ojalá sea algo más parecido a Bloc Party o The Wake, y menos a los patojones de Delphic.



OK GO. Después de ver una y otra vez todos sus videos, una sensación de vértigo creativo me invade. Cada uno de sus trabajos es una delicia audiovisual y un desdén de chingadera -desde aquel primerizo con una cuasiestúpida coreografía sobre Bandas para hacer ejercicio hasta el espeluznante y detallista videoperformance que le rinde homenaje a la Máquina de Rube Goldberg. Así, pasando por otro gran número de ideas genialidades a “bajo presupuesto”- que todo lo pueden.

¿Pero y su música? Pues nada del otro mundo, aunque en toda su producción haya una lista innumerable de géneros que se acoplan y aderezan muy bien al estilo del Power Pop o Pop estridente. Tres trabajos valiosos (“OK Go”, “OK No” y “Of the Blue Colour of the Sky”) de los cuales se rescatan canciones muy bien elaboradas e interpretadas. Así, todo bien: Baladitas poderosas, acelerones bailables y ritmos pegajosos con letras pegajosas. Todo bien para disfrutar de distorsiones bailables que enfatizan el show musical y la proliferación de géneros auditivos que al final de cuentas, cautivan y sorprenden en su impacto.

Lo mejor, entonces, es escucharlos sin el prejuicio de la música hecha y, claro, disfrutar de toda su música acompañada de lo mejor: sus videos.

Un ejemplo es el último videoclip (The writing’s on the wall) del nuevo disco que saldrá en noviembre, en el cual los efectos visuales y la forma de ver lo que vemos, dejan claro que “lo que está escrito en la pared” es ilusorio así como toda la música hecha hasta ahora en Norteamérica.

Porque sí, no solo la música inglesa es perdurable y memorable. Ojo.

viernes, 27 de junio de 2014

POECLÉCTICA es valiente

Columna quincenal publicada en Esquisses.
Viernes 27 de junio del 2014.




No sé en qué momento me aburrí de las lecturas de poesía.

Quizá fue la condensación de formalidades y la solemnidad lo que terminó por desencantarme de todo ese rollo ceremonioso. A lo mejor mi devoción por poetas como Ginsberg, Morrison o Lou Reed fue lo que me indujo por el camino performático (y polifónico) de la poesía escénica. No lo sé, pero a consecuencia de ese aburrimiento y la fascinación que tengo por el IDM (Inteligent Dance Music), una larga lista de tracks empezaron a martillar todos mis intentos de escritura para empezar a balbucear armonías y teclazos estridentes en los programas de audio. Aphex Twin, Mike Paradinas, Autechre, System 7, Squarepusher, LFO, The future sound of London, DJ Spooky, Proem, Brian Eno, Flying Lotus, Ryoji Ikeda, Andy Moor, Apparat y James Holden han sido algunos de esos motores detonantes.

Así, poco a poco, fui dejando las aburridas presentaciones con inmensas epígrafes y agradecimientos epistolares hacia el culo solemne de la poesía, para adentrarme en una lectura “ambient” que nombramos con Alejandro Marré y Federico Franco en el año 2010: «Poecléctica». La presentación quedó chula y sintió rico entablar un diálogo íntimo entre poesía, música y ritmo.
Después de esa primera vez detrás de una computadora, un micrófono y un megáfono todo parecía distinto. Más espectral. Más relajado. Pasaron los meses y a la jugada se sumó Alex Hentze, un excelente productor (y DJ) que le añadió profesionalismo y sonoridad alucinada al proyecto. Eso nos llevó a otro nivel de lectura y estructura. Tanto así, que meses después nos presentamos en un festival de arte junto a músicos invitados tan solo para implorar la potencia y el fulgor que tienen la poesía y la música electrónica. Tocamos por más de una hora en una jaula de un sótano antiguo, y al parecer, al público (y a los poetas) le siguió gustando.




Después de algunas presentaciones más, Alex zarpó hacia Argentina en un viaje por más de dos años. El proyecto, entonces, lo asumí con creaciones propias y otras prestadas, para amalgamar el aullido del poema con la voracidad de la música electrónica nueva. Visuales, loops, grabaciones y músicos invitados se sumaron al festín poético. Y bueno, después de dos años de no compartir escenario con Alex, por fin nos volvemos a reunir. La “lectura” o “concierto” será mañana dentro de la agenda del festival de libro La Valiente. Esta vez se sumó el talentosísimo Renato Barrios (del Colectivo Oniroide) para aderezar la parranda con sus visuales alucinógenos. Están muy invitados e invitadas, sobre todo si les apasiona la música, los píxeles tremendos y el susurro textual a quemarropa.

La cita es a las 6:30 en la Alianza Francesa. Además, media hora antes estaré “re”presentando mi libro Stereo Offset junto al dandy Juan Pablo Dardón. Así que la celebración se viene doble, digo, en estéreo.

viernes, 25 de octubre de 2013

SOMA: Un viaje musical

"..there is always soma, delicious soma, half a gramme for a half-holiday,
a gramme for a week-end, two grammes for a trip to the gorgeous East,
three for a dark eternity on the moon...”
Brave New World, Aldous Huxley



De nada sirve ir a tomarse unos tragos a un bar, abarrotado de música, y sorprenderte haciendo comentarios como: «Yo pondría mejor música», «Mirá, acá está mi iPod» ó «¡Qué hueva esa mierda!». Digo, para qué ir a un bar, si en el fondo no te sentís cómodo y estimulado por el ingrediente sonoro que te dosifican con cada cerveza o coctelito, y que además, pagás de buena gana. O a lo mejor, vos sos de lxs que tienen “cuello” y te ponen una que otra canción, o en el mejor de los casos, el playlist enterito. También pasa, que si hacés una petición o sugerís algo, te mandan de inmediato a la chingada. Y el bartender, irónico y caradura, te dice que su bar no es estación de radio. Entonces vos entendés. Tiene razón el tipo. Y después de meditarlo varias veces, decidís no ponerle mucha atención a la música. Pero, «¿cómo no ponerle atención a la música?». Eso no es de Dios. Yo no puedo. La música es mi cuadrilátero. Mi estrella. Mi mosh.

La mayoría de las veces que salgo de purrún, quiero estimularme con un buen listado de canciones. Un poco de esto, un poco de aquello. Sin embargo, las opciones se agotan cuando pienso en “un buen bar”. Hablo de un bar decente y fulguroso. Under pero no tanto. Cómodo pero no hippie. Selecto pero no tan caro. Barato pero higiénico. Alternativo pero no muco. Ustedes me entienden. Las opciones se reducen y nos quedan dos o tres, que son los que regularmente frecuentamos. A mí me pasa todo el tiempo.


