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sábado, 8 de agosto de 2015

11FIPQ: La poesía es maratónica




Entonces me puse a pensar lo que significa ser poeta en una época delirante y veloz donde lo efímero (y no lo permanente), es lo que prevalece a través del tiempo y la distancia. Hablo de la voracidad de un Like, un Retweet o un Share que nos ha convertido en presa fácil de la inmediatez y lo mundano y popular y otras tantas cosas. Eso que irremediablemente nos provoca y nos mueve el mundo egoísta. Ese show. Esa cadencia virtual. Ese sazón cibernético. Esa dependencia. Esa sonrisa efervescente en el rostro.

Pero no. La poesía es algo que prevalece y no se puede explicar con palabras, ni versos, ni libros impresos, ni recuerdos, ni ni mierda. Eso está claro desde hace siglos. No hace falta que René (de Calle 13) o Rimbaud (desde hace 150 años) nos grafiquen esas tibias y vastas coordenadas. Ya las sabemos. Por eso las cantamos. Por eso repetimos los versos.

Por eso celebro que la poesía sea un orgasmo sabrosón, una eyaculación compartida y un squirt delicioso que todo lo puede y contiene. Por eso celebro y venero a todos los que crean que la palabra es algo que debe rebelarse y salir a las calles, a las cárceles, a las universidades, a los nichos donde la palabra es minoría y hasta ha quedado olvidada. Por eso celebro lo que sucede en Xela a cargo de la Asociación Metáfora.




El Festival internacional de Poesía de Quetzaltenango me ha enseñado muchas cosas. Muchísimas. Por ejemplo: La intimidad desde su fuerza primaria, ante todo. Luego la humildad desde su razón de ser. Y además, no creo estar solo en este camino. El FIPQ nos ha dado cobijo a muchos y muchas que nos hemos involucrado en esta celebración a la palabra a través de los años (el FIPQ cumple once la próxima semana).

Por todo eso que nos ha dado el FIPQ, se me ocurrió unir esfuerzos con Vueltegato Editores, Lobo Negro Records, CREA y Work and Feeling para hacer un Minifestival de música y poesía en SOMA (ya saben donde). La idea es sencilla: un festival con varias bandas de música y lecturas de poesía por más 6 horas.

El minifestival: Maratónica. (#MaratonicaFest)

Las bandas: Humus Fuga, Ishto Juevez, Kin, Jonathan Carrion, Cosmopoli Jet, Maury & Los Futura Project y Diéresis. Un bonito chirmol-remix para pasar un sábado chilero desde algo ligero hasta algo pesadón.

Los poetas: Alejandro Marré, Daniela Castillo, Luis Méndez Salinas, Carmen Lucía Alvarado, Javier Payeras, Juan Carlos Lorenti, Pep Balcárcel, y más.

La entrada: Q25 que van completitos para apoyar al 11FIPQ.

Dicho todo esto no queda más que invitarlas e invitarlos al purrún.

¡Nos vemos más tarde!




viernes, 6 de marzo de 2015

MIS INICIALES DE LA FIESTA: DMT, MDMA, LSD, DNB, EMD, IMD y SMA

Columna quincenal publicada en Esquisses.
Viernes 6 de marzo del 2015.



 La primera fiesta electrónica a la que fui fue en el año noventa y ocho.

Tenía el pelo bien corto, un grupo de amigos bien locos y varias rolas de 4Hero en la cabeza. No recuerdo bien si ese fue el primer rave al que fui, en algún lugar borroso de la zona 6 o zona 2, o fue otro en una bodega del centro, todavía más under, dark y locochón. Lo que sí recuerdo fue la resaca del día después y los beats de Fatboy Slim, Chemical Brothers y Faithless retumbando en la cabeza por la marihuana, la bailada y el ectasi.

Todo lo demás, fue un relámpago de sorpresas y una que otra buena puteada de mis viejos al ritmo del mejor drum and bass o big beat de la época: desde Propellerheads hasta Crystal Method, y claro, pasando por Moby, Goldie, Apollo 440, Meat Beat Manifesto, Photek o Aphex Twin.

Las fiestas las organizaban unos compas, aún más locos que nosotros, que se hacían llamar La Fosa Común o Fiestas Clandestinas; a las que tenías que seguir con escasez de redes sociales y chulos flyers hechos a la medida de la fiesta –dos ambientes y en algunos casos pálido offset–.

Claro, después de esas fiestas en Guate vinieron otras: La Cúpula, una terraza en zona 4, varias en una casa enorme hasta la chingada en carretera a El Salvador, La Antigua, La Barraca, Trescerocuatro, Corto Circuito, Selekto, The Box, Bass Supremacy, Secret Garden, los afters, los afterafters, etcétera. De esa época, o mucho antes, otro compa (Joserra) también era el dios curador (palabra aún desconocida en el léxico chapín) de otras fiestas más intensas: El Rave del Castillo. Pero en fin, al final todo se ha ido moldeando y acomodando al impulso propio de cada época. Lo que perdura es la rabia generadora de espacios alternativos, la mágica convivencia, el estruendo sonoro y la furia danzante del punchis-punchis.

Entonces puedo decir que me la he pasado bomba bailando hasta el amanecer en más de cien purrunes: John Digweed en un hangar del aeropuerto, Hernan Cattaneo en una disco de Las Américas, James Holden en otra disco de la zona viva, Satoshi la primera vez, Tambour Battant y Niveau Zero hasta el queso, todas las memorables Selekto, las infaltables del trescerocuatro, las improvisadas del lounge de elektronik.net en el segundo piso del Monachos, Corto Circuito, The Box, Above & Beyond, Infected Mushroom, Miguel Miggs y la lista continúa

A lo que voy con toda esta memorabilia espontánea (y esto lo pensaba hace un mes en una fiesta de la Revista Folk con Leke y Tropical Terror tronando bajos tropicales en una noche fría), es que la fiesta continúa y hay que agarrarla bailando.



Por eso aplaudo a colectivos como Danzón Pérez o Cube Rec con su Semana de Música Avanzada, que hacen posible que celebraciones a la música digital y al bailongo (como el de anoche con Coma y Robag Wruhme) sigan su curso y evoquen lo más hermoso de la música: ese silencio experimental que queda incandescente en el ambiente después de la más sublime de todas las fiestas.

Gracias, queridos, por eso.

viernes, 27 de junio de 2014

POECLÉCTICA es valiente

Columna quincenal publicada en Esquisses.
Viernes 27 de junio del 2014.




No sé en qué momento me aburrí de las lecturas de poesía.

Quizá fue la condensación de formalidades y la solemnidad lo que terminó por desencantarme de todo ese rollo ceremonioso. A lo mejor mi devoción por poetas como Ginsberg, Morrison o Lou Reed fue lo que me indujo por el camino performático (y polifónico) de la poesía escénica. No lo sé, pero a consecuencia de ese aburrimiento y la fascinación que tengo por el IDM (Inteligent Dance Music), una larga lista de tracks empezaron a martillar todos mis intentos de escritura para empezar a balbucear armonías y teclazos estridentes en los programas de audio. Aphex Twin, Mike Paradinas, Autechre, System 7, Squarepusher, LFO, The future sound of London, DJ Spooky, Proem, Brian Eno, Flying Lotus, Ryoji Ikeda, Andy Moor, Apparat y James Holden han sido algunos de esos motores detonantes.

