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lunes, 19 de mayo de 2014

TRES LIBROS VINTAGE

Nota publicada en revista Catálogo para la vida, número 21.
Mayo del 2014.





Quien lee sabe que todo libro es un objeto de deseo. Un objeto de valor inconmensurable que otorga muchas satisfacciones, sobre todo una: EL SOBERANO VIAJE. Hablo de un «viaje exclusivo» –y alucinado– para el lector, que está dispuesto a soportar el trance exquisito de deshojar temporalidades y detener la vida, mientras todo y nada, suceden dentro de esa burbuja en la que nos sumerge la lectura a cuentagotas.

En el sentido más pragmático, un libro es una especie de tesoro que perdurará en nosotros por siempre, sin importar cuantos años hayan pasado de su publicación o su lectura. En cada una de sus páginas –desde la portada hasta el índice o viceversa–, una especie de ciencia incierta nos acompaña y nos transporta a los mejores estados de la conciencia e inconsciencia. Todo en su proceso es delicia y aprendizaje. 

En sí, todo libro es escuela y un regalo para días mejores.


Por eso me animo a registrar tres títulos, que sin duda, serán el mejor regalo para un futuro abrumado por las tablets y las lecturas digitales. Un futuro en el que los términos «vintage», «retro», «antigüedad» o «relicario» hayan desaparecido por completo, y la era de la palabra (Twitter, Facebook, Wordpress) nos haya resquebrajado hasta el vacío. Tres títulos que podrán buscar en cualquier momento, y mejor aún, conseguir en ediciones impresas. Porque, ¿qué seríamos sin ese olor a otro tiempo, a otra dimensión, a otra era?



CRÓNICAS MARCIANAS de Ray Bradbury.

A quien le gusta pensar que algún día viviremos en Marte, reflexione detenidamente esto: Bradbury lo escribió hace más de sesenta años, y la era que estamos viviendo ahora, es la ambientación cronológica del libro (1999–2026). Publicado originalmente en el año 1950, The martian chronicles narra la conquista de los humanos en Marte y toda la barbarie, la emoción, la autodestrucción y el vacío. A través de veintiséis cuentos fascinantes –que hilvanan cronológicamente la llegada, la conquista y la pérdida de la condición humana–, Bradbury nos envuelve en la mejor historia de ciencia ficción contada por el hombre; en la que robots, naves espaciales, guerras nucleares, enfermedades y la naturaleza misma, hacen que el entorno futurista pueda ser el de una época cualquiera.




RAYUELA de Julio Cortázar

Cortázar nunca pasará de moda. Cada libro del argentino, es la pieza de un rompecabezas que se estira y condensa hasta llegar a los laberintos de Rayuela, publicada por primera vez en 1963 y celebrada en un sinnúmero de ediciones posteriores, incluyendo la edición conmemorativa de 50 años, publicada el año pasado. En esta novela, el tiempo parece detenerse entre un Buenos Aires solemne y un París pletórico. Cada capítulo es la amalgama de delirios contenidos, un mapa convexo de datos útiles e inútiles y un océano de información que extasía a cualquiera. Tenerla impresa es un «must» que merece rayarse, tacharse, anotarse y dejar un poco de uno mismo en las más de 500 páginas que la contienen. La historia de La Maga, Horacio, Traveler, Talita y tantos otros personajes; es de las más emblemáticas en lengua castellana. Cortázar es en Rayuela, lo que el Internet nos ha enseñado con la hipertextualidad.




EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO de J.D. Salinger

Holden, el personaje principal de The Catcher in the rye, como se titula en inglés, es la imagen obsesiva de la rebelión y la búsqueda. Todo en este personaje, es subversión y perspicacia. Desde 1951, cuando fue publicada la novela, un halo misterioso de prohibición y morbo ha ido alimentando su condición de «libro faro». En pocas palabras, su historia merece ser leída, pues, por un ojo descategorizado del sufrimiento y liberado de las cauces que conducen a repeler la realidad tal como es. Si bien la historia fluye en un Nueva York desolado y taciturno, esto nos puede provocar una ensoñación vagabunda digna de cualquier metrópolis. Su gracia, radica en que rompe los paradigmas de la geografía y el tiempo. He aquí su universalidad y su encanto. Cualquier edición en inglés, merece ser leída más que en español, donde pierde, un poco de autenticidad y poética que Sallinger le añadió sin darse cuenta.




Dicho esto, es tiempo de que dejen sus tablets y sus computadoras a un lado. Es momento de volver al papel y a la tinta, como en un futuro feliz (vintage), lleno de polillas y servilletas como separadores.

lunes, 6 de enero de 2014

¿Y USTED, qué celebra?

Nota publicada en revista Catálogo para la vida, número 19.
Enero del 2014.

Reeditado.




Yo celebro las cosas simples, las que suceden sin planificación ni agravio, las que a la vuelta de cualquier instante, te embisten con felicidad y sorpresa. Celebro los atardeceres de noviembre, las lluvias de mayo, las madrugadas de septiembre. Celebro los inicios de año. Los círculos abiertos, y cerrados, con uno mismo. Celebro La Revolución, la de octubre del 44, la de mis amigos artistas en un festival de arte hace más de diez años. Celebro la Plaza Central. Celebro los parques. Celebro la música. Celebro el vino tinto. Celebro la literatura. Celebro la caída del Muro de Berlín. Celebro los cohetes espaciales con sus viajes a la Luna. Celebro los libros de Miller. Los poemas de Pound. Las canciones de Spinetta. Celebro un cuarto lleno con libros viejos y fotografías.

Celebro las condenas a los genocidas. Las sentencias a los miedos. La matanza del pudor. La supresión de la oligarquía. Celebro el olor a tinta, a papel, a lluvia y a café de mañana. Celebro el mar. Celebro el cielo. Celebro a los amigos, con sus treguas, sus chismes, sus glorias y sus despedidas.

Celebro un cielo inundado de estrellas, vistas, eso sí, desde una playa solitaria y anclada a cualquier parte. Celebro la selva petenera. Celebro a Zapata, a Dalton, al Ché y a Maradona. Celebro los mojitos. Celebro un rico plato de mariscos o un pescado en salsa Remoulade o Tamarindo. Celebro un buen arroz, una cerveza fría. Celebro lo que no se ha escrito en siglos de imprenta. Celebro los esfuerzos, ésos que están, aún en la penumbra de las tipografías. Celebro la noche. El amanecer. Las nubes y los lagos y los ríos. Celebro las pinturas de Basquiat, los dibujos de Miró, las anotaciones en los cuadernillos.

Celebro los regalos imprevistos, los abrazos, las miradas encendidas de deseo. Celebro la palabra, el silencio. Celebro la arquitectura. Celebro la paciencia de mis padres, las sonrisas de mi abuelo, la tolerancia de un pueblo ensimismado en el olvido. Celebro la liberación. Celebro el punk. Celebro los grafitis. Celebro un buen asado, una conversación sin límites, una cena fraguada por todos los sabores y olores. Celebro la peregrinación, sin sospechas, de todas las especies migratorias en el mundo. Celebro toda fantasía.

