jueves, 9 de agosto de 2012

BREVES PALABRAS sobre la intimidad

Asuntos íntimos de un hijo de vecino
(Alas de Barrilete Editorial, 2012)
“And the bus and the tourists are gone
And you’ve thrown away your choice and lost your ticket
So you have to stay on”.
Cat Stevens


La intimidad es una trinchera obtusa donde reflexionamos e intercambiamos símbolos cotidianos con la naturaleza indeleble que resulta vivir. Desde su vientre, nocturno para algunos, lanzamos rabietas al aire que luego se convertirán en tibias anotaciones de tinta, luz y sombras. Estas transmutarán, constantemente, hasta convertirse en irremediables prosas que fielmente nos descifren.

Así, con el pasar de los años y las noches y los whiskys y los pianos y los cigarros; vamos dejando un registro de nuestras incertidumbres, deseos, miedos y otros vapores que tarde o temprano se disiparán hasta solidificar lo que verdaderamente somos. Eso que tibiamente nos alcanza sin mayor tregua.

En 'Asuntos íntimos de un hijo de vecino' de Gustavo Adolfo Abril, encontramos un registro maravilloso de todo ese proceso. A través de sus páginas, el autor nos lleva de la mano por ese sendero en el que fuimos, e irreductiblemente seremos, en algún momento de nuestras vidas. En sus prosas, el lenguaje es testigo de la cotidianidad; y además, la soledad resulta ser una herramienta necesaria para construir una ciudadela de luz con vista al delirio, al mar y al cenit de todos los ocasos.

Los relatos acá incluidos, son anotaciones reflexivas sobre el caminar a lo largo de este sendero que conduce a la nada y al que llamamos "vida". Además, contienen una fuerza melancólica y una carga emocional ulterior; es decir, más allá de la capacidad sensorial con la que estamos acostumbrados a percibir el mundo. En cada una de las páginas, Gustavo refleja desencanto, añoranza, olvido, melancolía y desamor; pero nos recuerda que son himnos cargados de optimismo y furia por seguir adelante. Citando al autor: “Me importa lo que viene. Me importa la vida. Me importa ella… y lo que aún no ha sido”.

Desde sus primeras páginas, vamos descifrando a un Gustavo que llevamos dentro. Ese Gustavo que se mimetiza entre la nostalgia y el camino recorrido. Ese Gustavo que nos motiva a transcribir todos los instantes en letras y delirios. Ese Gustavo que respira y transpira poesía. Además, que nos hace buscar constantemente la felicidad.

En este libro, Gustavo –con su tinta nocturna y bien pulida como granito ineludible–, nos aproxima a la vida con su soliloquio de verdades y racimo de letras al por mayor.




Asuntos íntimos de un hijo de vecino
Gustavo Adolfo Abril
132 pags, Alas de Barrilete, 2012
ISBN: 978-9929-40-228-7

jueves, 2 de agosto de 2012

MANDIL Y CUCHILLO en mano

Publicado en revista Catálogo para la vida, número 13.
Octubre del 2011.
Reeditada.



«Para duplicar la felicidad hay que compartirla».
Paul Bocuse


FOTO: Menús de la ACG
Cocinar me hace feliz, no hay duda. Hace menos de una semana serví una cena para treinta personas y todas quedaron satisfechas. No hay nada como eso. El menú: Escalope de cerdo en salsa demiglase de loroco, acompañado de arroz con cebollín y una ensalada de repollo caramelizado, hongos crimini y vegetales flameados al ajo. Sólo de volver a escribir esto se me hizo agua a la boca.

Para los que se preguntan. Sí. Estudié cocina y regularmente la practico. Tengo un servicio de catering y cada vez que puedo, escribo algo sobre gastronomía fusión, que es lo mío. Acá les cuento un poco sobre donde estudié y quienes fueron mis instructores.


