jueves, 26 de julio de 2012

CÓSMICA: fascinación autómata


FOTO: Autómata, 2011
Dicen los Cut Copy: «Lights and music are on my mind», y a mí me da por bailar. Eso me pasa también con Cósmica, esa banda guatemalteca con la que se me ocurrió escribir esta especie de reseña-experimento después de escuchar su última producción. Veamos que tal me va.

Cuando una partitura se vuelve un avioncito de papel, y éste, se va transformando lentamente en un cohete espacial que logra alcanzar galaxias, estrellas y constelaciones relajantes, siempre propulsado por la agilidad de los sonidos y la versatilidad de los ritmos, eso es Cósmica.

Un viaje. Un buen viaje. Un vendaval de riffs sicodélicos, una marea de percusiones simétricas, una brisa funky desde el mar, un bosque de líricas exactas, un parque de juegos electrónico y un destello de estrellas urbanas. Ternura in situ. Estallido rítmico. Fuerza emotiva de experimentos y caudal de riesgos inexplotables.

Es como un poema, ¿no? A ver, intentémoslo una vez más. Voy por un cigarro.


[INTERLOCUTOR: He escrito alrededor de seis cuartillas y siempre termino borrándolas o añadiéndoles extractos de otros párrafos infinitos para armar el rompecabezas de esta reseña de una de mis bandas favoritas de la escena guatemalteca al igual que Zoé o The National en otras latitudes pero es que la reseña debe de ser perfecta y simétrica como a veces resulta la música de Cósmica porque al final de cuentas no hay otra banda que esté haciendo lo que estos chavos hacen que es incorporar muchas cosas en una licuadora una especie de blender-mixer-musical ¿será que me entienden si les escribo esto? no tengo idea pero supongo que este mix es una alquimia electrónica y orgánica al mismo tiempo porque sólo es de verlos en escena ya la espalda me duele la espalda mejor sigamos con la reseña para que diga lo que quiero decir como el eterno Mallarmé de hace dos siglos puliendo sus versitos una y otra vez hasta dejarlos resplandecientes pero es que el disco está muy bueno todas las rolas son un verdadero trip que me está dejando sin palabras.]


A ver, intentémoslo una vez más. Espero me haga entender:

La música de Cósmica siempre me ha parecido una pulcritud de armonías y una búsqueda meticulosa que busca la perfección híbrida. En todas sus canciones encontramos algo de euforia y de temperamento, que considero, lo más fascinante de todo su abanico de encantos, ya que es un temperamento primitivo de pasar del rock al jip jop, sin perder esa elegancia. Partiendo de esto, no es sorpresa que desde sus inicios, hace ya más de 5 años, se hayan presentado de una manera sorpresiva y abrupta, en un medio musical en el que las exageradas distorsiones, el mosh aguerrido, las eternas camisetas negras y las manos cornutas prevalecían en un país donde hay mucha más garra precaria que lucidez compositiva.

Para ello, y a disgusto de algunos, Cósmica empezó a fusionar muchísimos elementos que la hacen ser una de las bandas, o quizá, la banda más experimental de la escena musical guatemalteca. Entre estos géneros, que más que directrices dogmáticas en su estilo, Cósmica utiliza para regenerarse en cada canción, podemos encontrar: electrónica, dreampop, noisepop, funk, bossa nova, hip hop, rock psicódelico, rock latino, rock indie y la lista continúa (créanme). Todo con la premura del pop electrónico como esencia básica y fundamental. A mi criterio, algo deliberadamente maravilloso que se percibe en sus materiales discográficos: Morboso (2008) y Autómata (2011).


