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viernes, 14 de noviembre de 2014
7 HAIKÚS ESTÉREO (tipo crónica)
Columna quincenal publicada en Esquisses.
Viernes 14 de noviembre del 2014.
Acá unos haikús que por momentos fallan en métrica, pero no es así. Es el espanglish y su dicotomía lingüística que nos remite a dos reglas aparentemente distintas. Pero bueno, acá los dejo a manera de crónica estéreo. Disfruten su viernes con un splash de soledades empiernadas.
1) VIERNES, 11:24PM
A Joy Division
los vi en un party.
Habían hipsters.
2) DOMINGO, 1:32AM
«Morrissey es Dios»,
me dijo Carla en bragas.
Le susurré: Ask.
3) DOMINGO, 3:48AM
La fiesta sigue:]
Chela y mujeres. Coca.
Rolas de Daft Punk.
4) DOMINGO, 7:59AM
Marcela baila
dispersa a lo Amy Winehouse.
Luz de amanecer.
5) DOMINGO, 12:46AM
Sufro la goma,
me extingo: Ave Fénix.
Suena Radiohead.
6) DOMINGO, 1:32PM
Todo es recuerdo,
piel y dilataciones.
Canciones de Björk.
7) DOMINGO, 2:22PM
Quiero ceviche.
Comer grasa hasta morir
y escuchar Pink Floyd.
8) DOMINGO, 8:09PM
Duermo contento,
bajo el regazo de Pulp.
Sueño étereo y mar.
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viernes, 13 de junio de 2014
LA BATUCADA, los cadillacs y el futbol
Columna quincenal publicada en Esquisses.
Viernes 13 de junio del 2014.
De la batucada tengo presente dos cosas:
1. Un viaje en lisérgico, allá por el año noventa y nueve.
2. Las tonaditas de Los Fabulosos Cadillacs, muchos años antes.
Del viaje en “ajos” no hablaré mucho, porque delinear los trazos perdidos de una memoria convulsa, y además iniciática en ciertos rituales, no es cosa importante. Aunque en el fondo, muy a mi manera, fue una plétora romántica de otros desvelos y otros sueños que recuerdo con melancolía; pero también fue un poema amargo, una retórica insulsa y una ensoñación de duendes dulces navegando por un río de Cianuro. Mal viaje, pues, para ponerlo en pocos caracteres.
Por otra parte, de Los Cadillacs de Vicentico tengo otro recuerdo. Otro gozo. Otro placer convexo. Otro tumbo sonoro.
A estos argentinos los tengo presente por ese dato tan sencillo, que fue ponerme a la Batucada en el mapa de la música (entre otras cosas). Hablo de una canción a secas. La conocida. La rallada. La quemada. La esquelética y anestesiada por el pasmo de todas las borracheras de todos los bares y todas las cantinas de todas las calles perdidas de nuestra América dipsómana y trémula. Pues si, para qué mentirnos, “El Matador” es esa tronazón de delirios que alegran cualquier fiesta y enamoran a cualquier canchita (gringa o europea). Es esa pieza elemental que amasa y adereza a toda la Cordillera Americana en una sola quimera exquisita: el delicioso bailongo o apretuje de cuerpos cachondeados.
Pero no solo es eso. “El Matador” me hace pensar en muchísimas más cosas. El ímpetu, el amor, el jugueteo de palabras, la rabia del V Centenario, etc. También me hace pensar en la grandeza de los Cadillacs y su vitalidad en la música latina, que es extensa y meritoria. Los referentes son muchísimos. Hay canciones llenas de melancolía, de letra, de punk, ska, samba, calipso, dub o reggae. El virtuosismo de algunos discos (El León, Vasos Vacíos, Fabulosos Calavera o Rey azúcar) es admirable. Digo, están muy lejos de las tonaditas de Pitbull y Shakira que anestesian los rincones donde pasan los partidos de la copa del mundo por estos días. Pero bueno, no quiero ponerme ácido e intolerante. A lo que voy es que Los Cadillacs son el epigrama puntual de una música latinoamericana muy propia e intrínseca. Allí también entran los Tacvbos, que están muy distantes a lo que se escucha en las estaciones de radio en hora pico por estos días mundialosos.
Mi recomendación, entonces, es volver a las raíces y enguachinarse de música en desuso, anticuada e incipiente. Es rechinar las cabezas del tocacasete y vapulear todos los sonidos nuevos. Como creo que no lo vas a hacer con La Marimba, pues hacelo con La Batucada, que además, está de moda por un mes y a lo mejor le quite méritos a la cumbia –tan sobrestimada desde hace algunos años hasta que perdiera su gracia, su vaho familiar, su tibia certeza, su belleza–.
Cuando te adentrés en su repique hipnótico –digo, el de la Batucada–, te van a aparecer por ahí algunos ritmos suculentos de Vinícius de Moraes, Elis Regina o Chico Buarque. Y poco a poco, te lo aseguro, irán saliendo otras delicias inesperadas –Djavan, Tom Zé, Caetano y Os Mutantes son algunos–.
Después de revisitar toda esta delicia de música por un mes –gracias a Torrentz o The Pirate Bay–, volvé a encender el Spotify o el Deezer, y buscate el disco nuevo de Jack White (Lazaretto) que está bastante interesante.
Viernes 13 de junio del 2014.
De la batucada tengo presente dos cosas:
1. Un viaje en lisérgico, allá por el año noventa y nueve.
2. Las tonaditas de Los Fabulosos Cadillacs, muchos años antes.
Del viaje en “ajos” no hablaré mucho, porque delinear los trazos perdidos de una memoria convulsa, y además iniciática en ciertos rituales, no es cosa importante. Aunque en el fondo, muy a mi manera, fue una plétora romántica de otros desvelos y otros sueños que recuerdo con melancolía; pero también fue un poema amargo, una retórica insulsa y una ensoñación de duendes dulces navegando por un río de Cianuro. Mal viaje, pues, para ponerlo en pocos caracteres.
Por otra parte, de Los Cadillacs de Vicentico tengo otro recuerdo. Otro gozo. Otro placer convexo. Otro tumbo sonoro.
A estos argentinos los tengo presente por ese dato tan sencillo, que fue ponerme a la Batucada en el mapa de la música (entre otras cosas). Hablo de una canción a secas. La conocida. La rallada. La quemada. La esquelética y anestesiada por el pasmo de todas las borracheras de todos los bares y todas las cantinas de todas las calles perdidas de nuestra América dipsómana y trémula. Pues si, para qué mentirnos, “El Matador” es esa tronazón de delirios que alegran cualquier fiesta y enamoran a cualquier canchita (gringa o europea). Es esa pieza elemental que amasa y adereza a toda la Cordillera Americana en una sola quimera exquisita: el delicioso bailongo o apretuje de cuerpos cachondeados.
Pero no solo es eso. “El Matador” me hace pensar en muchísimas más cosas. El ímpetu, el amor, el jugueteo de palabras, la rabia del V Centenario, etc. También me hace pensar en la grandeza de los Cadillacs y su vitalidad en la música latina, que es extensa y meritoria. Los referentes son muchísimos. Hay canciones llenas de melancolía, de letra, de punk, ska, samba, calipso, dub o reggae. El virtuosismo de algunos discos (El León, Vasos Vacíos, Fabulosos Calavera o Rey azúcar) es admirable. Digo, están muy lejos de las tonaditas de Pitbull y Shakira que anestesian los rincones donde pasan los partidos de la copa del mundo por estos días. Pero bueno, no quiero ponerme ácido e intolerante. A lo que voy es que Los Cadillacs son el epigrama puntual de una música latinoamericana muy propia e intrínseca. Allí también entran los Tacvbos, que están muy distantes a lo que se escucha en las estaciones de radio en hora pico por estos días mundialosos.
Mi recomendación, entonces, es volver a las raíces y enguachinarse de música en desuso, anticuada e incipiente. Es rechinar las cabezas del tocacasete y vapulear todos los sonidos nuevos. Como creo que no lo vas a hacer con La Marimba, pues hacelo con La Batucada, que además, está de moda por un mes y a lo mejor le quite méritos a la cumbia –tan sobrestimada desde hace algunos años hasta que perdiera su gracia, su vaho familiar, su tibia certeza, su belleza–.
Cuando te adentrés en su repique hipnótico –digo, el de la Batucada–, te van a aparecer por ahí algunos ritmos suculentos de Vinícius de Moraes, Elis Regina o Chico Buarque. Y poco a poco, te lo aseguro, irán saliendo otras delicias inesperadas –Djavan, Tom Zé, Caetano y Os Mutantes son algunos–.
Después de revisitar toda esta delicia de música por un mes –gracias a Torrentz o The Pirate Bay–, volvé a encender el Spotify o el Deezer, y buscate el disco nuevo de Jack White (Lazaretto) que está bastante interesante.
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viernes, 30 de mayo de 2014
LA PUYA y la rebelión
Columna quincenal publicada en Esquisses.
Viernes 30 de mayo del 2014.
VIERNES, siete pe eme. Una barricada de quince policías permanece muda frente a un grupo de manifestantes en el Ministerio de Gobernación. Sus rostros demacrados vigilan y contemplan a cada uno de los “hippies” que canta canciones de Silvio Rodríguez y Guaraguao. En sus miradas esquivas hay algo de rabia, pero en el fondo, hay desolación y tristeza. El viernes decrece, la noche avanza. Los policías recogen las cartulinas y las tiran en un bote de basura del parque. Unos se quitan el uniforme y otros salen a patrullar el Centro de la capital.
VIERNES, once pe eme. En un karaoke de moda, una chica tatuada y con lentes de botella canta desesperadamente This charming man de The Smiths intentando olvidar la lista de llamadas perdidas de su ex novio. Al bajar del escenario pide dos tequilas, uno para ella y otro para su amiga. Cantar en público no la pone nerviosa, pero sí tener sexo por primera vez con Mariela. Lo sabe. Lo intuye. Por eso le tiemblan la piernas.