Estudié en la A.C.G. (Academia Culinaria de Guatemala). Un rinconcito de la zona 10 donde abundan sabores, olores, cuchillos, sartenes y recetas, que son enseñadas por geniecillos de la cocina en diferentes horarios de mañana y tarde, aunque en algunas ocasiones también durante la noche. Los alumnos son de todas las edades y hay cursos para todos los gustos y niveles: Chef de Partie, Chef de Cuisine o Chef Pattisiere, aunque también hay cursos libres de Gastronomía Molecular, Francesa, Italiana o Bartender. Me recuerdo que sólo habíamos dos llegando a los treinta. Todos eran chicos y ciertas veces nos veían raro. A excepción de Winston Alvarado, uno de los chef instructores, que no tenía muchos más años que nosotros y lucía el brazo lleno de tatuajes y cicatrices de pearcings en las orejas. La ACG, para ponernos teóricos y periodísticos, fue fundada hace más de diez años por el reconocido chef guatemalteco Luis del Cid, quien en su trayectoria cuenta con varios galardones nacionales e internacionales, un programa de televisión transmitido por más de diez años, muchos libros de cocina publicados y un gran legado culinario que comparte humildemente con todos los que lo rodeamos. En ese sentido, he sido otro afortunado en recibir todos sus conocimientos.

FOTO: Edición impresa

El Chef Luis, como lo llamo personalmente, fue quien me adentró en los conocimientos plenos de la gastronomía y por eso nos dispusimos a conversar, para que escribiera esta nota. Durante el tiempo que estudié, llegué a conocer todo este mundo que tiempo atrás me parecía ilusorio y distante. Lo que les puedo decir es que fue una de las mejores experiencias de mi vida. Mucha práctica, mucho aprendizaje, mucho rush y mucha sensibilidad persistente. No hay duda que la ACG es de los espacios más admirados dentro del rubro alimentacio, al igual que todos sus instructores. Del Chef Luis, a quien se le suele encontrar con su filipina blanca dentro de los salones de clase o en las cocinas de la academia, puedo contarles que lo motiva es el poder compartir todos sus conocimientos con colegas y alumnos.

A sus 58 años, después de haber estado a cargo de la cocina de varios restaurantes internacionales y algunos propios, me cuenta cómo fue qué descubrió su profesión: “Descubrí mi pasión por la cocina, trabajando en un restaurante Judío… me atrajeron los olores y el ver como se transformaba la materia prima en platillos deliciosos“. Luego me dice que “un Chef debe disfrutar su trabajo a pesar de las largas horas y el calor al que se está expuesto dentro de la cocina". Además, también añade que un Chef “debe estar dispuesto a escuchar críticas, así como elogios, por lo que debe de ser creativo y responsable”. Cosas básicas, breves, puntuales y serenas.

Además, podemos encontrar que en muchos de sus libros hay un ferviente amor por la gastronomía guatemalteca, de la cual me dice que “es muy rica en sabores, olores y texturas”, a la vez que me asegura que es necesario darla a conocer al mundo. En eso coincido con él. Esto me hace recordar que cuando empecé a estudiar nos hablaron de Slow Food, un movimiento internacional que promueve la tradición gastronómica de cada región e intenta difundir la filosofía del buen gusto, que combina placer, sensibilidad al comer y conocimiento de los ingredientes. El Chef Luis es el encargado de la sede en Guatemala. Nada más respetable que eso.

Regresando al tema de la ACG, les puedo recomendar cualquiera de las carreras largas. No hay límite de edad y lo único que necesitan es la disposición de tiempo y las ganas. Pueden estudiar una carrera larga o algo más ligero. Entre estos cursos pueden encontrar: Cocina Mediterránea, Cocina Italiana, Cocina Guatemalteca, Bartender, Enología, Gastronomía Molecular, entre otros más que van variando según las necesidades de los estudiantes. En lo personal, los recomiendo todos.


Les comparto algunos de los gustos que el Chef Luis me compartió mientras conversábamos:


PLATO NACIONAL FAVORITO:Jocón.
PLATO INTERNACIONAL FAVORITO: Mezza.
ESCRITOR NACIONAL FAVORITO: Virgilo Rodríguez Macal.
MÚSICA FAVORITA: Romántica.
PELÍCULA FAVORITA: Sin Reservas.