Muy pocas veces me he sentido en casa, digamos, considerando todas las posibilidades que mencionaba anteriormente. Sí, hablo de sentirse cómodo, a secas. Feliz y consentido. Tranquilo y elocuente. Me pasaba en los desaparecidos London Pub, El Costumbro, Tercera Luna, Monachos y Lírica. También mencionaría a Rattle ‘n’ Hum y El Establo, pero ahora son otra cosa. De los que aún sobreviven, me siento cómodo en el eterno Esperanto, que me recibe con la mejor michelada de Guate. Y también, por qué no, en la excesiva La Maga (cuando la turbulencia etílica es considerable y no hay furia de madrugadas salvajes).

De lo contrario, no acostumbro ir a lugares donde sé que la música es una porquería, un chirmol, una rocola vomitada con lo mejor del heavy metal ochentero ó con el pop rock sodomita de los noventas. Igual me pasa con la cumbia. No me gusta para nada su fatídico ritmito. Prefiero aquellas temporadas frenéticas en The Box o Corto Circuito, donde me la pasaba zumbando como avispa electrónica sobre la pista y los lásers.





Después de todo esto, no he encontrado ningún lugar donde realmente me sienta cómodo. Eso, hasta hace un par de meses. El lugarcito se llama SOMA. Sí, como la droga de Aldous Huxley, esa de la felicidad tan necesaria. El lugar, está muy bien ambientado, lleno de pósters musicales con lo mejorcito de todo: Pixies, The Clash, Nirvana, Joy Division, Death Cab for Cutie, Björk, Morrissey, Iggy Pop, Hendrix, Joplin, Beatles, etcétera, etcétera, etcétera. Dos salitas que le dan un toque bastante relajado y un puño de mesas, todas altas, que le dan un toque industrial pero sofisticado. La barra, considerablemente grande, y una lista de bebidas que van desde cervezas hasta cocteles preparados. Los precios, nada mal. Y para rematar, justo detrás de las botellas, la imagen del tatascán de la poesía: Bob Dylan, impreso en un mural tan singular como ninguno, al lado de imágenes de Syd Barreth y otros elementos de diseño, incluyendo un mural de Leke, más conocido en el ámbito de la música como Aerofustán. Por si fuera poco, el lugar cuenta con un escenario pequeño y discreto, en el que han circulado músicos como Dubvolution, Dr. Tripass, Imox, Perro con Alas, Dubby Dub, Two Miles from Shore, DJ Fla-KO y otros.

Se los recomiendo. Es un joyita perfectamente diseñada para el viaje. El viaje sonoro. El viaje anímico. El viaje circunstancial. Todo melómano tiene que probar SOMA. Es un deleite como pocos. Además, el bar cuenta con un sótano que funciona como galería de arte, en el que se expone arte guatemalteco. Lo más fresco, lo más innovador, lo más actual. El espacio se llama S1, y promete mucho. Sin lugar a dudas, una propuesta que conjuga arte, música y relax. Ya faltaba un bar así. Un oasis. Un faro en medio de toda la turbulencia del centro histórico.


Vayan, visítenlo. Regularmente hay sesiones de música, como la de este sábado, en la que el post punk y el new wave serán el plato fuerte. Una nochecita para escuchar The Clash, The Smiths, David Bowie, Joy Division, Psychedelic Furs, Flock of Seagulls, Patti Smith, Ramones, Sex Pistols, The Cure y una lista interminable de sorpresas, que Carlos Salázar, melómano empedernido y dueño del bar, tiene preparado para el deschongue sonoro. Por allá nos vemos. Saltando como Johnny Rotten o Joe Strummer. Yeah.

SOMA, centro cultural
11 calle 4-27, zona 1
Horario: 5pm – 1am
Fanpage: https://www.facebook.com/SomaBarGt


Columna quincenal publicada en Esquisses.

viernes, 27 de septiembre de 2013

POLAROIDS MUSICALES 7: Los festivales de música


La semana pasada me regalaron el libro Wilderness, o más conocido en español, como Poemas perdidos de Jim Morrison. Esto me hizo buscar algunos de los pasajes más emblemáticos de No one here gets out alive –un biografía sobre Jim Morrison–, quizá, la que más me ha gustado, y además, la única que queda entre mis libros.

Mientras avanzaba páginas –con fotografías, poemas a mano, rarezas y anécdotas–, me puse a pensar en los festivales de música; sobre todo en el mítico Monterey Pop Festival de 1967 y el memorable Woodstock de 1969. Estos dos festivales, pusieron sobre la mesa varios temas, además de situar en el mapa a bandas importantísimas que años después serían recordadas por su crujir melódico sobre el escenario (Hendrix, The Who, Joe Cocker, Santana, Joan Baez, The Grateful Dead, Janis Joplin, Jefferson Airplane y otras).

Sucedía entonces el Summer of Love, la concentración hippie, la revolución sexual, la masificación cultural, la ruptura ante la opresión, la libertad de pensamiento, el desenfreno, la repulsión contra la guerra de Vietnam, el discurso de la paz, el nacimiento de la contracultura. Pero lo más hermoso de todo, es que sucedía la música, ese corazón constante y alentador, que lograba reunir por primera vez a miles y miles de personas con un solo propósito: disfrutar del deschongue sonoro.




Hoy por hoy, los festivales han ido desencantándose de posturas políticas y sociales; y reflejan, en el mayor de los casos, una apatía explícita por el caos y un apetito por la masificación comercial en la industria de la música. Es decir, el negocio. Aún así, continúan reuniendo –a veces hasta por diez días–, a miles y miles de personas de manera gratuita o pagada. Los hay de todo tipo, género y presupuesto: Glastonbury, Leeds, Coachella, Lollapalooza, Sziget, T in the Park, Iceland Airwaves, Falls Music, SXSW, Primavera Sound, Sónar, Ultra Music, Hellfest, Download, FIB, JazzFest, Pinkpop, Montreux Jazz, Roskilde, Bonnaroo, Sonorama, Fuji Rock, Rock en Seine, Super Rock, Tomorrowland, Creamfields, Pepsi Music, Quilmes Rock, Maquinaria, Rock in Rio, Imperial, Vive Latino, Corona Capital y la lista se extiende a todos los confines del planeta; inclusive a Colombia, un país dolido por la guerra y que realiza el mayor concierto gratuito de toda América Latina: Rock al Parque. Una belleza de ejemplo.


Alguien preguntará, “¿y los conciertos en Guatemala?“

Le respondo sin el mayor afecto: “Los festivales que se hacen acá no dan la talla, ni para hablar al respecto”. Pero bueno, sumidos en ese convencionalismo parco de organizar festivales “poco atractivos” y bastante tediosos como los que se organizan; ha pasado algo bastante interesante, que ha sido aceptar e interactuar con el panorama de la música local (ya que no hay presupuesto para festivales masivos con artistas internacionales, o talvez sí, pero no el interés ni la intención).