SÁBADO, ocho a eme. Un renombrado restaurante de mariscos anuncia a través de escuetos mensajes por redes sociales, que ya no tienen mesas disponibles en sus instalaciones, pero que en la terraza del local se están haciendo arreglos para atender a quienes no pudieron reservar mesa para ver el partido de futbol. Además, añaden a través de su página en Facebook, que habrán cubetazos de cerveza extranjera a precios incomparables, pero que lamentablemente no cuentan con parqueo suficiente para abastecer a tanto comensal.
SÁBADO, ocho treinta a eme. En un comedor frente a una estación de bus, un hombre de estatura promedio bebe café y abre el periódico. En las primeras páginas ve sangre, humo, maquinaria y cuerpos tumbados. Siente indignación pero cambia de página rápidamente para leer el pronóstico de la ansiada final europea. Al fondo del local, una muchacha enclenque le trae un pan con frijol de desayuno. Suena una bocina estrepitosa y alguien grita, presuroso. El hombre, que come su pan con una mano y sostiene el periódico con la otra, sale abruptamente del local para abordar el autobús rumbo a Cuarrancho. De los parlantes de la camioneta retumba una libidinosa bachata. Al entrar saluda al chofer, y en menos de cinco minutos cae en un profundísimo sueño del que despierta media hora después, sin mochila ni billete para pagar el pasaje.
SÁBADO, nueve a eme. La cadera de Shakira anuncia la esperada llegada del mundial después de que aparecen imágenes de patrullas y policías “antimotín” en el noticiero de las nueve. La protesta –pacífica y valiente desde hace dos años– no es tan popular y pegajosa como la canción insulsa de la colombiana. No hace falta gritarlo. Los gestos de los dos presentadores del telediario lo hacen más que obvio al anunciar al patrocinador del canal.
SÁBADO, medio día. Mil zombis observan mil televisores con sus mil tarros de cerveza en la mano. Estupefactos y semi borrachos, ven patear el balón de un lado a otro a una docena de españoles uniformados que se mueven al ritmo de la batucada hipnótica del graderío. Afuera del restaurante, un guardia de seguridad ve de reojo el escote de una aficionada, y siente, que se le dispara el rifle dentro del calzoncillo. A puras penas logra contener el chiflido macho, y decide dar una vuelta por el parqueo para ver si vienen más culitos uniformados. Tiene suerte. Hoy se puede dar gusto a «taco de ojo» con tanta edecán que visita el lugar.
SÁBADO, después del primer gol. Enfurecida, una periodista postea en su perfil de Twitter una foto que dice «Sí a la vida, NO a la minería, NO al futbol». De inmediato, una decena de “seguidores” la injurian con apelativos como «resentida», «hippie loca» o frases que van desde «huevona… la minería da trabajo y pisto al país» hasta otras inofensivas pero desatinadas como «esa mara se lo buscó…» o «el futbol es nuestra esperanza… no te metás con ella, ecologista pisada». Afligida y colérica, la periodista retuitea algunos de los comentarios y decide alistarse para ir cubrir la nota en San Pedro Ayampuc, al mismo momento que piensa en reproducir pancartas con frases de canciones de Calle 13 y poemas de Roque Dalton. Siente un vacío en el estómago, pero aprieta los puños y levanta la frente. Una hora después, platica con mujeres y niños de La Puya, que le recuerdan por qué estudió periodismo. El vacío en el estómago se va llenando de a poquitos a pura sonrisa.
SÁBADO, al final de la tarde. Un estudiante de segundo año de Comunicación decide googlear «la puya», «minería en guatemala» y otros tópicos adoc para informarse. Después de leer por varios minutos las noticias y aburrirse con los comentarios de algunas páginas de internet, se prepara para salir a un concierto de música electrónica en la Antigua Guatemala. Horas después, termina en un after discutiendo con unos borrachos que defienden a Otto Pérez y a Ríos Montt. Uno de los borrachos, malacara y manodura, le dice que le van a quebrar el culo si sigue hablando muladas. Se calla, enciende un cigarro y compra otra cerveza. Los Flaming Lips suenan de la bocina de la fiesta. Siente impotencia, abandono, también rencor. Por eso baila.
SÁBADO, once pe eme. Dos cineastas conversan sobre la Muestra de Cine Internacional Memoria–Verdad–Justicia mientras beben ron dominicano en vasos plásticos. Uno le dice al otro que prefiere no hablar de La Puya porque le puya el corazón cuando lo hace. Ambos ríen por el juego de palabras y brindan por la vida. Al fondo de la casa del cineasta extranjero, frente a las bocinas del estéreo, unos escritores escuchan Gary Numan y maldicen al gobierno en voz alta mientras repiten insistentemente frases del himno nacional, burlándose afanosamente de cada una de las ridículas estrofas. La ciudad, al fondo, con sus lucecitas tristes y su sueño despabilado, no los escucha y prefiere seguir la celebración del Real Madrid sin profanar lo “sagrado” de esta patria.
DOMINGO, ocho a eme. Una mamá le explica a su hija de ocho años para qué sirve una bomba lacrímogena. La niña le responde con una pregunta, «no entiendo, ¿osea que al final la bomba que no es bomba sí sirve para lastimar a la gente?». Un silencio inunda la habitación.
DOMINGO, después del medio día. Un redactor de prensa escribe una nota sobre La Puya. Recibe una llamada. Cuelga. Borra todo lo que ha escrito y escribe un texto verdaderamente hermoso sobre la Décima Copa del Real Madrid. El martes será el día de gloria. Sus primeras dos páginas centrales y un nudo en la garganta no lo dejarán dormir por la “emoción”.
DOMINGO, ocho pe eme. Releo algunos comentarios y columnas de opinión. Me entristezco. Permuto pensamientos en silencio. Enciendo un cigarro y tarareo una canción de Rage Against the Machine en mi cabeza. Me repongo del vahído. Escribo en resistencia. Anhelo otro país.
Viernes 30 de mayo del 2014.
VIERNES, siete pe eme. Una barricada de quince policías permanece muda frente a un grupo de manifestantes en el Ministerio de Gobernación. Sus rostros demacrados vigilan y contemplan a cada uno de los “hippies” que canta canciones de Silvio Rodríguez y Guaraguao. En sus miradas esquivas hay algo de rabia, pero en el fondo, hay desolación y tristeza. El viernes decrece, la noche avanza. Los policías recogen las cartulinas y las tiran en un bote de basura del parque. Unos se quitan el uniforme y otros salen a patrullar el Centro de la capital.
VIERNES, once pe eme. En un karaoke de moda, una chica tatuada y con lentes de botella canta desesperadamente This charming man de The Smiths intentando olvidar la lista de llamadas perdidas de su ex novio. Al bajar del escenario pide dos tequilas, uno para ella y otro para su amiga. Cantar en público no la pone nerviosa, pero sí tener sexo por primera vez con Mariela. Lo sabe. Lo intuye. Por eso le tiemblan la piernas.
SÁBADO, ocho a eme. Un renombrado restaurante de mariscos anuncia a través de escuetos mensajes por redes sociales, que ya no tienen mesas disponibles en sus instalaciones, pero que en la terraza del local se están haciendo arreglos para atender a quienes no pudieron reservar mesa para ver el partido de futbol. Además, añaden a través de su página en Facebook, que habrán cubetazos de cerveza extranjera a precios incomparables, pero que lamentablemente no cuentan con parqueo suficiente para abastecer a tanto comensal.
SÁBADO, ocho treinta a eme. En un comedor frente a una estación de bus, un hombre de estatura promedio bebe café y abre el periódico. En las primeras páginas ve sangre, humo, maquinaria y cuerpos tumbados. Siente indignación pero cambia de página rápidamente para leer el pronóstico de la ansiada final europea. Al fondo del local, una muchacha enclenque le trae un pan con frijol de desayuno. Suena una bocina estrepitosa y alguien grita, presuroso. El hombre, que come su pan con una mano y sostiene el periódico con la otra, sale abruptamente del local para abordar el autobús rumbo a Cuarrancho. De los parlantes de la camioneta retumba una libidinosa bachata. Al entrar saluda al chofer, y en menos de cinco minutos cae en un profundísimo sueño del que despierta media hora después, sin mochila ni billete para pagar el pasaje.
SÁBADO, nueve a eme. La cadera de Shakira anuncia la esperada llegada del mundial después de que aparecen imágenes de patrullas y policías “antimotín” en el noticiero de las nueve. La protesta –pacífica y valiente desde hace dos años– no es tan popular y pegajosa como la canción insulsa de la colombiana. No hace falta gritarlo. Los gestos de los dos presentadores del telediario lo hacen más que obvio al anunciar al patrocinador del canal.
SÁBADO, medio día. Mil zombis observan mil televisores con sus mil tarros de cerveza en la mano. Estupefactos y semi borrachos, ven patear el balón de un lado a otro a una docena de españoles uniformados que se mueven al ritmo de la batucada hipnótica del graderío. Afuera del restaurante, un guardia de seguridad ve de reojo el escote de una aficionada, y siente, que se le dispara el rifle dentro del calzoncillo. A puras penas logra contener el chiflido macho, y decide dar una vuelta por el parqueo para ver si vienen más culitos uniformados. Tiene suerte. Hoy se puede dar gusto a «taco de ojo» con tanta edecán que visita el lugar.
SÁBADO, después del primer gol. Enfurecida, una periodista postea en su perfil de Twitter una foto que dice «Sí a la vida, NO a la minería, NO al futbol». De inmediato, una decena de “seguidores” la injurian con apelativos como «resentida», «hippie loca» o frases que van desde «huevona… la minería da trabajo y pisto al país» hasta otras inofensivas pero desatinadas como «esa mara se lo buscó…» o «el futbol es nuestra esperanza… no te metás con ella, ecologista pisada». Afligida y colérica, la periodista retuitea algunos de los comentarios y decide alistarse para ir cubrir la nota en San Pedro Ayampuc, al mismo momento que piensa en reproducir pancartas con frases de canciones de Calle 13 y poemas de Roque Dalton. Siente un vacío en el estómago, pero aprieta los puños y levanta la frente. Una hora después, platica con mujeres y niños de La Puya, que le recuerdan por qué estudió periodismo. El vacío en el estómago se va llenando de a poquitos a pura sonrisa.
