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viernes, 18 de septiembre de 2015

CRÓNICA de un ensayo de Fraaek

Columna quincenal publicada en Esquisses. 
Viernes 18 de septiembre del 2015.



Me fui a escuchar un ensayo de los FRAAEK y salí con ganas de un helado de mora o un vodka de cranberry.

A ver, les cuento:

Estaba en el trabajo editando textos y sintiendo el bajón de la música. Había pasado todo el día escuchando Juan Gabriel, Ana Gabriel, Emmanuel y Eros Ramazzotti. Eso le gusta escuchar a uno de mis compañeros de trabajo, y a veces, los audífonos no son suficiente. Ya no daba más. Así que nomás dieron las seis en punto, edité la última oferta del día, hice un banner flash de dos minutos, programé el boletín de noticias para el día siguiente y salí directo a la licorera. Me anestesié un rato la mirada con tanta botella y decidí comprar unos vinos. Al salir llamé a mi bróder (Marré) para decirle que estaba frente a su oficina. Salió a recibirme, no sé si feliz de verme o feliz por tomarse un trago. La cosa es que nos bajamos la botella en asunto de minutos.

Luego me contó que Selene, su chica, le haría una entrevista a los FRAAEK esa misma noche. Como aquellos son amigos, los llamé de inmediato para decirles que llegaría al ensayadero junto a los queridos Marré y Selene.

Escuché risas buena onda del otro lado del teléfono: «Muchá, viene también Pablito Bromo», dijo Fede a medio acorde de guitarra.

Como parezco taxista (Waze análogo) decidí ir adelante, en mi carro. Manejamos unos veinte minutos y por fin llegamos a la casa, un lugar rodeado de bosque profundo y rocío a toda hora; muy acertado para lo que este sexteto de musicazos hace al conectarse. La voz de Mabe, tremendísima, se escapaba por una ventana circular que daba del ensayadero al bosque creando una especie de sueño idílico mezclado con emoción y adrenalina.

Ahí estuvimos un buen rato. Viéndolos tocar, interactuar entre ellos y explorar capas y texturas de sonidos: chelo, guitarra, sintes, bases rítmicas, bajo y una descarga interesante de batería con el nuevo integrante de la banda.

La noche merecía algo más, digamos un buen trago, pero eso es porque soy un picado y no me gusta explorar un instante de felicidad sin algo más en la cabeza (ondas mías).

Al final, tomé algunas fotos de la entrevista que Selene hizo para Soy 502 y bromeé de subirme al escenario mañana, a bailar o a cantar algunos versos locos para su concierto en Qüid, donde estarán presentando su EP homónimo acompañado de otros grandes musicazos: Tenta y Duophonic. Toda esta delicia sonora con el apoyo de los infatigables Danzón Pérez, que siguen haciendo una tarea fascinante por llevar la música a todas partes. A todo esto, yo estaré celebrando mi cumpleaños con buena música, buenos amigos y excelentes músicos. Los visuales estarán a cargo de los Oniroides, otros grandes y talentosos amigos.

FRAAEK a medio ensayo

FRAAEK a medio ensayo



Regresando al ensayo… salí bastante reflexivo y con ganas de escribir mucho sobre música y vicios.

Nos despedimos con todos los queridos y luego de manejar en silencio por la autopista, pensé –ya de regreso en casa–, que los últimos años han sido un espectro súper productivo y estimulante para las bandas locales. Sonidos como los de FRAAEK, MOZ, Bucelonte o Cosmopoli Jet, por citar algunos, no sonaban hace cinco años, y si lo hubieran hecho, quizá no hubieran sido tan bien recibidos como lo son ahora. Y eso se agradece. No sé si sea la velocidad con la que viaja la información por las redes sociales o la proliferación de herramientas para hacer música desde tu casa con un iPad o una Laptop. Lo bueno de todo esto es que los proyectos siguen sumándose, y además de ser súper profesionales y llenos de onda, vinieron para quedarse en los oídos de la mara por un buen rato.

 
FRAAEK en una sesión en vivo


Con los FRAAEK me pasa que los escucho y siento una melancolía llena de felicidad. Es como si un avión en picada colapsara sobre un terreno lleno de tulipanes o flores silvestres de todos los colores y tamaños. Su música me parece el estruendo de algo verdaderamente hermoso. Creo que es la amalgama que crean entre ellos. Cada uno tiene proyectos individuales y eso los hace parecer más concisos a la hora de agruparse y tocar juntos.

Mabe, además de tocar el chelo divinamente, te lleva de la mano por un viaje cósmico con esa voz que parece sacada de una película escandinava. Por otro lado, Fede y Fernando, son como la pieza vertical de la banda, la voluptuosidad, la sincronía, la parte clara y a la vez perversa. Nelson y Stephane son esa base rítmica necesaria que junto a Hentze forman lo sólido de la banda, esa parte escondida detrás de todas las capas sonoras que le da gasolina y empuje al universo melódico de estos chavos. Y sí, como decía antes, todos son imprescindibles a pesar de que juguetean con proyectos personales. Su música es un paisaje lleno de profundidades que dejan caer ese pencazo poético que te encandila el corazón y te aguada el oído (como la textura de helado de mora).

Hay mucho de dreampop (Beach House, Grizzly Bear, Wild Nothing o The Church por citar algunas bandas) y también de una intención shoegaze de principios de los dos mil (lo primero que pienso es en Broken Social Scene, Yo La Tengo o Silversun Pickups). Todo en su música es un declive vertiginoso que te sorprende con atmósferas llenas de luz, poesía y ternura.

Todo está en su lugar, bien puesto. Esperemos que así siga, incluso mañana cuando enfrenten a la avalancha de fans que seguramente los ha estado esperando desde buen tiempo. Ya era hora.

Nos vemos mañana y nos tomamos el vodka de cranberry, porque el helado de mora me lo devoré escuchando Flaming Lips el otro día.

FRAAEK en Qüid

Lugar: Qüid, Z4 - Hora: 7PM - Entrada : Q50

viernes, 24 de julio de 2015

AVES RARAS: El Güero

Columna quincenal publicada en Esquisses. 
Viernes 24 de julio del 2015.