De este último, les doy algunas recomendaciones:

  1. Sean egoístas y escúchenlo con audífonos alejados de la gente.
  2. Después de haberlo escuchado solitos, compártanlo, el mundo se los agradecerá.
  3. Si van a hacer un viaje, lo mejor es darle viaje al disco. Con todo.
  4. Póngale mucho oído a los coros, crean atmósferas geniales. Además: A) La voz de Tko brilla en todas las aristas y esquinas del disco. B) Las guitarras de Tono están 'en todo'. C) La precisión de Chalupa es envidiable. D) La programación de Andre es espacial.
  5. Imaginen pequeños videoclips hechos por ustedes con cada canción.
  6. Esta es más una precaución: Las rolas 3, 4, 7 y 8 pueden resultar adictivas.
  7. Si sos músico, no te frustrés, algún día vas a sonar parecido. Sólo ensayá y estudiá música, luego volvé a ensayar y seguí estudiando, pero no parés de tocar.

En pocas palabras: Esta fusión de géneros, que a algunos los pierde y desubica, es para Cósmica su fuente vital de inspiración. Ahí encuentran un bunker desde donde lanzar misiles musicales. Es decir, ese híbrido del siglo veintiuno, que es muy parecido al que canta llorando a todo pulmón Café Tacuba y, horas más tarde, moshea con las botas bien puestas una canción de Metallica o Korn. En ese sentido, es algo verdaderamente admirable dentro del circuito de agrupaciones nacionales. Sin ir más lejos, algo único y verdaderamente honesto. Lleno de muchos cauces interiores que sin lugar a dudas, les traerá muchísimos adeptos a los Cósmicos en los años venideros.


Larga vida al Ruido Rosa de Cósmica. Felicidades.

jueves, 19 de julio de 2012

LA POESÍA vista desde un autobús


65 Obelisco (Letra Negra, 2012)

Asumir el viaje de la poesía no es más que frecuentar el mundo exterior a a través del ojo propio, para después hacerlo íntimo, escueto y emotivo, por medio de hilvanar imágenes mientras se retrocede el tiempo con la voluntad cinematográfica y sensorial que tiene la memoria. Todo este proceso congnitivo sucede en milésimas de segundo y tampoco es algo que nos interese interpretarlo, leerlo o escucharlo. No tenemos tiempo. Todo va de prisa. Nos interesan dos cosas, en breve: Uno, la realidad contexto del poeta. Dos, el lenguaje que utilice. Aquí abordamos estilo, sintaxis y retórica. Esto me hace pensar en muchas cosas. Vamos despacio.

Por ejemplo, alguna vez escuché decir que ‘la poesía es el viaje del letargo’. No sé si fue Monterroso o Monsiváis a quien se lo escuché, pero este concepto me sitúa ante una hipótesis lingüística que atesora el verdadero significado de la palabra poesía: Si el letargo (entiéndase como el sopor sintomático de varias enfermedades nerviosas que provocan un estado de somnolencia profunda y prolongada, blablabla) es una experiencia vital para el poeta –quiero decir: adormecer la imagen, el tiempo y el lenguaje–, la poesía no es más que el leitmotiv del mismo. Es decir, se escribe poesía para aletargar el tiempo, y además, la poesía es también un estado de somnolencia visto desde el creador mismo.


Aterricemos un poco: Después de fumarte un par de buenas caladas de mariguana empezás a sentir que todo cambia de velocidad y sucede lento, lento, lentísimo. Ves como tus amigos conversan y podés capturar, fotograma por fotograma, toda la articulación de sus mandíbulas hasta que expresan alguna palabra o sonido. También escuchás como la música sube de intensidad y podés diferenciar todas las capas de beats que la pista incluye (batería, bajo, sintetizadores, guitarras, voz, etc). Mientras todo esto pasa, vos estás asociando todo eso que ‘palpás’, sensorialmente, con todo lo que estás pensando e imaginando.


Pues eso, justamente eso, es la poesía. Sólo que visto desde una perspectiva neurocognitiva y científica, me atrevo a decirlo.