SÁBADO, al final de la tarde. Un estudiante de segundo año de Comunicación decide googlear «la puya», «minería en guatemala» y otros tópicos adoc para informarse. Después de leer por varios minutos las noticias y aburrirse con los comentarios de algunas páginas de internet, se prepara para salir a un concierto de música electrónica en la Antigua Guatemala. Horas después, termina en un after discutiendo con unos borrachos que defienden a Otto Pérez y a Ríos Montt. Uno de los borrachos, malacara y manodura, le dice que le van a quebrar el culo si sigue hablando muladas. Se calla, enciende un cigarro y compra otra cerveza. Los Flaming Lips suenan de la bocina de la fiesta. Siente impotencia, abandono, también rencor. Por eso baila.
SÁBADO, once pe eme. Dos cineastas conversan sobre la Muestra de Cine Internacional Memoria–Verdad–Justicia mientras beben ron dominicano en vasos plásticos. Uno le dice al otro que prefiere no hablar de La Puya porque le puya el corazón cuando lo hace. Ambos ríen por el juego de palabras y brindan por la vida. Al fondo de la casa del cineasta extranjero, frente a las bocinas del estéreo, unos escritores escuchan Gary Numan y maldicen al gobierno en voz alta mientras repiten insistentemente frases del himno nacional, burlándose afanosamente de cada una de las ridículas estrofas. La ciudad, al fondo, con sus lucecitas tristes y su sueño despabilado, no los escucha y prefiere seguir la celebración del Real Madrid sin profanar lo “sagrado” de esta patria.
DOMINGO, ocho a eme. Una mamá le explica a su hija de ocho años para qué sirve una bomba lacrímogena. La niña le responde con una pregunta, «no entiendo, ¿osea que al final la bomba que no es bomba sí sirve para lastimar a la gente?». Un silencio inunda la habitación.
DOMINGO, después del medio día. Un redactor de prensa escribe una nota sobre La Puya. Recibe una llamada. Cuelga. Borra todo lo que ha escrito y escribe un texto verdaderamente hermoso sobre la Décima Copa del Real Madrid. El martes será el día de gloria. Sus primeras dos páginas centrales y un nudo en la garganta no lo dejarán dormir por la “emoción”.
DOMINGO, ocho pe eme. Releo algunos comentarios y columnas de opinión. Me entristezco. Permuto pensamientos en silencio. Enciendo un cigarro y tarareo una canción de Rage Against the Machine en mi cabeza. Me repongo del vahído. Escribo en resistencia. Anhelo otro país.
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viernes, 14 de febrero de 2014
POLAROIDS MUSICALES: Mantra en prosa (cuento)
Los trece apóstoles de la música,
la taramusa sensorial y sus tres descendientes atemporales
Escribir un poema desde The Cure y que viaje hasta Pink Floyd. Lapidar los estruendos fonéticos de Robert Plant, y convertirlos, después de milenarias pulsiones, en falsettos desde Thom Yorke. Vertebrar su risa, su mediana risa. Atravesar el andén melódico que es todo su esqueleto. Succionar la médula y entrepelar los ruidos absorbidos por su masa teórica. Hacer explotar la rabia, el viaje, la fulminante dinamita que lo enciende todo en rojo profundo. Magenta viscoso. Ternura carmesí.
Triángulos, gestos, distorsiones. Figuras geométricas expandiéndose hacia un centro luminoso. El alba, el despertar, el poema trémulo y flácido: The Horrors, A Flock of Seagulls, King Crimson, Zappa, The Flaming Lips.
Después de un momento, que es todos y es ninguno, el umbral se abre y el poema –que ahora es «Hearts on fire» de Cut Copy o «Bela Lugosi’s dead» de Bauhaus– vuelve a oscilar hacia la nada. Una muchacha, de mirada parecida a Björk o Siouxsie Sioux, me observa desnuda y con la piel hecha caleidoscopio. De su Svadhisthana brota un germen, un líquido hermoso muy parecido a la luz o a la lava. La habitación es infinita, como un cuadro de Miró o Remedios Varo, pintado por el vaivén del mar y texturizado por fonemas o tertulias hechas pájaro.
Un rizoma, pálido-verduzco, murmulla equidistancias desde la profundidad del búnker alado. La noche ya no es noche. El día es un mantra de abejas meditabundas. Burbujas sinfónicas. Arenas movedizas. Celajes crujientes. Dedos locos. Tibia miel.
Después de un «Ummagumma» silábico todo cesa. Y la muchacha, que ahora es una viruta y una golondrina, se acerca como una sombra milenaria hacia mi costa empedernida, pero transformada en agua, en espuma, en «Carabelas nada», en «Que ves el cielo», en «No cars go».
Del universo de ese instante, doce supernovas trepidantes van surcando un mandala lumínico y espeso, iluminado hasta ahora por los cientos de galaxias contenidas en el eclipse de mi mano. David Bowie, Lou Reed y Jimi Hendrix parecen difuminarse en la serenidad del celaje cósmico; de donde un sol, gemelo y taciturno, rompe en cuatro porciones simétricas hasta alcanzar un nirvana diminuto. John Lennon, Roger Waters, Joe Strummer y Johnny Rotten, que viajan en tuctucs brillantes, parecen sumergirse en una especie de trance ecuménico junto a Ian Curtis y Spinetta, quien acaba de irradiar cien estalactitas de años luz por la boca.
Van todos de la mano, encriptados como una propulsión cuántica y deliciosa. Kurt Cobain los guía, al ritmo del tambor epiléptico de Jim Morrison, quien recita poemas de Bob Dylan en donde el tiempo se agota y duerme como un querubín amontonado bajo mi brazo. Elvis sólo ríe.
Las explosiones no tardan en llegar como un tsunami. Los fuegos artificiales de la conciencia, los malos covers y los fogonazos de Alprazolam o Rivotril se disipan como una burbuja de asombros en el aire. La paz estalla como un oasis dulce, bengala silenciosa, meditación sumérica, naranja con pepitoria, helado de mandarina, brebaje tremendo dosificado a cuentagotas del tamaño de todos los astros del universo.
A lo lejos, mientras la partitura parece reinventarse a cargo de las veinticuatro manos maestras y las cuarentaiocho cuerdas vocales sacras; una mujer, hecha poema y sexo y rabia abre las piernas, suelta una plegaria orgásmica que alcanza a todos los valles y rincones del planeta. Viste una camiseta rota de Ramones y baila al ritmo de su orgasmo.
Los trece maestros la observan, lacerándose los ojos de una paz atribuida al poema de sus pechos. Patti Smith, su nombre, quien sostiene un Santo Grial con la mano y lo levanta en honor a toda su descendencia.
Doce milenios pasan sin que nos demos cuenta; y desde el fondo de una Kombi interespacial, sentado en el asiento trasero, un pajarito canta y se llama Bob Marley. Su voz es una ventizca deliciosa que todo lo inunda. Lo acompañan dos pajaritos peludos en barbitúricos o en contemplación divina: James Murphy, quien habla solo. James Brown, el callado. Al cabo de unos instantes, que podrían durar meses o semanas, los pajaritos salen de su letargo y encienden un cigarro, del que podría decirse, contiene todos los aromas y risas y silencios del universo. Este es solo el inicio de la historia. El resto es solo ciencia, y terabites, y sueños, y digitalidades.
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lunes, 6 de enero de 2014
¿Y USTED, qué celebra?
Nota publicada en revista Catálogo para la vida, número 19.
Enero del 2014.
Reeditado.
Yo celebro las cosas simples, las que suceden sin planificación ni agravio, las que a la vuelta de cualquier instante, te embisten con felicidad y sorpresa. Celebro los atardeceres de noviembre, las lluvias de mayo, las madrugadas de septiembre. Celebro los inicios de año. Los círculos abiertos, y cerrados, con uno mismo. Celebro La Revolución, la de octubre del 44, la de mis amigos artistas en un festival de arte hace más de diez años. Celebro la Plaza Central. Celebro los parques. Celebro la música. Celebro el vino tinto. Celebro la literatura. Celebro la caída del Muro de Berlín. Celebro los cohetes espaciales con sus viajes a la Luna. Celebro los libros de Miller. Los poemas de Pound. Las canciones de Spinetta. Celebro un cuarto lleno con libros viejos y fotografías.
Celebro las condenas a los genocidas. Las sentencias a los miedos. La matanza del pudor. La supresión de la oligarquía. Celebro el olor a tinta, a papel, a lluvia y a café de mañana. Celebro el mar. Celebro el cielo. Celebro a los amigos, con sus treguas, sus chismes, sus glorias y sus despedidas.
Celebro un cielo inundado de estrellas, vistas, eso sí, desde una playa solitaria y anclada a cualquier parte. Celebro la selva petenera. Celebro a Zapata, a Dalton, al Ché y a Maradona. Celebro los mojitos. Celebro un rico plato de mariscos o un pescado en salsa Remoulade o Tamarindo. Celebro un buen arroz, una cerveza fría. Celebro lo que no se ha escrito en siglos de imprenta. Celebro los esfuerzos, ésos que están, aún en la penumbra de las tipografías. Celebro la noche. El amanecer. Las nubes y los lagos y los ríos. Celebro las pinturas de Basquiat, los dibujos de Miró, las anotaciones en los cuadernillos.
Celebro los regalos imprevistos, los abrazos, las miradas encendidas de deseo. Celebro la palabra, el silencio. Celebro la arquitectura. Celebro la paciencia de mis padres, las sonrisas de mi abuelo, la tolerancia de un pueblo ensimismado en el olvido. Celebro la liberación. Celebro el punk. Celebro los grafitis. Celebro un buen asado, una conversación sin límites, una cena fraguada por todos los sabores y olores. Celebro la peregrinación, sin sospechas, de todas las especies migratorias en el mundo. Celebro toda fantasía.