El miércoles pasado me fui a dar la vuelta al Centro Cultural de España para descubrir qué era eso de las “Aves Raras”. Esa noche tocaba El Güero –un camarada de batallas impostergables que conozco desde hace muchos años–, y faltar era imperdonable. El evento parecía más que una obligación, un acto de rebelión colectiva. Sí, tenía que ir a escucharlo y abrazarlo para festejar ese su entusiasmo que muchas veces guarda –por tímido– en el escenario.

Así que manejé rumbo al centro mientras escuchaba el último disco de José González y estacioné el carro sobre la calle. Eché llave y caminé hacia el Lux con la certeza de que sería una buena noche: viejos amigos, música poderosa, artistas invitados, abrazos, música y más música. ¿Y por qué no? Algo de drogas y compañía espontánea. ¿Qué más se puede pedir? Si al aprecer uno con la música tiene casi suficiente.

Enciendo un cigarro, cruzo la calle y me topo a mi querido bróder Javier (Payeras) que está hablando por teléfono afuera de una cantina de esas que guardan secretos y aproximaciones a la verdad más insolente. Nos abrazamos, nos festejamos y cuelga de inmediato. Entramos. Adentro están dos compadres que conozco y me llenan un vaso de un litro nuevo (ya llevan varios) que Javier pide con entusiasmo. «¿A qué horas empezaba el toque?», pregunto ingenuo y aquellos me responden que ya empezó pero nos tomemos el vaso y nos vamos. Todo bien. Todo en orden. Platicamos de cosas minúsculas que a nadie le interesan: Bach, Brahms, Wagner y otras pendejadas.
Salimos corriendo y entramos al Lux donde están haciendo estos conciertos de músicos que ya llevan sus años en la escena guitarrolera de Guate. “Aves Raras”, el nombre de la onda. Cabal, como son y como siempre han sido.

Desde abajo se escucha que el toque ya empezó, pero todo bien. Subimos las gradas a prisa y entramos frenéticamente a la sala. Oscuridad total y en el centro del escenario: la luz de mi compadre El Güero.

Nos sentamos en la primera fila. Ya Javier y Marré me habían contado que leerían algunos versos consecuentes a la música de Herberth Lima, como de verdad de llama el compadre. De entrada, Sergio Valdez tirando discurso de manera radiofónica como siempre lo hace y donde se luce. Luego canciones y canciones y algunos riffs nostálgicos. La noche pinta bien, la noche pinta “pinta”. Luego llega el intermedio.

Aprovecho de una y voy directamente hacia El Güero para saludarlo. Le digo que su guitarrista está muy fuerte, muy desafinado y que pareciera que los acordes (o los efectos de uno de los ocho pedales) están muy toscos. Él, humildemente, me responde que sí con un beso y un abrazo. Me da un gustazo verlo. Digo no sólo verlo, sino disfrutar de su carisma y su magia y su voz titilante que es como un avión que viaja rápido pero que llega lejos, cala lejos, muerde el polvo de la soledad más insolente y despiadada.

Luego espero el intermedio sentado hasta el último asiento, esperando encontrar algo de paz y algo de certeza en su guitarrista. Pero no. Nada. El compa vuelve a fallar en su afán por despilfarrar armonías obtusas y esperanzadoras. Pero no seré negativo, todo lo demás del toque y los músicos me resultan FABULOSOS. Los vientos en su euforia, la voz mimetizada de nerviosismo y grandeza, el violoncello perfecto, la poesía en su lugar. Todo en su lugar. Everything in it’s right place. Everything in it’s right place. Everything in it’s right place.

Luego aplausos y más aplausos, abrazos de gente querida y algunas cervezas bien merecidas como en un reencuentro de finales de los noventa que todo lo puede. Recuerdos. Flashbacks. Sonrisas. Poemas.

No podía faltar más. Música y poesía reunida en una sola noche. Por eso les recomiendo que vayan a ver a las siguientes Aves Raras y disfruten de sesiones excelentes y poderosas que pueden detener la noche (y la tristeza) en un Bemol premeditado o un Sostenido contenido.

El próximo toque le toca al queridísimo Pablo Robledo, un excelente músico y amigo de otras batallas, que te eriza la piel en cada polifonía vocal y en cada arpegio. Su agresión es tan sutil que ni te das cuenta.

Mientras tanto, yo me quedo con la magia y “las avispas” de El Güero dando vueltas en mi colmena de madrugadas lentas con vista a esta ciudad podrida. Que como bien dice Teillier en algún poema triste, no es más que un letargo olvidado del presente que nos sucumbe.
Gracias, Güero, sos una luz de ternura en medio de esta soledad errante. Aprecio y disfruto toda tu música, tu intensidad, tu honestidad, tu sutileza.

Y a ustedes, no me queda más que pedirles que busquen su música y que vayan a los toques restante para disfrutar de la precisión vocal de estos especímenes raros y talentosos. Yo, por mi parte, seguiré escuchando Kid A de Radiohead y tratando de hilvanar el estruendo absoluto de la música.

Añado, como vi hace unas horas en el perfil de una amiga del Facebook: «la música es medicina». Salud por eso. Curémonos todos, con lo que estés escuchando ahora mismo.

lunes, 31 de marzo de 2014

ELE MIGRANTE

Fotos: LA ERRE y Carlos Alomse
«Quiero la vida como es», Ishto Juevez.

Hace un par de semanas -con un texto que hablaba de la felicidad y otros delirios- acompañé a mi camarada de vida, Ishto Juevez, en la presentación de su disco ELE MIGRANTE.  Todo bien. De lujo. Una noche hermosamente bien hilvanada por artistas y músicos amigos. La idea era celebrar su disco a través de una presentación llena de teatro espontáneo y sonidos funky. El lugar: LA ERRE. Ahí, en ese espacio que lo celebra todo. Una noche bien, como nos gusta, con casa llena y bebidas sin freno.