Todo esto, permite que algunos “soñadores” logren su cometido: Festivales dignos, con el mejor abanico de la música actual, pero sobre todas las cosas, festivales hechos con el corazón y con la intención de apoyar al artista local; intentando unificar las artes visuales con la música y otras disciplinas. Algunos ejemplos: Manifestarte, Rock Bajo El Arco, ZOM, SMA, Grungefest y la lista se nos queda corta. Estos intentos por establecer conexiones latentes y perennes, ha llevado a varios músicos y organizadores, a experimentar con festivales intimistas poco ambiciosos, sobre todo meritorios. Muy meritorios.

Cuando escribo esto, pienso en Festival Eucalipto. Una celebración a la música despojada de lo tradicional, que sin ningún patrocinio ni apoyo de instituciones “pesadas”, ha logrado consolidar a un grupo de melómanos concientes de nuestra realidad musical y de nuestra industria productora desde hace más de seis años.

Entre la lista de músicos participantes del festival –a través de sus distintas presentaciones, ya que ha variado en formato y locación–, se encuentra un buen listado de músicos del panorama actual: Dubvolution, Ishto Juevez, El Gordo, Pat’za, Alex Hentze, Señor Juan, Tiananmen, Cósmica, Woodser, FRAAEK, Los Remolacha Beats, Two Miles From Shore, Dubby Dub Selector, Xb’alanke, Naik Madera, Madam Fun Too, Satélite, entre otros.





En su edición de este año, el festival incluye la participación de: Yvan Joint, Dr. Tripass, MOZ y MnCve; cuatro propuestas distintas para darle énfasis a la diversidad del festival. Así que ya saben. Dense la vuelta por la Alianza Francesa y celebremos la música juntos. La cita es mañana sábado a partir de las 7 de la noche. No hay excusa.


NOTA FINAL: He ido a muy pocos festivales (internacionales). Me gusta más la idea de ir a escuchar una banda en específico, aunque pensándolo bien, podría hacer un listado de diez bandas que me gustaría ver en un un solo festival al aire libre. Estas serían las bandas:


Björk
Leonard Cohen
Apparat
James Blake
The Flaming Lips
Arcade Fire
The National
Arctic Monkeys
The Strokes
Radiohead


Hagan su lista y soñemos juntos.




Columna quincenal publicada en Esquisses.

viernes, 13 de septiembre de 2013

CARIBOU, DAPHNI, MANITOBA: El nombre es lo de menos



Supongo que Daniel Snaith –más conocido como Caribou, Manitoba y recientemente como Daphni– ha de ser uno de esos melómanos a quienes les encanta coleccionar texturas sonoras, instrumentos exóticos y viajar a través de cualquier harmonía posible. Toda su música es una radiografía minuciosa de la movida electrónica de la última década, y lo mejor de todo, de la manera más humilde y silenciosa. Lounge, acid jazz, downtempo, drum & bass, nu jazz, chill out y deep house es algo de lo que se esconde en el fondo de sus seis discos. Toda una exploración a través de patrones de percusión y una amplificación de capas de sonido que se repiten constantemente como delirios hipersensibles, juguetones y salvajes.

Algo así como meter en un blender literario a Pessoa y todos sus heterónimos, añadirle una pizca de Joyce, Breton y Guattari para darle cuerpo; y por último, para agregarle sazón y buqué, espolvorearle lo mejor de la literatura estadounidense de mitad del siglo pasado o decorar con lazcas de la literatura rusa más decadente para añadir textura.

De todo esto se obtendrá un producto deliciosamente sensible muy parecido a toda la música de este canadiense de 35 años, a quien la sale la música muy fácil de la manga. Un universo de sonidos que conviene escuchar una y otra vez hasta el cansancio. Una música estrechamente ligada con “el viaje” introspectivo, que es mejor estudiarla por partes; si no, empieza el vértigo y la sudoración incontenible.

Lo ideal –como lo he pensado hacer últimamente, sobre todo en estos días de lluvia intensa–, sería recostarse en muchos, muchísimos cojines, a disfrutar de los encantos sonoros que emanan de las bocinas y separar cada sesión por cada uno de los seudónimos de Daniel; y atreverse, como quien acepta que hay genios que nacieron para lo suyo, a decir que el nombre es lo que menos importa después de todo.


Pero bueno, empecemos por Manitoba (2000–2003), que sugiere una exploración por el drum & bass melódico y el acid jazz elegante. Los dos discos: Start breaking my Heart y Up in flames, juguetean con el ambient jazz más efusivo, matemático y anacrónico. Los mejores ejemplos están en “Mammals vs. Reptiles”, “Paul's Birthday, “Hendrix with KO” y “Twins”. En el resto de pistas, hay mucha furia sonora, wallofsound, shoegaze y facilidad para entablar diálogos con la locura. De los dos discos me quedo con el primero. Definitivamente es más “básico” y permite ver a un Daniel más honesto, jovial y explorativo. Haberlo visto tocar en vivo por estos años, me imagino que tuvo que haber sido una experiencia impactante y asombrosa, muy distinta a la del año pasado en su gira por México, Estados Unidos y Europa con Radiohead.

Por momentos me recuerda a Jazzanova, St Germain, Tosca y todo ese nu jazz suculento de finales de los noventa. El segundo disco, es, quizá, un preámbulo de lo que hizo más adelante. Mis favoritas de esta primer etapa son: “Schedules & Fares” y “Paul's Birthday”, con bases rítmicas persistentes y sordinas delicadas.

Así, nos vamos directo a la segunda etapa, bajo el nombre de Caribou (2003–2012), con la que explora muchísimo más la insistente sicodelia y la decoloración sonora, producida por guitarras, baterías y percusiones delirantes que claramente son apreciadas en vivo. De los tres discos (The Milk of Human Kindness, Andorra y Swim), el primero es el más explosivo. Los dos últimos son ya, la producción más experta y pesada que un músico puede lograr con un buen equipo, software y muchas horas de trabajo. Hay mucha narrativa, mucha introspección, mucho esbozo pulido hasta la saciedad. Se puede percibir que hay largas jornadas de creación y entendimiento de las texturas y/o decibeles.

Su disco The Milk of Human Kindness, del 2005, es elegante y sinfónico. Sutil como ninguno de los otros discos y explicativo a través de percusiones volátiles y autónomas, herencia del drum & bass de los noventa (Aphex Twin y Four Tet), pero también redundante por su excesivo uso de batería y sonidos viejos (Beach Boys y The Kinks). El mejor ejemplo: “Yeti”, “Brahminy Kite” y “Barnowl”. Tres joyas que se van inflando con el transcurrir de los minutos y que terminan por persuadir al tiempo.