Celebro los discos de The National, The Strokes y Joy Division. Celebro las milanesas, los jugos de manzana, mora y mandarina. Celebro los pianos de Chopin. Celebro el primer día en que abrí un libro. Celebro El Ulises de Joyce, El Proceso de Kafka, Las Olas de Wolff. Celebro la sintaxis, los manuales de redacción y las reglas de ortografía. Celebro el sonido de una trompeta con sordina. Celebro Photoshop. Celebro las pirámides escalonadas, los árboles de eucalipto, la cordillera de los Andes y los Himalayas. Celebro la diversidad. La euforía de los aeropuertos. La soledad de los bosques. Celebro el hematoma, que todos pensaron que tenía, cuando me expulsaron hace veinte años del colegio. Celebro a los Bulls de Michael Jordan, Scottie Pippen y Phill Jackson. Celebro el videoclip. Los discos de Coltrane y Truffaz. Celebro a Morrissey. A Radiohead. Celebro lo que aprendemos en la calle, no en la Universidad, no en los posgrados. Celebro los miradores a las grandes ciudades. Celebro el sonido del mar y el silencio de la madrugada. Celebro la potencia del DMT, los cuentos de Chéjov, la verborrea de Caicedo, las películas de Tarantino. Celebro las camisetas de diseño, las zapatillas deportivas, los abrigos.
Celebro el resplandor, de una luna llena, vista desde la carretera más oscura.
Celebro a Megan Fox, Sienna Miller, Asia Argento y a todas las mujeres que resisten, que se redimen, que se salvan del estruendo del machismo. Celebro la indolencia. Celebro el dolor. La humildad. Celebro la premura que significa estar cerca, cerquísima, de todo lo deseado por mucho tiempo. Celebro la empatía. Celebro la afluencia de discursos, la plurilengua de una sola geografía. Celebro las canciones de Cerati, el fulgor de Kubrick, Lynch o Aronofksy. Celebro conducir de noche, sitiar un buen playlist, y encender todas las fogatas de la vida. Celebro la Nutella, las manos, el amor.
Celebro la muerte, porque sin ella, todo esto sería una quimera.
Celebro…
Enero del 2014.
Reeditado.
Yo celebro las cosas simples, las que suceden sin planificación ni agravio, las que a la vuelta de cualquier instante, te embisten con felicidad y sorpresa. Celebro los atardeceres de noviembre, las lluvias de mayo, las madrugadas de septiembre. Celebro los inicios de año. Los círculos abiertos, y cerrados, con uno mismo. Celebro La Revolución, la de octubre del 44, la de mis amigos artistas en un festival de arte hace más de diez años. Celebro la Plaza Central. Celebro los parques. Celebro la música. Celebro el vino tinto. Celebro la literatura. Celebro la caída del Muro de Berlín. Celebro los cohetes espaciales con sus viajes a la Luna. Celebro los libros de Miller. Los poemas de Pound. Las canciones de Spinetta. Celebro un cuarto lleno con libros viejos y fotografías.
Celebro las condenas a los genocidas. Las sentencias a los miedos. La matanza del pudor. La supresión de la oligarquía. Celebro el olor a tinta, a papel, a lluvia y a café de mañana. Celebro el mar. Celebro el cielo. Celebro a los amigos, con sus treguas, sus chismes, sus glorias y sus despedidas.
Celebro un cielo inundado de estrellas, vistas, eso sí, desde una playa solitaria y anclada a cualquier parte. Celebro la selva petenera. Celebro a Zapata, a Dalton, al Ché y a Maradona. Celebro los mojitos. Celebro un rico plato de mariscos o un pescado en salsa Remoulade o Tamarindo. Celebro un buen arroz, una cerveza fría. Celebro lo que no se ha escrito en siglos de imprenta. Celebro los esfuerzos, ésos que están, aún en la penumbra de las tipografías. Celebro la noche. El amanecer. Las nubes y los lagos y los ríos. Celebro las pinturas de Basquiat, los dibujos de Miró, las anotaciones en los cuadernillos.
Celebro los regalos imprevistos, los abrazos, las miradas encendidas de deseo. Celebro la palabra, el silencio. Celebro la arquitectura. Celebro la paciencia de mis padres, las sonrisas de mi abuelo, la tolerancia de un pueblo ensimismado en el olvido. Celebro la liberación. Celebro el punk. Celebro los grafitis. Celebro un buen asado, una conversación sin límites, una cena fraguada por todos los sabores y olores. Celebro la peregrinación, sin sospechas, de todas las especies migratorias en el mundo. Celebro toda fantasía.
Celebro los discos de The National, The Strokes y Joy Division. Celebro las milanesas, los jugos de manzana, mora y mandarina. Celebro los pianos de Chopin. Celebro el primer día en que abrí un libro. Celebro El Ulises de Joyce, El Proceso de Kafka, Las Olas de Wolff. Celebro la sintaxis, los manuales de redacción y las reglas de ortografía. Celebro el sonido de una trompeta con sordina. Celebro Photoshop. Celebro las pirámides escalonadas, los árboles de eucalipto, la cordillera de los Andes y los Himalayas. Celebro la diversidad. La euforía de los aeropuertos. La soledad de los bosques. Celebro el hematoma, que todos pensaron que tenía, cuando me expulsaron hace veinte años del colegio. Celebro a los Bulls de Michael Jordan, Scottie Pippen y Phill Jackson. Celebro el videoclip. Los discos de Coltrane y Truffaz. Celebro a Morrissey. A Radiohead. Celebro lo que aprendemos en la calle, no en la Universidad, no en los posgrados. Celebro los miradores a las grandes ciudades. Celebro el sonido del mar y el silencio de la madrugada. Celebro la potencia del DMT, los cuentos de Chéjov, la verborrea de Caicedo, las películas de Tarantino. Celebro las camisetas de diseño, las zapatillas deportivas, los abrigos.
Celebro el resplandor, de una luna llena, vista desde la carretera más oscura.
Celebro a Megan Fox, Sienna Miller, Asia Argento y a todas las mujeres que resisten, que se redimen, que se salvan del estruendo del machismo. Celebro la indolencia. Celebro el dolor. La humildad. Celebro la premura que significa estar cerca, cerquísima, de todo lo deseado por mucho tiempo. Celebro la empatía. Celebro la afluencia de discursos, la plurilengua de una sola geografía. Celebro las canciones de Cerati, el fulgor de Kubrick, Lynch o Aronofksy. Celebro conducir de noche, sitiar un buen playlist, y encender todas las fogatas de la vida. Celebro la Nutella, las manos, el amor.
Celebro la muerte, porque sin ella, todo esto sería una quimera.
Celebro…
lunes, 9 de diciembre de 2013
POLAROIDS MUSICALES: Regina Celli
Columna quincenal publicada en Esquisses.
Viernes 6 de diciembre del 2013.
Reeditada
Apuntes sobre la música de cámara
El martes pasado, para aprovechar mi paso por la capital, fui a un concierto de violonchelos al Edificio Lux de la zona uno. El nombre del recital, invitaba a los sensibles oídos de música clásica: Cuarteto de violonchelos «Regina Celli», junto a un afiche que detallaba la carrera de lxs violonchelistas y una foto deliberada, rústica, honesta. Por otro lado, el texto evocaba al éxito de una presentación anterior, a la cual, claro, ni me había enterado. Así que ir suponía una alegría, y casi una obligación. En todo caso, nada mejor para un martes agitado por el tráfico de la época y el frío obstinado de fin de año.
Así, que sin pensarlo mucho, manejé rumbo al centro. Estacioné a unas cuadras del lugar y me encontré, por azar, con unos amigos que caminaban del otro lado de la calle. Conversamos por sobre los carros. Nos hicimos preguntas casuales. Nos respondimos. Nos despedimos en una esquina. Cada quien su rumbo.
La idea de caminar por la sexta me abrumaba un poco, así que la esquivé por completo y cambié de cuadra. Sólo el placer de escuchar música de amigxs a quienes respeto y admiro, me sugería una celebración «tipo convivio». Una especie de felicidad moderada, que poco a poco iba en aumento, es decir: «pasando de un Adagio a un Andante, de a un Allegro a un Presto», así, sucesivamente.
Me apresuré. Caminé dos cuadras más, y sin más preámbulo entré al Centro Cultural de España.
Después de un rato, hablé con una chica y recogí mi boleto. Como había llegado temprano, me dio tiempo de fumarme un cigarro afuera, y conversar con Yanira –gestora cultural y encargada del CCE– sobre proyectos para el próximo año. Después de una larga y amena plática, llegó la hora de entrar. Posteé algo en Facebook y me apresuré a entrar.
La fila estaba convulsionada, unas ochenta personas que se habían dado cita a la presentación gratuita. Pero supongo que «el cuello», o mi interés por la música, me llevaron a la primera fila. Desde ahí, podía ver los cuatro instrumentos, reposando en su afán melódico, y redondo, de silencio. Esa imagen me mantuvo pensando en muchas cosas, sobre todo en cómo es que llegué a la música clásica, o cómo, en el mejor de los casos, la música clásica me encontró a mí.
A ver, tenía unos doce años, creo. A mi viejo le gustaba comprar discos de música “relajante”. La colección se llamaba «Masters of relaxation» o algo parecido, cuatro discos con lo mejor de Mozart, Beethoven, Bach, Lizst, Wagner, Chopin, Schubert, Schumann, Debussy, Hayden y otros más. Mi disco favorito era el #3. Ahí encontré el virtuosismo de estos genios con pelucas blancas y trajes pomposos, y además, mi veneración perpetua por el piano. Ese instrumento al que años después, le volcaría toda mi vehemencia melancólica y mi retórica más entrañable, culpa de Chopin, Beethoven, Lizst, Grieg, Schöenberg, Bartók; y que también, me acompañaría en mis primeros bocetos como disquepintor. Luego llegarían los conciertos para cuatro cuerdas de Bach, que tenía grabados en un casete. También las adaptaciones de Agustín Barrios y Manuel Ponce en guitarra. Por último, y no por menos meritorio, toda la experimentación de Ravel, Manuel de Falla, Stravinsky, etcétera, etc., etc.