Eso me hizo pensar que al final, después de los finales, solo quedarán un par de buenos amigos sinceros, un poema de Pound o Panero rondando en la cabeza y una resaca que todo lo reconstruye -como un Ave Fénix infinita-. Todo lo demás, solo desaparece.



viernes, 17 de enero de 2014

POLAROIDS MUSICALES: La Tona

Columna quincenal publicada en Esquisses.
Viernes 17 de enero del 2014.
Reeditada




Apuntes sobre un concierto de La Tona


A lo largo de la historia del rock nacional, hay una sola arista, un engranaje primario en donde la poesía y la música se aproximan hasta diluirse en un mar de melenas, grunge-punk, estridencia y batacazos. Esa arista es La Tona, y nada más que La Tona (los queridos Neco, Alexis, Mario y Germánico). Pero, ¿qué más añadir a un concierto que ya fue reseñado y documentado por medios y redes sociales en vastas galerías de fotos y previsores canales de videos que atesoran la memoria? ¿Qué adjetivos añadirle, a este ritual de inmersión, en el que muchos nos adentramos sin precaución ni olvido? ¿Qué más decir? ¿Qué anécdotas contar, qué crónicas, qué poemas, qué reseñas? ¿Con qué palabras retener la atención del lector y condecorarlo, en todo caso, con un halo místico y sonoro? ¿Con qué símbolos lingüísticos y qué figuras retóricas avanzar hacia el trance melódico?

La vedad, no lo sé. Las imágenes hablan por sí solas, y todo lo queda es silencio, sí, eso que invade las ranuras de la memoria irrebatible, eso que vuelve y nos abandona tiernamente con sus tentáculos seductores y distantes. Eso, justamente es lo indescifrable. Lo sensorial. Lo intuitivo. Ese silencio de la «poesía etérea», como diría el buen Simón a medio concierto y a mediados de los noventa. Poesía obstinada, que solamente aquí, y ahora, en este presente lleno de tinieblas, nos remite al poder que tiene la palabra como herramienta y sinalefa. Es decir: de unión, de vínculo, de amalgama con lo más brillante de nuestra existencia: el arte.


Pero, ¿y el concierto? Lleno de adjetivos. Buenos y mejores. Más de dos horas de rebelión y taquicardia y alboroto. Consignas, recuerdos, pura energía y frío solapado con cervezas de por medio. Tres generaciones reunidas en una danza espeluznante contra la marea de la indiferencia y los sinsabores cotidianos. Sí, tres generaciones: Los viejos, los nuevos, los más nuevos. ¿Y las canciones? Las de siempre. Las coreadas. Las meticulosas. Las ansiadas. Las enérgicas. ¿El lugar? Una catedral abarrotada de «camisetas negras» y otros percances fuera de lugar, arritmia y contratiempo. Una amontonazón, en todo caso, rebotando con furia y al unísono, como saltamontes eléctricos en una canción de Sex Pistols o The Misfits. ¿Y el público? Conciso. Estridente. Macizo. Nada reticente y fuera de este mundo. ¿El sonido? Particular y potente. ¿Los precios? Los justos. Los irrebatibles. ¿Y el after? Inevitable.





A lxs que fueron y no fueron: Disfruten las imágenes de Esquisses (Neco leyendo), que son mucho mejores que las mías (collage con amigos).

A lxs que disfrutamos de ese concierto memorable, acá mis últimas palabras para describirlo. Seis, para ser breve: «Una ceremonia. Un ritual. Un alarido». Sí, un ritual entre amigos, pero con harto público de fondo.



viernes, 27 de septiembre de 2013

POLAROIDS MUSICALES 7: Los festivales de música


La semana pasada me regalaron el libro Wilderness, o más conocido en español, como Poemas perdidos de Jim Morrison. Esto me hizo buscar algunos de los pasajes más emblemáticos de No one here gets out alive –un biografía sobre Jim Morrison–, quizá, la que más me ha gustado, y además, la única que queda entre mis libros.

Mientras avanzaba páginas –con fotografías, poemas a mano, rarezas y anécdotas–, me puse a pensar en los festivales de música; sobre todo en el mítico Monterey Pop Festival de 1967 y el memorable Woodstock de 1969. Estos dos festivales, pusieron sobre la mesa varios temas, además de situar en el mapa a bandas importantísimas que años después serían recordadas por su crujir melódico sobre el escenario (Hendrix, The Who, Joe Cocker, Santana, Joan Baez, The Grateful Dead, Janis Joplin, Jefferson Airplane y otras).

Sucedía entonces el Summer of Love, la concentración hippie, la revolución sexual, la masificación cultural, la ruptura ante la opresión, la libertad de pensamiento, el desenfreno, la repulsión contra la guerra de Vietnam, el discurso de la paz, el nacimiento de la contracultura. Pero lo más hermoso de todo, es que sucedía la música, ese corazón constante y alentador, que lograba reunir por primera vez a miles y miles de personas con un solo propósito: disfrutar del deschongue sonoro.




Hoy por hoy, los festivales han ido desencantándose de posturas políticas y sociales; y reflejan, en el mayor de los casos, una apatía explícita por el caos y un apetito por la masificación comercial en la industria de la música. Es decir, el negocio. Aún así, continúan reuniendo –a veces hasta por diez días–, a miles y miles de personas de manera gratuita o pagada. Los hay de todo tipo, género y presupuesto: Glastonbury, Leeds, Coachella, Lollapalooza, Sziget, T in the Park, Iceland Airwaves, Falls Music, SXSW, Primavera Sound, Sónar, Ultra Music, Hellfest, Download, FIB, JazzFest, Pinkpop, Montreux Jazz, Roskilde, Bonnaroo, Sonorama, Fuji Rock, Rock en Seine, Super Rock, Tomorrowland, Creamfields, Pepsi Music, Quilmes Rock, Maquinaria, Rock in Rio, Imperial, Vive Latino, Corona Capital y la lista se extiende a todos los confines del planeta; inclusive a Colombia, un país dolido por la guerra y que realiza el mayor concierto gratuito de toda América Latina: Rock al Parque. Una belleza de ejemplo.