Así, poco a poco, fui dejando las aburridas presentaciones con inmensas epígrafes y agradecimientos epistolares hacia el culo solemne de la poesía, para adentrarme en una lectura “ambient” que nombramos con Alejandro Marré y Federico Franco en el año 2010: «Poecléctica». La presentación quedó chula y sintió rico entablar un diálogo íntimo entre poesía, música y ritmo.
Después de esa primera vez detrás de una computadora, un micrófono y un megáfono todo parecía distinto. Más espectral. Más relajado. Pasaron los meses y a la jugada se sumó Alex Hentze, un excelente productor (y DJ) que le añadió profesionalismo y sonoridad alucinada al proyecto. Eso nos llevó a otro nivel de lectura y estructura. Tanto así, que meses después nos presentamos en un festival de arte junto a músicos invitados tan solo para implorar la potencia y el fulgor que tienen la poesía y la música electrónica. Tocamos por más de una hora en una jaula de un sótano antiguo, y al parecer, al público (y a los poetas) le siguió gustando.




Después de algunas presentaciones más, Alex zarpó hacia Argentina en un viaje por más de dos años. El proyecto, entonces, lo asumí con creaciones propias y otras prestadas, para amalgamar el aullido del poema con la voracidad de la música electrónica nueva. Visuales, loops, grabaciones y músicos invitados se sumaron al festín poético. Y bueno, después de dos años de no compartir escenario con Alex, por fin nos volvemos a reunir. La “lectura” o “concierto” será mañana dentro de la agenda del festival de libro La Valiente. Esta vez se sumó el talentosísimo Renato Barrios (del Colectivo Oniroide) para aderezar la parranda con sus visuales alucinógenos. Están muy invitados e invitadas, sobre todo si les apasiona la música, los píxeles tremendos y el susurro textual a quemarropa.

La cita es a las 6:30 en la Alianza Francesa. Además, media hora antes estaré “re”presentando mi libro Stereo Offset junto al dandy Juan Pablo Dardón. Así que la celebración se viene doble, digo, en estéreo.

lunes, 31 de marzo de 2014

ELE MIGRANTE

Fotos: LA ERRE y Carlos Alomse
«Quiero la vida como es», Ishto Juevez.

Hace un par de semanas -con un texto que hablaba de la felicidad y otros delirios- acompañé a mi camarada de vida, Ishto Juevez, en la presentación de su disco ELE MIGRANTE.  Todo bien. De lujo. Una noche hermosamente bien hilvanada por artistas y músicos amigos. La idea era celebrar su disco a través de una presentación llena de teatro espontáneo y sonidos funky. El lugar: LA ERRE. Ahí, en ese espacio que lo celebra todo. Una noche bien, como nos gusta, con casa llena y bebidas sin freno.

Eso me hizo pensar que al final, después de los finales, solo quedarán un par de buenos amigos sinceros, un poema de Pound o Panero rondando en la cabeza y una resaca que todo lo reconstruye -como un Ave Fénix infinita-. Todo lo demás, solo desaparece.



viernes, 25 de octubre de 2013

SOMA: Un viaje musical

"..there is always soma, delicious soma, half a gramme for a half-holiday,
a gramme for a week-end, two grammes for a trip to the gorgeous East,
three for a dark eternity on the moon...”
Brave New World, Aldous Huxley



De nada sirve ir a tomarse unos tragos a un bar, abarrotado de música, y sorprenderte haciendo comentarios como: «Yo pondría mejor música», «Mirá, acá está mi iPod» ó «¡Qué hueva esa mierda!». Digo, para qué ir a un bar, si en el fondo no te sentís cómodo y estimulado por el ingrediente sonoro que te dosifican con cada cerveza o coctelito, y que además, pagás de buena gana. O a lo mejor, vos sos de lxs que tienen “cuello” y te ponen una que otra canción, o en el mejor de los casos, el playlist enterito. También pasa, que si hacés una petición o sugerís algo, te mandan de inmediato a la chingada. Y el bartender, irónico y caradura, te dice que su bar no es estación de radio. Entonces vos entendés. Tiene razón el tipo. Y después de meditarlo varias veces, decidís no ponerle mucha atención a la música. Pero, «¿cómo no ponerle atención a la música?». Eso no es de Dios. Yo no puedo. La música es mi cuadrilátero. Mi estrella. Mi mosh.

La mayoría de las veces que salgo de purrún, quiero estimularme con un buen listado de canciones. Un poco de esto, un poco de aquello. Sin embargo, las opciones se agotan cuando pienso en “un buen bar”. Hablo de un bar decente y fulguroso. Under pero no tanto. Cómodo pero no hippie. Selecto pero no tan caro. Barato pero higiénico. Alternativo pero no muco. Ustedes me entienden. Las opciones se reducen y nos quedan dos o tres, que son los que regularmente frecuentamos. A mí me pasa todo el tiempo.


Muy pocas veces me he sentido en casa, digamos, considerando todas las posibilidades que mencionaba anteriormente. Sí, hablo de sentirse cómodo, a secas. Feliz y consentido. Tranquilo y elocuente. Me pasaba en los desaparecidos London Pub, El Costumbro, Tercera Luna, Monachos y Lírica. También mencionaría a Rattle ‘n’ Hum y El Establo, pero ahora son otra cosa. De los que aún sobreviven, me siento cómodo en el eterno Esperanto, que me recibe con la mejor michelada de Guate. Y también, por qué no, en la excesiva La Maga (cuando la turbulencia etílica es considerable y no hay furia de madrugadas salvajes).

De lo contrario, no acostumbro ir a lugares donde sé que la música es una porquería, un chirmol, una rocola vomitada con lo mejor del heavy metal ochentero ó con el pop rock sodomita de los noventas. Igual me pasa con la cumbia. No me gusta para nada su fatídico ritmito. Prefiero aquellas temporadas frenéticas en The Box o Corto Circuito, donde me la pasaba zumbando como avispa electrónica sobre la pista y los lásers.





Después de todo esto, no he encontrado ningún lugar donde realmente me sienta cómodo. Eso, hasta hace un par de meses. El lugarcito se llama SOMA. Sí, como la droga de Aldous Huxley, esa de la felicidad tan necesaria. El lugar, está muy bien ambientado, lleno de pósters musicales con lo mejorcito de todo: Pixies, The Clash, Nirvana, Joy Division, Death Cab for Cutie, Björk, Morrissey, Iggy Pop, Hendrix, Joplin, Beatles, etcétera, etcétera, etcétera. Dos salitas que le dan un toque bastante relajado y un puño de mesas, todas altas, que le dan un toque industrial pero sofisticado. La barra, considerablemente grande, y una lista de bebidas que van desde cervezas hasta cocteles preparados. Los precios, nada mal. Y para rematar, justo detrás de las botellas, la imagen del tatascán de la poesía: Bob Dylan, impreso en un mural tan singular como ninguno, al lado de imágenes de Syd Barreth y otros elementos de diseño, incluyendo un mural de Leke, más conocido en el ámbito de la música como Aerofustán. Por si fuera poco, el lugar cuenta con un escenario pequeño y discreto, en el que han circulado músicos como Dubvolution, Dr. Tripass, Imox, Perro con Alas, Dubby Dub, Two Miles from Shore, DJ Fla-KO y otros.

Se los recomiendo. Es un joyita perfectamente diseñada para el viaje. El viaje sonoro. El viaje anímico. El viaje circunstancial. Todo melómano tiene que probar SOMA. Es un deleite como pocos. Además, el bar cuenta con un sótano que funciona como galería de arte, en el que se expone arte guatemalteco. Lo más fresco, lo más innovador, lo más actual. El espacio se llama S1, y promete mucho. Sin lugar a dudas, una propuesta que conjuga arte, música y relax. Ya faltaba un bar así. Un oasis. Un faro en medio de toda la turbulencia del centro histórico.