Celebro los discos de The National, The Strokes y Joy Division. Celebro las milanesas, los jugos de manzana, mora y mandarina. Celebro los pianos de Chopin. Celebro el primer día en que abrí un libro. Celebro El Ulises de Joyce, El Proceso de Kafka, Las Olas de Wolff. Celebro la sintaxis, los manuales de redacción y las reglas de ortografía. Celebro el sonido de una trompeta con sordina. Celebro Photoshop. Celebro las pirámides escalonadas, los árboles de eucalipto, la cordillera de los Andes y los Himalayas. Celebro la diversidad. La euforía de los aeropuertos. La soledad de los bosques. Celebro el hematoma, que todos pensaron que tenía, cuando me expulsaron hace veinte años del colegio. Celebro a los Bulls de Michael Jordan, Scottie Pippen y Phill Jackson. Celebro el videoclip. Los discos de Coltrane y Truffaz. Celebro a Morrissey. A Radiohead. Celebro lo que aprendemos en la calle, no en la Universidad, no en los posgrados. Celebro los miradores a las grandes ciudades. Celebro el sonido del mar y el silencio de la madrugada. Celebro la potencia del DMT, los cuentos de Chéjov, la verborrea de Caicedo, las películas de Tarantino. Celebro las camisetas de diseño, las zapatillas deportivas, los abrigos.

Celebro el resplandor, de una luna llena, vista desde la carretera más oscura.

Celebro a Megan Fox, Sienna Miller, Asia Argento y a todas las mujeres que resisten, que se redimen, que se salvan del estruendo del machismo. Celebro la indolencia. Celebro el dolor. La humildad. Celebro la premura que significa estar cerca, cerquísima, de todo lo deseado por mucho tiempo. Celebro la empatía. Celebro la afluencia de discursos, la plurilengua de una sola geografía. Celebro las canciones de Cerati, el fulgor de Kubrick, Lynch o Aronofksy. Celebro conducir de noche, sitiar un buen playlist, y encender todas las fogatas de la vida. Celebro la Nutella, las manos, el amor.

Celebro la muerte, porque sin ella, todo esto sería una quimera.

Celebro…

jueves, 25 de octubre de 2012

EL SOUNDTRACK

Publicado en revista Catálogo para la vida, número 11.
2012.
Reeditada.



FOTO: Portadas de algunas bandas sonoras
Ya lo había dicho Julio Cortázar, en aquél libro memorable que la mayoría conocemos (si no, búsquelo en Internet, ahí lo encuentra): "Música, melancólico alimento para los que vivimos de amor".
Al final, es cierto, estamos hechos de gygabites de canciones que nos acompañan a lo largo de nuestra vida y las volvemos a escuchar, una y otra vez hasta el hastío. Por ejemplo, uno puede observar detenidamente, y con escalofríos sicodélicos, la película-musical Across The Universe y entusiasmarse enseguida con la fascinante imaginería de algunas escenas; pero lo más alucinante, es, sin mayor titubeos, la interpretación que se hace de las 34 cancioncitas de The Beatles a lo largo de las dos horas de metralleta rítmica. No hay duda, que "love rules" y que toda historia de amor nos perseguirá desde los guiones Hollywoodenses más taquilleros hasta las entrañas más románticas y cotidianas de nuestra Latinoamérica de bajo presupuesto. Pero está bien, entendámoslo desde una perspectiva simple y precaria, comprendamos esa dimensión que nos encanta con una frase de Lennon: "All you need is love, love is all you need."

Pero insisto: “All you need is love... eh, yes, but also we need music, querido Lennon. Just music.”

Por ello, no está de más hablar sobre esa fascinante conexión que existe entre la música y la imagen. Al final de todo se complementan, se nutren una de la otra, se necesitan de alguna extraña pero obvia manera. Así pasa que muchos músicos, por ejemplo, se han inspirado en las imágenes que crean algunos directores de cine para escribir sus canciones. Y por lo mismo, muchos directores, se han inspirado en frases de canciones para definir escenas claves de sus películas, como es el caso de Paul Thomas Anderson en Magnolia, inspirándose en algunas canciones de Aimen Mann para tranformarla en una joyita del cine, ya casi un clásico.

