viernes, 25 de octubre de 2013

SOMA: Un viaje musical

"..there is always soma, delicious soma, half a gramme for a half-holiday,
a gramme for a week-end, two grammes for a trip to the gorgeous East,
three for a dark eternity on the moon...”
Brave New World, Aldous Huxley



De nada sirve ir a tomarse unos tragos a un bar, abarrotado de música, y sorprenderte haciendo comentarios como: «Yo pondría mejor música», «Mirá, acá está mi iPod» ó «¡Qué hueva esa mierda!». Digo, para qué ir a un bar, si en el fondo no te sentís cómodo y estimulado por el ingrediente sonoro que te dosifican con cada cerveza o coctelito, y que además, pagás de buena gana. O a lo mejor, vos sos de lxs que tienen “cuello” y te ponen una que otra canción, o en el mejor de los casos, el playlist enterito. También pasa, que si hacés una petición o sugerís algo, te mandan de inmediato a la chingada. Y el bartender, irónico y caradura, te dice que su bar no es estación de radio. Entonces vos entendés. Tiene razón el tipo. Y después de meditarlo varias veces, decidís no ponerle mucha atención a la música. Pero, «¿cómo no ponerle atención a la música?». Eso no es de Dios. Yo no puedo. La música es mi cuadrilátero. Mi estrella. Mi mosh.

La mayoría de las veces que salgo de purrún, quiero estimularme con un buen listado de canciones. Un poco de esto, un poco de aquello. Sin embargo, las opciones se agotan cuando pienso en “un buen bar”. Hablo de un bar decente y fulguroso. Under pero no tanto. Cómodo pero no hippie. Selecto pero no tan caro. Barato pero higiénico. Alternativo pero no muco. Ustedes me entienden. Las opciones se reducen y nos quedan dos o tres, que son los que regularmente frecuentamos. A mí me pasa todo el tiempo.


Muy pocas veces me he sentido en casa, digamos, considerando todas las posibilidades que mencionaba anteriormente. Sí, hablo de sentirse cómodo, a secas. Feliz y consentido. Tranquilo y elocuente. Me pasaba en los desaparecidos London Pub, El Costumbro, Tercera Luna, Monachos y Lírica. También mencionaría a Rattle ‘n’ Hum y El Establo, pero ahora son otra cosa. De los que aún sobreviven, me siento cómodo en el eterno Esperanto, que me recibe con la mejor michelada de Guate. Y también, por qué no, en la excesiva La Maga (cuando la turbulencia etílica es considerable y no hay furia de madrugadas salvajes).

De lo contrario, no acostumbro ir a lugares donde sé que la música es una porquería, un chirmol, una rocola vomitada con lo mejor del heavy metal ochentero ó con el pop rock sodomita de los noventas. Igual me pasa con la cumbia. No me gusta para nada su fatídico ritmito. Prefiero aquellas temporadas frenéticas en The Box o Corto Circuito, donde me la pasaba zumbando como avispa electrónica sobre la pista y los lásers.





Después de todo esto, no he encontrado ningún lugar donde realmente me sienta cómodo. Eso, hasta hace un par de meses. El lugarcito se llama SOMA. Sí, como la droga de Aldous Huxley, esa de la felicidad tan necesaria. El lugar, está muy bien ambientado, lleno de pósters musicales con lo mejorcito de todo: Pixies, The Clash, Nirvana, Joy Division, Death Cab for Cutie, Björk, Morrissey, Iggy Pop, Hendrix, Joplin, Beatles, etcétera, etcétera, etcétera. Dos salitas que le dan un toque bastante relajado y un puño de mesas, todas altas, que le dan un toque industrial pero sofisticado. La barra, considerablemente grande, y una lista de bebidas que van desde cervezas hasta cocteles preparados. Los precios, nada mal. Y para rematar, justo detrás de las botellas, la imagen del tatascán de la poesía: Bob Dylan, impreso en un mural tan singular como ninguno, al lado de imágenes de Syd Barreth y otros elementos de diseño, incluyendo un mural de Leke, más conocido en el ámbito de la música como Aerofustán. Por si fuera poco, el lugar cuenta con un escenario pequeño y discreto, en el que han circulado músicos como Dubvolution, Dr. Tripass, Imox, Perro con Alas, Dubby Dub, Two Miles from Shore, DJ Fla-KO y otros.