No pierdan el tiempo e inscríbanse. Les aseguro que no se van a arrepentir.

jueves, 26 de julio de 2012

CÓSMICA: fascinación autómata


FOTO: Autómata, 2011
Dicen los Cut Copy: «Lights and music are on my mind», y a mí me da por bailar. Eso me pasa también con Cósmica, esa banda guatemalteca con la que se me ocurrió escribir esta especie de reseña-experimento después de escuchar su última producción. Veamos que tal me va.

Cuando una partitura se vuelve un avioncito de papel, y éste, se va transformando lentamente en un cohete espacial que logra alcanzar galaxias, estrellas y constelaciones relajantes, siempre propulsado por la agilidad de los sonidos y la versatilidad de los ritmos, eso es Cósmica.

Un viaje. Un buen viaje. Un vendaval de riffs sicodélicos, una marea de percusiones simétricas, una brisa funky desde el mar, un bosque de líricas exactas, un parque de juegos electrónico y un destello de estrellas urbanas. Ternura in situ. Estallido rítmico. Fuerza emotiva de experimentos y caudal de riesgos inexplotables.

Es como un poema, ¿no? A ver, intentémoslo una vez más. Voy por un cigarro.


[INTERLOCUTOR: He escrito alrededor de seis cuartillas y siempre termino borrándolas o añadiéndoles extractos de otros párrafos infinitos para armar el rompecabezas de esta reseña de una de mis bandas favoritas de la escena guatemalteca al igual que Zoé o The National en otras latitudes pero es que la reseña debe de ser perfecta y simétrica como a veces resulta la música de Cósmica porque al final de cuentas no hay otra banda que esté haciendo lo que estos chavos hacen que es incorporar muchas cosas en una licuadora una especie de blender-mixer-musical ¿será que me entienden si les escribo esto? no tengo idea pero supongo que este mix es una alquimia electrónica y orgánica al mismo tiempo porque sólo es de verlos en escena ya la espalda me duele la espalda mejor sigamos con la reseña para que diga lo que quiero decir como el eterno Mallarmé de hace dos siglos puliendo sus versitos una y otra vez hasta dejarlos resplandecientes pero es que el disco está muy bueno todas las rolas son un verdadero trip que me está dejando sin palabras.]


A ver, intentémoslo una vez más. Espero me haga entender:

La música de Cósmica siempre me ha parecido una pulcritud de armonías y una búsqueda meticulosa que busca la perfección híbrida. En todas sus canciones encontramos algo de euforia y de temperamento, que considero, lo más fascinante de todo su abanico de encantos, ya que es un temperamento primitivo de pasar del rock al jip jop, sin perder esa elegancia. Partiendo de esto, no es sorpresa que desde sus inicios, hace ya más de 5 años, se hayan presentado de una manera sorpresiva y abrupta, en un medio musical en el que las exageradas distorsiones, el mosh aguerrido, las eternas camisetas negras y las manos cornutas prevalecían en un país donde hay mucha más garra precaria que lucidez compositiva.

Para ello, y a disgusto de algunos, Cósmica empezó a fusionar muchísimos elementos que la hacen ser una de las bandas, o quizá, la banda más experimental de la escena musical guatemalteca. Entre estos géneros, que más que directrices dogmáticas en su estilo, Cósmica utiliza para regenerarse en cada canción, podemos encontrar: electrónica, dreampop, noisepop, funk, bossa nova, hip hop, rock psicódelico, rock latino, rock indie y la lista continúa (créanme). Todo con la premura del pop electrónico como esencia básica y fundamental. A mi criterio, algo deliberadamente maravilloso que se percibe en sus materiales discográficos: Morboso (2008) y Autómata (2011).