Pero pasando al tema de esos directores que se entrometen a seleccionar su delicia musical, Quentin Tarantino es "El Maestro". Lo sabe hacer como nadie más lo ha hecho. En sus películas: Reservoir Dogs, Pulp Fiction y sendas Kill Bill, nos da una cátedra sobre cómo elegir música para un filme. Incluso hay un “soundtrack de los soundtracks” de sus películas, en el que habla de la importancia de seleccionar buenas canciones y nos comenta sobre la relación que la música debe tener con el filme. Otra directora que lo hace muy bien, es Sofia Coppola. Ya la escuchamos en Maria Antoinette, Lost in Translation y por supuesto, en The Virgin Suicides (que tiene doble soundtrack: uno con un mix de canciones viejas y otro, compuesto por la banda francesa Air). Todas estas recopilaciones son una maravilla. Otro caso maravilloso de soundtracks son Trainspotting, Garden State, Singles, Easy Rider, 24 Hour Party People, Fight Club, Lost Highway, High Fidelity, Amores Perros, ...Y tu mamá también, entre otros.

El asunto, al final de todo, es “ver” los sonidos y “escuchar” las imágenes. Por eso nos encanta llorar a lágrima viva cuando Jerry Maguire le dice a Dorothy Boyd, aquella famosa frasecita que todos conocemos, mientras la sutil tonadita gringa se va mezclando con la voz ronca de Bruce Springsteen y, las viejas divorciadas –o separadas– se estremecen en los sofás raídos del apartamento californiano y Dorothy, responde lo que ya todos nos sabemos de memoria. ¡¿O no?!

Aceptémoslo. Nos encanta. Sin música, además, las películas serían aburridas.

Es más, compramos películas románticas –y piratas– para verlas en pareja y vivir ese estremecimiento fantástico de la pantalla plana y el teatro de casa, con poporopos instantáneos embadurnados en mantequilla y margarina, en el peor de los casos. Ya acurrucados en el sofá, y acariciándonos las alitas de cupido, mientras las lagrimotas caen de emoción o de tristeza, el mundo afuera parece no importarnos. Luego nos encanta hacernos los duros, pero al final siempre terminamos llorando mares de mocos, inclusive en la escena en la que Celine le dice a Jesse: “Baby... you are gonna miss-that-plane”. Y Jesse, tranquilamente responde, desde el sofá del apartamento parisino: “I know”, mientras su risita se confunde con las notas del piano de Nina Simone, que canta parsimoniosamente Just in Time, y todo es una lloradera loca y ahí estamos tratando de detener la película –pirata– cuando los nombres de las canciones van bajando por la pantallita negra para saber cómo se llamaba la canción que salió en aquella otra escena, para después bajarla y guardarla en el iPod, y escucharla, diariamente, en nuestro Soundtrack de Vida –pirata– mientras El Gordo actúa y canta de lujo en aquella película guatemalteca que fue moda hace más de un año.

En fin, nos encanta guardar canciones para todo momento.

martes, 18 de septiembre de 2012

POR CIERTO, ¿es Verdana o Tahoma?

Publicado en revista Catálogo para la vida, número 20.
2012.
Reeditada.



Foto: Olivetti Lettera 32

En esta era donde la escritura se ha convertido en una obligación diaria y habitual (SMS, Facebook, Twitter, Whatsapp, Blogger, Wordpress, Gmail), viene bien refrescar la memoria un poco y recordar aquellos tiempos en los que redactar una carta o un documento en una computadora, de aquellas armatostes color ocre pálido, palidísimo, resultaba ser una tarea extenuante y agotadora. Si no estoy mal, las opciones tipográficas de esa época se limitaban a quince o veinte, si mucho. La siempre clásica ha sido Times New Roman, ya lo sabemos. Pero ahora imaginen otras épocas, donde la única opción era utilizar máquinas de escribir a base de cintas impregnadas con tinta, en forma de pequeños rollos bicolor (negro y rojo, en el mejor de los casos), que uno compraba en la librería como si fueran chicles y había que cambiarlos de lado y posición cuando topaba la cinta, abriendo la tapa con mucho cuidado para no mancharse los dedos y levantando el prensapapel para después colocarla debajo del indicador y sólo así, que quedara bien puesta. Labor manual, inevitablemente. Toda una Odisea. Aunque había a quienes les tomaba un minuto, y lo hacían hasta con una mano, mientras con la otra sostenían una hoja nueva de papel y daban instrucciones en un abrir y cerrar de ojos. Mi maestra de mecanografía era de esas personas.