Alguien preguntará, “¿y los conciertos en Guatemala?“

Le respondo sin el mayor afecto: “Los festivales que se hacen acá no dan la talla, ni para hablar al respecto”. Pero bueno, sumidos en ese convencionalismo parco de organizar festivales “poco atractivos” y bastante tediosos como los que se organizan; ha pasado algo bastante interesante, que ha sido aceptar e interactuar con el panorama de la música local (ya que no hay presupuesto para festivales masivos con artistas internacionales, o talvez sí, pero no el interés ni la intención).

Todo esto, permite que algunos “soñadores” logren su cometido: Festivales dignos, con el mejor abanico de la música actual, pero sobre todas las cosas, festivales hechos con el corazón y con la intención de apoyar al artista local; intentando unificar las artes visuales con la música y otras disciplinas. Algunos ejemplos: Manifestarte, Rock Bajo El Arco, ZOM, SMA, Grungefest y la lista se nos queda corta. Estos intentos por establecer conexiones latentes y perennes, ha llevado a varios músicos y organizadores, a experimentar con festivales intimistas poco ambiciosos, sobre todo meritorios. Muy meritorios.

Cuando escribo esto, pienso en Festival Eucalipto. Una celebración a la música despojada de lo tradicional, que sin ningún patrocinio ni apoyo de instituciones “pesadas”, ha logrado consolidar a un grupo de melómanos concientes de nuestra realidad musical y de nuestra industria productora desde hace más de seis años.

Entre la lista de músicos participantes del festival –a través de sus distintas presentaciones, ya que ha variado en formato y locación–, se encuentra un buen listado de músicos del panorama actual: Dubvolution, Ishto Juevez, El Gordo, Pat’za, Alex Hentze, Señor Juan, Tiananmen, Cósmica, Woodser, FRAAEK, Los Remolacha Beats, Two Miles From Shore, Dubby Dub Selector, Xb’alanke, Naik Madera, Madam Fun Too, Satélite, entre otros.





En su edición de este año, el festival incluye la participación de: Yvan Joint, Dr. Tripass, MOZ y MnCve; cuatro propuestas distintas para darle énfasis a la diversidad del festival. Así que ya saben. Dense la vuelta por la Alianza Francesa y celebremos la música juntos. La cita es mañana sábado a partir de las 7 de la noche. No hay excusa.


NOTA FINAL: He ido a muy pocos festivales (internacionales). Me gusta más la idea de ir a escuchar una banda en específico, aunque pensándolo bien, podría hacer un listado de diez bandas que me gustaría ver en un un solo festival al aire libre. Estas serían las bandas:


Björk
Leonard Cohen
Apparat
James Blake
The Flaming Lips
Arcade Fire
The National
Arctic Monkeys
The Strokes
Radiohead


Hagan su lista y soñemos juntos.




Columna quincenal publicada en Esquisses.

viernes, 14 de junio de 2013

DUBVOLUTION: La música es mi refugio



Sin duda alguna, los DUBVOLUTION son una banda completa y lista para guerrear a nivel latinoamericano. Baterías profundas y bien empaquetadas, acompañadas de un enjambre de distorsiones y adornos concisos, hechos específicamente para “el viaje” y profesionalmente bien logrados a cargo de Nelson, el tecladista, que bien podría ser el músico más complejo de la banda.
En conclusión: DUBVOLUTION es un dub pesado y contundente; con matices de Cultura Profética y Los Cafres, pero nada que ver con Los Pericos, Ganja o Gondwana. No sé, lo siento más oscurón y frenético. Más acelerado y transitorio, no tan reggae roots, a eso me refiero, sino más DUB con una especie de ensombramiento experimental que poco a poco te va tejiendo un frenesí por dentro. Algo así.


PULSA AQUÍ para leer la nota completa.

viernes, 17 de mayo de 2013

ISHTO JUEVEZ

Se acerca la presentación oficial de Chapuz Chapín, el nuevo EP de Ishto Juevez, este músico que ha venido haciendo bulla con su nuevo folk a lo largo de los años y últimamente ha tomado protagonismo después de haber sido telonero de los Café Tacvba en febrero pasado. Al respecto del nombre del nuevo material, una serie de anécdotas y reflexiones empiezan a darme vueltas a menos de una semana de la presentación. Escribirlas acá, es sin duda una forma de masticarlas y ponerlas sobre la mesa. Espero que generen discusión y premisas suficientes para platicar sin timidez, y más importante, aún, que generen interrogantes y respuestas a la realidad de algunos artistas contemporáneos guatemaltecos. Sobre todo a los músicos que están en autogestión y promoción.
La presentación promete ser una velada memorable, por lo que vayan afinando su oído y preparando su susceptibilidad nacionalista. La cita: El jueves 23 de mayo a las 19 horas en el Teatro Lux. El menú: Un torrente de música, arte y poesía para el alma. Lo imprescindible: Que todos lleguen sin expectativas y dispuestos a pasarla bien.
Ya dicho todo esto, lo invito a leer la nota completa.
Nos vemos por allá para salir de la olla.




PULSA AQUÍ para leer la nota completa.

viernes, 8 de marzo de 2013

111 MINUTOS con Bohemia Suburbana

Columna quincenal publicada en Esquisses.
Viernes 8 de marzo del 2013.
Reeditada




Bohemia Suburbana, la banda más importante del rock nacional está de gira por Guatemala y lo único que me quedan son sólo recuerdos amontonados en cajas, una camiseta negra gastada y un casete perdido que el tiempo nunca lo reinvindicó.
Estas palabras, son una especie de homenaje y sólo sombras como esta:

"De esa noche en la Plaza de Toros, me empiezan a rondar muchos recuerdos dispersos con personas queridas, frases míticas y pláticas lejanas que me retrocedecen en el tiempo a través de un caleidoscopio intenso de franelas lanzadas desde otro siglo, otro planeta, otra realidad. Sí, otra época, otros anhelos, otros símbolos de una generación que rompió los paradigmas y cambió la historia del arte guatemalteco. Aunque parezca cursi, sí, una época cursi para artistas terroristas con balas de caramelo y mucha esperanza, mucho underground, mucha lucha por salir adelante después de las secuelas del militarismo y la incongruencia escénica guatemalteca.
No puedo creer que ya pasaron 15 años desde esa noche. Tampoco puedo creer que ninguna otra banda haya grabado un disco tan memorable como Mil palabras con sus dientes o el mismo Sombras en el Jardín, que con su sonido tosco y ‘garageado’, guarda un lugar especial en mi corazón desde la primer canción a la última, sobre todo en las míticas: Yo te vi, Nadie sabe, Del-Fin y Sólo hace falta valor. Sin duda, las más prendidas e iniciáticas de una ‘época’ en el rock nacional. Hasta ese entonces, nadie había hecho algo similar".