De este último, les doy algunas recomendaciones:

  1. Sean egoístas y escúchenlo con audífonos alejados de la gente.
  2. Después de haberlo escuchado solitos, compártanlo, el mundo se los agradecerá.
  3. Si van a hacer un viaje, lo mejor es darle viaje al disco. Con todo.
  4. Póngale mucho oído a los coros, crean atmósferas geniales. Además: A) La voz de Tko brilla en todas las aristas y esquinas del disco. B) Las guitarras de Tono están 'en todo'. C) La precisión de Chalupa es envidiable. D) La programación de Andre es espacial.
  5. Imaginen pequeños videoclips hechos por ustedes con cada canción.
  6. Esta es más una precaución: Las rolas 3, 4, 7 y 8 pueden resultar adictivas.
  7. Si sos músico, no te frustrés, algún día vas a sonar parecido. Sólo ensayá y estudiá música, luego volvé a ensayar y seguí estudiando, pero no parés de tocar.

En pocas palabras: Esta fusión de géneros, que a algunos los pierde y desubica, es para Cósmica su fuente vital de inspiración. Ahí encuentran un bunker desde donde lanzar misiles musicales. Es decir, ese híbrido del siglo veintiuno, que es muy parecido al que canta llorando a todo pulmón Café Tacuba y, horas más tarde, moshea con las botas bien puestas una canción de Metallica o Korn. En ese sentido, es algo verdaderamente admirable dentro del circuito de agrupaciones nacionales. Sin ir más lejos, algo único y verdaderamente honesto. Lleno de muchos cauces interiores que sin lugar a dudas, les traerá muchísimos adeptos a los Cósmicos en los años venideros.


Larga vida al Ruido Rosa de Cósmica. Felicidades.

jueves, 19 de julio de 2012

LA POESÍA vista desde un autobús


65 Obelisco (Letra Negra, 2012)

Asumir el viaje de la poesía no es más que frecuentar el mundo exterior a a través del ojo propio, para después hacerlo íntimo, escueto y emotivo, por medio de hilvanar imágenes mientras se retrocede el tiempo con la voluntad cinematográfica y sensorial que tiene la memoria. Todo este proceso congnitivo sucede en milésimas de segundo y tampoco es algo que nos interese interpretarlo, leerlo o escucharlo. No tenemos tiempo. Todo va de prisa. Nos interesan dos cosas, en breve: Uno, la realidad contexto del poeta. Dos, el lenguaje que utilice. Aquí abordamos estilo, sintaxis y retórica. Esto me hace pensar en muchas cosas. Vamos despacio.

Por ejemplo, alguna vez escuché decir que ‘la poesía es el viaje del letargo’. No sé si fue Monterroso o Monsiváis a quien se lo escuché, pero este concepto me sitúa ante una hipótesis lingüística que atesora el verdadero significado de la palabra poesía: Si el letargo (entiéndase como el sopor sintomático de varias enfermedades nerviosas que provocan un estado de somnolencia profunda y prolongada, blablabla) es una experiencia vital para el poeta –quiero decir: adormecer la imagen, el tiempo y el lenguaje–, la poesía no es más que el leitmotiv del mismo. Es decir, se escribe poesía para aletargar el tiempo, y además, la poesía es también un estado de somnolencia visto desde el creador mismo.


Aterricemos un poco: Después de fumarte un par de buenas caladas de mariguana empezás a sentir que todo cambia de velocidad y sucede lento, lento, lentísimo. Ves como tus amigos conversan y podés capturar, fotograma por fotograma, toda la articulación de sus mandíbulas hasta que expresan alguna palabra o sonido. También escuchás como la música sube de intensidad y podés diferenciar todas las capas de beats que la pista incluye (batería, bajo, sintetizadores, guitarras, voz, etc). Mientras todo esto pasa, vos estás asociando todo eso que ‘palpás’, sensorialmente, con todo lo que estás pensando e imaginando.


Pues eso, justamente eso, es la poesía. Sólo que visto desde una perspectiva neurocognitiva y científica, me atrevo a decirlo.