Vaya cómo ha cambiado el mundo en los últimos veinte años. Ahora las máquinas de escribir son objetos que se lucen en museos, cafés literarios y en el peor de los casos, en ventas de chatarra. Hasta tengo la duda si en los colegios todavía se reciben clases de mecanografía.

Sin embargo, aunque hayan pasado todos estos años, no me molesta embadurnarlos de melancolía y nostalgia al recordar la Olivetti Lettera 82 con la que recibía clases de mecanografía en el colegio, es más, me gusta recordar el estruendo caótico que provocaban las treinta o cuarenta máquinas de escribir galopando sobre una montaña de tinta negra y papel bond. Aún puedo escuchar ese martilleo constante de las teclas, golpeando insistentemente el rodillo de las pobres máquinas. Era como una sinfonía indestructible e industrial. Una especie de melodía concepto. Un eco ininterrumpido de letras bailando sobre el papel enrodillado, que al ser liberado por la perilla, mostraba sus heridas tipográficas y sus laceraciones tabuladas a manera de sacrificio impreso.

Todo esto lo tengo tan presente, porque la observadora y sabia de mi madre, al ver que su hijo tenía inclinaciones para golpear teclas, me metió a un cursillo de mecanografía por las tardes, e incluso, me prestó una máquina de escribir vieja, en la que escribí los borradores de mis primeros libros.

De estas clases recuerdo la velocidad con la que todos los adolescentes escribían. Parecía una carrera de tiempo. El que escribiera más caracteres o golpeara más de prisa –y con incisión quirúrgica–, recibía menciones especiales y pasaba al siguiente level. En sí, era como un videojuego. Ahora se podrán imaginar la velocidad con la que escribo. Soy el Carl Lewis de los 100 metros tipográficos. Nadie escribe más rápido que yo, se los puedo jurar, a excepción de los chicos que se la pasan chateando, posteando tuits o estatus desde su Blackberry.

Por cierto, ¿qué tipografía es la que utiliza Facebook o Twitter para desplegar el contenido que escribimos cuando posteamos un nuevo estatus?

¿Es Verdana o Tahoma?




martes, 4 de septiembre de 2012

PETER SAVILLE: musicalmente pixeleado

Publicado en revista Catálogo para la vida, número 16
2012.
Reeditada.



Foto: Portadas y fotoretrato de PS
La primera vez que vi una portada de Peter Saville, el legendario diseñador inglés originario de Manchester, fue a finales de los 90’s junto a un grupo de amigos europeos con los que hice un  viaje al mar durante un fin de semana agitado por los excesos y la música estridente. Lo recuerdo muy bien porque fue una chica alemana, de nombre Emma, la que me enseñó el booklet del disco –de Pulp, por cierto, una de mis bandas favoritas liderada por el poeta Jarvis Cocker–. El disco lo escuchamos una y otra vez entre poesía salvaje, con frases mal traducidas, micheladas picantes y conversaciones sin iPod, celular o Facebook.

El disco era This is hardcore. Un disco exquisito en todas sus profundidades y aristas sonoras. Hasta ese entonces el britpop me parecía una estrella fugaz y distante que había dejado su estela musical en bandas como Suede, Oasis y Blur. Pero la portada, mis queridos y queridas, era otra cosa para mi sensibilidad recién salida de la escuela y hambrienta por experimentar nuevas sensaciones sonoras.

Vayamos al grano.