Ya con toda la hablada que les di, pensemos en dos películas de Lars Von Trier que utilizan cambios de velocidad (cámara lenta y yuxtaposición de tiempos): Anticristo (2009) y Melancolía (2011). Si no has visto ninguna de las dos, te sugiero que las bajés de inmediato. Valen la pena. En estas películas, LVT se vale de la temporalidad visual para detener imágenes que nos produzcan ese efecto que les hablaba antes. El movimiento de los árboles o las nubes, que es distinto al movimiento que hace un brazo, al igual que la velocidad con la que un caballo cabalga o el gesto que hace un guiño de ojo, mientras dos personas copulan de manera veloz, pero todo sucediendo en cámara lenta y a distintas velocidades.


Esa yuxtaposición de velocidades es un recurso poético con el que puedo explicar el proceso que les hablaba anteriormente. Pero no estamos hablando de cine, recuerden, aunque a la poesía contemporánea este elemento, o recurso visual, le queda como anillo al dedo.




Pues todo esto me puse a pensar después de haber leído varias veces 65 Obelisco de Pep Balcárcel. Un chico a quien conocí hace alrededor de un año y con el que me he entusiasmado en pensar que es el futuro de la nueva poesía guatemalteca. Deseo que siga escribiendo y que algún día no muy lejano, Pep asuma la narrativa, porque me agradaría ver como desarrolla historias.

A ver, veamos por qué.

Pep es un chico con gustos estridentes de música. Es un lector ávido, ácido, rabioso y melancólico. En sí, un aficionado al buen gusto y no es marihuano, aclaro. Parece un rockeropunk atrapado en la vestimenta de un hipster-contempo-emo, pero bueno, creo que todos los poetas actuales tenemos algo de eso. Por otro lado es un alma atormentada y ansiosa, llena de furia adolescente y de pragmatismo adulto. Tiene deseos de mandar todo a la mierda, pero también es romántico y le gusta el padecimiento que provoca vivir en este mundo, algo muy parecido y congénito con los simbolistas franceses o los poetas beatnik (Ginsberg, Keroauc, Cassady, Rimbaud, Baudelaire, Lautreamont). En sí, esa pugna es el motor tan valioso en la poesía de Pep, con quien hemos conversado de bandas como Radiohead o Portishead, y de autores como Carver, Bukowski, Sallinger, Pound, Panero entre tantos otros, atormentados (a pesar de nuestra diferencia de edades) como nosotros.

De su libro puedo escribir muchas cosas, pero seré breve, porque el libro es un brevario de su poesía actual y además, es una especie de libro concepto que pretende evocar el viaje de la poesía a través del viaje en autobús: la Ruta 65, que conecta dos barrios totalmente distintos de la Ciudad de Guatemala a través de sus venas equidistantes. Ya con esto, el libro es un registro y un mapeo del suceder cotidiano del joven autor, quien apenas tiene 19 años.

En cada poema, no más de 30 en total, el autor nos acerca a sus miedos, sus fantasmas, sus anhelos, sus rabias, sus ilusiones, sus tormentos, sus ternuras, sus temperamentos. Lo hace de una manera directa y voraz, eso me gusta. Otro detalle es la brevedad, que es algo congénito en la nueva poesía contemporánea. Pero a pesar de esa brevedad, cada poema nos adentra en la sorpresa de un joven que despierta en los brazos de la poesía y el mundo, mientras el ruido maldito de la calle resuena con su repicar de horas malversadas y sonámbulas a todo momento. La carencia de conectores lingüísticos (disyuntivos, temporales, locativos, etc.) en la mayoría de poemas hace que sea una poesía de fácil y rápida lectura, muy al estilo de un samurai que lo finiquita todo en menos de un segundo. Me gusta como el poeta adquiere una identidad propia, sin miedo, al interrelacionar sentimientos opuestos en un mismo poema. Eso genera desconcierto, sí, pero es una característica humana a la que nos podemos remitir a la largo de nuestras vidas.
Creo que para ser su primer libro, va por buen camino.