Ya con toda la hablada que les di, pensemos en dos películas de Lars Von Trier que utilizan cambios de velocidad (cámara lenta y yuxtaposición de tiempos): Anticristo (2009) y Melancolía (2011). Si no has visto ninguna de las dos, te sugiero que las bajés de inmediato. Valen la pena. En estas películas, LVT se vale de la temporalidad visual para detener imágenes que nos produzcan ese efecto que les hablaba antes. El movimiento de los árboles o las nubes, que es distinto al movimiento que hace un brazo, al igual que la velocidad con la que un caballo cabalga o el gesto que hace un guiño de ojo, mientras dos personas copulan de manera veloz, pero todo sucediendo en cámara lenta y a distintas velocidades.


Esa yuxtaposición de velocidades es un recurso poético con el que puedo explicar el proceso que les hablaba anteriormente. Pero no estamos hablando de cine, recuerden, aunque a la poesía contemporánea este elemento, o recurso visual, le queda como anillo al dedo.




Pues todo esto me puse a pensar después de haber leído varias veces 65 Obelisco de Pep Balcárcel. Un chico a quien conocí hace alrededor de un año y con el que me he entusiasmado en pensar que es el futuro de la nueva poesía guatemalteca. Deseo que siga escribiendo y que algún día no muy lejano, Pep asuma la narrativa, porque me agradaría ver como desarrolla historias.

A ver, veamos por qué.

Pep es un chico con gustos estridentes de música. Es un lector ávido, ácido, rabioso y melancólico. En sí, un aficionado al buen gusto y no es marihuano, aclaro. Parece un rockeropunk atrapado en la vestimenta de un hipster-contempo-emo, pero bueno, creo que todos los poetas actuales tenemos algo de eso. Por otro lado es un alma atormentada y ansiosa, llena de furia adolescente y de pragmatismo adulto. Tiene deseos de mandar todo a la mierda, pero también es romántico y le gusta el padecimiento que provoca vivir en este mundo, algo muy parecido y congénito con los simbolistas franceses o los poetas beatnik (Ginsberg, Keroauc, Cassady, Rimbaud, Baudelaire, Lautreamont). En sí, esa pugna es el motor tan valioso en la poesía de Pep, con quien hemos conversado de bandas como Radiohead o Portishead, y de autores como Carver, Bukowski, Sallinger, Pound, Panero entre tantos otros, atormentados (a pesar de nuestra diferencia de edades) como nosotros.

De su libro puedo escribir muchas cosas, pero seré breve, porque el libro es un brevario de su poesía actual y además, es una especie de libro concepto que pretende evocar el viaje de la poesía a través del viaje en autobús: la Ruta 65, que conecta dos barrios totalmente distintos de la Ciudad de Guatemala a través de sus venas equidistantes. Ya con esto, el libro es un registro y un mapeo del suceder cotidiano del joven autor, quien apenas tiene 19 años.

En cada poema, no más de 30 en total, el autor nos acerca a sus miedos, sus fantasmas, sus anhelos, sus rabias, sus ilusiones, sus tormentos, sus ternuras, sus temperamentos. Lo hace de una manera directa y voraz, eso me gusta. Otro detalle es la brevedad, que es algo congénito en la nueva poesía contemporánea. Pero a pesar de esa brevedad, cada poema nos adentra en la sorpresa de un joven que despierta en los brazos de la poesía y el mundo, mientras el ruido maldito de la calle resuena con su repicar de horas malversadas y sonámbulas a todo momento. La carencia de conectores lingüísticos (disyuntivos, temporales, locativos, etc.) en la mayoría de poemas hace que sea una poesía de fácil y rápida lectura, muy al estilo de un samurai que lo finiquita todo en menos de un segundo. Me gusta como el poeta adquiere una identidad propia, sin miedo, al interrelacionar sentimientos opuestos en un mismo poema. Eso genera desconcierto, sí, pero es una característica humana a la que nos podemos remitir a la largo de nuestras vidas.
Creo que para ser su primer libro, va por buen camino.

Además, es un libro que se lee en menos de 15 minutos, mientras nos fumamos un cigarro o escuchamos un buen disco, ya que el fulgor sistemático de la poesía de Pep siempre está asociada con música. Así lo siento, y creo que se percibe desde los primeros poemas, que parecen haikús insolentes, taipeados desde el otro lado del computador mientras ve porno y hace tareas del colegio.
En sí, es un libro para lectores jóvenes que quieran sentirse identificados con el sentir de una generación que lo sabe todo y lo dice todo, porque el Internet, quieran o no, así nos lo ha enseñado.