Se los recomiendo. Es un joyita perfectamente diseñada para el viaje. El viaje sonoro. El viaje anímico. El viaje circunstancial. Todo melómano tiene que probar SOMA. Es un deleite como pocos. Además, el bar cuenta con un sótano que funciona como galería de arte, en el que se expone arte guatemalteco. Lo más fresco, lo más innovador, lo más actual. El espacio se llama S1, y promete mucho. Sin lugar a dudas, una propuesta que conjuga arte, música y relax. Ya faltaba un bar así. Un oasis. Un faro en medio de toda la turbulencia del centro histórico.


Vayan, visítenlo. Regularmente hay sesiones de música, como la de este sábado, en la que el post punk y el new wave serán el plato fuerte. Una nochecita para escuchar The Clash, The Smiths, David Bowie, Joy Division, Psychedelic Furs, Flock of Seagulls, Patti Smith, Ramones, Sex Pistols, The Cure y una lista interminable de sorpresas, que Carlos Salázar, melómano empedernido y dueño del bar, tiene preparado para el deschongue sonoro. Por allá nos vemos. Saltando como Johnny Rotten o Joe Strummer. Yeah.

SOMA, centro cultural
11 calle 4-27, zona 1
Horario: 5pm – 1am
Fanpage: https://www.facebook.com/SomaBarGt


Columna quincenal publicada en Esquisses.

martes, 22 de octubre de 2013

QUERIDA FAMILIA, no me abandones


Exposición: Querida Familia
Participantes: Alejandro Marré, Álvaro Sánchez, Alejandro Azurdia, Andrea Mármol, Ana Lucía Cofiño, César Moncrieff, Erica Muralles Hazbun, Juan Pensamiento Velasco, Juan Pablo Canale, Lily Acevedo, María Alfaro, Muxxi, Manuel Regalado, Marilyn Boror, Mario Profundo y Quique Lee.
Curadoría: Alejandro Marré y artistas
Conversatorio: Miércoles 23 de octubre a las 19 horas


 

Dice Eduardo Galeano: «El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas». Al escribir esto, la garganta se hace un nudo y pienso en la exposición Querida Familia, que está colgada en la galería de arte de la Alianza Francesa durante todo octubre. Ahí podrán encontrar muchos de los referentes, antropológicos y sociológicos, de lo que la familia –ése germen incipiente de toda sociedad– significa en estos tiempos de codependencia a las redes sociales, erradicación de las fronteras, masificación de la violencia, irradiación del lenguaje en todas sus variantes, carencia de reflexión y desvalorización de los rasgos oportunos, que todo grupo social ha incorporado y legitimizado para su buen funcionamiento. Entre otras cosas.

En sí, para ponernos prácticos, la muestra es un compendio que reúne pintura, video, diseño, grabado, instalación, intervención y mixmedia de la mejor manera. Muy profesional, muy bien montada, sí, y excelentemente diseñada a partir de la museografía que el lugar permite. Para no redundar mucho, es la convergencia mejor creada en una exposición de arte desde hace mucho tiempo. Esa es mi opinión, claro. Sólo el título sugiere un punto de partida, un estallido, un big bang de ideas, una página en blanco. Luego, a manera de catarsis colectiva, el texto de Juan Pensamiento (que inaugura la exposición) nos invita a la reflexión y al diálogo. Así, bajo el precepto del lenguaje aprendido, vamos cerrando círculos y abriendo otros. Rápidamente y viceversa.


Sólo falta con observar los afiches hechos para la muestra, otra genialidad del maravilloso Álvaro Sánchez, quien nos condensa el pasado y el futuro, reunidos en piezas singulares que representan certeza estilística a través del discurso gráfico.







Todo en esta exposición es familiar y cercano. Pura intimidad. Puro sentimiento. Nada que no encontremos en este mundo, en este país, en este territorio. Tibia caricia que nos protege del ruido lacerado del mundo exterior, ése que también nos pertenece, ése insulso y cotidiano abrigo, ésa otra familia. Cielo de otros infiernos. Abrazo protector. Salvavidas teórico. Guía de instrucciones prácticas para la vida, que es torpe y cansada, como todos los días en el trópico y su lluvia de odios.


Resta importancia aclarar que cada una de las obras opera a su antojo, de manera independiente. Es decir, a solas, en el contexto "familiar" de cada artista. También es inoportuno decir que todas confabulan, y pretenden, en el mejor de los casos, asociar el significado (familia) con cualquiera de los significantes (según la RAE: «1. Grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas. 2. Conjunto de ascendientes, descendientes, colaterales y afines de un linaje. 3. Hijos o descendencia. 4. Conjunto de personas que tienen alguna condición, opinión o tendencia». Etcétera.)