Vayan, visítenlo. Regularmente hay sesiones de música, como la de este sábado, en la que el post punk y el new wave serán el plato fuerte. Una nochecita para escuchar The Clash, The Smiths, David Bowie, Joy Division, Psychedelic Furs, Flock of Seagulls, Patti Smith, Ramones, Sex Pistols, The Cure y una lista interminable de sorpresas, que Carlos Salázar, melómano empedernido y dueño del bar, tiene preparado para el deschongue sonoro. Por allá nos vemos. Saltando como Johnny Rotten o Joe Strummer. Yeah.

SOMA, centro cultural
11 calle 4-27, zona 1
Horario: 5pm – 1am
Fanpage: https://www.facebook.com/SomaBarGt


Columna quincenal publicada en Esquisses.

martes, 22 de octubre de 2013

QUERIDA FAMILIA, no me abandones


Exposición: Querida Familia
Participantes: Alejandro Marré, Álvaro Sánchez, Alejandro Azurdia, Andrea Mármol, Ana Lucía Cofiño, César Moncrieff, Erica Muralles Hazbun, Juan Pensamiento Velasco, Juan Pablo Canale, Lily Acevedo, María Alfaro, Muxxi, Manuel Regalado, Marilyn Boror, Mario Profundo y Quique Lee.
Curadoría: Alejandro Marré y artistas
Conversatorio: Miércoles 23 de octubre a las 19 horas


 

Dice Eduardo Galeano: «El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas». Al escribir esto, la garganta se hace un nudo y pienso en la exposición Querida Familia, que está colgada en la galería de arte de la Alianza Francesa durante todo octubre. Ahí podrán encontrar muchos de los referentes, antropológicos y sociológicos, de lo que la familia –ése germen incipiente de toda sociedad– significa en estos tiempos de codependencia a las redes sociales, erradicación de las fronteras, masificación de la violencia, irradiación del lenguaje en todas sus variantes, carencia de reflexión y desvalorización de los rasgos oportunos, que todo grupo social ha incorporado y legitimizado para su buen funcionamiento. Entre otras cosas.

En sí, para ponernos prácticos, la muestra es un compendio que reúne pintura, video, diseño, grabado, instalación, intervención y mixmedia de la mejor manera. Muy profesional, muy bien montada, sí, y excelentemente diseñada a partir de la museografía que el lugar permite. Para no redundar mucho, es la convergencia mejor creada en una exposición de arte desde hace mucho tiempo. Esa es mi opinión, claro. Sólo el título sugiere un punto de partida, un estallido, un big bang de ideas, una página en blanco. Luego, a manera de catarsis colectiva, el texto de Juan Pensamiento (que inaugura la exposición) nos invita a la reflexión y al diálogo. Así, bajo el precepto del lenguaje aprendido, vamos cerrando círculos y abriendo otros. Rápidamente y viceversa.


Sólo falta con observar los afiches hechos para la muestra, otra genialidad del maravilloso Álvaro Sánchez, quien nos condensa el pasado y el futuro, reunidos en piezas singulares que representan certeza estilística a través del discurso gráfico.







Todo en esta exposición es familiar y cercano. Pura intimidad. Puro sentimiento. Nada que no encontremos en este mundo, en este país, en este territorio. Tibia caricia que nos protege del ruido lacerado del mundo exterior, ése que también nos pertenece, ése insulso y cotidiano abrigo, ésa otra familia. Cielo de otros infiernos. Abrazo protector. Salvavidas teórico. Guía de instrucciones prácticas para la vida, que es torpe y cansada, como todos los días en el trópico y su lluvia de odios.


Resta importancia aclarar que cada una de las obras opera a su antojo, de manera independiente. Es decir, a solas, en el contexto "familiar" de cada artista. También es inoportuno decir que todas confabulan, y pretenden, en el mejor de los casos, asociar el significado (familia) con cualquiera de los significantes (según la RAE: «1. Grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas. 2. Conjunto de ascendientes, descendientes, colaterales y afines de un linaje. 3. Hijos o descendencia. 4. Conjunto de personas que tienen alguna condición, opinión o tendencia». Etcétera.)


Pero ya dicho esto, sólo queda abarrotar con recomendaciones a la susodicha. Invitarlos, pues, a que vayan a visitarla y reflexionen sobre su familia, la de ustedes, la de sangre, la adquirida. También sobre la otra. La olvidada, la ausente, la marginal, la guatemalteca, la de los informes desaparecidos, la de los huesos olvidados, la del tempestuoso dolor diario. La que no queremos ver, ésa, por más que queramos.

Lilly Acevedo

No se la pierdan. Mañana miércoles es el conversatorio y es buena oportunidad para inyectarse de arte contemporáneo. Además, para conversar y ponerle el dedo a los artistas. Digo, para que respondan a sus preguntas y les expliquen con manzanas. Ya que de nada servirá decirles que en la obra de Juan Pablo Canale encontrarán alucinación verídica. En la de Alejandro Marré, alivio y genio. En la de Álvaro Sánchez y Alejandro Azurdia, espesor y autopsia. En la de Andrea Mármol, un testimonio de identidades irrefutables. En la de Mario Profundo, técnica. En la de Quique Lee, tendencia. Y así, con cada una de las obras expuestas, encontrarán algo que los conecte con el arte actual de Guatemala.

O talvez sí, si sirva decir todo esto.
Juan Pablo Canale

Juan Pensamiento
Alejandro Marré

Y así, cuando menos lo imaginen, se sentirán parte de esta familia de artistas que promulgan reflexiones desde el arte. Sin duda alguna, una prueba de que la familia nunca nos abandona. Está ahí, de alguna extraña manera, aplicando ungüento para los vergazos constantes de la vida. Esos que duelen. Esos que otras veces incomodan.

viernes, 20 de septiembre de 2013

ASÍNOSEDIBUJA: Dibujos para todos


Asínosedibuja es una idea que confirma una sola cosa: La ocurrencia.

Desde la primera vez que vi los dibujos hechos por Mario González, el genio detrás de este fabuloso proyecto, pensé que a los creativos hay que regalarles dos cosas para que sean felices: papel y lápiz. Bueno, también cerveza. Todo esto confirma que el éxito se reduce a la idea, a la chispa, al ingenio.

Basta con ver algunos de sus dibujos para entender que no hay que complicarse tanto después de una idea creativa. Como bien lo sentencia en su página de Facebook: "Asi no se dice, asi no se escribe, asi no se dibuja, pero asi se entiende". El personaje principal en todas las historias es el trazo mismo. Qué mejor que eso. Bromas sinceras, retóricas cotidianas, ocurrencias idiomáticas de arte finalista, trazos espontáneos, bocetos de una historia que sólo puede ser contada por un chapín –doblesentidista y comúnhablante–, que en el fondo, muy en el fondo, lo único que quiere es contagiar la risa en ideas breves, concisas y sin complicaciones. Humor apto para todo público.




En cada dibujo hay chiste, agudeza, razonamiento, gracia y hasta ternura. No hay nada de enciclopedismos antropológicos, posturas intelectuales o doctrinas excluyentes que promulguen el "afamado espacio de los elegidos". Sino todo lo contrario: Un marcador negro sobre fondo blanco, ¡y listo! De seguro la idea surgió después de una reunión de pendientes en la agencia, o peloteando campañas al final de un largo día de píxeles, cigarros, clientes, café y photoshop.