Saludos, BS. Gracias por la memoria y el buen rock.




martes, 2 de octubre de 2012

EL ARTE Y EL PODER, primera parte



BS20, septiembre 2012
(Cortesía de Juan Carlos Barrios)
Hace más de una década el arte guatemalteco parecía despertar de un letargo forzoso e irremediable con proyectos artísticos como Casa Bizarra, Primera Generación Records, Festival Octubre Azul, Festival del Centro Histórico, Tripiarte, La Fosa Común, Editorial X, Colloquia, Caja Lúdica, entre otros. Todos estos proyectos estuvieron vinculados, de alguna extraña y necesaria manera, con lo que resultó ser la piedra angular de los noventa:

La rebelión.


 
Para mí, "la rebelión" es como una chiquilla punk, insolente y desafiante al mejor estilo de Lisbeth Salander –de la trilogía de Larsson–, pero también elegante y tímida como Patti Smith –la poeta del punk– en sus primeros años. Es decir, una mezcla bizarra pero hermosa de Albert Camus, Lou Reed y Courtney Love. La idea, es sencilla, digo, la idea de la rebelión: descentralizar el arte (desde un cliché romántico), hacer temblar los pilares de la moral (sin anarquía, claro) y provocar un estallido inmediato en la movida sociocultural de una región. Para ese entonces (bueno, acá les estoy hablando estríctamente del año 1997), yo ni siquiera llegaba a los veinte años y mis lecturas de Nietzsche, Chomsky, Sartre, Kafka y Cortázar eran lo poco a lo que me aferraba con recelo. No sabía nada de muchas cosas –todavía no sé nada de muchas cosas–, pero sí conocía algo del movimiento punk de los 70's y del grounge de los 90's, y ambos, me parecían la estampida perfecta directo a la yugular de la cultura. Esos, creo, que fueron muchos de los cimientos del movimiento rock de los noventa en Guatemala: una mezcla entre el grounge noventero, el postpunk ochentero y las lecturas de autores como Pessoa, Pound o la Generación Beat. Y sin lugar a dudas, el movimiento rock de los noventas, fue el hilo conductor y el parteaguas de muchas de las temáticas del arte que se abordaron en años posteriores.

 
Regina José Galindo, agosto 1998
(Cortesía de Regina José Galindo)
Algunos contemporáneos míos incluso, no llegaban ni siquiera a los veinte años, y otros, que ya andaban llegando a su primer cuarto de siglo, contaban con la responsabilidad, por decirlo de alguna manera, de catalizar y gestionar las corrientes de arte que desembocarían en lo que se está realizando actualmente. A ellos, mi admiración y respeto. Por ellos existen bienales, festivales de cine, bachilleratos en arte, centros culturales, residencias artísticas y premios que antes no existían.

Para ese entonces la vertiente discursiva lindaba entre varios tópicos: La libertad de expresión (a causa de la infelicidad ridícula por treinta años de guerra), la libre experimentación (provocada quizá, por la carencia de lecturas y referentes académicos como abundan ahora), el desencanto y la lucha contra el poder (esto, por la imposición de regímenes militaristas que dejaron una estela de paranoia y miedo en toda una generación). Y si bien estos tópicos eran reiterantes en cualquier obra visual, musical o escrita; también era inevitable que un halo de irreverencia predominara en todo lo que se creara, a la vez que existieran ciertos matices de ingenuidad y puerilidad colectiva. En efecto, esos esbozos sirvieron como punto de partida para lo que hoy conocemos como arte contemporáneo en Guatemala, término que afirma nuestra realidad como pueblo vivo. Por consecuencia, toda obra es una necesidad humana de trascender; tal y como lo diría Octavio Paz, "es el olmo que da siempre peras increíbles".

 

Así, nuevos espacios han abierto sus puertas para el arte y, es genial ver cuánta gente joven reunida en colectivos o en solitario, repercute de manera inmediata en la vida cotidiana del guatemalteco a través del arte. Ahora abundan los festivales de arte, las fundaciones que aportan respiro –y pisto–, los centros culturales que se inundan de actividades culturales cada semana y los gestores culturales, para los cuales ya existen diplomados y licenciaturas. Ahora, volviendo el tiempo atrás, veo que también muchas cosas han cambiado: algunos ya tenemos canas, hijos, arrugas inevitables y una enorme lista de cosas hechas y deshechas. Pero hay algo que no ha cambiado y, eso es lo importante: La constante creación y la rebelión, que se ha disfrazado un poco, cambiando las pulseritas de Pana por los relojes retro, los morralitos de Momostenango llenos de libros por las mochilas con laptop y los caites de goma por las zapatillas deportivas.


En sí, todo cambio es un poder. Y partiendo de esta reflexión, no me queda la menor duda de que "el arte es un poder" y, a manera de palíndromo sensitivo, "el poder también es un arte", y la idea de sucumbir un país a través de sus cauces, creo, que es lo menos que podemos hacer como habitantes de este siglo. Y ante todo, de este país.


jueves, 26 de julio de 2012

CÓSMICA: fascinación autómata


FOTO: Autómata, 2011
Dicen los Cut Copy: «Lights and music are on my mind», y a mí me da por bailar. Eso me pasa también con Cósmica, esa banda guatemalteca con la que se me ocurrió escribir esta especie de reseña-experimento después de escuchar su última producción. Veamos que tal me va.