La portada del disco muestra una pintura de John Currin –de quien supe el nombre años después– en la que una chica rubia, bocabajo, sobre un sofá rojo, parece estar en una especie de trance. En el fondo negro, detrás, aparece impreso el logotipo de la banda. Justo sobre el rostro y, en una milésima parte de los pechos de la chica rubia, aparece el nombre del álbum "THIS IS HARDCORE" en letra helvética, mayúscula y al cien por ciento color magenta. Todo estuvo a cargo de Saville: diseño, dirección de arte y corrección de color. Para ese entonces, el diseñador inglés ya tenía una reconocida trayectoria diseñando afiches y portadas de discos para la mítica disquera independiente: Factory Records, liderada por el enigmático Tony Wilson, a quien pueden apreciar en su esplendor en la película 24 Hour Party People.

Regresando a Saville, puedo mencionar que su talento va más allá de la adecuada manera de colocar los elementos del diseño en un arte final, interviniendo muchas veces otra imagen. Obviamente, un buen diseñador debe respetar el espacio, los colores y el equilibrio de todos sus componentes, y eso es lo que más me gusta de Saville. Esa deliberada construcción de atmósferas en sus obras. Porque son obras, claro, pequeños canvas trabajados en computadora y yuxtapuestos de manera técnica y emocional. Sin lugar a dudas, el don se ha ganado la admiración de críticos y demás personas involucradas en el medio, esto por poseer una sensibilidad avant garde que lo ha llevado a la creación de tipografías y un estilo minimalista que conjuga el diseño industrial con la profundidad de tintas y texturas. Entre su larga lista de obras se pueden encontrar las portadas de Joy Division, New Order, Brian Eno, Roxy Music, Ultravox, Peter Gabriel, Suede y Pulp. Nada mal para un diseñador compulsivo, que ha desarrollado una carrera dentro del mundo de la publicidad y las consultorías de diseño.

Toda una joya, el señorón de 57 años, que hasta se ha codeado con la farándula de la moda, diseñando campañas para Christian Dior, John Galliano, entre otros.


Sin mayor duda, Saville es un referente imprescindible al hablar de música y diseño. En lo personal, a mí me convenció con eso de que toda obra musical debe ir acompañada de una imagen irreverente pero coherente, que uno quiera poseer y llevar a todas partes; como menciona en una entrevista que le hizo una revista reconocida de diseño.

En otras palabras, la belleza le entra a uno por los ojos, ¿o no?


PETER SAVILLE:
http://www.btinternet.com/~comme6/saville/ 

jueves, 2 de agosto de 2012

MANDIL Y CUCHILLO en mano

Publicado en revista Catálogo para la vida, número 13.
Octubre del 2011.
Reeditada.



«Para duplicar la felicidad hay que compartirla».
Paul Bocuse


FOTO: Menús de la ACG
Cocinar me hace feliz, no hay duda. Hace menos de una semana serví una cena para treinta personas y todas quedaron satisfechas. No hay nada como eso. El menú: Escalope de cerdo en salsa demiglase de loroco, acompañado de arroz con cebollín y una ensalada de repollo caramelizado, hongos crimini y vegetales flameados al ajo. Sólo de volver a escribir esto se me hizo agua a la boca.

Para los que se preguntan. Sí. Estudié cocina y regularmente la practico. Tengo un servicio de catering y cada vez que puedo, escribo algo sobre gastronomía fusión, que es lo mío. Acá les cuento un poco sobre donde estudié y quienes fueron mis instructores.