Sea como sea, me siento enormemente feliz de haber conocido al "patojo chispudo" detrás de esta fabulosa idea; además, que me haya regalado un header para mi otro blog (acá). Y lo mejor de todo: con la colochera bien puesta.




Larga vida al trazo. Que no paren los cuentazos de tinta.




PÁGINA WEB: www.asinosedibuja.com
EN FACEBOOK: www.facebook.com/pages/asinosedibuja/201841786547922

viernes, 17 de mayo de 2013

ISHTO JUEVEZ

Se acerca la presentación oficial de Chapuz Chapín, el nuevo EP de Ishto Juevez, este músico que ha venido haciendo bulla con su nuevo folk a lo largo de los años y últimamente ha tomado protagonismo después de haber sido telonero de los Café Tacvba en febrero pasado. Al respecto del nombre del nuevo material, una serie de anécdotas y reflexiones empiezan a darme vueltas a menos de una semana de la presentación. Escribirlas acá, es sin duda una forma de masticarlas y ponerlas sobre la mesa. Espero que generen discusión y premisas suficientes para platicar sin timidez, y más importante, aún, que generen interrogantes y respuestas a la realidad de algunos artistas contemporáneos guatemaltecos. Sobre todo a los músicos que están en autogestión y promoción.
La presentación promete ser una velada memorable, por lo que vayan afinando su oído y preparando su susceptibilidad nacionalista. La cita: El jueves 23 de mayo a las 19 horas en el Teatro Lux. El menú: Un torrente de música, arte y poesía para el alma. Lo imprescindible: Que todos lleguen sin expectativas y dispuestos a pasarla bien.
Ya dicho todo esto, lo invito a leer la nota completa.
Nos vemos por allá para salir de la olla.




PULSA AQUÍ para leer la nota completa.

viernes, 8 de marzo de 2013

111 MINUTOS con Bohemia Suburbana

Columna quincenal publicada en Esquisses.
Viernes 8 de marzo del 2013.
Reeditada




Bohemia Suburbana, la banda más importante del rock nacional está de gira por Guatemala y lo único que me quedan son sólo recuerdos amontonados en cajas, una camiseta negra gastada y un casete perdido que el tiempo nunca lo reinvindicó.
Estas palabras, son una especie de homenaje y sólo sombras como esta:

"De esa noche en la Plaza de Toros, me empiezan a rondar muchos recuerdos dispersos con personas queridas, frases míticas y pláticas lejanas que me retrocedecen en el tiempo a través de un caleidoscopio intenso de franelas lanzadas desde otro siglo, otro planeta, otra realidad. Sí, otra época, otros anhelos, otros símbolos de una generación que rompió los paradigmas y cambió la historia del arte guatemalteco. Aunque parezca cursi, sí, una época cursi para artistas terroristas con balas de caramelo y mucha esperanza, mucho underground, mucha lucha por salir adelante después de las secuelas del militarismo y la incongruencia escénica guatemalteca.
No puedo creer que ya pasaron 15 años desde esa noche. Tampoco puedo creer que ninguna otra banda haya grabado un disco tan memorable como Mil palabras con sus dientes o el mismo Sombras en el Jardín, que con su sonido tosco y ‘garageado’, guarda un lugar especial en mi corazón desde la primer canción a la última, sobre todo en las míticas: Yo te vi, Nadie sabe, Del-Fin y Sólo hace falta valor. Sin duda, las más prendidas e iniciáticas de una ‘época’ en el rock nacional. Hasta ese entonces, nadie había hecho algo similar".

Saludos, BS. Gracias por la memoria y el buen rock.




jueves, 15 de noviembre de 2012

TRES COLORES, cuatro techos y mucha poesía

FOTO: Algunos cuadros de Francisco Tún
La primera vez que escuché hablar de Francisco Tún, fue en una galería de arte que quedaba en zona 10, junto a un minimercado de verduras y vinos italianos, hace más de quince años. Lo recuerdo bien, porque ahora que lo pienso, hubiera sido tan fácil regresar a casa ése día y encender la computadora, abrir el explorador y googlearlo como lo hubiera hecho si hubiese sido anoche. De haberlo hecho, seguramente me hubiera encontrado con muy poca información o casi nada, ninguna imagen, ningún hipertexto. Nada. Para esos años, la Internet (esta enciclopedia infinito-universal) era algo todavía misterioso y no muchos teníamos acceso a ella. Era como un juguete caro, que no encontrabas en cualquier parte. Ahora cualquiera puede buscar las palabras "oxímoron" o "isodinamia", y saber que son figuras literarias que comúnmente usamos al hablar sin darnos cuenta.



Pero bueno, a lo que iba es que desde la primera vez que escuché el nombre Francisco Tún, sencillamente me atrajo. No sé si fue el apellido onomatopéyico o si fue lo que me dijeron sobre él: "Sí a vos te gusta Miró, de seguro te va a gustar Tún". La verdad no lo sé, pero la comparación, ahora que lo pienso, me parece inútil. Joan Miró, ése pintor catalán que pintaba de una manera infantil y luminosa, con figuras surreales y oníricamente fabulosas, está muy lejos de la oscuridad y mística "extraña" que rodea a Francisco Tún, quien por muchísimo tiempo pasó olvidado hasta hace poco, que volvió para quedarse dentro del imaginario colectivo de artistas contemporáneos, quienes, hasta hace algunos meses, no tenían ni idea que existía un pintor de este calibre.

Eso me hace recordar las pláticas que tuve con Martha de Palmieri (QEPD). Una mujer ya mayor que coleccionaba arte, con quien nos reunimos varias veces a tomar café y a conversar sobre literatura y sus exhuberantes pinturas: Elmar Rojas, Efraín Recinos, Rodolfo Abularach, Ramón Banús, Roberto Cabrera, nada menos. Ella me platicó sobre Francisco, e inclusive me contó que varias veces le dio posada en su casa. La señora -de una educación privilegiada y un gusto bárbaro-, me contó entre otras cosas que a Tún le gustaba tomar y que la pintura era su necesidad primaria de sobrevivencia (pintaba rótulos y casas). Todas esas pláticas me dejaron siempre con la intención de saber más de Tún. Era como una nube mística que todo lo rodeaba. De vez en cuando, solía toparme con algún cuadro en la casa de algún coleccionista o amigo. Yo respiraba profundo y me dejaba ir, siempre con el anhelo de entrar a una galería y que ésta, estuviera llena de sus techos, puertas, caminos, personitas, ventanas, barrotes, barrancos.



Así pasó más de una década y hasta hace alrededor de un año, el fabuloso Proyectos Ultravioleta, organizó un muestra minúscula de su obra. La mayoría de cuadros pertenecían a colecciones privadas, lo que la hizo más selecta. Esto me pareció un intento fascinante por acercarlo al colectivo contempo. Luego de esta exposición, la mayoría de jóvenes, hipsters e hibrids (el término es mío), aceptaron a Francisco Tún dentro de su idiolecto cotidiano, lo cual, a mi criterio, me pareció un gran paso para ganar más adeptos a este fabuloso universo, naif, para algunos, primitivista para otros. Poesía pictórica, para mí.