Cuando una partitura se vuelve un avioncito de papel, y éste, se va transformando lentamente en un cohete espacial que logra alcanzar galaxias, estrellas y constelaciones relajantes, siempre propulsado por la agilidad de los sonidos y la versatilidad de los ritmos, eso es Cósmica.

Un viaje. Un buen viaje. Un vendaval de riffs sicodélicos, una marea de percusiones simétricas, una brisa funky desde el mar, un bosque de líricas exactas, un parque de juegos electrónico y un destello de estrellas urbanas. Ternura in situ. Estallido rítmico. Fuerza emotiva de experimentos y caudal de riesgos inexplotables.

Es como un poema, ¿no? A ver, intentémoslo una vez más. Voy por un cigarro.


[INTERLOCUTOR: He escrito alrededor de seis cuartillas y siempre termino borrándolas o añadiéndoles extractos de otros párrafos infinitos para armar el rompecabezas de esta reseña de una de mis bandas favoritas de la escena guatemalteca al igual que Zoé o The National en otras latitudes pero es que la reseña debe de ser perfecta y simétrica como a veces resulta la música de Cósmica porque al final de cuentas no hay otra banda que esté haciendo lo que estos chavos hacen que es incorporar muchas cosas en una licuadora una especie de blender-mixer-musical ¿será que me entienden si les escribo esto? no tengo idea pero supongo que este mix es una alquimia electrónica y orgánica al mismo tiempo porque sólo es de verlos en escena ya la espalda me duele la espalda mejor sigamos con la reseña para que diga lo que quiero decir como el eterno Mallarmé de hace dos siglos puliendo sus versitos una y otra vez hasta dejarlos resplandecientes pero es que el disco está muy bueno todas las rolas son un verdadero trip que me está dejando sin palabras.]


A ver, intentémoslo una vez más. Espero me haga entender:

La música de Cósmica siempre me ha parecido una pulcritud de armonías y una búsqueda meticulosa que busca la perfección híbrida. En todas sus canciones encontramos algo de euforia y de temperamento, que considero, lo más fascinante de todo su abanico de encantos, ya que es un temperamento primitivo de pasar del rock al jip jop, sin perder esa elegancia. Partiendo de esto, no es sorpresa que desde sus inicios, hace ya más de 5 años, se hayan presentado de una manera sorpresiva y abrupta, en un medio musical en el que las exageradas distorsiones, el mosh aguerrido, las eternas camisetas negras y las manos cornutas prevalecían en un país donde hay mucha más garra precaria que lucidez compositiva.

Para ello, y a disgusto de algunos, Cósmica empezó a fusionar muchísimos elementos que la hacen ser una de las bandas, o quizá, la banda más experimental de la escena musical guatemalteca. Entre estos géneros, que más que directrices dogmáticas en su estilo, Cósmica utiliza para regenerarse en cada canción, podemos encontrar: electrónica, dreampop, noisepop, funk, bossa nova, hip hop, rock psicódelico, rock latino, rock indie y la lista continúa (créanme). Todo con la premura del pop electrónico como esencia básica y fundamental. A mi criterio, algo deliberadamente maravilloso que se percibe en sus materiales discográficos: Morboso (2008) y Autómata (2011).


De este último, les doy algunas recomendaciones:

  1. Sean egoístas y escúchenlo con audífonos alejados de la gente.
  2. Después de haberlo escuchado solitos, compártanlo, el mundo se los agradecerá.
  3. Si van a hacer un viaje, lo mejor es darle viaje al disco. Con todo.
  4. Póngale mucho oído a los coros, crean atmósferas geniales. Además: A) La voz de Tko brilla en todas las aristas y esquinas del disco. B) Las guitarras de Tono están 'en todo'. C) La precisión de Chalupa es envidiable. D) La programación de Andre es espacial.
  5. Imaginen pequeños videoclips hechos por ustedes con cada canción.
  6. Esta es más una precaución: Las rolas 3, 4, 7 y 8 pueden resultar adictivas.
  7. Si sos músico, no te frustrés, algún día vas a sonar parecido. Sólo ensayá y estudiá música, luego volvé a ensayar y seguí estudiando, pero no parés de tocar.

En pocas palabras: Esta fusión de géneros, que a algunos los pierde y desubica, es para Cósmica su fuente vital de inspiración. Ahí encuentran un bunker desde donde lanzar misiles musicales. Es decir, ese híbrido del siglo veintiuno, que es muy parecido al que canta llorando a todo pulmón Café Tacuba y, horas más tarde, moshea con las botas bien puestas una canción de Metallica o Korn. En ese sentido, es algo verdaderamente admirable dentro del circuito de agrupaciones nacionales. Sin ir más lejos, algo único y verdaderamente honesto. Lleno de muchos cauces interiores que sin lugar a dudas, les traerá muchísimos adeptos a los Cósmicos en los años venideros.


Larga vida al Ruido Rosa de Cósmica. Felicidades.

jueves, 22 de marzo de 2012

EL ARTE y sus pérdidas

Columna publicada en Diario de Centro América.
Jueves 22 de marzo del 2012.
Reeditada.



Foto: Bohemia Suburbana en los 90's
Durante los últimos meses he entrevistado a artistas de distintas disciplinas. Ha sido un ejercicio enriquecedor, una especie de retroalimentación favorable para este andén rutinario en el cual la mayoría de guatemaltecos vivimos desapercibidamente. Es decir, sin darnos cuenta. O en otras palabras, como diría Fuguet: "Vivimos ultimando el presente". Al final es eso, no tenemos otra opción más que vivir de prisa, es mejor así; a vivir especulando no se cuanta cantidad de conjeturas imposibles que no se desarrollarán más que en nuestros sueños más pálidos e insignificantes.