Estudié en la A.C.G. (Academia Culinaria de Guatemala). Un rinconcito de la zona 10 donde abundan sabores, olores, cuchillos, sartenes y recetas, que son enseñadas por geniecillos de la cocina en diferentes horarios de mañana y tarde, aunque en algunas ocasiones también durante la noche. Los alumnos son de todas las edades y hay cursos para todos los gustos y niveles: Chef de Partie, Chef de Cuisine o Chef Pattisiere, aunque también hay cursos libres de Gastronomía Molecular, Francesa, Italiana o Bartender. Me recuerdo que sólo habíamos dos llegando a los treinta. Todos eran chicos y ciertas veces nos veían raro. A excepción de Winston Alvarado, uno de los chef instructores, que no tenía muchos más años que nosotros y lucía el brazo lleno de tatuajes y cicatrices de pearcings en las orejas. La ACG, para ponernos teóricos y periodísticos, fue fundada hace más de diez años por el reconocido chef guatemalteco Luis del Cid, quien en su trayectoria cuenta con varios galardones nacionales e internacionales, un programa de televisión transmitido por más de diez años, muchos libros de cocina publicados y un gran legado culinario que comparte humildemente con todos los que lo rodeamos. En ese sentido, he sido otro afortunado en recibir todos sus conocimientos.

FOTO: Edición impresa

El Chef Luis, como lo llamo personalmente, fue quien me adentró en los conocimientos plenos de la gastronomía y por eso nos dispusimos a conversar, para que escribiera esta nota. Durante el tiempo que estudié, llegué a conocer todo este mundo que tiempo atrás me parecía ilusorio y distante. Lo que les puedo decir es que fue una de las mejores experiencias de mi vida. Mucha práctica, mucho aprendizaje, mucho rush y mucha sensibilidad persistente. No hay duda que la ACG es de los espacios más admirados dentro del rubro alimentacio, al igual que todos sus instructores. Del Chef Luis, a quien se le suele encontrar con su filipina blanca dentro de los salones de clase o en las cocinas de la academia, puedo contarles que lo motiva es el poder compartir todos sus conocimientos con colegas y alumnos.

A sus 58 años, después de haber estado a cargo de la cocina de varios restaurantes internacionales y algunos propios, me cuenta cómo fue qué descubrió su profesión: “Descubrí mi pasión por la cocina, trabajando en un restaurante Judío… me atrajeron los olores y el ver como se transformaba la materia prima en platillos deliciosos“. Luego me dice que “un Chef debe disfrutar su trabajo a pesar de las largas horas y el calor al que se está expuesto dentro de la cocina". Además, también añade que un Chef “debe estar dispuesto a escuchar críticas, así como elogios, por lo que debe de ser creativo y responsable”. Cosas básicas, breves, puntuales y serenas.

Además, podemos encontrar que en muchos de sus libros hay un ferviente amor por la gastronomía guatemalteca, de la cual me dice que “es muy rica en sabores, olores y texturas”, a la vez que me asegura que es necesario darla a conocer al mundo. En eso coincido con él. Esto me hace recordar que cuando empecé a estudiar nos hablaron de Slow Food, un movimiento internacional que promueve la tradición gastronómica de cada región e intenta difundir la filosofía del buen gusto, que combina placer, sensibilidad al comer y conocimiento de los ingredientes. El Chef Luis es el encargado de la sede en Guatemala. Nada más respetable que eso.

Regresando al tema de la ACG, les puedo recomendar cualquiera de las carreras largas. No hay límite de edad y lo único que necesitan es la disposición de tiempo y las ganas. Pueden estudiar una carrera larga o algo más ligero. Entre estos cursos pueden encontrar: Cocina Mediterránea, Cocina Italiana, Cocina Guatemalteca, Bartender, Enología, Gastronomía Molecular, entre otros más que van variando según las necesidades de los estudiantes. En lo personal, los recomiendo todos.


Les comparto algunos de los gustos que el Chef Luis me compartió mientras conversábamos:


PLATO NACIONAL FAVORITO:Jocón.
PLATO INTERNACIONAL FAVORITO: Mezza.
ESCRITOR NACIONAL FAVORITO: Virgilo Rodríguez Macal.
MÚSICA FAVORITA: Romántica.
PELÍCULA FAVORITA: Sin Reservas.


No pierdan el tiempo e inscríbanse. Les aseguro que no se van a arrepentir.