Regreso a Regina Celli –que en palabras de Paulo Alvarado, quien nos guió a lo largo de todo el recital, significa «Reina del Chelo», en alusión a Regina Coeli, la oración mariana que venera a la Vírgen María–, que es un cuarteto poderoso y atractivo. Conformado por tres mujeres, todas jóvenes: Pamela Flores, Ana Galdámez y Mabe Fratti, junto a Paulo, quien es integrante de Alux Nahual y que afirma es «la menos guapa de las cuatro integrantes». Al respecto de su presentación en vivo, verlxs extraer sonidos de sus instrumentos es un gozo inmediato, una fiesta, una alusión a lo melódico, una autopista estridente y alucinada.
Nota 1: A Paulo lo conozco desde hace mucho. Conozco su genio y vitalidad de chelista independiente. Admirable, por sobre todas las cosas.
Nota 2: A Pamela la conozco por Paulo. Sé que es una musicaza, una creadora, una genio de su instrumento y una curiosa en composición. Ojalá pronto se enfile en mi proyecto de poesía sonora: Poecléctica.
Nota 3: A Mabe y Ana, las conozco por separado. Con Mabe hemos ejecutado algunas piezas en conjunto, siempre con poesía sonora. Es una parte vital de la nueva ola de compositores y músicos nacionales. Inquieta, con gustos de música electrónica que me gustan. Moz, su proyecto de música, es un excelente registro del synthpop actual. Con Ana, por otro lado, compartimos escenario una sola vez, para un aniversario de Panza Verde, en el que ella tocó chelo y yo leí poesía. Ejecutante del chelo de manera incuestionable. Académica. De partitura. Puntual, digo.
Pero bueno, me adentro al recital, que incita a querer escuchar más del cuarteto; sobre todo en su lado más experimental y no académico, digo, de partitura y estructura cerrada, no por ello, menos interesante y mal ejecutada, claro.
La primera pieza «Seguidilla para una película» de Paulo Alvarado, enfatiza la incongruencia rítmica, pero fundamentada en la carrera del músico. Una belleza. Cien esquirlas sonoras. Vacuidad y llenura. Por momentos incompleta, por momentos aleatoria. Pareciera improvisación, pero no, se resiste, juguetea, baila. Luego, un «cuarteto en Re Menor» de Rudolph Matz, deja muy claro que son músicos de conservatorio, digo, de escuela: puntuales y concisos.
Después, la sorpresa de la noche, una pieza propia de Pamela Flores, inspirada en Efraín Recinos. Experimental y hermosa. Pequeña y juguetona. Cabal y retórica. Los arpegios y la seguidilla de notas, dan una sensación espectral de oleaje minimalista. Después, "jameo", como los he visto hacer en galerías de arte. Sonidos, ruidos, garraspeos e instrumentos del maestro Joaquín Orellana, con quien alguna vez, hace muchos años, me adentré en una conversación, por horas, sobre Ernesto Sábato, la música electrónica y el tango argentino.
Para finalizar el recital, dos joyitas más: «Oblivion» de Piazzolla, pero con arreglos de Pamela Flores y «Murciélago Danzante» de Ranferí Aguilar. Esta última, con arreglos de Paulo y una simetría casi exquisita que emula a Apocalyptica y Vitamin String Quartet en sus mejores momentos.
En sí, un martes melodioso, lleno de armonía y largas conversaciones, que terminó en cervezas, risas y excentricidades horas después. Bien acompañadas, claro, con lo mejor de Hendrix, Beatles, The National, Bob Dylan, The Doors y hasta Morrissey en el mejor momento de la noche.
¡Larga vida a la música clásica! ¡A la que no es clásica ...a la música, en fin!
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viernes, 22 de noviembre de 2013
POLAROIDS MUSICALES: Aproximaciones a Reflektor de Arcade Fire
Columna quincenal publicada en Esquisses.
Viernes 22 de noviembre del 2013.
Reeditada
¿Cuántas veces será necesario escuchar un disco para escucharlo bien? ¿Qué significa, realmente, decir que un disco está «bien hecho»? ¿Cómo explicar con palabras, que aunque hayan canciones «malas» en un disco, sirven para contrarrestar y complementar los sonidos del resto de canciones «buenas» del mismo paquetito? ¿Cuál es el criterio, justificado y solemne, para decir que todo importa tan poco en términos de arte; porque al final, todo es impulso, instante y olvido? ¿Cuánta música será suficiente escuchar, para escribir un texto, que al menos pueda interpretar lo que se quiere decir sobre lo que otros hicieron de manera distinta y en otra época, con sus dificultades y sus bondades tecnológicas? ¿Qué tanto valdrá la pena «hablar» de música?
Estas preguntas, y otras tantas, son las que me hago constantemente cuando escucho un disco nuevo. Y sí, Arcade Fire, los megadioses canadienses del Olimpo musical contemporáneo, no son la excepción.
Reflektor, su nuevo disco (y además doble), era el disco más esperado del año, y además, la respuesta a muchos de los paradigmas musicales que se plantearon los críticos de música después de discos como RAM de Daft Punk, AMOK de Atoms for Peace, Shaking the Habitual de The Knife o AM de Arctic Monkeys. Sobre todo, por la participación de James Murphy (LCD Soundsystem) como co-productor y David Bowie como músico invitado. Y además, por la coartada retrospectiva que suponía el disco.
Pero bueno. Les dejo estas interrogantes a la deriva: ¿Ya lo escucharon? ¿Qué tanto les gustó? ¿Será un Dark Side of the Moon, un Kid A, un Pet Sounds, un Revolver, un Talking Heads: 77, un London Calling, un Unknown Pleasures, un Highway 61: Revisited, un The Chronic, un Is This It?
Esta pregunta no tiene respuesta. Lo que fue, fue. Y además, es indeleble, pero también necesario. Eso es lo que importa. El instante. El presente. Este regalo.
Y bueno, Reflektor es un gran regalo para la humanidad.
APROXIMACIONES, EXCESOS Y MALOS HÁBITOS
Este es mi experimento sobre Reflektor: 69 minutos de escritura automática, experimental y crítica, al mismo tiempo que escucho el disco en tiempo real y tomo una botella de vino. A ver. Démosle «play», y que la música juzgue su efecto, pista por pista.
1. Reflektor: Disco. Mucho disco. Lo mejor de la música disco de finales de los setenta. Pero más Devo y Chic. Eso sí, la conexión vocal entre Win y Régine es impresionante. Un zumbido de baile, y percusiones escondidas (el mejor secreto de James Murphy en canciones de LCD Soundsystem) que se mezclan con una lírica punzante, meinstreim y esdrújula. Esto último, culpa de David Bowie, a quien me imagino bailando con su traje de Ziggy Stardust y muchos adornos glam alrededor. Las trompetas: alucinantes. El piano: puntual y donde debe de estar. Eso. Así es la presentación del disco, cada sonido está pensado minuciosamente. Algo parecido a Neon Bible y Funeral, dos de los mejores discos de los últimos diez años.
2. We exist: Funk, pero mucho más melodioso. La base rítmica del bajo es retórica y exquisita. Los coros: perfectos. Pero le falta algo, un no sé qué, una distorsión, un estallido amorfo. Lo mejor es esto, a partir del minuto cuatro todo fluye. Recuerdos new wave, grabaciones tenues, afloraciones de Psychedelic Furs, Yoko Ono y tantísimo más. Qué rica rola. Para hacer el amor, pues.
3. Flashbulb eyes: Dubstep, pero más tranquilo. Viejito, sucio, como pensando desde el futuro. Pareciera marimba lo que suena de fondo. Una explosión rítmica que me recuerda a mis mejores viajes de LSD o fumando hachís en San Pedro frente al Lago de Atitlán. Puro repertorio de imágenes.
4. Here comes the night time: Así es. La noche y su esplendor. La noche y su turbulencia. La noche y su jolgorio. La percusión pareciera sacada de una noche en el Caribe, en la playa más escondida, en la fiesta más básica. Pero eso sí, todo está cabal (culpa de James Murphy). Los efectos y adornos parecen gaviotas sobrevolando el mar. Me encanta. Es como indagar en raíces latinas (ya lo hicieron Los Amigos Invisibles hace más de diez años), que nosotros, los latinos, conocemos muy bien pero olvidamos. Yeah, Bowie de fondo. Qué rico. Pero acá va, de nuevo, después del minuto cuatro. Atentos. Es como una borrachera. Esto ya lo he escuchado y vivido. Helicóptero tremendo. Muy The Clash. Muy… The Clash, The Clash, The Clash. Hasta la voz de Win Butler suena tan parecida a la de Joe Strummer. Digo, hasta los chiflidos. Pasemos a otra.
5. Normal person: Suena a algo que conozco. Obvio. A algo que he escuchado antes. ¿Talking Heads? ¿Bowie? ¿Rolling Stones? ¿Billy Idol? ¿Brian Ferry? Bueno, no importa. La rola suena intensa y rica con distorsiones tipo The Strokes y sonidos tipo OK GO, Beck y tantas otras delicias. De lo que va hasta el momento, la más pesada… Uf, está sonando el coro. Me encanta. Lo pongo en mayúsculas: ME ENCANTA. Pesada, como las mejores canciones de Arcade Fire en sus discos pasados, pero insisto, con la genialidad de JM (James Murphy) detrás. Curioso: las mismas iniciales de lo mejor de lo mejor, quiero decir «Michael Jackson, Michael Jordan, Magic Johnson, Mick Jagger». Este disco es un homenaje al pasado, pero hecho desde adentro, como el maestro MJ lo sabe hacer. Lo mejor son los últimos dos minutos. Yeah.