Una de las cosas que más me sorprende, es que la gran mayoría de estas personas que se dedican al arte, están comprometidas al 100% con su obra, y además, consideran que un país sin intervención artística (crítica y objetiva) sería una gran pérdida. En ese sentido, el arte es un engranaje indispensable en nuestro presente, que también es incendio, que también es quimera. Eso me hace pensar en la capacidad que muchos artistas tienen y que aún no ha sido reconocida.

Hace quince años tuve mi primer encuentro con el arte guatemalteco. Hablo de un encuentro cercano, algo tangible, no una especie de acercamiento espiritual y esotérico del cual no puedo hablar por su exagerado misticismo. Hablo de un encuentro palpable. Eran los años noventa y coincidí con un grupo de artistas que compartían de manera desinteresada un espacio y las ganas de decir lo que no se había dicho. Este colectivo se llamaba Casa Bizarra, y entre ellos habían pintores, músicos y poetas que abrieron las puertas al arte guatemalteco actual. Eran finales de siglo y todo parecía, de alguna manera: perdido.

Quince años después, le hago a usted una pregunta: ¿Qué pierde un país sin arte? Por favor, no me responda que nada.

martes, 7 de febrero de 2012

LA TONA y sus rebotantes

Nota publicada en Diario de Centro América.
M
artes 7 de febrero del 2012.
Reeditada.



El último sábado de enero, la banda de rock guatemalteca La Tona, deleitó a cientos de seguidores que desde días atrás, esperaban con ansias el reencuentro de los músicos, que año con año, se reúnen para dejar en un show en vivo toda la energía que ya es parte de sus presentaciones habituales de producciones discográficas (El ojo, El rebotante y El mito de jade), las cuales fueron grabadas a mediados de los noventa, cuando el movimiento de rock nacional estaba en su estallido incipiente.

La Tona, junto a una lista de bandas nacionales muy respetadas de la escena local, eran la punta de lanza de un movimiento cultural que empezaba a gestarse, y que sin duda alguna, son ahora un referente para las nuevas generaciones de músicos guatemaltecos que continuamente refrescan el panorama de la música guatemalteca.

En este concierto, La Tona dejó muy claro que el rock nacional es sumamente intenso, aguerrido y que contiene matices propios de la cultura guatemalteca que lo hacen reconocible desde cualquier latitud del planeta. La cita del concierto fue en El Porvenir de Los Obreros, situado en el Centro Histórico de la ciudad capital. Tuvo un lleno total, que desde inicio a fin, se dio a la tarea de hacernos rebotar al ritmo del buen rock, muy característico de la banda liderada por Ernesto “Neco” Arredondo, quien dio inicio a la velada con unas palabras muy justas en su condición: «Ya son muchos años, y aquí estamos».


EL OJO QUE TODO LO RECUERDA

En 1994, aún en las filas del colegio, me gustaba escuchar la música que se producía en el país; en especial la de Primera Generación Records, liderada por Giacomo Buonafina, quien tuvo el coraje y la destreza de empezar a grabar bandas nacionales y a preparar una serie de compilados (en cinta magnética) que ahora son joyas de la música nacional, e inclusive, del istmo centroamericano. En ese entonces, bandas como Bohemia Suburbana, Viernes Verde, Fábulas Áticas, Tiananmen, Radio Viejo, Inconsciente Colectivo, entre otras; eran las bandas que se grababan dentro del estudio, ubicado cerca de la Diagonal 6 de la ciudad capital, en donde estuve varias veces, siendo testigo de la movida del rock nacional mientras conversaba con algunos de sus exponentes sobre música o arte. En ese entonces, no tenía ni idea que conocería a los queridos integrantes de La Tona, quienes años después, se convertirían en uno de los referentes musicales más importantes de mi generación.

A los queridos, los fui conociendo de «a poquitos» y en distintas circunstancias.

El primero con quien conversé fue con Neco, a quien conocí en el proyecto de arte Casa Bizarra en el año 1996. Con Neco platicamos de música, poesía y el Popol Vuh. Este último, un detalle muy característico en toda la imaginería musical de la banda, que se resume a la cosmología Maya, su fascinación y su entorno. Para ese entonces, el arte y la literatura estaban en un estallido generacional invaluable. Eran los años noventa. La supuesta paz estaba a la vuelta de la esquina, y la escena de arte guatemalteco crecía enormemente, gracias a los efectos de festivales como Libertad de Expresión ¡Ya! y otros fenómenos de trascendencia, que sin duda, fueron necesarios para el crecimiento de muchos de los movimientos culturales que sucedieron tiempo después: Octubre Azul, Colloquia, Festival del Centro Histórico, Caja Lúdica, entre otros.

Un sábado, recuerdo, tomamos camino hacia la TGW para un concierto que La Tona daría por la noche. Los conciertos de esa época se daban en diferentes lugares: La Caseta, Blue Moon, La Boheme, Teatro al aire libre, Pie de Lana y la Bodeguita del Centro. Me acompañaban dos amigos artistas, con quienes nos reuníamos en Café Oro, otro de esos antros culturales que dejaron su estela cultural inevitable a lo largo de estos últimos 15 años de arte guatemalteco. Recuerdo que al concierto llegamos unas treinta personas, no más, no menos. Empezó tarde, entre una danza al ritmo del tun y la chirimía, vertiente musical maya que La Tona incorpora en su música de una manera fabulosa. Luego hubo poesía recitada entre canciones. De esas treinta personas que estábamos en el concierto de la TGW, cuatro eran de la banda y otras diez de organización. Así, entre amigos y un ambiente relajado, conocí a Germánico (Barrios), el guitarrista y genio de algunos de los acordes más memorables del rock nacional. Nuestra plática giró entorno a música y más música.

Todo esto, me llevó a coincidir con Alexis (Cerezo), el baterista de la banda.

Con él coincidimos por un amigo en común: Simón Pedroza, poeta y editor, quien era compañero de casa de Alexis, con quien conversamos en alguna cena sobre Luis Alberto Spinetta y música argentina. Curiosamente, Alexis vive ahora en Buenos Aires. Conversando con él, sentí que podía platicar sobre uno de mis músicos favoritos de todos los tiempos, además de excelente compositor y grandioso artista de la palabra, como lo es “El Flaco”. Su melodía y cambios de ritmos, son palpables en mucha de la música que La Tona ejecuta, aunque difiere mucho de distorsiones, velocidad y compases. La batería de Alexis, es sin dudas, el espíritu de la banda en vivo.