Además, es un libro que se lee en menos de 15 minutos, mientras nos fumamos un cigarro o escuchamos un buen disco, ya que el fulgor sistemático de la poesía de Pep siempre está asociada con música. Así lo siento, y creo que se percibe desde los primeros poemas, que parecen haikús insolentes, taipeados desde el otro lado del computador mientras ve porno y hace tareas del colegio.
En sí, es un libro para lectores jóvenes que quieran sentirse identificados con el sentir de una generación que lo sabe todo y lo dice todo, porque el Internet, quieran o no, así nos lo ha enseñado.

Acá les copio dos poemas.



*
tengo pensamientos torpes
mi poesía es mediocre
los sueños que sangro están muertos
pero tu sonrisa
no sé qué decir de ella
aún me conmueve



*
el tiempo pasa muerto
como el humo de los vehículos
con la canción moderna que detestas

el humo se detiene
se lleva los sueños
con los colores de algo ajeno

el corazón muerto
es una mirada perdida
soy el llanto
nuestras melodías

todo acaba
la esperanza es cosa de viejos aburridos



- - -



65 Obelisco
Pep Balcárcel
40 pags, Letra Negra, 2012
ISBN: 978-9929-557-34-5

jueves, 19 de abril de 2012

LAS EXPOSICIONES, el arte conceptual y el cinismo

Columna censurada por Diario de Centro América.
Días después, decidieron no publicar más mi columna.


Foto: El Préstamo, obra de
Aníbal López (2000)
Cuando pienso en arte, lo primero que se me cruza por la cabeza es un cuadro enorme, azulísimo, de Joan Miró que vi alguna vez en España. El museo estaba vacío. Las paredes y los pasillos se me hacían impecablemente sobrios. Eran unos pasillos gigantes por los que recorrí salones y más salones, en solitario, frente a bellezas vanguardistas que se convirtieron en una de las experiencias más perdurables y enternecedoras que poco puedo transcribir en palabras.

Eso fue hace más de diez años, y la verdad, no podría calcular a cuantas exposiciones he ido desde entonces. Arte neofigurativo, neopop, artmedia, transvarguardismo, instalación, readymade, happening, performance, hiperrealismo, bad painting, action painting, fotografía, paisajismo, arte decorativo, arte conceptual, etcétera, etcétera. Son muchas las variantes y siempre regreso a esa imagen del cuadro azul del catalán en mi cabeza. Supongo que por eso voy a las galerías de arte, con la esperanza de ver algo que verdaderamente me sorprenda. Aunque la verdad, no me gusta mucho ir a las aperturas de las exposiciones. Siempre se me hacen frívolas y arrogantes. Pero voy, tan solo para llevarme la contraria y hacer vida social, que le dicen. Además, es grato encontrarse con gente disímil, que de alguna extraña manera está conectada.

Al final me da igual que unos chicos expongan sus grabaditos en la Embajada de México, que una chica primeriza exponga unas joyitas fluorescentes en una bodegona chic del centro o que un grupo de bachilleres borrachos discutan sobre poesía concreta en una galería patrocinada por la Cooperación Española. La verdad, no me interesa ninguna de esas idioteces. En Guatemala hay muy poco arte que verdaderamente me interese. Son contados los artistas que realmente me cuestionan la identidad y me sorprenden con una buena conversación, en vez de una pose mediocre de artista sufrido y posmodernista.

La mayoría de las veces voy a estas inauguraciones, porque me encanta conversar con las personas que asisten –la mayoría son conocidos–. Es como ir a una reunión de amigos en donde hay arte en las paredes, a veces música, pero sobre todo: VINO GRATIS. Por otra parte, me gusta ver sus expresiones al ver una pintura, una foto, un joyerito. Además es ameno encontrarse con alguna sorpresa de vez en cuando.

De todas esas sorpresas, quizá la más grata, fue haberme enterado hace unos días de que Aníbal López, quien firma como A-1 53167, y además, es un amigo a quien quiero y respeto muchísimo, haya sido invitado a la dOCUMENTA en Kassel, Alemania –una de las exposiciones más importantes de arte contemporáneo en el mundo–. Sin lugar a dudas, Aníbal es uno de los artistas conceptuales más transgresores y radicales de Latinoamérica, quien ha roto muchos de los paradigmas del arte contemporáneo y ha abierto la brecha para la crítica, la disciplina y el fulgor de los nuevos artistas guatemaltecos; entre ellos, algunos que se las llevan de "sabelotodo" y pregonan miseria artística y genialidad obsoleta.