Hace más de un mes, mi querida amiga y gestora cultural: Itziar Sagone, me envió una invitación para asistir a la inauguración de una nueva exposición. Para mi sorpresa, una retrospectiva de Tún, en colaboración con Adrián Lorenzana y Willy Monsanto, quienes hicieron un trabajo excepcional que esperamos lleve a Tún a otro nivel, internacional en todo caso. La emoción por la muestra me empezó a poner ansioso. Pasé varias noches soñando con los pocos cuadros que había visto de su obra y hasta me dieron ganas de pintar. No lo hice. Al final llegó el día, y como feligreses ante su templo o poseídos por una fuerza diabólica, fuimos a ver la exposición junto al querido Javier Payeras.

Llegamos y nos inundamos de poesía: 82 obras de todas las dimensiones y colores y épocas y colecciones de Francisco. Yo estaba paralizado. No me podía mover. Me gustó tanto adentrarme en ese universo, que fui a verla cinco veces. Inclusive invité a mis alumnos del taller literario para que hilvanaran historias de las pinturas que quisieran, porque eso es Tún: una historia en cada cuadro.

Yo hilvané un poema, de manera automática, casi un cadáver exquisito. Se los comparto:


un universo color amarillo
que es casa y es camino
se irrumpe frente a mi sueño
crucial maremoto en desfiladero
donde el alivio es fiel morada
tibia nube color granito

quiero descansar de tanto olvido
quiero olvidar que nada soy y nada tengo

quiero sólo quiero

esta noche me adelanto a tu risa de cíclope
me dejo caer ante un abismo roto
la vida es un asalto en caída libre
que nos deja con las manos vacías
la vida es un temblor de piedras
la vida es un tiritar de sombras
detrás de estas rejas
la muerte mira con sus ojos grandes

no quiero pensar en moléculas de aire
sólo quiero un color y una dulce tisana
para adormecer el viento



(Gracias Willy de Galería El Ático, por la fabulosa visita guíada y gracias a Adrián de Artecentro, por la museografía tan fabulosamente construida. Muchas gracias por abrirnos las puertas a este universo de uno de los genios del arte guatemalteco)


martes, 2 de octubre de 2012

EL ARTE Y EL PODER, primera parte



BS20, septiembre 2012
(Cortesía de Juan Carlos Barrios)
Hace más de una década el arte guatemalteco parecía despertar de un letargo forzoso e irremediable con proyectos artísticos como Casa Bizarra, Primera Generación Records, Festival Octubre Azul, Festival del Centro Histórico, Tripiarte, La Fosa Común, Editorial X, Colloquia, Caja Lúdica, entre otros. Todos estos proyectos estuvieron vinculados, de alguna extraña y necesaria manera, con lo que resultó ser la piedra angular de los noventa:

La rebelión.


 
Para mí, "la rebelión" es como una chiquilla punk, insolente y desafiante al mejor estilo de Lisbeth Salander –de la trilogía de Larsson–, pero también elegante y tímida como Patti Smith –la poeta del punk– en sus primeros años. Es decir, una mezcla bizarra pero hermosa de Albert Camus, Lou Reed y Courtney Love. La idea, es sencilla, digo, la idea de la rebelión: descentralizar el arte (desde un cliché romántico), hacer temblar los pilares de la moral (sin anarquía, claro) y provocar un estallido inmediato en la movida sociocultural de una región. Para ese entonces (bueno, acá les estoy hablando estríctamente del año 1997), yo ni siquiera llegaba a los veinte años y mis lecturas de Nietzsche, Chomsky, Sartre, Kafka y Cortázar eran lo poco a lo que me aferraba con recelo. No sabía nada de muchas cosas –todavía no sé nada de muchas cosas–, pero sí conocía algo del movimiento punk de los 70's y del grounge de los 90's, y ambos, me parecían la estampida perfecta directo a la yugular de la cultura. Esos, creo, que fueron muchos de los cimientos del movimiento rock de los noventa en Guatemala: una mezcla entre el grounge noventero, el postpunk ochentero y las lecturas de autores como Pessoa, Pound o la Generación Beat. Y sin lugar a dudas, el movimiento rock de los noventas, fue el hilo conductor y el parteaguas de muchas de las temáticas del arte que se abordaron en años posteriores.

 
Regina José Galindo, agosto 1998
(Cortesía de Regina José Galindo)
Algunos contemporáneos míos incluso, no llegaban ni siquiera a los veinte años, y otros, que ya andaban llegando a su primer cuarto de siglo, contaban con la responsabilidad, por decirlo de alguna manera, de catalizar y gestionar las corrientes de arte que desembocarían en lo que se está realizando actualmente. A ellos, mi admiración y respeto. Por ellos existen bienales, festivales de cine, bachilleratos en arte, centros culturales, residencias artísticas y premios que antes no existían.

Para ese entonces la vertiente discursiva lindaba entre varios tópicos: La libertad de expresión (a causa de la infelicidad ridícula por treinta años de guerra), la libre experimentación (provocada quizá, por la carencia de lecturas y referentes académicos como abundan ahora), el desencanto y la lucha contra el poder (esto, por la imposición de regímenes militaristas que dejaron una estela de paranoia y miedo en toda una generación). Y si bien estos tópicos eran reiterantes en cualquier obra visual, musical o escrita; también era inevitable que un halo de irreverencia predominara en todo lo que se creara, a la vez que existieran ciertos matices de ingenuidad y puerilidad colectiva. En efecto, esos esbozos sirvieron como punto de partida para lo que hoy conocemos como arte contemporáneo en Guatemala, término que afirma nuestra realidad como pueblo vivo. Por consecuencia, toda obra es una necesidad humana de trascender; tal y como lo diría Octavio Paz, "es el olmo que da siempre peras increíbles".

 

Así, nuevos espacios han abierto sus puertas para el arte y, es genial ver cuánta gente joven reunida en colectivos o en solitario, repercute de manera inmediata en la vida cotidiana del guatemalteco a través del arte. Ahora abundan los festivales de arte, las fundaciones que aportan respiro –y pisto–, los centros culturales que se inundan de actividades culturales cada semana y los gestores culturales, para los cuales ya existen diplomados y licenciaturas. Ahora, volviendo el tiempo atrás, veo que también muchas cosas han cambiado: algunos ya tenemos canas, hijos, arrugas inevitables y una enorme lista de cosas hechas y deshechas. Pero hay algo que no ha cambiado y, eso es lo importante: La constante creación y la rebelión, que se ha disfrazado un poco, cambiando las pulseritas de Pana por los relojes retro, los morralitos de Momostenango llenos de libros por las mochilas con laptop y los caites de goma por las zapatillas deportivas.


En sí, todo cambio es un poder. Y partiendo de esta reflexión, no me queda la menor duda de que "el arte es un poder" y, a manera de palíndromo sensitivo, "el poder también es un arte", y la idea de sucumbir un país a través de sus cauces, creo, que es lo menos que podemos hacer como habitantes de este siglo. Y ante todo, de este país.


martes, 11 de septiembre de 2012

ÁNGEL POYÓN: La sencillez de la complejidad

Foto: Reloj de la serie
Estudios del fracaso medidos
en tiempo y espacio.
Ángel Poyón es uno de los artistas visuales más innovadores y vanguardistas de la Latinoamérica actual. Su obra es extrema-damente sensitiva y analítica. Es como dejarse ir, montaña abajo, por un roller coaster reflexivo, siniestro y minimalista. Ha ganado el glifo de oro en la XIII Bienal de Arte Paiz en 2002 y también la Subasta de Arte Latinoamericano Juannio en 2005 y 2010, entre otros reconocimientos a lo largo del continente. Esto nos hace comprender que todo lo que hace dentro de las distintas fronteras del arte, tenga una importancia creadora y una valorización de estética universal.