Para todo esto, ya había conocido a tres de los músicos y en el camino faltaba Mario (Flores), el bajista.

A Mario lo conocí al escuchar uno de los proyectos musicales que más me han conmovido. Esto fue alrededor del 2001, en El Gravoche, una galería bar que abrió sus puertas alrededor del año 2000 y cerró en un abrir y cerrar de ojos. El proyecto se titulaba Cuatro brothers y una sister, donde Mario acompañaba a excelentes músicos, entre ellos el productor argentino Leo Carro y Claudia Armas, vocalista excepcional de la movida musical guatemalteca, esposa de otro querido: Maurice Echeverría, amigo escritor de la vieja guardia.

Así, en ese ambiente bohemio y musical, platicamos con Mario durante algún momento. Una década después, volvimos a coincidir con Mario y recordamos instantes de esas sesiones memorables de música fusión. Qué lástima que no se pudo recuperar nada del material hecho en vivo. Era una delicia de triphop mezclado con otras grandes influencias (Radiohead, Massive Attack, Portishead, Brian Eno) y un poco de drum 'n bass.

Ahora, regresemos al concierto.


EL REGRESO DE XIBALBÁ

En los últimos dos años consecutivos, La Tona ha dado un concierto a inicios de año. Supongo, que es una especie de ceremonia para empezar cada año con una buena sacudida al ritmo del buen rock. Para este año, el concierto estaba pautado en redes sociales desde diciembre pasado, por lo que la emoción y la ansiedad crecían de inmediato en todos los fans y amigos de la banda. Desde pautada la fecha, me propuse asistir, ya que no pude asistir a los últimos dos conciertos que la banda preparó los últimos dos años. Andaba fuera de Guate.

Ya una semana antes, el amigo poeta Alejandro Marré me había comentado que leería alguno de sus textos junto al querido Simón Pedroza durante un intermedio poético del concierto, algo que La Tona ejecuta de manera continúa desde que tocan en vivo. Me pareció genial, y me alisté para ir al toque.

Así, llegamos a la prueba de sonido a las cuatro de la tarde. El ambiente sobre la avenida y calles aledañas, se sentía fabuloso. Un halo de adrenalina me subió al pecho cuando vi muchísimas personas haciendo fila con sus camisetas negras, desde horas antes. Me emocioné. Volví a sentir la rabia contenida de los noventas. La adrenalina, el rush, la rabia lírica. En un momento logré ver a más de cien personas afuera del recinto. Neco nos fue a recibir a la puerta y entramos. El salón vacío, excepto por los organizadores y sonidistas. La banda en el escenario tocando con toda la euforia y precisión del caso. Me sentí en un concierto privado, como en la TGW, hace 10 años. Terminó la prueba y saludé al resto de la banda. Platicamos un rato, nos reímos, fue emotivo. Después nos retiramos del lugar con Alejandro y salimos directo a comprar cerveza. Conversamos sobre los toques memorables: La Bodeguita del Centro, La Plaza de Toros, etc. Después regresamos horas más tarde para escuchar canciones de El Rebotante y El Ojo. Parecía un presagio de cosas buenas.

Marcadas las ocho, el salón estaba con un lleno total, y afuera, más de cien personas esperaban ingresar. Saludé a algunos conocidos e ingresé al concierto. Me sorprendió ver la marea de camisetas negras bajo el escenario. Canciones de Caifanes y Soda Stereo salían imprecisas de los amplificadores. La gente iba de un lado a otro coreando las canciones. Una ola de calor humano me alcanzaba. Dieron las 8:30 y aparecieron los primeros acordes de la banda. Gritos. Euforia. Sobresaltos. Sudor. Más gritos. Afonía.

 No hay duda que en Guatemala, la música es un alivio refrescante que congrega edades y géneros distintos en un solo lugar; conservando así, toda una amalgama de ideas políticas, religiosas o culturales. En este sentido, los conciertos de rock son una de las piedras angulares para apreciar el tema de la armonía y la diversidad cultural. Eso fue lo primero que percibí del concierto. La locación. La energía. El escenario. La empatía. Lo último que pude percibir  fue la armonía con la que muchos nos entendemos en un concierto. Abrazos en silencio, después de los acordes entrelazados. La furia poética. La emoción. Los aplausos. El baile. La sensación. Algo que sólo se puede sentir después de ir a conciertos nacionales luego de más de quince años.

Para resumir: La Tona nos deleitó a lo largo de casi tres horas de concierto. Rock clásico, sicodélico, veloz, sólido y poderoso. Tocaron las clásicas, las conocidas, las que todos nos sabemos: La mujer del cuadro, El ojo, Días gemelos, Interna-externa, Hansel y Gretel, Ángeles sin luz, Antares, Tanto que no sabes y para terminar, la más coreada y esperada de todas: Selene.

No hay duda que La Tona tiene fuerza para rato.

 El concierto fue memorable. El sonido falló un poco pero no importó. La energía del público, con quienes coreamos de principio a fin el repertorio de canciones de la banda sacudió los imprevistos. Por lo mismo, esperaré con ansias un próximo concierto, y quizá, un nuevo material discográfico para incorporarlo a mis archivos melancólico-digitales.

Si bien el pasado comienza ahora, La Tona es un motor que mueve montañas y camisetas negras desde hace más de quince años. Como bien lo dijo Neco en algún momento del concierto: «Mañana seremos estrellas, polvo de estrellas… yo quiero ser un cometa».

En mi caso, yo quiero ir al próximo concierto de La Tona. Ya lo estoy esperando con ansias.




Germánico en pleno solo de guitarra

La banda en plena acción

Lleno total

La euforia de Neco

Mística y armonía

Carisma y poesía

Celebración

Alejandro Marré leyendo poesía