6. You already know: ¿The Cure? ¿Lovecats?
7. Joan of Arc: Glam de los setentas, antes del progresivo y después del disco. ¿Cómo se llamaba aquel inglés? Mierda, no recuerdo. Bueno, a pesar de la intro, que es punk (The Voidods, The Exploited, etc.), esto suena a lo mejor de música de introducción de partidos de baloncesto gringo o hockey canadiense. En fin, no me provoca ni me mueve. Punto menos, o dos, o tres, o hasta cuatro. Gary Glitter es el compa, ya me acordé. Sí, aunque por momentos suene a una especie de tributo a lo mejor del punk oscuro, que es lo que quiero escuchar ahorita, porque me parece mucho más honesto, suena «bien», pero aburrido, digo, nada del otro mundo. Quiero quitar el disco y escuchar Sex Pistols, Buzzcocks, Dead Kennedys, Misfits, Television. Hasta prefiero escuchar Blondie y el último disco de Franz Ferdinand, que suena mucho más fiel al sonido típico de los escoceses.
8. Here comes the night time II: Ya me aburrí. Homenaje «híperrecontratardío a la música clásica y a la coral». Prefiero Portishead o These New Puritans.
9. Awful sound (Oh Eurydice): ¿Hey Jude con Velvet Underground?
10. It's never over (Oh Orpheus): Por fin apareció «el sonido de Arcade Fire». Digo, todo lo que he escuchado es un homenaje a la música vieja, una especie de viaje retro a través de James Murphy, a quien sí, lo admiro, porque LCD fue un proyecto (y una disquera: DFA) que le abrió las puertas a sonidos salvajes como Friendly Fires, Hot Chip, The Rapture, Yeah Yeah Yeahs, etc., etc., etc. Pero bueno, lo que importa es esto, que en esta canción suena lo mejor de Arcade Fire. Hablo del sonido de aquel memorable y hermosísimo: Neon Bible (su mejor disco), pero también a la intención (pop-folk-indie-barroca) de querer sonar a algo mejor: The Suburbs. Un disco salido desde la «rebelión» y lo intrínseco que puede significar tener por héroe a Bob Dylan, David Bowie, pero también a Brian Molko. Pero bueno, no diré más que esto: Ódienme, No Cars Go, Wake Up y Rebellion juntas suenan mejor que todo el disco completo.
11. Porno: Obvio, otra canción retro. Digamos, lo más viejo (en electrónica) de Depeche Mode y Kraftwerk, desde la nostalgia más poderosa de James Murphy. Quien es el culpable de este manojo de sonidos bien elaborados y minuciosamente acoplados.
12. Afterlife: Otra vez el caribe. Qué rico. Pareciera que los canadienses, con sus inviernos mierdas y duros, decidieron pasar algunos meses en Puerto Rico o Las Bahamas, como en aquella sesión (excesiva y memorable) de los Happy Mondays, envueltos en crack, jachís y coca. Pero bueno, esta canción está chilera. Dan ganas de bailar y gritar. Pero otra vez, suena mucho a James Murphy, ¡mierda! No le quitaré el mérito de hacer de este disco una cosa salvaje, histriónica, genial y fundamental. Me gusta el sonido del tecladito de fondo y la guitarra distorsionada, los coros, la voz parecida a Bowie, la armonía. Pero sí, lo hablaba con mi crítico de música favorito (Pablito, tocayo como yo). Le falta algo. Algo tipo Morrissey (a quien Win Butler, canadiense como Tokyo Police y Fiest) quiere sonar. Pero no, querido, Morrissey es Morrisey. Y punto. Al final, me quedé a medias. Otra vez The Clash. Este disco es un homenaje retórico a lo viejo, a lo que realmente cambió la historia de la música. No Nirvana, no Sonic Youth, no Pixies. Pero sí.
13. Supersymmetry: ¿Dance Yrself Clean de LCD mezclada con Boards of Canada? Bueno, no importa. La letra está buena, también los coros. Y bueno, si son bipolares como yo, a partir del minuto tres viene lo mejor. Es mi favorita del disco, aunque un poco floja. «Gran finale» para un disco, eso sí, pero que aclaro, no significa el «mejor disco del año». ¿Existe eso de «mejor» o «peor»? Pero bueno, cada quien a lo suyo. Yo me voy a escuchar punk, digo, algo más honesto y no tan rebuscado. Esto fue una catarsis de música, y también, por qué no, una aproximación. Adiós.
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jueves, 7 de noviembre de 2013
POLAROIDS MUSICALES: Música para barriletear
Así es, noviembre sugiere muchas cosas.
A ver, empecemos por lo evidente: finalizó el invierno, y ése malestar de deseos guardados en remojo, lo tiene a uno harto. Entiéndase bien: HARTO, en MAYÚSCULAS y negrita. Digo, para qué mentir. La lluvia será muy linda, y todo lo que quieran, es decir, trae esperanza, verdor, vitalidad y sobre todo agua -que siempre es necesaria–. Pero cansa. Nos nos dejemos engañar. Vivir en el trópico es atractivo y ventajoso, pero también es castigo, y diluvio eterno, y encierro obligatorio, y desesperación infausta, dañina, perenne, maldita.
Quiero decir: «Seis meses de lluvia, ¡ya son suficientes!».
Pero bueno. Volvamos a noviembre y a su infinito abierto, condensado, delirante, aterido. Es cierto, noviembre es un ventilador encendido, un celaje y una ventisca de puras melancolías. Pero también es un barrilete. Y una diáspora. Y una sentencia. Y un azul profundo. Y una bufanda lista para abrigar todas las formas de cariño entreabiertas y encubiertas.
No digo esto por afán poético, aunque noviembre, sí, lo pone poético a uno, aunque uno no quiera. Sólo basta con ver el cúmulo de signos que habitan al susodicho, digo, porque noviembre también es un cuarto lleno de fantasmas y un alarido de promesas olvidadas, de estaciones, sabores y aeropuertos. Aunque también, y en eso no quiero parecer enardecido, hay que recordar que el mes abre con el Día de Todos los Fiambres, y luego, con el Día de Todos los Difuntos, o los muertos, o las ánimas, o como quiera usted llamarle. A lo que voy, es que se celebra a la muerte, al Mictlán, al Tlalocán, al Xantolo, a Xibalbá. Y esto supone, despojarse de todo el presente por un solo día a través de ofrendas, flores y rituales. En otras palabras: sufrir, llorar, resignar, ofrendar, perdonar, olvidar y luego respirar.
Ese es el misterio de la velita encendida de noviembre. Rezar por la vida, por la sanación, por la sensación, por la humilde llama del transcurso, por el fuego interno que corre y nos corroe. Quiero decir, noviembre es para celebrar la vida después de la muerte, después de la tormenta, después del diluvio, después de los pijazos del año entero. Es perfecto para ir a los festivales de arte, de cine, para asistir a las presentaciones de libros certeros, para salir a la calle, para caminar por el parque, para viajar, para salir de la ciudad. En ese sentido, noviembre es hermoso. Es un recién nacido que ya sabe hablar. Es una palestra de conversaciones nuevas, de libros recién abiertos, de fiambres obstinados, de vacaciones esperadas, de abrazos desbordantes, de mucha piel y música para volar.
Por todo esto, y lo otro –lo que se descubre en ese intervalo de lo que dura una canción o lo que dura noviembre–, acá va una selección de seis discos para barriletear como usted quiera. Como se le antoje. Como se le de la regalada gana antes de que llegue el cueterío, y el tráfico, y los convivios, y las bombas de fin de año que todo lo ciegan y ensucian.
FRANZ FERDINAND: Right Thoughts, Right Words, Right Action
Disco hecho para lxs fiesterxs, lxs rocanrolers, lxs que les gusta el buen sonido postpunketo y el buen dancin a deshoras. Disco conciso y revuelto, con destellos de dance-punk y disco-funk, esos sonidos ya característicos de la banda. Can’t stop feeling, la arista más sublime, una mezcla de Donna Summer, Moroder y LCD Soundsystem. Puro ritmo. Puro ritmo. Puro baile. Puro placer. Además, tiene un segundo disco con pistas en vivo. Nada mejor que eso.
ZOÉ: Prográmaton
Disco suavecito y lírico. Hecho para lxs enamoradxs, los rxmánticxs, lxs posesivos, lxs intensxs, lxs que guardan las uñas y rompen las tuercas del amor en un abrir y cerrar de ojos delirantes. Arrullo de estrellas, Panoramas, Andrómeda y la de Shangai son el ejemplo. Espacial y sintético, amoroso y tierno como el Unplugged, pero nunca sicodélico, ácido y trepidante como Memo Rex o Reptilectric.
MOBY: Innocents
Moby siempre sonará a Moby, es una regla. Este disco, como toda su discografía, es para lxs tristes, lxs melancólicxs, lxs yoguis, lxs amantes de la naturaleza, lxs que sueñan una epifanía a través del gospel y la electrónica. Lxs que aman ver las nubes y el cielo. Lxs que destilan amor por la humanidad, y perecen, sutilmente, en su bipolaridad de seres solitarios perdidos entre la muchedumbre. Disco obligatorio para que truene en el carro. Sublime y melodioso como Play (con sus B-Sides), pero con más colaboraciones y menos eco.
BOHEMIO: Andrés Calamaro
Hace tres años tembló La Ermita. Hoy tiemblan los parlantes con el mismo sonido. Es un disco que revitaliza al Andrés que todos conocemos (Alta Suciedad y Honestidad Brutal), en el que deja los covers, los demos, las cumbias, los tangos, los boleros y todos esos adornos –bien logrados– que lo hicieron dejar por unos años el buen rocanrol. En pocas palabras, es un disco hilvanado con canciones básicas y juegos de palabras, típicos del Salmón dylanesco, que deleitará a lxs calientes, lxs enamoradizxs, lxs bohemixs, lxs bluserxs, lxs borrachxs. Una buena dosis de música selecta, exclusivo para fans del rock de Andrés. Rehenes, Plástico fino e Inexplicable, son las joyas que lo redundan. Pareciera que Andrés volvió a las andadas de madrugada y a las letras express, esas que se escriben en cinco minutos bajo algún estimulante.
PHOENIX: Bankrupt!