Un brindis por el cinismo. Enhorabuena, mi querido Aníbal.

jueves, 12 de abril de 2012

POLAROIDS de una Semana Santa en Guatemala

Columna publicada en Diario de Centro América y en libro SPAM (2012, 2013).
Jueves 12 de abril del 2012.
Reeditada.



Foto: Puerto San José en Semana Santa
Viernes de Dolores: El tráfico en el Centro Histórico es insoportable. Una horda de acalorados inunda las calles. Pancartas burdas. Comentarios voraces. Altoparlantes con calcomanías del Che Guevara se derriten sobre el pavimento. Un guardia atento levanta su fusil y deja ver un diente de oro dibujado en su sonrisa. Un recién nacido llora frente al grandilocuente disfraz de un universitario. Así, la clásica Huelga de Dolores, anuncia la llegada del ansiado verano guatemalteco.

Domingo de Ramos: Los feligreses cargan procesiones. Un sol lapidario irrumpe sobre las andas. Unos cucuruchos purpúreos conversan sobre Arjona con un octavo de aguardiente en una tienda de barrio. Dos policías de tránsito desvían los autos hacia un callejón minúsculo. La fe guatemalteca avanza lentamente por una alfombra fotográfica. Colores brillantes. Bíceps cansados. Niños lloriquean insistentemente por papás desesperados que los jalan del brazo. Unas manos robóticas reparten volantes de un reconocido centro de abarrotes. Olor a sudor bajo las túnicas.

Lunes Santo: Los supermercados se abarrotan de ciudadanos hipersensibles que hacen fila para facturar cervezas, chancletas de oferta, latas de atún y más cerveza.

Martes Santo: Se suman las filas de multitudes en los bancos, gasolineras y paradas de autobús. Algunos otros más afortunados, nadan en playas extranjeras y, en las redes sociales, empiezan a circular mensajes que incitan al nihilismo alcohólico.


Miércoles Santo: El exhuberante barroquismo empieza a sacar sus mejores galas. Día propicio para tomar fotos.

Jueves Santo: La mayoría de guatemaltecos desocupan la ciudad y un vacío infinito se cuela en horas de la tarde. La Aguilar Batres y la Calzada Roosevelt se ofuscan de reguetón, edecanes de última hora e inflables de todos los colores y tamaños.

Viernes Santo: La ciudad es un mutismo irremediable. Unos ladrones primerizos aprovechan para robar estéreos y platos de carros en la oscuridad de los barrios menos afortunados. Día propicio para leer y comer pescado en todas sus variantes.

Sábado Santo y Domingo de Resurrección: Un halo de resaca sobrevuela la cabeza de los vacacionistas. Las playas yacen bajo una capa de envases vacíos, bolsas de chucherías y recuerdos sombríos, o de culpa. Las autopistas se llenan de autos de todas las marcas, todos los modelos y todas las condiciones sociales.


Dos días después, todos queremos más vacaciones.

jueves, 29 de marzo de 2012

LOS TELÉFONOS celulares

Columna publicada en Diario de Centro América.
Jueves 29 de marzo del 2012.
Reeditada.


Foto: Celulares viejos
Mi primer teléfono celular fue un armatoste de gaucho barato y plástico rugoso color negro. Parecía un ladrillo más o menos moldeado, con una pantalla minúscula de la que parecían salir por arte de magia: una luz verde-amarilla y unos píxeles yuxtapuestos, los cuales formaban en conjunto caracteres grises, que más o menos se entendían, a no ser porque te sabías de memoria los nombres y los números que tenías allí guardados; que eran como cinco, sí llegabas a mucho. De eso habrán pasado más de diez años.