En otras palabras –literalmente–, Ángel es un ajuchán, que en lengua Kaqchikel significa: persona creativa. Su obra ya es bastante reconocida y se ha visto en distintas galerías nacionales y/o internacionales, ya que se ha expuesto dentro de muestras individuales y colectivas a lo largo de Centro América, México, Estados Unidos, Cuba, Perú, Argentina, Europa y Taiwán. La sencillez de su estilo es uno de los rasgos que caracterizan las obras de Ángel, que en cualquier latitud donde se exhiban, pueden llegar a tener una subjetividad exquisita, precisa y sencilla. Pero ojo, esa sencillez que parece tímida y silente, es en realidad un latir constante de reflexiones y una sinfonía discursiva que edifica constelaciones etéreas, aún indescifrables para muchos de nosotros.


Básculas sin números de medición evocando el vacío. Relojes sin agujas medidoras en un ciclo de tiempo inagotable. Relojes intervenidos con objetos cotidianos que destilan la existencia en segundos sin métrica. Lápidas funerarias con imágenes de objetos tecnológicos y epitafios grabados a manera de poesía concreta, breve y concisa con aforismos existenciales como: "Cuerpo, ¿tú también me abandonas?" o "Descansa aquí la forma de mi dolor". Limpiabrisas que eliminan el polvo, el mismo polvo que somos y que seremos. Calendarios inconclusos que fueron despojados de sus días y sus fechas, históricamente. Cuadros de enormes dimensiones donde una imagen casi microscópica es la que habita ese vacío, ese silencio, esa pesadumbre.


Las obras de Ángel contienen esa sencillez desafiante, voraz, y en la mayoría de las veces optimista. Un optimismo extraño, mezclado con rabia y meditación. Lo que sí es inevitable, es que su obra no se resiste a ser interpretada una y otra vez. Es una especie de acertijo obsesivo que nos invita a pensar críticamente. Temas como el tiempo, la memoria, la migración, el poder, la globalización, el olvido, la tecnocracía, la vacuidad, la permanencia, la otretad, la lejanía, el abandono, el contexto, la soledad y la comunicación; están presentes a lo largo de toda su obra como un ente poético que se reafirma constantemente hasta el infinito. Por eso es que su obra, sin lugar a dudas, es de las más reflexivas dentro del arte contemporáneo. Además, de una carga existencial ensordecedora.
 
El lenguaje artístico de Ángel es sensitivo y minimalista. Lo que nos hace suponer que su obra pasa por un largo período de reflexión hasta que llega a ser exhibida frente al público en dimensiones variables e instalaciones con proporciones diversas.
 
Ángel es, en cada una de estas obras, un testigo que nos analiza detenidamente a lo largo de nuestras cavilaciones. Como si su obra fuera un lente angular que lo observa todo, todo, todo.




ÁNGEL POYÓN:
http://www.saltfineart.com/viewArtist.php?artist_id=37

jueves, 19 de abril de 2012

LAS EXPOSICIONES, el arte conceptual y el cinismo

Columna censurada por Diario de Centro América.
Días después, decidieron no publicar más mi columna.


Foto: El Préstamo, obra de
Aníbal López (2000)
Cuando pienso en arte, lo primero que se me cruza por la cabeza es un cuadro enorme, azulísimo, de Joan Miró que vi alguna vez en España. El museo estaba vacío. Las paredes y los pasillos se me hacían impecablemente sobrios. Eran unos pasillos gigantes por los que recorrí salones y más salones, en solitario, frente a bellezas vanguardistas que se convirtieron en una de las experiencias más perdurables y enternecedoras que poco puedo transcribir en palabras.

Eso fue hace más de diez años, y la verdad, no podría calcular a cuantas exposiciones he ido desde entonces. Arte neofigurativo, neopop, artmedia, transvarguardismo, instalación, readymade, happening, performance, hiperrealismo, bad painting, action painting, fotografía, paisajismo, arte decorativo, arte conceptual, etcétera, etcétera. Son muchas las variantes y siempre regreso a esa imagen del cuadro azul del catalán en mi cabeza. Supongo que por eso voy a las galerías de arte, con la esperanza de ver algo que verdaderamente me sorprenda. Aunque la verdad, no me gusta mucho ir a las aperturas de las exposiciones. Siempre se me hacen frívolas y arrogantes. Pero voy, tan solo para llevarme la contraria y hacer vida social, que le dicen. Además, es grato encontrarse con gente disímil, que de alguna extraña manera está conectada.

Al final me da igual que unos chicos expongan sus grabaditos en la Embajada de México, que una chica primeriza exponga unas joyitas fluorescentes en una bodegona chic del centro o que un grupo de bachilleres borrachos discutan sobre poesía concreta en una galería patrocinada por la Cooperación Española. La verdad, no me interesa ninguna de esas idioteces. En Guatemala hay muy poco arte que verdaderamente me interese. Son contados los artistas que realmente me cuestionan la identidad y me sorprenden con una buena conversación, en vez de una pose mediocre de artista sufrido y posmodernista.

La mayoría de las veces voy a estas inauguraciones, porque me encanta conversar con las personas que asisten –la mayoría son conocidos–. Es como ir a una reunión de amigos en donde hay arte en las paredes, a veces música, pero sobre todo: VINO GRATIS. Por otra parte, me gusta ver sus expresiones al ver una pintura, una foto, un joyerito. Además es ameno encontrarse con alguna sorpresa de vez en cuando.

De todas esas sorpresas, quizá la más grata, fue haberme enterado hace unos días de que Aníbal López, quien firma como A-1 53167, y además, es un amigo a quien quiero y respeto muchísimo, haya sido invitado a la dOCUMENTA en Kassel, Alemania –una de las exposiciones más importantes de arte contemporáneo en el mundo–. Sin lugar a dudas, Aníbal es uno de los artistas conceptuales más transgresores y radicales de Latinoamérica, quien ha roto muchos de los paradigmas del arte contemporáneo y ha abierto la brecha para la crítica, la disciplina y el fulgor de los nuevos artistas guatemaltecos; entre ellos, algunos que se las llevan de "sabelotodo" y pregonan miseria artística y genialidad obsoleta.

Un brindis por el cinismo. Enhorabuena, mi querido Aníbal.

jueves, 22 de marzo de 2012

EL ARTE y sus pérdidas

Columna publicada en Diario de Centro América.
Jueves 22 de marzo del 2012.
Reeditada.



Foto: Bohemia Suburbana en los 90's
Durante los últimos meses he entrevistado a artistas de distintas disciplinas. Ha sido un ejercicio enriquecedor, una especie de retroalimentación favorable para este andén rutinario en el cual la mayoría de guatemaltecos vivimos desapercibidamente. Es decir, sin darnos cuenta. O en otras palabras, como diría Fuguet: "Vivimos ultimando el presente". Al final es eso, no tenemos otra opción más que vivir de prisa, es mejor así; a vivir especulando no se cuanta cantidad de conjeturas imposibles que no se desarrollarán más que en nuestros sueños más pálidos e insignificantes.

Una de las cosas que más me sorprende, es que la gran mayoría de estas personas que se dedican al arte, están comprometidas al 100% con su obra, y además, consideran que un país sin intervención artística (crítica y objetiva) sería una gran pérdida. En ese sentido, el arte es un engranaje indispensable en nuestro presente, que también es incendio, que también es quimera. Eso me hace pensar en la capacidad que muchos artistas tienen y que aún no ha sido reconocida.