Por otro lado, Andorra, del 2007, es una exquisitez sicodélica llena de aristas folk, que se mimetizan entre la electrónica y la experimentación más ácida. Ojo, cuando digo “ácida”, no sólo me refiero al LSD, sino también a los sicotrópicos, sicoanalépticos, sicoactivos, enteógenos, disociativos, disocirecreativos, onirógenos, empatógenos, alucinógenos y toditos sus etcéteras.

Es decir, el disco es un zumbido capaz de penetrar el oído más difícil y perpetuar sus diversos efectos hasta lograr su acometido. De seguro, a nuestros queridísimos Huxley, Hofmann y Leary les hubiera encantado escucharlo. Hubieran suspirado, bailado y pataleado al ritmo de toda su instrumentación exquisita.

No hay ninguna canción que produzca ese efecto contrario a la felicidad. Desde la memorable “Melody Day” hasta las hipnóticas “Sundialing” e “Irene”; son la resultante de un complejo, pero armonioso manojo de notas, efectos, coros y rolercoster anímico a través de todas sus capas de sonido. A mí criterio, un disco que habría que revisitar constantemente junto al ‘reseñablísimo’ Swim, del 2010, que con sus sonidos perpetuados y aritméticos de un retro sesentero-setentero, hilvana un género que ya Stereolab o The Animal Collective habían acuñado a principios de la década: la indielectrónica. Casi rozando el indiepop más onírico y ecléctico.

Mis favoritas de este último disco son: “Odessa”, “Sun”, “Bowls”, “Found out”. Bueno, mejor decir casi todas, ya que el disco completo es un pastelito sonoro que poco a poco he acuñado a los momentos más felices de mi historia con la música. Algo muy parecido a lo que me pasa con LCD Soundsystem, The Rapture o Friendly Fires.


Sin lugar a dudas, Swim y Andorra, son los discos que más se conocen de Daniel y los que sin mayor preámbulo, lo han catapultado al círculo de los elegidos. Por allí transitan Björk, Moby, Apparat, Autechre, Yorke, Holden y otros.



Por último, y no por menos, está la tercer etapa bajo el seudónimo de Daphni (2012–actualidad), que con el disco Jiaolong, de finales del año pasado, hace un viaje al epicentro de la electrónica a través de la exploración más oscura y distorsionada del dance; muy lejos de lo que hace regularmente bajo Caribou. Acá, el sonido es más profundo, de una sensibilidad extremista, casi espacial y oscura como un agujero negro. Es house, es edm, es techno, es cualquier cosa. Como les decía al inicio de esta nota: “el nombre es lo de menos”. En este disco, cada pista es una condensación de sonidos, que de alguna extraña manera confabulan para hacer un solo track, es decir: un set. Me imagino que esto lo sabrán los Dj’s, que con sus largos y armoniosos sets, proponen una estadía placentera y vertiginosa sobre la pista. De seguro, mientras Daniel no estaba abriendo conciertos para Radiohead o haciendo música con Four Tet, estuvo tocando una y otra vez por cuanto club encontrara en Europa o Estados Unidos.

De esta inmersión en la música club, surge esta delicia de disco. Un imprescindible para que aquellos que disfrutaron The Inheritors de James Holden o Immunity de Jon Hopkins, ya que su mismo nombre nos predice el viaje hacia las profundidades del sonido (Jialong, es un submarino chino que rompió récord de inmersión al llegar a siete mil metros de profundidad durante el 2012).

Una verdadera joya para quien esté buscando algo verdaderamente “nuevo”, fuera de los últimos discursos que propone la electrónica comercial y la música retro de club, la que ensaya y explora sonidos viejos (Daft Punk, Pet Shop Boys, Hot Chip, OK Go, New Order). Hace una semana, por ejemplo, estuve en el concierto de The Crystal Method, y me pareció que la música electrónica (la de club, digo, la popular), se aleja cada vez más del estándar de “lo comercial”. TCM tocó por más de tres horas un set que parecía una cátedra sobre música electrónica, pero no un concierto. ¿Me explico?

Ya sabemos que el futuro de la música está en la experimentación con sintetizadores, osciladores, drum machines y equipos caseros que incoroporan sonidos viejos y altuistras; pero este disco, el de Daniel, supera las expectativas dentro de la abundante creación de los últimos años en la electrónica. Ya Reznor, Yorke y el mismo Murphy lo han afirmado en sus colaboraciones y últimos trabajos.

El futuro es este, no hay marcha atrás.

Sin embargo, en este disco las pistas se contraponen y generan otra propuesta. Es muchas cosas al mismo tiempo: Música de video juego (Atari, especialmente), de club a altas horas de la madrugada, afrobeat mixeado, deephouse rudo, funk setentero, tornamesa expuesta, breakbeat, desorden, compulsión, profundidad, desenfreno.

Mis favoritas son: “Long”, “Yes I know”, “Ye Ye” y “Ahora”.

Así que ya saben, si quieren escuchar algo para bailar, viajar y mantener al oído/cuerpo estimulado por casi cincuenta minutos, este es el disco. Es el indicado para adentrarse en el universo de este canadiense, e interrumpir el vasto peso del tiempo, que todo lo consume y atesora en el silencio, que también es ritmo.



Columna quincenal publicada en Esquisses.

viernes, 30 de agosto de 2013

JOHN GRANT: Música barbuda, rápida y furiosa


JOHN GRANT
Pale Green Ghosts
(Música barbuda, rápida y furiosa)



Una sorpresa de disco. Uno de esos hallazgos que confirman que nada es casualidad, sino un cúmulo de caminos vertiginosos que se entrelazan los unos a los otros por un azar bastante nefasto, refrescante y sincero. La verdad, no pensaba descargarlo. La portada se me hacía bastante pretenciosa y aburrida; además, ya tenía suficiente con los discos que había descargado para escribir hasta veinte reseñas. Pero bueno, una página de internet me llevó a otra página, y ésta, a otra página donde lo elogiaban intensamente. Con todo esto –y la curiosidad que supone refrescar el oído y el playlist–, decidí bajarlo para ver qué significaba “hilvanado por el synthpop inglés y el folk estadounidense” o “Grant's regal baritone makes his sadness and his anger sound that much more serious”.

Para serles sinceros, en mi vida había escuchado hablar de este barbudo. Es más, ni sabía que era el líder de una banda con nombre Czars, y que además, era gringo. Últimamente he estado escuchando música inglesa y escandinava, así que bajar un disco gringo parecía un acto estúpido o hasta una torpeza en retroceso. Pero luego supe que la banda de house islandesa GusGus estaba involucrada, y que además, John Grant vive en Islandia, uno de mis lugares favoritos. Adempas, que Sinead O'Connor hace vocales y coros en varias canciones, en especial en “It doesn't matter to him”, que es una balada de seis minutos llena de reflexiones y que está delineada por un sintetizador a manera de solo memorable en los últimos dos minutos. Fascinante. Esa fue la guinda en el pastel.