El susodicho tenía la capacidad de guardar treinta números telefónicos, cinco tonos distintos y un juego de serpiente que cada vez que se comía la cola; hacía que el teléfono vibrara como si fuera el Fin del Mundo. Hasta que un día, después de haberle entrado agua, caer de varios segundos pisos y haberle pasado la llanta de un carro encima, quedó inservible. Pobre teléfono. Cada vez que alguno –de mis dos únicos amigos– me llamaba, el aparato mezclaba sonidos y la pantalla medio rota parecía desarmarse por completo. Pobre Nokia, si todavía lo usara en estos tiempos sería el hazmerreír de mi cuenta de Twitter, y todos mis amigos de Facebook lo comentarían en sus estatus.

Después del horrendo accidente de la llanta, pasaron unos meses y mis padres decidieron comprarme un aparato más moderno. Un Motorola con antena extendible, de esos pequeñísimos que cabían en el bolsillo de la camisa y la pantalla se iluminaba toda en color naranja. Recuerdo que los celulares en esa época eran excesivamente caros, pero "valía la pena mantenerse comunicado" en un país en el que no sabés si vas a estar vivo al día siguiente. Allí empieza la primera regla del uso de celulares en todo adolescente que tuvo uno a finales de los noventa: "El celular es sólo para emergencias". La segunda regla: "No vayás a hacer llamadas de larga distancia, ¡o te lo quitamos!".

Durante esta década, he tenido aparatos de todo tipo y toda marca. La mayoría me los han robado a punta de pistola y otros, los menos, han quedado inservibles para la mayoría de usos que necesito a diario, entiéndase: Facebook, Twitter, Gmail, Whatsapp, etc. Pasar un día sin revisar mi agenda o enviar un correo desde mi celular, me parece imposible.

En todo caso, estos ya forman parte de nuestra vida diaria y no hay vuelta de hoja. La posmodernidad se disipó hace muchísimo tiempo y aunque sólo haya pasado una década, no queda otra salida más que adaptarse y abrir la cuenta de Twitter para postear microrelatos y pedir Likes en tus fotos, a los amigos que viven del otro lado del charco.

"Quien no tenga Internet Ilimitado en su aparato, será visto feo y será expulsado de las redes sociales de inmediato". Ese es el primer mandamiento.

El segundo: "Ama a tu celular como a tí mismo".



El tercero: "Postea, luego existes".

jueves, 22 de marzo de 2012

EL ARTE y sus pérdidas

Columna publicada en Diario de Centro América.
Jueves 22 de marzo del 2012.
Reeditada.



Foto: Bohemia Suburbana en los 90's
Durante los últimos meses he entrevistado a artistas de distintas disciplinas. Ha sido un ejercicio enriquecedor, una especie de retroalimentación favorable para este andén rutinario en el cual la mayoría de guatemaltecos vivimos desapercibidamente. Es decir, sin darnos cuenta. O en otras palabras, como diría Fuguet: "Vivimos ultimando el presente". Al final es eso, no tenemos otra opción más que vivir de prisa, es mejor así; a vivir especulando no se cuanta cantidad de conjeturas imposibles que no se desarrollarán más que en nuestros sueños más pálidos e insignificantes.

Una de las cosas que más me sorprende, es que la gran mayoría de estas personas que se dedican al arte, están comprometidas al 100% con su obra, y además, consideran que un país sin intervención artística (crítica y objetiva) sería una gran pérdida. En ese sentido, el arte es un engranaje indispensable en nuestro presente, que también es incendio, que también es quimera. Eso me hace pensar en la capacidad que muchos artistas tienen y que aún no ha sido reconocida.