Pero ya dicho esto, sólo queda abarrotar con recomendaciones a la susodicha. Invitarlos, pues, a que vayan a visitarla y reflexionen sobre su familia, la de ustedes, la de sangre, la adquirida. También sobre la otra. La olvidada, la ausente, la marginal, la guatemalteca, la de los informes desaparecidos, la de los huesos olvidados, la del tempestuoso dolor diario. La que no queremos ver, ésa, por más que queramos.

Lilly Acevedo

No se la pierdan. Mañana miércoles es el conversatorio y es buena oportunidad para inyectarse de arte contemporáneo. Además, para conversar y ponerle el dedo a los artistas. Digo, para que respondan a sus preguntas y les expliquen con manzanas. Ya que de nada servirá decirles que en la obra de Juan Pablo Canale encontrarán alucinación verídica. En la de Alejandro Marré, alivio y genio. En la de Álvaro Sánchez y Alejandro Azurdia, espesor y autopsia. En la de Andrea Mármol, un testimonio de identidades irrefutables. En la de Mario Profundo, técnica. En la de Quique Lee, tendencia. Y así, con cada una de las obras expuestas, encontrarán algo que los conecte con el arte actual de Guatemala.

O talvez sí, si sirva decir todo esto.
Juan Pablo Canale

Juan Pensamiento
Alejandro Marré

Y así, cuando menos lo imaginen, se sentirán parte de esta familia de artistas que promulgan reflexiones desde el arte. Sin duda alguna, una prueba de que la familia nunca nos abandona. Está ahí, de alguna extraña manera, aplicando ungüento para los vergazos constantes de la vida. Esos que duelen. Esos que otras veces incomodan.

miércoles, 16 de octubre de 2013

FE DE RATA


Hace algunos años, entre parafernalia escritural, radiación literaria y necesidad editorialista, muchos empezamos a abrir blogs. Me refiero al origen mismo de la palabra: weblog. Es decir, un diario, una bitácora en línea, una crónica, un retrato, una libreta de apuntes, que sin formalismos ni cursilerías miopes de sustancia, nos exhibía como autores. Digo autores, porque el término escritor, a muchos, nos parecía rimbombante y anticuado. Además de obsoleto.

En esos años no había Facebook, ni Twitter, y los pocos conocimientos para hacer libros en línea, eran casi nulos. Estoy hablando de hace diez años, casi. Tampoco habían editoriales interesadas en publicar obra de autores, que a precaución del término (decadentes o drogos o bolos), podrían significar un buen número de ventas en un país donde nadie lee, a excepción de los diarios, que son otra forma de literatura solapada y bendita. Para añadir, puedo decir que en ese tiempo sólo había una especie de resaca consumada, que nos dejaba frente al cadáver literario de revistas como Hasta Atrás, Supositorio, La Chalupa, Monitor, Taxi y algunas otras más; que en sus tiempos rindieron culto al periodismo y la literatura nacional.

Así, que abrir un blog, donde nadie te editara y cambiara el contenido, resultó realmente atractivo e interesante.

De todos estos blogs, me topé con el de Juan Pablo: FÉ DE RATA. Una joya contemporánea, que diseccionaba temas del momento, con humor y parodia exquisita, que sólo un ávido lector de la generación beat (Burroughs, Kerouac, Ginsberg) y el periodismo gonzo (Thompson, Bangs, O’Rourke) podría exponer. Poco a poco, el blog empezó a ganar lectores y críticos, para que después apareciera en los listados de blogs más leídos de Guatemala, compitiendo incluso, con un blog de futbol y otro de chistes. Esta comparación le ganó un público, curioso y sencillo, que tiempo después se convertiría en un lector fiel e irremediable. Así, todo el mundo empezó a hablar de sus notas ácidas, sus metáforas cargadas de cinismo, sus manifiestos decadentes, su crítica infalible y sus crónicas intimistas. Y a medida que los lectores fuimos recibiendo nuestra dosis de Racumín, uno a uno fuimos cayendo, en cuenta, de lo podrido que resulta vivir en este país, y que a pesar de toda la mierda que esquivamos a diario, era necesario reírse del horror. Desde el horror. Por el horror.

Todo esto, el queridísimo Juan Pablo nos lo explicó más de alguna vez en sus crónicas salvajes, delirantes, tiernas y humanistas. Y hoy, se reúnen como criptas litográficas, en un libro publicado por una transnacional. Qué lujo y qué dicha, ser testigo del golpe desde adentro. Muy al estilo de Gómez Carrillo. De Coupland. De Palahniuk. De Breat Easton Ellis. Que sin duda alguna, tanto nos gustan.