En fin, me dispuse a escucharlo y de golpe sentí un bajón, un estruendo y una melancolía. Las primeras canciones enfilan armonía y están cubiertas por un halo misterioso que enfunda todos los instrumentos, en especial a los sintetizadores y a las drum machines. Los ritmos y las letras de las primeras dos canciones (“Pale Green Ghosts“ y “Black Belt”), resultan pegajosos y limpios, floreciendo en esta última un deseo incongruente de bailar y romper plasmas en un centro comercial con bates tecnicolor y pasamontañas de poliéster. En bandada, violentos y furiosos.


De ahí, las aburridas y monótonas “GMF”, “Vietnam” y “Glacier” son las que consiguen un equilibrio en el disco; para pasar a las melodiosas “You don't have to” y “Ernest Borgnine”, que parecen réplicas mejoradas al mejor estilo de Martin Gore (Depeche Mode), pero con intervenciones de vientos que las mimetizan lentamente en el synthpop más fresco, lúcido y clarividente con letras espectrales, honestas y directas. Luego, “I hate this town” resulta una rabieta fantástica que juega con el country folk lento y por último, “Sensitive New Age Guy” es la resultante de un punk dance muy al estilo de LCD Soundsystem (hasta la canta igualita) que enfatiza los sintetizadores y la polifonía retro. Perfecta para ponerla en un club a altas horas de la madrugada.

Lo que les recomiendo, como aclaración, es que bajen la versión especial; que incluye siete remixes especiales. Acá pueden escuchar el disco completo en YouTube.


Sin lugar a dudas, un disco muy bien trabajado y lleno de brillos armoniosos. Perfecto para escucharlo en el carro en cuatro situaciones, como música de fondo, usted elija:


  1. Estacionados en una calle oscura, bajo la lluvia.
  2. Estacionados en una calle oscura, bajo la lluvia. Con el calor de la excitación y un sudorcito emocionante debajo de los zíperes y los pantalones.
  3. Estacionados en una calle oscura, bajo la lluvia. Con el calor de la excitación y un sudorcito emocionante debajo de los zíperes y los pantalones; mientras los dos cuerpos, ya desnudos, se frotan ansiosamente y la temperatura empieza a empañar las ventanas.
  4. Estacionados en una calle cualquiera y oscura, bajo la lluvia. Con el calor de la excitación y un sudorcito emocionante debajo de los zíperes y los pantalones; mientras los dos cuerpos, ya desnudos, se frotan ansiosamente y la temperatura empieza a empañar las ventanas al ritmo del jadeo, la erección fulminante y los pezones volteados como botones de deseo y fuego mientras un turbomofle se escucha en la lejanía.








Columna quincenal publicada en Esquisses.

viernes, 16 de agosto de 2013

POLAROIDS MUSICALES 6: Rarezas

Siempre seremos raros, ad infinitum.
Fuck Buttons, These New Puritans, Jenny Hval



Hace una semana –sin medir siquiera la ofuscación que esa palabra puede provocar en las redes sociales–, me denominaron “raro”. La verdad, nunca me he considerado lo contrario, pero tampoco es para tanto. Quiero decir, toda mi vida he hecho cosas raras o estúpidas, a discresión de lo que la mayoría opina, y al decir esto, no cabe la menor duda de que muchos de los que conozco también son “raros”. Ojo: Raro no es sinónimo de estúpido, ni tampoco de loco, aunque en la rareza hay algo de ambas cosas y de ninguna.

En fin, “raro” es un término que puede estigmatizar y estimular a peroratas rudimentarias que no nos conducirán a nada, más que a confabular –elitista y peyorativamente–, contra los menos “raros”, los menos excéntricos, los menos originales, los más conservadores en todo caso. Pero a ver, intentemos definir dicha palabra, ya que en algunos casos aún provoca malestar y agravio, siendo éste hasta un insulto o un halago. Por otra parte, basta con buscar imágenes en Google con la palabra “raro” y una serie de acotaciones dispersas aparecen en la pantalla provocando extrañeza, disgusto, sinsabor y valga la redundancia: rareza.


A ver, les cuento. Hace una semana estuve como invitado en una presentación que se tituló “Rareza #4, sesión poética de reguetón”, a la cual muchos dejaron de asistir, extrañamente, por su rareza. La intención de la actividad era reunir –armoniosa y estilísticamente– la poesía con la furia silábica y sexosa del reguetón. Es decir, leer a Daddy Yankee o El General al mejor estilo de los poetas franceses del siglo diescinueve. Creando así, una fusión entre lo popular y lo culto, que dio como resultado algo lúdico y menos presuntuoso. La actividad, a mi criterio, resultó todo un éxito, tanto así que ya estamos preparando la segunda parte en conjunto con LA ERRE y Revista Rara; pero esta vez con José José y El Buki como ejes principales.

VIDEO 1
VIDEO 2


Todo esto me hizo pensar en que siempre he sido una persona rara en el amplio contexto de la palabra. Es decir: No me gusta el reguetón, pero sí los poetas suicidas y tremulantes de la Francia decadente. Además, desde niño, siempre me gustó coleccionar y catalogar a los juguetes por nombre, color o marca. Tenía repisas donde colocaba los carritos por color y número de pasajeros (eso es bastante raro y obsesivo, pero sobre todo raro). Luego, en la adolescencia, una obsesiva maraña de gustos me llevó a experimentar con lecturas de todo tipo, sobre todo las filosóficas que estaban muy por encima del promedio: Nietzsche, Foucault, Canetti, Derrida, Chomsky. Autores raros, totalmente opuestos a las lecturas de sociología, superación y modernismo costumbrista que daban en el colegio (eso sin lugar a dudas, marcó un antes y un después en mi vida). Ya de universitario, mi “rareza” me llevó a coleccionar diversos objetos como libros, postales, pines, discos, piedras y otro montón de estupideces. Pero bueno, no nos pongamos raros, todos tenemos una carpeta porno y más de algún secreto que nos hace ser raros de “a de veras".



Si vos sos rar@, y estás leyendo estas palabras, quiere decir que querés llegar al fondo del asunto. Como sabés, mi idea en este espacio es hablar sobre música o reseñar discos, y eso, querid@, es lo que importa. Entonces hablaré de música rara para no ser redundante. Música que seguramente no encontrés en la radio, ni mucho menos en los bares o en los espacios dedicados a la música comercial.

Te lo pongo fácil: Tres discos raros de este año. Voraces y hermosos, pero raros.

IDM, Drone, Post-Rock, Art-Rock, Avant-garde; esas terribles bellezas y rarezas irremediables. Los tres hilvanados por literatura: una crónica, unos fragmentos en prosa y un relato breve, todos escritos en tiempos raros (pasados) de mi vida. Nada fuera de este mundo. Música rara y textos raros, inéditos, como sea.