Acá les copio dos poemas.



*
tengo pensamientos torpes
mi poesía es mediocre
los sueños que sangro están muertos
pero tu sonrisa
no sé qué decir de ella
aún me conmueve



*
el tiempo pasa muerto
como el humo de los vehículos
con la canción moderna que detestas

el humo se detiene
se lleva los sueños
con los colores de algo ajeno

el corazón muerto
es una mirada perdida
soy el llanto
nuestras melodías

todo acaba
la esperanza es cosa de viejos aburridos



- - -



65 Obelisco
Pep Balcárcel
40 pags, Letra Negra, 2012
ISBN: 978-9929-557-34-5

jueves, 19 de abril de 2012

LAS EXPOSICIONES, el arte conceptual y el cinismo

Columna censurada por Diario de Centro América.
Días después, decidieron no publicar más mi columna.


Foto: El Préstamo, obra de
Aníbal López (2000)
Cuando pienso en arte, lo primero que se me cruza por la cabeza es un cuadro enorme, azulísimo, de Joan Miró que vi alguna vez en España. El museo estaba vacío. Las paredes y los pasillos se me hacían impecablemente sobrios. Eran unos pasillos gigantes por los que recorrí salones y más salones, en solitario, frente a bellezas vanguardistas que se convirtieron en una de las experiencias más perdurables y enternecedoras que poco puedo transcribir en palabras.

Eso fue hace más de diez años, y la verdad, no podría calcular a cuantas exposiciones he ido desde entonces. Arte neofigurativo, neopop, artmedia, transvarguardismo, instalación, readymade, happening, performance, hiperrealismo, bad painting, action painting, fotografía, paisajismo, arte decorativo, arte conceptual, etcétera, etcétera. Son muchas las variantes y siempre regreso a esa imagen del cuadro azul del catalán en mi cabeza. Supongo que por eso voy a las galerías de arte, con la esperanza de ver algo que verdaderamente me sorprenda. Aunque la verdad, no me gusta mucho ir a las aperturas de las exposiciones. Siempre se me hacen frívolas y arrogantes. Pero voy, tan solo para llevarme la contraria y hacer vida social, que le dicen. Además, es grato encontrarse con gente disímil, que de alguna extraña manera está conectada.

Al final me da igual que unos chicos expongan sus grabaditos en la Embajada de México, que una chica primeriza exponga unas joyitas fluorescentes en una bodegona chic del centro o que un grupo de bachilleres borrachos discutan sobre poesía concreta en una galería patrocinada por la Cooperación Española. La verdad, no me interesa ninguna de esas idioteces. En Guatemala hay muy poco arte que verdaderamente me interese. Son contados los artistas que realmente me cuestionan la identidad y me sorprenden con una buena conversación, en vez de una pose mediocre de artista sufrido y posmodernista.

La mayoría de las veces voy a estas inauguraciones, porque me encanta conversar con las personas que asisten –la mayoría son conocidos–. Es como ir a una reunión de amigos en donde hay arte en las paredes, a veces música, pero sobre todo: VINO GRATIS. Por otra parte, me gusta ver sus expresiones al ver una pintura, una foto, un joyerito. Además es ameno encontrarse con alguna sorpresa de vez en cuando.

De todas esas sorpresas, quizá la más grata, fue haberme enterado hace unos días de que Aníbal López, quien firma como A-1 53167, y además, es un amigo a quien quiero y respeto muchísimo, haya sido invitado a la dOCUMENTA en Kassel, Alemania –una de las exposiciones más importantes de arte contemporáneo en el mundo–. Sin lugar a dudas, Aníbal es uno de los artistas conceptuales más transgresores y radicales de Latinoamérica, quien ha roto muchos de los paradigmas del arte contemporáneo y ha abierto la brecha para la crítica, la disciplina y el fulgor de los nuevos artistas guatemaltecos; entre ellos, algunos que se las llevan de "sabelotodo" y pregonan miseria artística y genialidad obsoleta.