Sin más que añadir, celebro la tinta de Juan Pablo. La valiosa amistad. El cariño. Los tragos y las gomas. La música y el karaoke. Los vergazos sobre el teclado. La rabia y la furia poética que encuentro en sus textos, porque sin poesía, es cierto –y lo digo sin afán de retorizar–, todo lo que se escriba en un cuaderno o una computadora, se puede ir mil veces a la mierda. He dicho.

viernes, 11 de octubre de 2013

POLAROIDS MUSICALES: México


Si todo hubiera salido bien, esta columna la hubiera escrito en México, sentado en un café internet o detrás de una computadora prestada. No sé en qué momento, pero de seguro la habría escrito de resaca, hoy por la mañana, y con ese temblereque indómito que deja una bailada de un buen concierto. Mi editor de Esquisses, la hubiera recibido tarde, digamos, a eso de las once y media de la mañana. Tarde, sí, pero infalible y honesta. Así como deben de ser las cosas que uno ama. Al leerla, él y usted se hubieran quedado atónitos, enmudecidos, con una omnipresencia frustrada; dibujándoseles ahí, en las esquinas del rostro y los calendarios, una sonrisa llena de música y estruendo sonoro.

Entre envidias y asombro, mi editor me hubiera escrito, a través del chat de Facebook, que la publicaba después del medio día, sin falta. Luego hubiera agregado un emoticón, para rematar con un «…y hay me traés algo aunque sea, pues». Al respecto, Eme Jota, que en este mismo momento se estaría bronceando en la piscina del hotel, hubiera soltado una pequeña risita, de esas de que tanto me gustan. En ese momento, hubiéramos leído la columna juntos, y me habría dado cuenta, de que hablar de música es acomplejar la lectura. Lo mejor es sentirla. En cada trote de la vida o desde la naturaleza.

Por eso, estoy seguro que la hubiera escrito muy breve, así como los relatos de Chéjov que tanto me gustan. En ella no hubiera hablado de tacos. Tampoco del Zócalo o el Metro. Mucho menos de ruinas espaciales y catedrales futuristas. A lo mejor, eso sí, hubiera mencionado a los poetas y editores Yaxkin Melchy, Jocelyn Pantoja y René Morales; con quienes hoy por la noche, tendría una presentación de libros y lectura de poemas inéditos. Al regresar a la columna, hubiera escrito, por ejemplo: «El fulgor con el que la nueva poesía mexicana, se entrelaza con la música y el amor, es fascinante». También hubiera utilizado frases como «la profundidad sonora con la que Thom Yorke interviene cada acorde del bajo de Flea» o «el idm parece haberle robado algo a las estrellas» o «James Holden es el nuevo astronauta de la música electrónica», hablando estríctamente del concierto de anoche.

Así, en menos de dos mil caracteres, hubiera disimulado mi odio y mi rabia por no haber viajado a México hace una semana. Por último, hubiera recomendado tres discos nuevos: Innocents de Moby, Right Thoughts, Right Words, Right Action de Franz Ferdinand y AM de Arctic Monkeys. Luego, para concluir, hubiera puesto algún enlace o alguna fotografía desde el Bosque de Chapultepec, para después marcar un renglón doble.

Y en la última línea, justo debajo del espacio en blanco, me hubiera despedido con un «¡Qué viva la música!», citando a Andrés Caicedo que tanto me gusta.



Columna quincenal publicada en Esquisses.

lunes, 30 de septiembre de 2013

ARCTIC MONKEYS: AM


Este cuarteto de ingleses, que poco a poco se han convertido en leyendas del rock actual, acaban de hacer algo memorable tras grabar una delicia de disco, el quinto de su carrera, que sin duda dará mucho de qué hablar con los años.


PERO… WTF ARE ARCTIC MONKEYS?

La larga pero corta carrera de los Arctic Monkeys (ocho años), se puede diseccionar por sus álbumes anteriores. Cada uno es la acumulación de anécdotas, estilos y estridencias, que atestiguan “un antes y un después” de manera concisa. Los primeros dos discos son el adolescente rebelde. Los últimos tres: la serenidad y la madurez.


ROCK SICODÉLICO VS. ROCK SIN ETIQUETAS


No es para menos. La banda ha crecido enormemente. Este nuevo disco lo pone en evidencia, y además, nos vislumbra a cuatro músicos más enigmáticos que incipientes. Cada sonido aquí está pensado. Hay melancolía, pero a su vez hay decadencia y diversión. Lo que nos hace pensar que las etiquetas se han disipado.