En fin, ya que estamos hablando de gustos raros y vos me entendés, levantá tu copa y brindá conmigo por nuestra rareza. Salucita. Que la rareza nos trence en la lectura y en la música de una vez por todas.

¡A “rarearse”, he dicho!




FUCK BUTTONS: Slow Focus

Disco obtuso, recién salido hace unos días. De esa música que te parte en dos el oído y te perfora poco a poco con sus reverbs y sus sonidos toscos. De mis discos favoritos de los últimos días. Es enérgico, meditabundo y completo. Un discazo para escucharlo detenidamente. Experimental y melódico. Ruidoso y vertiginoso. Si bien la música es un zumbido de otra dimensión, este es el disco perfecto para cruzar el universo en un viaje de agujeros negros y floribundias melodiosas. Si sos lo suficientemente raro, este será tu disco favorito del año. No hay duda que estos dos chavos ingleses están inventando un nuevo género. Quisiera verlos en vivo, pero ya veré a Atoms for Peace dentro de poco.



A Brenda le encantan las drogas, sobre todo el ácido y la coca. Aunque es por épocas, porque a veces prefiere los hongos y otras veces solo fumar mota. El trago no la entusiasma mucho, pero el último año ha cursado la maldición de tomar todos los fines de semana hasta ponerse tremendas papalinas y borrar casete. Ya no recuerda cuando fue el último viernes que pasó sobria. Sus viernes y sábados han sido: vodka, cerveza, cocteles preparados, tequila, güisqui, ginebra; de todo, menos ron, porque esa mierda apesta. Sus domingos: Una resaca incurable que poco a poco se ha vuelto familiar y cada vez menos esquiva. Modorras en el cuerpo, temblores en la quijada, mareos, sed, cansancio, sudoración, malhumor, depresión, culpa, hastío.


Cada viernes, después de las aburridas clases de la aburrida carrera universitaria que estudia, maneja rumbo a su apartamento, que le heredó su tía y donde vive sola desde que cumplió los veinte, ahora tiene veinticuatro. De la U sale a las siete en punto del Edificio de Arquitectura, y a las ocho menos veinte, estaciona el New Beatle frente al portón de su casa, que hace algunos días manchó con aerosol y esténcil después de una madrugada en lisérgicos.

Regularmente la acompañan Rodri o Alejandro, dos amigos de la U a quienes también les encanta meterse drogas y bailar música electrónica hasta entradas horas de la madrugada. Alejandro, es un experto haciendo micheladas, lo que supone que es él quien debe aguantar la parranda y estar de pie, o al menos más lúcido y menos tembloroso, para preparar ese delicioso elixir que vociferan urgidas y trepidantes, las lenguas sedientas de toda resaca. Rodri, el más pequeño de los tres, es DJ y además, un ejecutivo exitoso. Los tres pareciera que fuera inseparables. Son la piedra angular de la fiesta. El triunvirato del exceso. La santísima trinidad alucinógena.


En fin, lo que hacen los fines de semana es simple.

La travesía comienza el viernes, justo al salir de clases, a eso de las ocho de la noche. La mayoría de las veces se reúnen en casa de Brenda, otras veces ella los alcanza en algún bar de la Zona Viva después de arreglarse y plancharse el pelo. Ya para eso, Rodri y Ale ya andan cocteleando en algún afteroffice de algún rinconcito de la ciudad. Cuando no es así, y están reunidos en la salita del apartamento de Brenda, todo va más sencillo: Encienden un purito de mota o hash, y se sirven cualquier cosa de beber, regularmente cerveza o vodka con jugo de naranja. Ven tele un rato, bromean, escuchan música, se abrazan, llaman al díler y piden juguetes suficientes para divertirse en lo que dure la parranda: MDMA, colmillos de coca, puritos de DMT, papeles, ajos, pepas, cualquier cosa “luminosa”. Después de meterse algo, llegan a algún bar y fuman y conversan sobre muladas de la U o el trabajo. Brenda, regularmente se encuentra con conocidos de la firma de arquitectos donde trabaja por las mañanas, así que es posible que terminen rodeados en un grupo grande de personas disímiles y contradictorias. Otras veces, son sólo los tres contra el mundo. Ahí no cabe más nadie.

Beben, bailan, se meten llavazos en el baño, caminan, miran el cielo, cambian de bar por algo más movido y se entachan en menos de media hora. Los ritmos los hacen ir y venir de un lado a otro: deephouse, progressive, minimal, electro, nada que tenga coros porque eso contamina el ambiente sonoro de la fiesta. Tampoco nada de cumbia, porque esa mierda es muca y además, está de moda.

Regularmente los bares y los clubes cierran, y ellos, más prendidos que arañas a sus telarañas, parecen buscarle fin a los colmillos y a los envases de cerveza extranjera. Cuando la policía los hostiga, cambian de ambiente o se van directos a un after. A veces el after es en casa de Brenda. Abundan los escotes, la música ruidosa y las risas de madrugada. En algunas ocasiones Brenda se lleva a más de algún desconocido al cuarto. Se lo agarra, o a veces sin mayor preámbulo, se lo coge, a secas. Otras veces le gusta calentar a los chavos, quiero decir, dejarlos “duros” y ganosos. A veces, también, le gusta andar sin blusa y no hay más de alguno, caliente y macho, que se la quiera llevar al cuarto al menos para meterle mano. En sí, nada nuevo, todo lo que puede ocurrir en un after: drogas, música, pláticas tontas, deseos vertiginosos, a veces cuentazos.


Así, después de todo desmadre, llega la mañana y con ésta, el medio día del sábado con sus monchis y su resequedad ostentosa. Hay una urgencia por querer salir a campo abierto, y Brenda, que está más enfiestada que Jim Morrison en aquél concierto en el que lo metieron preso, propone seguir la fiesta antes de que el cuerpo pida descanso y aburrimiento. Sin más, llega la tarde, la noche y el goce. Brenda y sus amigos deciden llamar al díler por más drogas y se colocan otra papalina, llena de sicotrópicos y viajes legendarios hacia la madrugada. Una manera de sobrellevar la vida y el sufrimiento. Pero bueno, eso es otra historia.

Lo que le gusta a Brenda, por sobre todas las cosas, es saborear las drogas y caminar al borde del exceso. Nunca se ha inyectado o ha fumado piedra. Eso no. Eso es para mara bien loca que está trabada del coco, deseando morir en cualquier momento… a mí lo que me gusta es disfrutar la vida y sus colores. Eso me dice Brenda cada vez que viene a visitarme al siquiátrico donde estoy recluido. Sus visitas son lo máximo. Me dejan con un sabor sonoro en la punta de la lengua. No tengo otra manera de explicarlo.