Hace quince años tuve mi primer encuentro con el arte guatemalteco. Hablo de un encuentro cercano, algo tangible, no una especie de acercamiento espiritual y esotérico del cual no puedo hablar por su exagerado misticismo. Hablo de un encuentro palpable. Eran los años noventa y coincidí con un grupo de artistas que compartían de manera desinteresada un espacio y las ganas de decir lo que no se había dicho. Este colectivo se llamaba Casa Bizarra, y entre ellos habían pintores, músicos y poetas que abrieron las puertas al arte guatemalteco actual. Eran finales de siglo y todo parecía, de alguna manera: perdido.

Quince años después, le hago a usted una pregunta: ¿Qué pierde un país sin arte? Por favor, no me responda que nada.

jueves, 9 de febrero de 2012

EL CENTRO (primera parte)

Columna publicada en Diario de Centro América.
Jueves 9 de febrero del 2012.
Reeditada.



Foto: Cine Lux
El Centro siempre fue uno de esos territorios que, a costa de comentarios ajenos y mal intencionados, fueron llenando mi cabeza de incógnitas y misterios desde que era un niño. El Parque Central, El Palacio, La Catedral, la Sexta, la 18 Calle, la Tipografía; eran sólo pistas de un mapa, ¿minado?, que recorrería años después para sorprenderme a mí mismo, al tiempo que iba descubriendo, poco a poco, uno de los lugares obligatorios en la Ciudad de Guatemala para todo antropólogo o sociólogo, que quiera entender la cultura de los últimos 40 años.

Las primeras experiencias que tengo en El Centro, son de noche, y van de la mano con las Semanas Santas que recorrimos junto a mi hermana y mis padres. Aún recuerdo un Jueves Santo en que me separé de mi hermana, y me perdí por varios minutos entre la multitud sedentariamente religiosa. Tendría unos 6 años, quizá. Creo que fue la primera vez que sentí impotencia. También recuerdo acompañar a mi madre a las joyerías del Portal de Comercio y a comprar estampitas de futbol frente al Cine Lux. La sexta avenida estaba invadida por cientos de vendedores y recorrerla en automóvil, era uno de esos lujos fortuitos de cada semáforo. Muchos años después, mi relación con El Centro adquirió otros matices. Muchos de estos recuerdos han dejado una estela de euforia que precisamente regresa cuando vuelvo a caminar sus calles o entro inequívocamente a esos antros que frecuentábamos por horas con los amigos entre vino y cervezas. Muchos de estos recuerdos, que vinieron años después, ya en mi adolescencia, están acoplados con la literatura, el arte, la amistad y una que otra novia. Eran los años noventa y, el grounge, predominaba la actitud desaliñada de toda mi generación, aunque les cueste aceptarlo.

El cambio de colegio a mitad de año, me regaló una de las cosas más bellas que jamás había conocido: Autonomía. Mis padres, me dejaban en el colegio por las mañanas y, por la tarde, cuando salía, la mayoría de las veces tomaba un bus que me llevara a la Bibioteca Nacional y de allí cualquier otro, el Metrobus o cualquiera que pasara por el Periférico rumbo a la San Carlos, para llegar a casa ya en horas de la noche. ¿Qué hacía en todo ese tiempo? Vagar, supongo. Afinar detalles. Construir opinión. Escribir en mi cuaderno de apuntes. Hilvanar toda una geometría sacada de una quimera.

Los días parecían eternos. Certeros. Impecables. El Centro era mi Dublín de Leopold y Stephen. El Centro era mi Praga de K. y mi París de Horacio y La Maga. Años después, pienso en el pasado y en lo inexperto que fui en muchos sentidos. El Centro ahora se presenta con sus lofts, sus hipsters, sus bares cool, sus orines de medianoche y sus muestras de cine centroamericano.

Ya es hora de conquistarlo de nuevo. Apoyemos la Muestra de Cine Actual que proyectará sus películas de manera gratuita en El Capitol. Felicidades al cine nacional. Aplaudamos esa iniciativa.

martes, 7 de febrero de 2012

LA TONA y sus rebotantes

Nota publicada en Diario de Centro América.
M
artes 7 de febrero del 2012.
Reeditada.



El último sábado de enero, la banda de rock guatemalteca La Tona, deleitó a cientos de seguidores que desde días atrás, esperaban con ansias el reencuentro de los músicos, que año con año, se reúnen para dejar en un show en vivo toda la energía que ya es parte de sus presentaciones habituales de producciones discográficas (El ojo, El rebotante y El mito de jade), las cuales fueron grabadas a mediados de los noventa, cuando el movimiento de rock nacional estaba en su estallido incipiente.

La Tona, junto a una lista de bandas nacionales muy respetadas de la escena local, eran la punta de lanza de un movimiento cultural que empezaba a gestarse, y que sin duda alguna, son ahora un referente para las nuevas generaciones de músicos guatemaltecos que continuamente refrescan el panorama de la música guatemalteca.

En este concierto, La Tona dejó muy claro que el rock nacional es sumamente intenso, aguerrido y que contiene matices propios de la cultura guatemalteca que lo hacen reconocible desde cualquier latitud del planeta. La cita del concierto fue en El Porvenir de Los Obreros, situado en el Centro Histórico de la ciudad capital. Tuvo un lleno total, que desde inicio a fin, se dio a la tarea de hacernos rebotar al ritmo del buen rock, muy característico de la banda liderada por Ernesto “Neco” Arredondo, quien dio inicio a la velada con unas palabras muy justas en su condición: «Ya son muchos años, y aquí estamos».


EL OJO QUE TODO LO RECUERDA

En 1994, aún en las filas del colegio, me gustaba escuchar la música que se producía en el país; en especial la de Primera Generación Records, liderada por Giacomo Buonafina, quien tuvo el coraje y la destreza de empezar a grabar bandas nacionales y a preparar una serie de compilados (en cinta magnética) que ahora son joyas de la música nacional, e inclusive, del istmo centroamericano. En ese entonces, bandas como Bohemia Suburbana, Viernes Verde, Fábulas Áticas, Tiananmen, Radio Viejo, Inconsciente Colectivo, entre otras; eran las bandas que se grababan dentro del estudio, ubicado cerca de la Diagonal 6 de la ciudad capital, en donde estuve varias veces, siendo testigo de la movida del rock nacional mientras conversaba con algunos de sus exponentes sobre música o arte. En ese entonces, no tenía ni idea que conocería a los queridos integrantes de La Tona, quienes años después, se convertirían en uno de los referentes musicales más importantes de mi generación.

A los queridos, los fui conociendo de «a poquitos» y en distintas circunstancias.

El primero con quien conversé fue con Neco, a quien conocí en el proyecto de arte Casa Bizarra en el año 1996. Con Neco platicamos de música, poesía y el Popol Vuh. Este último, un detalle muy característico en toda la imaginería musical de la banda, que se resume a la cosmología Maya, su fascinación y su entorno. Para ese entonces, el arte y la literatura estaban en un estallido generacional invaluable. Eran los años noventa. La supuesta paz estaba a la vuelta de la esquina, y la escena de arte guatemalteco crecía enormemente, gracias a los efectos de festivales como Libertad de Expresión ¡Ya! y otros fenómenos de trascendencia, que sin duda, fueron necesarios para el crecimiento de muchos de los movimientos culturales que sucedieron tiempo después: Octubre Azul, Colloquia, Festival del Centro Histórico, Caja Lúdica, entre otros.