Hace quince años tuve mi primer encuentro con el arte guatemalteco. Hablo de un encuentro cercano, algo tangible, no una especie de acercamiento espiritual y esotérico del cual no puedo hablar por su exagerado misticismo. Hablo de un encuentro palpable. Eran los años noventa y coincidí con un grupo de artistas que compartían de manera desinteresada un espacio y las ganas de decir lo que no se había dicho. Este colectivo se llamaba Casa Bizarra, y entre ellos habían pintores, músicos y poetas que abrieron las puertas al arte guatemalteco actual. Eran finales de siglo y todo parecía, de alguna manera: perdido.

Quince años después, le hago a usted una pregunta: ¿Qué pierde un país sin arte? Por favor, no me responda que nada.

jueves, 15 de marzo de 2012

TERRITORIO: Jazz

Columna publicada en Diario de Centro América.
Jueves 15 de marzo del 2012.
Reeditada.



Foto: Erik Truffaz
El jazz lo conocí por mi padre, digamos que por equivocación. Lo mismo me sucedió con la literatura, aunque ésta, en el fondo, siento que me llamaba desde su tosca librera del estudio. En silencio me recitaba fragmentos del Espejo de Lida Sal de Miguel Ángel Asturias y yo, involuntariamente, fui cediendo a sus pleonasmos y a sus pragmatismos literarios. Como a todo niño, me gustaba andar merodeando por los confines más insólitos de la casa. Esa fue mi debilidad. Mi arista más áspera, más defectuosa.

En todo caso, como niño inquieto que fui, hice de muchos rincones de mi casa de infancia un refugio, un parque de juegos, una trinchera aficionada. Era divertido andar hilvanando historias entre el primer y segundo piso de la casa, husmeando a mi madre que cocinaba milanesas en la cocina; subiendo y bajando las escaleras de madera, recorriendo las habitaciones junto a mi bolsa de Hot Wheels de todos los colores posibles o mi eterno Tonka amarillo, que destruí años después en un cueterío loco de finales de año. En fin, habían días en los que me escondía debajo del escritorio de mi padre y me hacía pasar por un General de Brigada; tomaba el teléfono de marcar, uno de esos aparatos rústicos ochenteros, color mostaza chinto y, le daba vueltas al disco suponiendo hablar con los espías que estaban a mi cargo, para que me informaran sobre la situación de esos países y confines que sólo en mi cabeza existían.

En una de esas tantas veces, descubrí el equipo componente que mi padre cuidaba con harto esmero: un enormísimo aparato color aluminio, con pantallas de luz que tenían agujas que al encenderse iban de un lado a otro. Tenía dos bocinas enormes, colocadas en los extremos opuestos del estudio. Era una belleza. Lo más semejante a un objeto espacial. La marca era Technics y estaba equipado con casetera, radio y no recuerdo qué más funciones. Junto al enorme aparato, habían unas gavetas y una infinidad de cintas magnéticas dentro. Yo no podía entender cómo unos especialistas podían meter sonidos, voces y demás instrumentos dentro de esos pequeños objetos. Mi padre tenía muchísimos, entre ellos, habían unos que tenían impresa la palabra: JAZZ. Una palabra que me apetecía por su resonancia en mi cabeza y que, tarde o temprano, terminaría por fascinarme y cambiarme la vida.

Así fue como conocí el jazz, por equivocación.

Los cassettes de Astrud Gilberto, Carlos Antonio Jobim y Stan Getz fueron mis primeros referentes. Luego vinieron Coltrane, Monk, Evans, Parker, Gillespie, Fitzgerald, Simone, Davis y tantos otros. En algún momento pude asistir al Festival de Jazz de Montreal y también, le he seguido la pista al festival que el IGA ha realizado durante doce años ininterrumpidamente.

Se los recomiendo. Asistan a todos los conciertos que puedan. Son gratuitos. Yo no me he perdido ninguno y la agenda continúa. El otro día estuve platicando con Erik Truffaz y hasta pensé que había sido un sueño.

jueves, 8 de marzo de 2012

EL DOLOR

Columna censurada por Diario de Centro América.
Publicada en libro SPAM (2012, 2013).

Reeditada.