Para lxs poperos, lxs retro, lxs melódicxs, lxs que bailan punchispunchis pero también escuchan Timbiriche o Kraftwerk, lxs del bar al after, lxs de tachas y drogas de diseño, lxs que se persignan cuando suena una tediosa bachata, lxs que odian el reguetón más sucio pero lo bailan, lxs que sueñan con un mundo más limpio, lxs que alucinan con Empire of The Sun, Yo La Tengo y Arcade Fire. En fin, Bankrupt! se aleja de los sonidos de su primer disco, Wolfgang Amadeus Phoenix, pero reafirma con esta oda a los sintetizadores, y al new wave, el mejor pop hecho en Francia de los últimos años. Don’t y Entertainment lo confirman.
ARCTIC MONKEYS: A.M.
Este disco comprueba que la rebeldía del adolescente punketo, ya quedó atrás en Brian Turner y compañía. A.M. está lleno de sensualidad, delicadeza, equilibrio y precisión. Es un disco para lxs amantes del buen rock setentero, pero también, para lxs que huyen del fenómeno masivo del indierock actual, en el que todo es mainstream y bomba de terciopelo luminosa. Un lujo de disco, como lo he dicho varias veces entre amigos, perfecto para empezar con Fireside (carretera al puerto), y terminar con Knee Socks o Do I Wanna Know? sobre el colchón más cercano de los humedales.
Columna quincenal publicada en Esquisses.
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viernes, 25 de octubre de 2013
SOMA: Un viaje musical
"..there is always soma, delicious soma, half a gramme for a half-holiday,
a gramme for a week-end, two grammes for a trip to the gorgeous East,
three for a dark eternity on the moon...”
Brave New World, Aldous Huxley
De nada sirve ir a tomarse unos tragos a un bar, abarrotado de música, y sorprenderte haciendo comentarios como: «Yo pondría mejor música», «Mirá, acá está mi iPod» ó «¡Qué hueva esa mierda!». Digo, para qué ir a un bar, si en el fondo no te sentís cómodo y estimulado por el ingrediente sonoro que te dosifican con cada cerveza o coctelito, y que además, pagás de buena gana. O a lo mejor, vos sos de lxs que tienen “cuello” y te ponen una que otra canción, o en el mejor de los casos, el playlist enterito. También pasa, que si hacés una petición o sugerís algo, te mandan de inmediato a la chingada. Y el bartender, irónico y caradura, te dice que su bar no es estación de radio. Entonces vos entendés. Tiene razón el tipo. Y después de meditarlo varias veces, decidís no ponerle mucha atención a la música. Pero, «¿cómo no ponerle atención a la música?». Eso no es de Dios. Yo no puedo. La música es mi cuadrilátero. Mi estrella. Mi mosh.
La mayoría de las veces que salgo de purrún, quiero estimularme con un buen listado de canciones. Un poco de esto, un poco de aquello. Sin embargo, las opciones se agotan cuando pienso en “un buen bar”. Hablo de un bar decente y fulguroso. Under pero no tanto. Cómodo pero no hippie. Selecto pero no tan caro. Barato pero higiénico. Alternativo pero no muco. Ustedes me entienden. Las opciones se reducen y nos quedan dos o tres, que son los que regularmente frecuentamos. A mí me pasa todo el tiempo.
Muy pocas veces me he sentido en casa, digamos, considerando todas las posibilidades que mencionaba anteriormente. Sí, hablo de sentirse cómodo, a secas. Feliz y consentido. Tranquilo y elocuente. Me pasaba en los desaparecidos London Pub, El Costumbro, Tercera Luna, Monachos y Lírica. También mencionaría a Rattle ‘n’ Hum y El Establo, pero ahora son otra cosa. De los que aún sobreviven, me siento cómodo en el eterno Esperanto, que me recibe con la mejor michelada de Guate. Y también, por qué no, en la excesiva La Maga (cuando la turbulencia etílica es considerable y no hay furia de madrugadas salvajes).
De lo contrario, no acostumbro ir a lugares donde sé que la música es una porquería, un chirmol, una rocola vomitada con lo mejor del heavy metal ochentero ó con el pop rock sodomita de los noventas. Igual me pasa con la cumbia. No me gusta para nada su fatídico ritmito. Prefiero aquellas temporadas frenéticas en The Box o Corto Circuito, donde me la pasaba zumbando como avispa electrónica sobre la pista y los lásers.
Después de todo esto, no he encontrado ningún lugar donde realmente me sienta cómodo. Eso, hasta hace un par de meses. El lugarcito se llama SOMA. Sí, como la droga de Aldous Huxley, esa de la felicidad tan necesaria. El lugar, está muy bien ambientado, lleno de pósters musicales con lo mejorcito de todo: Pixies, The Clash, Nirvana, Joy Division, Death Cab for Cutie, Björk, Morrissey, Iggy Pop, Hendrix, Joplin, Beatles, etcétera, etcétera, etcétera. Dos salitas que le dan un toque bastante relajado y un puño de mesas, todas altas, que le dan un toque industrial pero sofisticado. La barra, considerablemente grande, y una lista de bebidas que van desde cervezas hasta cocteles preparados. Los precios, nada mal. Y para rematar, justo detrás de las botellas, la imagen del tatascán de la poesía: Bob Dylan, impreso en un mural tan singular como ninguno, al lado de imágenes de Syd Barreth y otros elementos de diseño, incluyendo un mural de Leke, más conocido en el ámbito de la música como Aerofustán. Por si fuera poco, el lugar cuenta con un escenario pequeño y discreto, en el que han circulado músicos como Dubvolution, Dr. Tripass, Imox, Perro con Alas, Dubby Dub, Two Miles from Shore, DJ Fla-KO y otros.
Se los recomiendo. Es un joyita perfectamente diseñada para el viaje. El viaje sonoro. El viaje anímico. El viaje circunstancial. Todo melómano tiene que probar SOMA. Es un deleite como pocos. Además, el bar cuenta con un sótano que funciona como galería de arte, en el que se expone arte guatemalteco. Lo más fresco, lo más innovador, lo más actual. El espacio se llama S1, y promete mucho. Sin lugar a dudas, una propuesta que conjuga arte, música y relax. Ya faltaba un bar así. Un oasis. Un faro en medio de toda la turbulencia del centro histórico.
Vayan, visítenlo. Regularmente hay sesiones de música, como la de este sábado, en la que el post punk y el new wave serán el plato fuerte. Una nochecita para escuchar The Clash, The Smiths, David Bowie, Joy Division, Psychedelic Furs, Flock of Seagulls, Patti Smith, Ramones, Sex Pistols, The Cure y una lista interminable de sorpresas, que Carlos Salázar, melómano empedernido y dueño del bar, tiene preparado para el deschongue sonoro. Por allá nos vemos. Saltando como Johnny Rotten o Joe Strummer. Yeah.
SOMA, centro cultural
11 calle 4-27, zona 1
Horario: 5pm – 1am
Fanpage: https://www.facebook.com/SomaBarGt
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miércoles, 16 de octubre de 2013
FE DE RATA
Hace algunos años, entre parafernalia escritural, radiación literaria y necesidad editorialista, muchos empezamos a abrir blogs. Me refiero al origen mismo de la palabra: weblog. Es decir, un diario, una bitácora en línea, una crónica, un retrato, una libreta de apuntes, que sin formalismos ni cursilerías miopes de sustancia, nos exhibía como autores. Digo autores, porque el término escritor, a muchos, nos parecía rimbombante y anticuado. Además de obsoleto.
En esos años no había Facebook, ni Twitter, y los pocos conocimientos para hacer libros en línea, eran casi nulos. Estoy hablando de hace diez años, casi. Tampoco habían editoriales interesadas en publicar obra de autores, que a precaución del término (decadentes o drogos o bolos), podrían significar un buen número de ventas en un país donde nadie lee, a excepción de los diarios, que son otra forma de literatura solapada y bendita. Para añadir, puedo decir que en ese tiempo sólo había una especie de resaca consumada, que nos dejaba frente al cadáver literario de revistas como Hasta Atrás, Supositorio, La Chalupa, Monitor, Taxi y algunas otras más; que en sus tiempos rindieron culto al periodismo y la literatura nacional.
Así, que abrir un blog, donde nadie te editara y cambiara el contenido, resultó realmente atractivo e interesante.
De todos estos blogs, me topé con el de Juan Pablo: FÉ DE RATA. Una joya contemporánea, que diseccionaba temas del momento, con humor y parodia exquisita, que sólo un ávido lector de la generación beat (Burroughs, Kerouac, Ginsberg) y el periodismo gonzo (Thompson, Bangs, O’Rourke) podría exponer. Poco a poco, el blog empezó a ganar lectores y críticos, para que después apareciera en los listados de blogs más leídos de Guatemala, compitiendo incluso, con un blog de futbol y otro de chistes. Esta comparación le ganó un público, curioso y sencillo, que tiempo después se convertiría en un lector fiel e irremediable. Así, todo el mundo empezó a hablar de sus notas ácidas, sus metáforas cargadas de cinismo, sus manifiestos decadentes, su crítica infalible y sus crónicas intimistas. Y a medida que los lectores fuimos recibiendo nuestra dosis de Racumín, uno a uno fuimos cayendo, en cuenta, de lo podrido que resulta vivir en este país, y que a pesar de toda la mierda que esquivamos a diario, era necesario reírse del horror. Desde el horror. Por el horror.
Todo esto, el queridísimo Juan Pablo nos lo explicó más de alguna vez en sus crónicas salvajes, delirantes, tiernas y humanistas. Y hoy, se reúnen como criptas litográficas, en un libro publicado por una transnacional. Qué lujo y qué dicha, ser testigo del golpe desde adentro. Muy al estilo de Gómez Carrillo. De Coupland. De Palahniuk. De Breat Easton Ellis. Que sin duda alguna, tanto nos gustan.