LIRISMO Y RIGUROSIDAD

Despojados de los beats acelerados, y con la colaboración de Josh Homme (Queens of the Stone Age), pareciera que AM juguetea con la experimentación vocal/coral y el rock básico de los 70. Hay mucho Black Sabbath, John Lennon y The Rolling Stones, pero también hay hip hop al mejor estilo de Alex Turner, su vocalista, quien susurra vértigos sinfónicos con la vocalización desde un R&Bpersuasivo.

UNA PARA EL CAMINO
La primera vez que se escucha el disco, un vendaval de capas sonoras parecen estallar armoniosamente desde las bocinas. Hay lucidez, agresión y expresionismo. Después de escucharlo varias veces, ese asombro se va convirtiendo en pulcritud conocida. Es como si estuviéramos frente a algo muchísimo más grande. Una especie de pulpo musical que todo lo alcanza. Pegajoso, en todo caso.

40 MINUTOS DE VIAJE

Desde las incisivas I Want it all, Do I wanna know? y R U Mine?; hasta las menos roqueras comoKnee Socks, Snap Out of It y Fireside, el disco da la impresión de redondez. Las baladas, por otra parte, le añaden delicadeza y equilibrio. Un viaje que todo melómano debe tener. En palabras de cierre: una obra maestra que sospechosamente divaga entre soul, pop, rock y Lou Reed.



viernes, 27 de septiembre de 2013

POLAROIDS MUSICALES 7: Los festivales de música


La semana pasada me regalaron el libro Wilderness, o más conocido en español, como Poemas perdidos de Jim Morrison. Esto me hizo buscar algunos de los pasajes más emblemáticos de No one here gets out alive –un biografía sobre Jim Morrison–, quizá, la que más me ha gustado, y además, la única que queda entre mis libros.

Mientras avanzaba páginas –con fotografías, poemas a mano, rarezas y anécdotas–, me puse a pensar en los festivales de música; sobre todo en el mítico Monterey Pop Festival de 1967 y el memorable Woodstock de 1969. Estos dos festivales, pusieron sobre la mesa varios temas, además de situar en el mapa a bandas importantísimas que años después serían recordadas por su crujir melódico sobre el escenario (Hendrix, The Who, Joe Cocker, Santana, Joan Baez, The Grateful Dead, Janis Joplin, Jefferson Airplane y otras).

Sucedía entonces el Summer of Love, la concentración hippie, la revolución sexual, la masificación cultural, la ruptura ante la opresión, la libertad de pensamiento, el desenfreno, la repulsión contra la guerra de Vietnam, el discurso de la paz, el nacimiento de la contracultura. Pero lo más hermoso de todo, es que sucedía la música, ese corazón constante y alentador, que lograba reunir por primera vez a miles y miles de personas con un solo propósito: disfrutar del deschongue sonoro.




Hoy por hoy, los festivales han ido desencantándose de posturas políticas y sociales; y reflejan, en el mayor de los casos, una apatía explícita por el caos y un apetito por la masificación comercial en la industria de la música. Es decir, el negocio. Aún así, continúan reuniendo –a veces hasta por diez días–, a miles y miles de personas de manera gratuita o pagada. Los hay de todo tipo, género y presupuesto: Glastonbury, Leeds, Coachella, Lollapalooza, Sziget, T in the Park, Iceland Airwaves, Falls Music, SXSW, Primavera Sound, Sónar, Ultra Music, Hellfest, Download, FIB, JazzFest, Pinkpop, Montreux Jazz, Roskilde, Bonnaroo, Sonorama, Fuji Rock, Rock en Seine, Super Rock, Tomorrowland, Creamfields, Pepsi Music, Quilmes Rock, Maquinaria, Rock in Rio, Imperial, Vive Latino, Corona Capital y la lista se extiende a todos los confines del planeta; inclusive a Colombia, un país dolido por la guerra y que realiza el mayor concierto gratuito de toda América Latina: Rock al Parque. Una belleza de ejemplo.


Alguien preguntará, “¿y los conciertos en Guatemala?“

Le respondo sin el mayor afecto: “Los festivales que se hacen acá no dan la talla, ni para hablar al respecto”. Pero bueno, sumidos en ese convencionalismo parco de organizar festivales “poco atractivos” y bastante tediosos como los que se organizan; ha pasado algo bastante interesante, que ha sido aceptar e interactuar con el panorama de la música local (ya que no hay presupuesto para festivales masivos con artistas internacionales, o talvez sí, pero no el interés ni la intención).

Todo esto, permite que algunos “soñadores” logren su cometido: Festivales dignos, con el mejor abanico de la música actual, pero sobre todas las cosas, festivales hechos con el corazón y con la intención de apoyar al artista local; intentando unificar las artes visuales con la música y otras disciplinas. Algunos ejemplos: Manifestarte, Rock Bajo El Arco, ZOM, SMA, Grungefest y la lista se nos queda corta. Estos intentos por establecer conexiones latentes y perennes, ha llevado a varios músicos y organizadores, a experimentar con festivales intimistas poco ambiciosos, sobre todo meritorios. Muy meritorios.