El otro día, por ejemplo, llegó entachada y parecía bien contenta, adrelinada por el vaho suculento de la droga. Casi ni recuerdo lo que hablamos. Pero salimos al patio y nos tiramos sobre la grama a ver las hojas caer de los árboles. Parecían constelaciones y planetas, tipografías deliciosas de otra época cayendo sumisas hacia el irremediable y vertiginoso transcurrir de la memoria. Esa noche, soñé con satélites y radares, naves espaciales en las que viajaba con Brenda rumbo a XS-23, el planeta que habíamos visto caer cuando descansábamos sobre la tibia banquita por la tarde. Habían bicicletas aéreas, espirales incandescentes, estrellas fugaces, luces etéreas y mucho vacío.


Todo esto, me hace pensar que Brenda es lo único que tengo. El único lazo que me conecta con el exterior y la única sensación de paz para esta locura que me succiona y mata lentamente dentro del siquiátrico. Acá, todos parecen estar locos y enfermos de “algo” que no tiene nombre. La locura es una incertidumbre, un limbo particular, un suicidio lento. Los días pasan como lombrices bajo tierra, y su mirada, la de Brenda, cuando viene a visitarme, es el único rincón donde mis sueños y mis histerias por fin descansan.


A eso me refiero con que Brenda, el personaje de esta novela que estoy escribiendo, sea lo único que me hace recordar que la felicidad, la furia y el desenfreno existan. Todavía recuerdo aquel día en que nos conocimos y decidí ponerle rostro, cabello y manos. Ese día todo cambió para siempre. De eso hace más de dos años y esta novela nunca la termino, parece un viaje eterno de dulces y morfina. Una caja de cristal que en algún momento del trance estalla y se disipa.

Mi siquiatra me ha dicho repetidamente que escribir es el único remedio para mi locura. Me dice, también, que escriba todo lo que pueda porque es la única manera de no reprimir todo lo frustrado, y también, de aniquilar la rabia interna. Algún día, espero que sea pronto, terminaré de escribir estos apuntes y talvez, sólo así, pueda salir de estas cuatro paredes que huelen a humedad y encierro. Salir de acá significará mi nirvana, mi iluminación, mi cielo. El infierno de estar atrapado en este maldito laberinto me sofoca. Yo quiero ver la luz, pasear por la calle, subir a un teleférico, bailar música electrónica hasta que me caiga del cansancio.

Pero bueno, ya escribí suficiente por hoy, estoy agotado.

Brenda y yo, tenemos sueño.



THESE NEW PURITANS: Field of Reeds

Disco extrañísimo. Melódico, oscuro, aburrido y melancólico. Perfecto para escucharlo bajo la lluvia o en el auto. Sinfónico y especial. Mucho de Béla Bartók, Arvo Pärt y hasta de Yo la tengo. Mucho de exploración sonora. Mucho piano, mucho jazz, muchos coros y sonidos estrambóticos. Experimental y lleno de texturas. Letras confusas y tenues. De esos discos que odiás y no querés saber nada, o sencillamente, te apasionan. Salió hace un mes y al parecer la crítica les está aplaudiendo a este cuarteto de polifacéticos y locos. Antes hacían punk y ahora salen con esto. Hay que escucharlo detenidamente, y varias veces. Tiene tanta experimentación que por momentos cae, pero ojo, el disco se levanta poco a poco hasta convulsionar de rabia fonética. Recomenrarísimo. Es un exceso polifónico.





IX (fragmento de Prosac, inédito)

Soy prosa, verso, soy cualquier cosa. Sigo siendo un transcurso, una proeza efímera, una bocanada de humo, un conmovido recuerdo. Sigo siendo alquitrán fumado, volteado, inexacto. Noche oscura, rincón de arena, falo suelto. Veo pasar las nubes insólitas en regreso de días, horas, pausas. Todo es un vaivén de sexos. Sonoro remolino, temblor de agua, ola anémica. Cuando cierro los ojos soy florifundia epidérmica, güisqui fonético, temible memoria. Sigo siendo eso que aún no corre y fluye. Siego siendo prosa, verso, cualquier cosa. Triste y fulminante universo.


X (fragmento de Prosac, inédito)

Me puedo escuchar zumbando en el circuito cerrado de tu dermis. Puedo palpar tu tibia anorexia de sueños y promover festivales, de cine mudo, en la inevitable delicadeza de tu cintura o tu sexo. Las palabras me rebotan en el paladar de la urgencia, los líquidos me fluyen, ilícitamente, alrededor de los callejones de la tristeza. Tu sexo, vibrante y tempestuoso, se desenfunda entre mis miedos. Tu silueta se desmorona de adjetivos y verbos. Tu olor a espuma me invande. Nos hacemos los mártires entre el silencio de la noche. Nos hacemos los expertos sobre la perfecta horizontalidad de los sudores. Nuestras melenas se intrincan, nuestros anhelos se desvanecen como vacuos pasatiempos en desvelo. Hacemos ruido, hacemos textos como exégetas puntuales del momento. Nos destrozamos las alacenas de lo repentino, nos damos casaca entre las bofas risas del ceremonial cortejo. Te veo bailar, acrílica y térmica, quitándote el suetercito púrpura y las botitas de cuero. Te veo juntando los algoritmos de esta ecuación inconclusa. Te veo regresando la mirada entre el aire y moviendo las manos, inquieta y titubeante, sensual y eriza. Yo mientras tanto, te provoco un carmesí de símbolos y vuelvo a meter mis frías manos por debajo de tu falda. El mundo, sólo así, deja de ser mundo. La literatura deja sus letras y los fantasmas agonizan desde todos los aeropuertos. Las estrellas, se vuelcan sobre tu crucial primavera y somos dos, solo dos pulsiones, regalándonos soledades mutuas y tibios amaneceres sin rencores. Nos inquerimos las ropas, nos examinamos las quijadas. Nos volvemos a encontrar el rumbo errado de todos los confesionarios.

Peco en tu cuerpo de arena, niña. Peco en silencio. Voluntariamente peco.


XIV (fragmento de Prosac, inédito)

Hay algo tuyo que inunda las azoteas de mis soledades más anchas, más estrepitosas. Debe de ser tu risa, tus manos, tu persistente ir y venir que llena mis ojos de felicidad y silencio. Debe de ser la flameante catapulta de tu cuerpo, el exquisito cúmulo de paraísos que te rodean, la proximidad acaso, de mis cadavéricos infiernos con tus retóricos cielos. Mientras tanto, me mudaré a tu soledad, me tatuaré con sellos: tu inevitable tristeza. Llenaré este vacío con palabritas nueva. Conoceré mis últimas fronteras. Conocerás las tuyas. Migraré hacia tu costa, como un fantasma enamorado de la brisa de tu nueva fórmula. Viajaré por todos y cada uno de los caminos de tu vientre–patria. Me saciaré entre soledades compartidas, una y otra vez, hasta colmarme de tus nuevos recuerdos. Inventaré una lengua nueva, sumergido en tu naranja república del alfabeto. Nos olvidaremos del mundo, inmersos en esta nuestra isla de lepidópteras palabras desde el medio día. Te vengarás del pasado, así cómo nos olvidaremos de nuestros ancestros. Empezaremos de nuevo, niña, con cocos locos al unísono y con mucha bosanova sobre las melenas.