Sin más que añadir, celebro la tinta de Juan Pablo. La valiosa amistad. El cariño. Los tragos y las gomas. La música y el karaoke. Los vergazos sobre el teclado. La rabia y la furia poética que encuentro en sus textos, porque sin poesía, es cierto –y lo digo sin afán de retorizar–, todo lo que se escriba en un cuaderno o una computadora, se puede ir mil veces a la mierda. He dicho.
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viernes, 11 de octubre de 2013
POLAROIDS MUSICALES: México
Si todo hubiera salido bien, esta columna la
hubiera escrito en México, sentado en un café internet o detrás de una
computadora prestada. No sé en qué momento, pero de seguro la habría escrito de
resaca, hoy por la mañana, y con ese temblereque indómito que deja una bailada
de un buen concierto. Mi editor de Esquisses,
la hubiera recibido tarde, digamos, a eso de las once y media de la mañana.
Tarde, sí, pero infalible y honesta. Así como deben de ser las cosas que uno
ama. Al leerla, él y usted se hubieran quedado atónitos, enmudecidos, con una
omnipresencia frustrada; dibujándoseles ahí, en las esquinas del rostro y los
calendarios, una sonrisa llena de música y estruendo sonoro.
Entre envidias y asombro, mi editor me hubiera
escrito, a través del chat de Facebook, que la publicaba después del medio día,
sin falta. Luego hubiera agregado un emoticón, para rematar con un «…y hay me
traés algo aunque sea, pues». Al respecto, Eme Jota, que en este mismo momento
se estaría bronceando en la piscina del hotel, hubiera soltado una pequeña
risita, de esas de que tanto me gustan. En ese momento, hubiéramos leído la
columna juntos, y me habría dado cuenta, de que hablar de música es acomplejar
la lectura. Lo mejor es sentirla. En cada trote de la vida o desde la
naturaleza.
Por eso, estoy seguro que la hubiera escrito
muy breve, así como los relatos de Chéjov que tanto me gustan. En ella no
hubiera hablado de tacos. Tampoco del Zócalo o el Metro. Mucho menos de ruinas
espaciales y catedrales futuristas. A lo mejor, eso sí, hubiera mencionado a
los poetas y editores Yaxkin Melchy, Jocelyn Pantoja y René Morales; con quienes hoy por
la noche, tendría una presentación de libros y lectura de poemas inéditos. Al
regresar a la columna, hubiera escrito, por ejemplo: «El fulgor con el que la
nueva poesía mexicana, se entrelaza con la música y el amor, es fascinante».
También hubiera utilizado frases como «la profundidad sonora con la que Thom
Yorke interviene cada acorde del bajo de Flea» o «el idm parece haberle robado
algo a las estrellas» o «James Holden es el nuevo astronauta de la música
electrónica», hablando estríctamente del concierto de anoche.
Así, en menos de dos mil caracteres, hubiera
disimulado mi odio y mi rabia por no haber viajado a México hace una semana.
Por último, hubiera recomendado tres discos nuevos: Innocents de Moby, Right
Thoughts, Right Words, Right Action de Franz Ferdinand y AM
de Arctic Monkeys. Luego, para concluir, hubiera puesto algún enlace o alguna fotografía desde el Bosque de Chapultepec, para después marcar un renglón doble.
Y en la última línea, justo debajo del espacio
en blanco, me hubiera despedido con un «¡Qué viva la música!», citando a Andrés
Caicedo que tanto me gusta.
Columna quincenal publicada en Esquisses.
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lunes, 30 de septiembre de 2013
ARCTIC MONKEYS: AM
Este cuarteto de ingleses, que poco a poco se han convertido en leyendas del rock actual, acaban de hacer algo memorable tras grabar una delicia de disco, el quinto de su carrera, que sin duda dará mucho de qué hablar con los años.
PERO… WTF ARE ARCTIC MONKEYS?
La larga pero corta carrera de los Arctic Monkeys (ocho años), se puede diseccionar por sus álbumes anteriores. Cada uno es la acumulación de anécdotas, estilos y estridencias, que atestiguan “un antes y un después” de manera concisa. Los primeros dos discos son el adolescente rebelde. Los últimos tres: la serenidad y la madurez.
ROCK SICODÉLICO VS. ROCK SIN ETIQUETAS
No es para menos. La banda ha crecido enormemente. Este nuevo disco lo pone en evidencia, y además, nos vislumbra a cuatro músicos más enigmáticos que incipientes. Cada sonido aquí está pensado. Hay melancolía, pero a su vez hay decadencia y diversión. Lo que nos hace pensar que las etiquetas se han disipado.
LIRISMO Y RIGUROSIDAD
Despojados de los beats acelerados, y con la colaboración de Josh Homme (Queens of the Stone Age), pareciera que AM juguetea con la experimentación vocal/coral y el rock básico de los 70. Hay mucho Black Sabbath, John Lennon y The Rolling Stones, pero también hay hip hop al mejor estilo de Alex Turner, su vocalista, quien susurra vértigos sinfónicos con la vocalización desde un R&Bpersuasivo.
UNA PARA EL CAMINO
La primera vez que se escucha el disco, un vendaval de capas sonoras parecen estallar armoniosamente desde las bocinas. Hay lucidez, agresión y expresionismo. Después de escucharlo varias veces, ese asombro se va convirtiendo en pulcritud conocida. Es como si estuviéramos frente a algo muchísimo más grande. Una especie de pulpo musical que todo lo alcanza. Pegajoso, en todo caso.
40 MINUTOS DE VIAJE
Desde las incisivas I Want it all, Do I wanna know? y R U Mine?; hasta las menos roqueras comoKnee Socks, Snap Out of It y Fireside, el disco da la impresión de redondez. Las baladas, por otra parte, le añaden delicadeza y equilibrio. Un viaje que todo melómano debe tener. En palabras de cierre: una obra maestra que sospechosamente divaga entre soul, pop, rock y Lou Reed.
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viernes, 30 de agosto de 2013
JOHN GRANT: Música barbuda, rápida y furiosa
JOHN GRANT
Pale Green Ghosts
(Música barbuda, rápida y furiosa)
Una sorpresa de disco. Uno de esos hallazgos que confirman que nada es casualidad, sino un cúmulo de caminos vertiginosos que se entrelazan los unos a los otros por un azar bastante nefasto, refrescante y sincero. La verdad, no pensaba descargarlo. La portada se me hacía bastante pretenciosa y aburrida; además, ya tenía suficiente con los discos que había descargado para escribir hasta veinte reseñas. Pero bueno, una página de internet me llevó a otra página, y ésta, a otra página donde lo elogiaban intensamente. Con todo esto –y la curiosidad que supone refrescar el oído y el playlist–, decidí bajarlo para ver qué significaba “hilvanado por el synthpop inglés y el folk estadounidense” o “Grant's regal baritone makes his sadness and his anger sound that much more serious”.
Para serles sinceros, en mi vida había escuchado hablar de este barbudo. Es más, ni sabía que era el líder de una banda con nombre Czars, y que además, era gringo. Últimamente he estado escuchando música inglesa y escandinava, así que bajar un disco gringo parecía un acto estúpido o hasta una torpeza en retroceso. Pero luego supe que la banda de house islandesa GusGus estaba involucrada, y que además, John Grant vive en Islandia, uno de mis lugares favoritos. Adempas, que Sinead O'Connor hace vocales y coros en varias canciones, en especial en “It doesn't matter to him”, que es una balada de seis minutos llena de reflexiones y que está delineada por un sintetizador a manera de solo memorable en los últimos dos minutos. Fascinante. Esa fue la guinda en el pastel.
En fin, me dispuse a escucharlo y de golpe sentí un bajón, un estruendo y una melancolía. Las primeras canciones enfilan armonía y están cubiertas por un halo misterioso que enfunda todos los instrumentos, en especial a los sintetizadores y a las drum machines. Los ritmos y las letras de las primeras dos canciones (“Pale Green Ghosts“ y “Black Belt”), resultan pegajosos y limpios, floreciendo en esta última un deseo incongruente de bailar y romper plasmas en un centro comercial con bates tecnicolor y pasamontañas de poliéster. En bandada, violentos y furiosos.
De ahí, las aburridas y monótonas “GMF”, “Vietnam” y “Glacier” son las que consiguen un equilibrio en el disco; para pasar a las melodiosas “You don't have to” y “Ernest Borgnine”, que parecen réplicas mejoradas al mejor estilo de Martin Gore (Depeche Mode), pero con intervenciones de vientos que las mimetizan lentamente en el synthpop más fresco, lúcido y clarividente con letras espectrales, honestas y directas. Luego, “I hate this town” resulta una rabieta fantástica que juega con el country folk lento y por último, “Sensitive New Age Guy” es la resultante de un punk dance muy al estilo de LCD Soundsystem (hasta la canta igualita) que enfatiza los sintetizadores y la polifonía retro. Perfecta para ponerla en un club a altas horas de la madrugada.
Lo que les recomiendo, como aclaración, es que bajen la versión especial; que incluye siete remixes especiales. Acá pueden escuchar el disco completo en YouTube.
Sin lugar a dudas, un disco muy bien trabajado y lleno de brillos armoniosos. Perfecto para escucharlo en el carro en cuatro situaciones, como música de fondo, usted elija:
- Estacionados en una calle oscura, bajo la lluvia.
- Estacionados en una calle oscura, bajo la lluvia. Con el calor de la excitación y un sudorcito emocionante debajo de los zíperes y los pantalones.
- Estacionados en una calle oscura, bajo la lluvia. Con el calor de la excitación y un sudorcito emocionante debajo de los zíperes y los pantalones; mientras los dos cuerpos, ya desnudos, se frotan ansiosamente y la temperatura empieza a empañar las ventanas.
- Estacionados en una calle cualquiera y oscura, bajo la lluvia. Con el calor de la excitación y un sudorcito emocionante debajo de los zíperes y los pantalones; mientras los dos cuerpos, ya desnudos, se frotan ansiosamente y la temperatura empieza a empañar las ventanas al ritmo del jadeo, la erección fulminante y los pezones volteados como botones de deseo y fuego mientras un turbomofle se escucha en la lejanía.
Columna quincenal publicada en Esquisses.
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