Cuando escribo esto, pienso en Festival Eucalipto. Una celebración a la música despojada de lo tradicional, que sin ningún patrocinio ni apoyo de instituciones “pesadas”, ha logrado consolidar a un grupo de melómanos concientes de nuestra realidad musical y de nuestra industria productora desde hace más de seis años.

Entre la lista de músicos participantes del festival –a través de sus distintas presentaciones, ya que ha variado en formato y locación–, se encuentra un buen listado de músicos del panorama actual: Dubvolution, Ishto Juevez, El Gordo, Pat’za, Alex Hentze, Señor Juan, Tiananmen, Cósmica, Woodser, FRAAEK, Los Remolacha Beats, Two Miles From Shore, Dubby Dub Selector, Xb’alanke, Naik Madera, Madam Fun Too, Satélite, entre otros.





En su edición de este año, el festival incluye la participación de: Yvan Joint, Dr. Tripass, MOZ y MnCve; cuatro propuestas distintas para darle énfasis a la diversidad del festival. Así que ya saben. Dense la vuelta por la Alianza Francesa y celebremos la música juntos. La cita es mañana sábado a partir de las 7 de la noche. No hay excusa.


NOTA FINAL: He ido a muy pocos festivales (internacionales). Me gusta más la idea de ir a escuchar una banda en específico, aunque pensándolo bien, podría hacer un listado de diez bandas que me gustaría ver en un un solo festival al aire libre. Estas serían las bandas:


Björk
Leonard Cohen
Apparat
James Blake
The Flaming Lips
Arcade Fire
The National
Arctic Monkeys
The Strokes
Radiohead


Hagan su lista y soñemos juntos.




Columna quincenal publicada en Esquisses.

viernes, 20 de septiembre de 2013

ASÍNOSEDIBUJA: Dibujos para todos


Asínosedibuja es una idea que confirma una sola cosa: La ocurrencia.

Desde la primera vez que vi los dibujos hechos por Mario González, el genio detrás de este fabuloso proyecto, pensé que a los creativos hay que regalarles dos cosas para que sean felices: papel y lápiz. Bueno, también cerveza. Todo esto confirma que el éxito se reduce a la idea, a la chispa, al ingenio.

Basta con ver algunos de sus dibujos para entender que no hay que complicarse tanto después de una idea creativa. Como bien lo sentencia en su página de Facebook: "Asi no se dice, asi no se escribe, asi no se dibuja, pero asi se entiende". El personaje principal en todas las historias es el trazo mismo. Qué mejor que eso. Bromas sinceras, retóricas cotidianas, ocurrencias idiomáticas de arte finalista, trazos espontáneos, bocetos de una historia que sólo puede ser contada por un chapín –doblesentidista y comúnhablante–, que en el fondo, muy en el fondo, lo único que quiere es contagiar la risa en ideas breves, concisas y sin complicaciones. Humor apto para todo público.




En cada dibujo hay chiste, agudeza, razonamiento, gracia y hasta ternura. No hay nada de enciclopedismos antropológicos, posturas intelectuales o doctrinas excluyentes que promulguen el "afamado espacio de los elegidos". Sino todo lo contrario: Un marcador negro sobre fondo blanco, ¡y listo! De seguro la idea surgió después de una reunión de pendientes en la agencia, o peloteando campañas al final de un largo día de píxeles, cigarros, clientes, café y photoshop.




Sea como sea, me siento enormemente feliz de haber conocido al "patojo chispudo" detrás de esta fabulosa idea; además, que me haya regalado un header para mi otro blog (acá). Y lo mejor de todo: con la colochera bien puesta.




Larga vida al trazo. Que no paren los cuentazos de tinta.




PÁGINA WEB: www.asinosedibuja.com
EN FACEBOOK: www.facebook.com/pages/asinosedibuja/201841786547922

viernes, 13 de septiembre de 2013

CARIBOU, DAPHNI, MANITOBA: El nombre es lo de menos



Supongo que Daniel Snaith –más conocido como Caribou, Manitoba y recientemente como Daphni– ha de ser uno de esos melómanos a quienes les encanta coleccionar texturas sonoras, instrumentos exóticos y viajar a través de cualquier harmonía posible. Toda su música es una radiografía minuciosa de la movida electrónica de la última década, y lo mejor de todo, de la manera más humilde y silenciosa. Lounge, acid jazz, downtempo, drum & bass, nu jazz, chill out y deep house es algo de lo que se esconde en el fondo de sus seis discos. Toda una exploración a través de patrones de percusión y una amplificación de capas de sonido que se repiten constantemente como delirios hipersensibles, juguetones y salvajes.