FOTO: Regina José Galindo
en varios de sus performances
El dolor respira sentado, como un niño moribundo y salvaje, viendo sigilosamente a través de todas las ventanillas de un autobús. El dolor, que también acecha en los barrios más pobres y deja que una madre, vea la muerte, a través de los ojos de su hijo desnutrido. El dolor, ese que también se nutre de odio tras las rejas y al lado de una mujer que ha sido condenada a muerte y no sabe qué decir. El dolor. El eterno dolor de los familiares de un desaparecido. El dolor efímero que siente un paria que alguna vez lo tuvo todo. El dolor de un primerizo que ve como su primer sueldo se le escapa de las manos en una ronda de blackjack. El dolor de una despedida, el dolor de una separación. El dolor que gime testarudo en los pianos de Chopin y en la voz de El Buki y Thom Yorke. El dolor, ese amigo del cual fuimos muy cercanos y nos susurra al oído: "aquí estoy, nunca me he ido, vengo por tí". El dolor.

 
Una bala vuela rencorosa y traviesa al ritmo de Shakira en una fiesta de pueblo. La bala busca, inevitablemente, una superficie donde descansar. Del otro lado de la fiesta, cae al suelo Juliana, la hija del Alcalde. Cae herida y liviana como una hoja dolorosa desde la cima de un árbol. La bala perdida, fue producto de una apuesta entre dos chicos que ahora manejan la venta de drogas del pueblo. Don Justo, el narco, les dio las escuadras como regalito de navidad. A Don Justo no le gusta que sus patojos anden desarmados por ahí. Le dolería mucho perder algunos gramos. Hoy, Don Justo anda de viaje por la frontera, trayendo unos paquetes, aún no se ha enterado del asunto de Juliana en el hospital. A Juliana, sin embargo, le duele todo, siente un ardor en la panza y le duelen los ojos de tanto llorar. Sus papás no saben qué hacer. El hospital es muy caro para tenerla más de un día. En otro país eso sería lo más justo: sacarle la bala y dejarla descansar. Al final, entre transas y mordidas, le sacan la bala por autorización de su tío, quien ya está pensando en venganza. Él siente una picazón en las manos, hace conjeturas, sabe que no podrá hacer nada. La justicia es algo que no nace con nosotros y por más que la busquemos, nunca la veremos sonreír. Él sabe, que la justicia no está de su lado y aunque sostenga un arma en sus manos, la justicia se le escapará como arena triste. Él sabe que a pesar de todo, no tiene poder ni audoridad. Siente impotencia, rabia, dolor. Mientras tanto, una de las dos escuadras permanece escondida, seguramente bajo una piedra o entre los matorrales de uno de los senderos que conducen al pozo del pueblo. La noticia le llega a uno de los dos chicos y éste, sin dudarlo, sabe que la bala es de su "escuadrita de juguete". Decide esconderla. Días después, Bertita de doce años la encuentra, mientras juega a las escondidas con su hermanito Julián. A Julián le duelen los pulmones de vez en cuando, sobre todo cuando corre para buscar a su hermana mayor. Hilda, la mamá, no sabe qué es lo que tiene Julián. Los doctores no saben qué decirle, sólo le dicen que es cuestión de tiempo porque no hay presupuesto. Hilda llora en silencio. Le duele no poder ver a su Juliancito llegar a la escuela y hacerse todo un hombre eso sería lo justo. Mientras tanto, el día es caluroso, y Hilda los encuentra jugando con el arma y le pregunta a Bertita qué dónde la encontró. Bertita sólo balbucea, no sabe qué decir. Hilda le quita la pistola de las manos y se la lleva a la casa. La esconde. Piensa que en una de las tanta veces en que Rogelio, su esposo borracho, la golpee y la toque; sacará de una vez por todas el cuete y le meterá un solo balazo. Eso es lo justo.

Sabe que esa pistola, que le llegó como "anillo al dedo", la librará de todos sus males y sabe, también, que esa bala es una señal de que Dios y la justicia existe. Por eso reza, en silencio, aunque le duela el alma.