Un brindis por el cinismo. Enhorabuena, mi querido Aníbal.

jueves, 12 de abril de 2012

POLAROIDS de una Semana Santa en Guatemala

Columna publicada en Diario de Centro América y en libro SPAM (2012, 2013).
Jueves 12 de abril del 2012.
Reeditada.



Foto: Puerto San José en Semana Santa
Viernes de Dolores: El tráfico en el Centro Histórico es insoportable. Una horda de acalorados inunda las calles. Pancartas burdas. Comentarios voraces. Altoparlantes con calcomanías del Che Guevara se derriten sobre el pavimento. Un guardia atento levanta su fusil y deja ver un diente de oro dibujado en su sonrisa. Un recién nacido llora frente al grandilocuente disfraz de un universitario. Así, la clásica Huelga de Dolores, anuncia la llegada del ansiado verano guatemalteco.

Domingo de Ramos: Los feligreses cargan procesiones. Un sol lapidario irrumpe sobre las andas. Unos cucuruchos purpúreos conversan sobre Arjona con un octavo de aguardiente en una tienda de barrio. Dos policías de tránsito desvían los autos hacia un callejón minúsculo. La fe guatemalteca avanza lentamente por una alfombra fotográfica. Colores brillantes. Bíceps cansados. Niños lloriquean insistentemente por papás desesperados que los jalan del brazo. Unas manos robóticas reparten volantes de un reconocido centro de abarrotes. Olor a sudor bajo las túnicas.

Lunes Santo: Los supermercados se abarrotan de ciudadanos hipersensibles que hacen fila para facturar cervezas, chancletas de oferta, latas de atún y más cerveza.

Martes Santo: Se suman las filas de multitudes en los bancos, gasolineras y paradas de autobús. Algunos otros más afortunados, nadan en playas extranjeras y, en las redes sociales, empiezan a circular mensajes que incitan al nihilismo alcohólico.


Miércoles Santo: El exhuberante barroquismo empieza a sacar sus mejores galas. Día propicio para tomar fotos.

Jueves Santo: La mayoría de guatemaltecos desocupan la ciudad y un vacío infinito se cuela en horas de la tarde. La Aguilar Batres y la Calzada Roosevelt se ofuscan de reguetón, edecanes de última hora e inflables de todos los colores y tamaños.

Viernes Santo: La ciudad es un mutismo irremediable. Unos ladrones primerizos aprovechan para robar estéreos y platos de carros en la oscuridad de los barrios menos afortunados. Día propicio para leer y comer pescado en todas sus variantes.

Sábado Santo y Domingo de Resurrección: Un halo de resaca sobrevuela la cabeza de los vacacionistas. Las playas yacen bajo una capa de envases vacíos, bolsas de chucherías y recuerdos sombríos, o de culpa. Las autopistas se llenan de autos de todas las marcas, todos los modelos y todas las condiciones sociales.


Dos días después, todos queremos más vacaciones.

jueves, 29 de marzo de 2012

LOS TELÉFONOS celulares

Columna publicada en Diario de Centro América.
Jueves 29 de marzo del 2012.
Reeditada.


Foto: Celulares viejos
Mi primer teléfono celular fue un armatoste de gaucho barato y plástico rugoso color negro. Parecía un ladrillo más o menos moldeado, con una pantalla minúscula de la que parecían salir por arte de magia: una luz verde-amarilla y unos píxeles yuxtapuestos, los cuales formaban en conjunto caracteres grises, que más o menos se entendían, a no ser porque te sabías de memoria los nombres y los números que tenías allí guardados; que eran como cinco, sí llegabas a mucho. De eso habrán pasado más de diez años.