Algo así como meter en un blender literario a Pessoa y todos sus heterónimos, añadirle una pizca de Joyce, Breton y Guattari para darle cuerpo; y por último, para agregarle sazón y buqué, espolvorearle lo mejor de la literatura estadounidense de mitad del siglo pasado o decorar con lazcas de la literatura rusa más decadente para añadir textura.

De todo esto se obtendrá un producto deliciosamente sensible muy parecido a toda la música de este canadiense de 35 años, a quien la sale la música muy fácil de la manga. Un universo de sonidos que conviene escuchar una y otra vez hasta el cansancio. Una música estrechamente ligada con “el viaje” introspectivo, que es mejor estudiarla por partes; si no, empieza el vértigo y la sudoración incontenible.

Lo ideal –como lo he pensado hacer últimamente, sobre todo en estos días de lluvia intensa–, sería recostarse en muchos, muchísimos cojines, a disfrutar de los encantos sonoros que emanan de las bocinas y separar cada sesión por cada uno de los seudónimos de Daniel; y atreverse, como quien acepta que hay genios que nacieron para lo suyo, a decir que el nombre es lo que menos importa después de todo.


Pero bueno, empecemos por Manitoba (2000–2003), que sugiere una exploración por el drum & bass melódico y el acid jazz elegante. Los dos discos: Start breaking my Heart y Up in flames, juguetean con el ambient jazz más efusivo, matemático y anacrónico. Los mejores ejemplos están en “Mammals vs. Reptiles”, “Paul's Birthday, “Hendrix with KO” y “Twins”. En el resto de pistas, hay mucha furia sonora, wallofsound, shoegaze y facilidad para entablar diálogos con la locura. De los dos discos me quedo con el primero. Definitivamente es más “básico” y permite ver a un Daniel más honesto, jovial y explorativo. Haberlo visto tocar en vivo por estos años, me imagino que tuvo que haber sido una experiencia impactante y asombrosa, muy distinta a la del año pasado en su gira por México, Estados Unidos y Europa con Radiohead.

Por momentos me recuerda a Jazzanova, St Germain, Tosca y todo ese nu jazz suculento de finales de los noventa. El segundo disco, es, quizá, un preámbulo de lo que hizo más adelante. Mis favoritas de esta primer etapa son: “Schedules & Fares” y “Paul's Birthday”, con bases rítmicas persistentes y sordinas delicadas.

Así, nos vamos directo a la segunda etapa, bajo el nombre de Caribou (2003–2012), con la que explora muchísimo más la insistente sicodelia y la decoloración sonora, producida por guitarras, baterías y percusiones delirantes que claramente son apreciadas en vivo. De los tres discos (The Milk of Human Kindness, Andorra y Swim), el primero es el más explosivo. Los dos últimos son ya, la producción más experta y pesada que un músico puede lograr con un buen equipo, software y muchas horas de trabajo. Hay mucha narrativa, mucha introspección, mucho esbozo pulido hasta la saciedad. Se puede percibir que hay largas jornadas de creación y entendimiento de las texturas y/o decibeles.

Su disco The Milk of Human Kindness, del 2005, es elegante y sinfónico. Sutil como ninguno de los otros discos y explicativo a través de percusiones volátiles y autónomas, herencia del drum & bass de los noventa (Aphex Twin y Four Tet), pero también redundante por su excesivo uso de batería y sonidos viejos (Beach Boys y The Kinks). El mejor ejemplo: “Yeti”, “Brahminy Kite” y “Barnowl”. Tres joyas que se van inflando con el transcurrir de los minutos y que terminan por persuadir al tiempo.


Por otro lado, Andorra, del 2007, es una exquisitez sicodélica llena de aristas folk, que se mimetizan entre la electrónica y la experimentación más ácida. Ojo, cuando digo “ácida”, no sólo me refiero al LSD, sino también a los sicotrópicos, sicoanalépticos, sicoactivos, enteógenos, disociativos, disocirecreativos, onirógenos, empatógenos, alucinógenos y toditos sus etcéteras.

Es decir, el disco es un zumbido capaz de penetrar el oído más difícil y perpetuar sus diversos efectos hasta lograr su acometido. De seguro, a nuestros queridísimos Huxley, Hofmann y Leary les hubiera encantado escucharlo. Hubieran suspirado, bailado y pataleado al ritmo de toda su instrumentación exquisita.