XVI (fragmento de Prosac, inédito)

Te espero con las ganitas en la chumpa y con el inbox de los días sumergido en tristes sinfonías. Te espero con la sonrisa más tibia por debajo de la manga. Te espero con la tibia mañana en la punta de los dedos y con las cicatrices del tiempo, adheridas a la bufanda. Te espero con la sospecha, de tener una metáfora sospechosa, guardada en la melena. Te espero con la pena, de no ser el correcto. Te espero con la nariz fría y la sudadera en timelaps. Te espero a mil-veinticuatro-ka-be-pe-éses rondando alrededor de la tibia simetría de la noche. Te espero con mi noche estacionada en la avenida de los recuerdos. Te espero con la mañana en las manos y con la sorpresa de los alfabetos al borde de un aeropuerto. Te espero con los miedos azules, con las ansiedades amarillas y la tonadita en repeat doliéndose las manos. Te espero a contratiempos cuánticos. Te espero. Te espero con la mirada en blanco, con mi arena negra y la tristeza guardada en una bienvenida. Te espero con todos mis excesos y con la soledad más trillada que una canción de moda. Te espero cuando lleguen las despedidas, y tristemente, nos abandonemos al silencio.


SÁBADO (fragmento de Arbitraria Muchedumbre, 2009)

de noche duerme el país con sus ignorantes felicidades
un plomazo
cruje en la profundidad etérea del silencio
pum
pum
dos plomazos
tres
cuatro
mi vida es este transcurso nocturno
esta inseguridad constante
soy este transcurso nocturno
soy un cuaderno
si

abierto
para dibujos de ciego


Irrumpimos la night con su dark azar al ritmo de los jadeos. Me encontré con pipol, nos vieron gesticular fonemas guait. Tres gramos de mirrous, novecientos megabaits de rocanrol y quince centímetros de selecta mit, nos sirvieron para entretenernos por el resto de la madrunight.

Me preguntaron qué has hecho, dónde, cómo, con quién, cuándo.

–No he ido al cine, dejé el trabajo, bebo mucho más, escribo mucho y leo poco –respondí todavía en trance, mientras apagaba el Motorola y me rascaba los testículos volviendo todavía del trance. “Muchá, por fin encontré la rola que quiero que escuchen con el poema que quiero que lean”, les dije, mientras empezaba a hacer cuentas de toditas las cosas que tengo por hacer durante la semana. Luego arreglé la cama, abrí el libro de Bowles, encendí un cigarro, pensé en el desierto y saqué las botellas vacías al patio. Sonreí sin ganas, pero también con ganas, de palpar en mis manos el aire del siguiente amanecer.

Quise vomitar en el baño, dos veces esta tristeza.


TIC–TAC
TIC–TAC
TIC
TAC
TIC
TAC
TAC
TAC
TAAAAC
TAAAAAAAAAAAC

ver pasar el tiempo
escuchar pasar el tiempo
sentir pasar el tiempo
no es recomendable
con mil caballos de fuerza en el corazón




JENNY HVAL: Innocence Is Kinky

Me encantan las chavas raras que cantan. Jenny es una de ellas. Muy Patti Smith, muy Björk, muy Siouxsie Sioux. Este disco parece no tenerle miedo a las grandes líricas y a los grandes experimentos de la escritura creativa. Es poesía, es estruendo, es improvisación, es abandono. Mientras el disco avanza, pareciera que la voz desafinada de Jenny se encuentra con su eje poético, y eso, justamente eso es lo que lo hace más raro. De esos discos que escuchás una sola vez o lo ponés de fondo para sorprender a tus invitados con música rara, muy rara. Es impredecible, maquiavélico, experimental y quejumbroso. De seguro te va a encantar. Yo lo he escuchado unas diez veces.




UNOS AUDÍFONOS VERDES

Dani sale de su casa sin mediar palabra. Irritada, triste, rebelde; cierra la puerta de un solo portazo. Sobre el hombro lleva una mochila típica, en la que algunos pines y parches de colores, dejan ver que aún cursa el último año del colegio. Dentro de la pálida mochila lleva varias cosas, sobre todo una: el eterno peluche que su abuela le regaló para un cumpleaños. Ese es su alivio, su amuleto. Dani parece estar enojada y triste, pero se concentra en la música que escucha de sus audífonos verdes; y todo el enojo, ése que siente desde el fondo de su pecho, parece disolverse con cada paso que da firme sobre la acera. Por un momento, pareciera olvidar la sangre que gotea insistentemente desde sus delgadas manos, y se deja ir, literalmente, hacia el zumbido de los audífonos verdes que escucha con hipnótico esmero.

Dani camina y camina, pareciera que la música le levanta el ánimo al punto que nada más importa, mucho menos la vibración del celular en la mochila ni la sangre que ahora le inunda la blusa, la falda y las calcetas amarillas. Las heridas parecen dolorosas, pero no le duelen. Dentro de su mochila aún lleva la cuchilla de su hermano, con la que dibujó dos largos y profundos barrancos sobre sus muñecas; pero Dani, no piensa en eso ahora, piensa en la música que escucha y todo parece olvidarse en un estruendo de armonías inverosímiles y paisajes oníricos. Puede ver un bosque a lo lejos, una luz, un pacífico riachuelo y una bandada de pájaros que le dan cierta paz, cierto alivio. Cierto descanso.

Después de varias cuadras, Dani cae al suelo, y ahí tendida, parece una tierna nota musical cubierta de felicidad y sangre. Al caer, los audífonos verdes se rompen y quedan esparcidos como recuerdos a lo largo de la acera. Inmediatamente la música se acaba y del otro lado de la calle, un perro ladra.

Un avión, desde lo alto, cruza el cielo. Una sonrisita se vislumbra entre sus labios y el tamborcito en el pecho, ése que hace unos minutos bombeaba infelicidades dentro de su cuerpo, deja de suspirar canciones y cede ante el oleaje de lo inmóvil. El celular, en su mochila, enlista diez llamadas perdidas y la tarde avanza, como un piano de Brahms o Schubert, sin caricias tercas y maltratos insistentes de un padre vociferante.

La calle, se inunda de monotonía y gente. Otro perro ladra en la lejanía.

Una nuba blanca, más blanca que la ternura, cruza el cielo rápidamente.




Columna quincenal publicada en Esquisses.