El susodicho tenía la capacidad de guardar treinta números telefónicos, cinco tonos distintos y un juego de serpiente que cada vez que se comía la cola; hacía que el teléfono vibrara como si fuera el Fin del Mundo. Hasta que un día, después de haberle entrado agua, caer de varios segundos pisos y haberle pasado la llanta de un carro encima, quedó inservible. Pobre teléfono. Cada vez que alguno –de mis dos únicos amigos– me llamaba, el aparato mezclaba sonidos y la pantalla medio rota parecía desarmarse por completo. Pobre Nokia, si todavía lo usara en estos tiempos sería el hazmerreír de mi cuenta de Twitter, y todos mis amigos de Facebook lo comentarían en sus estatus.

Después del horrendo accidente de la llanta, pasaron unos meses y mis padres decidieron comprarme un aparato más moderno. Un Motorola con antena extendible, de esos pequeñísimos que cabían en el bolsillo de la camisa y la pantalla se iluminaba toda en color naranja. Recuerdo que los celulares en esa época eran excesivamente caros, pero "valía la pena mantenerse comunicado" en un país en el que no sabés si vas a estar vivo al día siguiente. Allí empieza la primera regla del uso de celulares en todo adolescente que tuvo uno a finales de los noventa: "El celular es sólo para emergencias". La segunda regla: "No vayás a hacer llamadas de larga distancia, ¡o te lo quitamos!".

Durante esta década, he tenido aparatos de todo tipo y toda marca. La mayoría me los han robado a punta de pistola y otros, los menos, han quedado inservibles para la mayoría de usos que necesito a diario, entiéndase: Facebook, Twitter, Gmail, Whatsapp, etc. Pasar un día sin revisar mi agenda o enviar un correo desde mi celular, me parece imposible.

En todo caso, estos ya forman parte de nuestra vida diaria y no hay vuelta de hoja. La posmodernidad se disipó hace muchísimo tiempo y aunque sólo haya pasado una década, no queda otra salida más que adaptarse y abrir la cuenta de Twitter para postear microrelatos y pedir Likes en tus fotos, a los amigos que viven del otro lado del charco.

"Quien no tenga Internet Ilimitado en su aparato, será visto feo y será expulsado de las redes sociales de inmediato". Ese es el primer mandamiento.

El segundo: "Ama a tu celular como a tí mismo".



El tercero: "Postea, luego existes".

jueves, 22 de marzo de 2012

EL ARTE y sus pérdidas

Columna publicada en Diario de Centro América.
Jueves 22 de marzo del 2012.
Reeditada.



Foto: Bohemia Suburbana en los 90's
Durante los últimos meses he entrevistado a artistas de distintas disciplinas. Ha sido un ejercicio enriquecedor, una especie de retroalimentación favorable para este andén rutinario en el cual la mayoría de guatemaltecos vivimos desapercibidamente. Es decir, sin darnos cuenta. O en otras palabras, como diría Fuguet: "Vivimos ultimando el presente". Al final es eso, no tenemos otra opción más que vivir de prisa, es mejor así; a vivir especulando no se cuanta cantidad de conjeturas imposibles que no se desarrollarán más que en nuestros sueños más pálidos e insignificantes.

Una de las cosas que más me sorprende, es que la gran mayoría de estas personas que se dedican al arte, están comprometidas al 100% con su obra, y además, consideran que un país sin intervención artística (crítica y objetiva) sería una gran pérdida. En ese sentido, el arte es un engranaje indispensable en nuestro presente, que también es incendio, que también es quimera. Eso me hace pensar en la capacidad que muchos artistas tienen y que aún no ha sido reconocida.

Hace quince años tuve mi primer encuentro con el arte guatemalteco. Hablo de un encuentro cercano, algo tangible, no una especie de acercamiento espiritual y esotérico del cual no puedo hablar por su exagerado misticismo. Hablo de un encuentro palpable. Eran los años noventa y coincidí con un grupo de artistas que compartían de manera desinteresada un espacio y las ganas de decir lo que no se había dicho. Este colectivo se llamaba Casa Bizarra, y entre ellos habían pintores, músicos y poetas que abrieron las puertas al arte guatemalteco actual. Eran finales de siglo y todo parecía, de alguna manera: perdido.

Quince años después, le hago a usted una pregunta: ¿Qué pierde un país sin arte? Por favor, no me responda que nada.