No hay ninguna canción que produzca ese efecto contrario a la felicidad. Desde la memorable “Melody Day” hasta las hipnóticas “Sundialing” e “Irene”; son la resultante de un complejo, pero armonioso manojo de notas, efectos, coros y rolercoster anímico a través de todas sus capas de sonido. A mí criterio, un disco que habría que revisitar constantemente junto al ‘reseñablísimo’ Swim, del 2010, que con sus sonidos perpetuados y aritméticos de un retro sesentero-setentero, hilvana un género que ya Stereolab o The Animal Collective habían acuñado a principios de la década: la indielectrónica. Casi rozando el indiepop más onírico y ecléctico.

Mis favoritas de este último disco son: “Odessa”, “Sun”, “Bowls”, “Found out”. Bueno, mejor decir casi todas, ya que el disco completo es un pastelito sonoro que poco a poco he acuñado a los momentos más felices de mi historia con la música. Algo muy parecido a lo que me pasa con LCD Soundsystem, The Rapture o Friendly Fires.


Sin lugar a dudas, Swim y Andorra, son los discos que más se conocen de Daniel y los que sin mayor preámbulo, lo han catapultado al círculo de los elegidos. Por allí transitan Björk, Moby, Apparat, Autechre, Yorke, Holden y otros.



Por último, y no por menos, está la tercer etapa bajo el seudónimo de Daphni (2012–actualidad), que con el disco Jiaolong, de finales del año pasado, hace un viaje al epicentro de la electrónica a través de la exploración más oscura y distorsionada del dance; muy lejos de lo que hace regularmente bajo Caribou. Acá, el sonido es más profundo, de una sensibilidad extremista, casi espacial y oscura como un agujero negro. Es house, es edm, es techno, es cualquier cosa. Como les decía al inicio de esta nota: “el nombre es lo de menos”. En este disco, cada pista es una condensación de sonidos, que de alguna extraña manera confabulan para hacer un solo track, es decir: un set. Me imagino que esto lo sabrán los Dj’s, que con sus largos y armoniosos sets, proponen una estadía placentera y vertiginosa sobre la pista. De seguro, mientras Daniel no estaba abriendo conciertos para Radiohead o haciendo música con Four Tet, estuvo tocando una y otra vez por cuanto club encontrara en Europa o Estados Unidos.

De esta inmersión en la música club, surge esta delicia de disco. Un imprescindible para que aquellos que disfrutaron The Inheritors de James Holden o Immunity de Jon Hopkins, ya que su mismo nombre nos predice el viaje hacia las profundidades del sonido (Jialong, es un submarino chino que rompió récord de inmersión al llegar a siete mil metros de profundidad durante el 2012).

Una verdadera joya para quien esté buscando algo verdaderamente “nuevo”, fuera de los últimos discursos que propone la electrónica comercial y la música retro de club, la que ensaya y explora sonidos viejos (Daft Punk, Pet Shop Boys, Hot Chip, OK Go, New Order). Hace una semana, por ejemplo, estuve en el concierto de The Crystal Method, y me pareció que la música electrónica (la de club, digo, la popular), se aleja cada vez más del estándar de “lo comercial”. TCM tocó por más de tres horas un set que parecía una cátedra sobre música electrónica, pero no un concierto. ¿Me explico?

Ya sabemos que el futuro de la música está en la experimentación con sintetizadores, osciladores, drum machines y equipos caseros que incoroporan sonidos viejos y altuistras; pero este disco, el de Daniel, supera las expectativas dentro de la abundante creación de los últimos años en la electrónica. Ya Reznor, Yorke y el mismo Murphy lo han afirmado en sus colaboraciones y últimos trabajos.

El futuro es este, no hay marcha atrás.

Sin embargo, en este disco las pistas se contraponen y generan otra propuesta. Es muchas cosas al mismo tiempo: Música de video juego (Atari, especialmente), de club a altas horas de la madrugada, afrobeat mixeado, deephouse rudo, funk setentero, tornamesa expuesta, breakbeat, desorden, compulsión, profundidad, desenfreno.

Mis favoritas son: “Long”, “Yes I know”, “Ye Ye” y “Ahora”.

Así que ya saben, si quieren escuchar algo para bailar, viajar y mantener al oído/cuerpo estimulado por casi cincuenta minutos, este es el disco. Es el indicado para adentrarse en el universo de este canadiense, e interrumpir el vasto peso del tiempo, que todo lo consume y atesora en el silencio, que también es ritmo.



Columna quincenal publicada en Esquisses.