Un sábado, recuerdo, tomamos camino hacia la TGW para un concierto que La Tona daría por la noche. Los conciertos de esa época se daban en diferentes lugares: La Caseta, Blue Moon, La Boheme, Teatro al aire libre, Pie de Lana y la Bodeguita del Centro. Me acompañaban dos amigos artistas, con quienes nos reuníamos en Café Oro, otro de esos antros culturales que dejaron su estela cultural inevitable a lo largo de estos últimos 15 años de arte guatemalteco. Recuerdo que al concierto llegamos unas treinta personas, no más, no menos. Empezó tarde, entre una danza al ritmo del tun y la chirimía, vertiente musical maya que La Tona incorpora en su música de una manera fabulosa. Luego hubo poesía recitada entre canciones. De esas treinta personas que estábamos en el concierto de la TGW, cuatro eran de la banda y otras diez de organización. Así, entre amigos y un ambiente relajado, conocí a Germánico (Barrios), el guitarrista y genio de algunos de los acordes más memorables del rock nacional. Nuestra plática giró entorno a música y más música.

Todo esto, me llevó a coincidir con Alexis (Cerezo), el baterista de la banda.

Con él coincidimos por un amigo en común: Simón Pedroza, poeta y editor, quien era compañero de casa de Alexis, con quien conversamos en alguna cena sobre Luis Alberto Spinetta y música argentina. Curiosamente, Alexis vive ahora en Buenos Aires. Conversando con él, sentí que podía platicar sobre uno de mis músicos favoritos de todos los tiempos, además de excelente compositor y grandioso artista de la palabra, como lo es “El Flaco”. Su melodía y cambios de ritmos, son palpables en mucha de la música que La Tona ejecuta, aunque difiere mucho de distorsiones, velocidad y compases. La batería de Alexis, es sin dudas, el espíritu de la banda en vivo.

Para todo esto, ya había conocido a tres de los músicos y en el camino faltaba Mario (Flores), el bajista.

A Mario lo conocí al escuchar uno de los proyectos musicales que más me han conmovido. Esto fue alrededor del 2001, en El Gravoche, una galería bar que abrió sus puertas alrededor del año 2000 y cerró en un abrir y cerrar de ojos. El proyecto se titulaba Cuatro brothers y una sister, donde Mario acompañaba a excelentes músicos, entre ellos el productor argentino Leo Carro y Claudia Armas, vocalista excepcional de la movida musical guatemalteca, esposa de otro querido: Maurice Echeverría, amigo escritor de la vieja guardia.

Así, en ese ambiente bohemio y musical, platicamos con Mario durante algún momento. Una década después, volvimos a coincidir con Mario y recordamos instantes de esas sesiones memorables de música fusión. Qué lástima que no se pudo recuperar nada del material hecho en vivo. Era una delicia de triphop mezclado con otras grandes influencias (Radiohead, Massive Attack, Portishead, Brian Eno) y un poco de drum 'n bass.

Ahora, regresemos al concierto.


EL REGRESO DE XIBALBÁ

En los últimos dos años consecutivos, La Tona ha dado un concierto a inicios de año. Supongo, que es una especie de ceremonia para empezar cada año con una buena sacudida al ritmo del buen rock. Para este año, el concierto estaba pautado en redes sociales desde diciembre pasado, por lo que la emoción y la ansiedad crecían de inmediato en todos los fans y amigos de la banda. Desde pautada la fecha, me propuse asistir, ya que no pude asistir a los últimos dos conciertos que la banda preparó los últimos dos años. Andaba fuera de Guate.

Ya una semana antes, el amigo poeta Alejandro Marré me había comentado que leería alguno de sus textos junto al querido Simón Pedroza durante un intermedio poético del concierto, algo que La Tona ejecuta de manera continúa desde que tocan en vivo. Me pareció genial, y me alisté para ir al toque.

Así, llegamos a la prueba de sonido a las cuatro de la tarde. El ambiente sobre la avenida y calles aledañas, se sentía fabuloso. Un halo de adrenalina me subió al pecho cuando vi muchísimas personas haciendo fila con sus camisetas negras, desde horas antes. Me emocioné. Volví a sentir la rabia contenida de los noventas. La adrenalina, el rush, la rabia lírica. En un momento logré ver a más de cien personas afuera del recinto. Neco nos fue a recibir a la puerta y entramos. El salón vacío, excepto por los organizadores y sonidistas. La banda en el escenario tocando con toda la euforia y precisión del caso. Me sentí en un concierto privado, como en la TGW, hace 10 años. Terminó la prueba y saludé al resto de la banda. Platicamos un rato, nos reímos, fue emotivo. Después nos retiramos del lugar con Alejandro y salimos directo a comprar cerveza. Conversamos sobre los toques memorables: La Bodeguita del Centro, La Plaza de Toros, etc. Después regresamos horas más tarde para escuchar canciones de El Rebotante y El Ojo. Parecía un presagio de cosas buenas.

Marcadas las ocho, el salón estaba con un lleno total, y afuera, más de cien personas esperaban ingresar. Saludé a algunos conocidos e ingresé al concierto. Me sorprendió ver la marea de camisetas negras bajo el escenario. Canciones de Caifanes y Soda Stereo salían imprecisas de los amplificadores. La gente iba de un lado a otro coreando las canciones. Una ola de calor humano me alcanzaba. Dieron las 8:30 y aparecieron los primeros acordes de la banda. Gritos. Euforia. Sobresaltos. Sudor. Más gritos. Afonía.

 No hay duda que en Guatemala, la música es un alivio refrescante que congrega edades y géneros distintos en un solo lugar; conservando así, toda una amalgama de ideas políticas, religiosas o culturales. En este sentido, los conciertos de rock son una de las piedras angulares para apreciar el tema de la armonía y la diversidad cultural. Eso fue lo primero que percibí del concierto. La locación. La energía. El escenario. La empatía. Lo último que pude percibir  fue la armonía con la que muchos nos entendemos en un concierto. Abrazos en silencio, después de los acordes entrelazados. La furia poética. La emoción. Los aplausos. El baile. La sensación. Algo que sólo se puede sentir después de ir a conciertos nacionales luego de más de quince años.

Para resumir: La Tona nos deleitó a lo largo de casi tres horas de concierto. Rock clásico, sicodélico, veloz, sólido y poderoso. Tocaron las clásicas, las conocidas, las que todos nos sabemos: La mujer del cuadro, El ojo, Días gemelos, Interna-externa, Hansel y Gretel, Ángeles sin luz, Antares, Tanto que no sabes y para terminar, la más coreada y esperada de todas: Selene.

No hay duda que La Tona tiene fuerza para rato.

 El concierto fue memorable. El sonido falló un poco pero no importó. La energía del público, con quienes coreamos de principio a fin el repertorio de canciones de la banda sacudió los imprevistos. Por lo mismo, esperaré con ansias un próximo concierto, y quizá, un nuevo material discográfico para incorporarlo a mis archivos melancólico-digitales.

Si bien el pasado comienza ahora, La Tona es un motor que mueve montañas y camisetas negras desde hace más de quince años. Como bien lo dijo Neco en algún momento del concierto: «Mañana seremos estrellas, polvo de estrellas… yo quiero ser un cometa».

En mi caso, yo quiero ir al próximo concierto de La Tona. Ya lo estoy esperando con ansias.




Germánico en pleno solo de guitarra

La banda en plena acción

Lleno total

La euforia de Neco

Mística y armonía

Carisma y poesía

Celebración

Alejandro Marré leyendo poesía